Lunfardo VI
-
Fray Mocho (José Sixto Álvarez) Escritor
costumbrista
- argentino nacido en 1858 en Gualeguaychú y
muerto en
- 1903 en Buenos Aires. Es más conocido por
el seudónimo
- de Fray Mocho. Fue fundador y director de la conocida
- revista Caras y caretas de Buenos
Aires,
y un cuentista
- extraordinario que, dotado de una prosa brillante, ágil,
- humorística, refleja en
su obra el ambiente y las costumbres
- de su época: Esmeraldas
(1885), Memorias de un vigilante
- (1897), Un viaje al
país de los matreros (1897), En el mar
- austral
(1898), Cuentos
de Fray Mocho (1910)
De Memorias de un vigilante, 1897
Mundo lunfardo
EN LA PUERTA DE LA CUEVA
Penetrar en la vida de un pícaro, aquí en Buenos
Aires,
o, mejor dicho, en lo que en lenguaje de ladrones y gentemaleante se
llama
mundo lunfardo, es tan difícil como escribir en el aire. Aquí se
vive
a
ciegas con respecto a todo aquello que pueda servir
para dar luz sobre
un
hombre: la policía, para desempeñar su
misión, tiene que hacer prodigios,
y parece
imposible que obtenga los resultados que
obtiene dada la clase de
gente en que
las circunstancias la obligan a
reclutar su personal subalterno
y el
medio en que actúa. [...]

PERSPECTIVAS SEGUIR
A UN
pícaro en nuestras calles, tan llenas
de movimiento, es un trabajo que no
valora sino el que lo realiza. Como
él siempre está sobreaviso y teme
que lo embroquen —conozcan,
observen—, camina una cuadra
y la desanda para ver si alguien lo
sigue, da quinientas vueltas antes
de llegar a un punto deseado,
penetra a las casas a preguntar
por don Fulano o don Zutano —
un nombre supuesto—, para darle
el esquinazo —lo que equivale
a
despistar— a algún empleado que
pasa y lo conoce. [...]
ENTRE
LOS lunfardos hay cinco grandes familias: los punguistas,
o limpiabolsillos;
los escruchantes,
o abridores de puertas; los que dan la caramayolí o la
biaba, o sea
los
asaltantes; los que cuentan el cuento, o hacen el scruscho,
vulgarmente llamados
estafadores y, finalmente, los que reunen en
su honorable persona las habilidades de
cada
especie: estos estuches son conocidos por de las cuatro armas.
Más vale toparse
con el diablo que con uno de estos príncipes de la uña, de los
cuales Buenos aires
cuenta más de un ejemplar.Ellos son, generalmente, los que
educan y forman a
los muchachos, esmerándose en aquellos que revelan mejores
facultades: son los
que dirigen los golpes de importancia; los que dan el cebo, o
sea
el dinero necesario
para realizar el robo, que hasta para eso se precisa plata, dada
la situación a que
ha llegado el mundo; en fin, son grandes dignatarios de su orden.
Cada especie tiene
su fisonomía especial, sus costrumbres propias y su manera
de ejecutar un
trabajo, por más que todos tengan siempre un punto de contacto,
menos el
punguista, que es siempre el empresario de sí mismo.
[...]

EL CAFÉ DE CASSOULET
ÉSTE ERA EL PARADERO
NOCTURNO
de todos los vagos de la ciudad
y famoso entre la gente maleante,
no solamente por al comodidad
que, a poco costo, se obtenía en él,
cuanto por la relativa seguridad que
se disfrutaba: en caso de producirse
visita de la autoriad, los propietarios
tenían dispuesta las cosas de modo
tal que la clientela tenía fácil escape.
Estaba ubicado en la
esquina
Viamonte, antes Temple, y
Suipacha. Como dependencia
del café, y formando
parte de la planta baja, que
daba hacia la primera,
había hasta la
mitad de la cuadra una
veintena de cuartos a la calle, con puertas que se abrían a ésta
y otra interior, que daba al gran patio del
café: eran otras tantas salidas
clandestinas
del antro misterioso.
Estos cuartos los
ocupaban mujeres de vida airada, que eran como la crema de aquel
mundo del vicio, cuyo
centro era la famosa calle del Temple, y que extendía sus brazos
a las adyacentes,
teniendo como encerrado entre ellos el corazón de la ciudad.
El café debía ser una
mina de plata.
Allí los
ladrones, con todo su cortejo de corredores y auxiliares,
los asesinos, los
peleadores, los prófugos, toda la
gente que tenía cuentas que saldar con la justicia
o tenía que saldarlas, buscaba un
refugio para dormir o vivir con tranquilidad, para
hacer con
todo sigilo una operación comercial inconfesable o para ocultarse
discretamente,
mientras pasaban las primeras
averiguaciones subsiguientes
a un delito descubierto por la
policía.
Allí todo era cuestión de dinero.
Teniéndolo, se hallaba desde la pieza lujosamente
amueblada, hasta el tugurio
infame, donde podía gozarse de las comodidades de un
catre de los muchos que, en fila
y pegados unos a otros, contenía un pequeño cuarto
de madera, y desde el vino y los
manjares exquisitos, hasta las sobras de éstos,
barajadas en un champurriao
indescifrable, y que podía remojarse con el agua turbia
del aljibe, donde viboreaban los
pequeños gusanitos rojos, descendientes de quién
sabe qué putrefacción y cuyos
movimientos rápidos y variados podrían
servir de
diversión al ánimo preocupado.
Tarde de la noche, cuando el café
se cerraba, decenas de desgraciados, sin hogar,
tomaban posesión de las mesas del
largo salón –bajo la vigilancia de los dependientes,
que tendían sus colchones sobre
las de billar, cuando las otras estaban ocupadas-
y por dos pesos de los antiguos,
encontraban un techo y una tabla para dormir, y por
uno, lo primero y el duro suelo
de los patios y pasillos.
Aquello era un verdadero
hervidero del bajo fondo social porteño: allí se barajaban
todos los vicios y todas las
miserias humanas, y allí encontraban albergue todos los desgraciados
que aún tenían un escalón que recorrer antes de llegar a los
caños
de las aguas corrientes que,
apilados allá en el bajo de Catalinas, ofrecían albergue
gratuito.
Cassoulet era, en la noche, la
providencia de los míseros desterrados de un mundo
superior, era la ensenada que
recogía la resaca social que en su continuo vaivén
arrastraba hacia playas
desconocidas el oleaje incesante.
Hoy
comparten con él los beneficios de la industria protectora los
pequeños
cafés
del Riachuelo y la ribera, que venden marineros borrachos a los
buques
que
necesitan completar su rol clandestinamente, para borrar las huellas
de un
crimen
o de un accidente –a fin de evitarse las molestias que en nuestro
país
acarrea cualquier gestión ante la autoridad-, y los tugurios que,
con el nombre
de
posadas o sin nombre alguno, encierran entre su paredes y alojan,
según
el
dinero con que cuentan, a los desgraciados que vagan sin hogar, o a
aquellos
que
legalmente no pueden habitar en parte alguna.
En
aquel tiempo compartían la clientela de Cassoulet, pero sólo durante
el día,
el
café Chiavari, en la esquina de Cuyo y Uruguay, y el café de Italia,
en la misma
calle,
frente al Mercado del Plata.
Estas
tres eran las cloacas máximas de Buenos Aires, en tiempos que ya no
volverán, pero que se repetirán, transformándose.

Gente viviendo en el Bajo de Catalinas
en el depósito de Obras Sanitarias,
en «los caños».
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