El Cantar de Lunfardía -  Apuntes del chamuyo canero - FORO CERVANTES - 20.08.02, 09.07.2003 - 1 -  LUNFARDO 6
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Lunfardo VI
 
Fray Mocho (José Sixto Álvarez) Escritor costumbrista
argentino nacido en 1858 en Gualeguaychú y muerto en
1903 en Buenos Aires. Es más conocido por el  seudónimo
de Fray Mocho. Fue fundador y director de la conocida 
revista Caras  y caretas de Buenos Aires, y un cuentista
extraordinario que, dotado de una prosa brillante, ágil,
humorística, refleja en su obra el ambiente y las costumbres
de su época: Esmeraldas (1885), Memorias de un vigilante
(1897), Un viaje al país de los matreros (1897), En el mar
austral (1898), Cuentos de Fray Mocho (1910) 

De Memorias de un vigilante, 1897


Mundo lunfardo


EN LA PUERTA DE LA CUEVA   Penetrar en la vida de un pícaro, aquí en Buenos

Aires, o, mejor dicho, en lo que en lenguaje de ladrones y gentemaleante se

llama mundo lunfardo, es tan difícil como escribir en el aire. Aquí se vive

a ciegas con respecto a todo aquello que pueda servir para dar luz sobre

un hombre: la policía, para desempeñar su misión, tiene que hacer prodigios,

y parece imposible que obtenga los resultados que obtiene dada la clase de

gente en que las circunstancias la obligan a reclutar su personal subalterno

y el medio en que actúa. [...] 

 

PERSPECTIVAS    SEGUIR A UN

pícaro en nuestras calles, tan llenas

de movimiento, es un trabajo que no

valora sino el que lo realiza. Como

él siempre está sobreaviso y teme 

que lo embroquen —conozcan,

observen—, camina una cuadra

y la desanda para ver si alguien lo

sigue, da quinientas vueltas antes

de llegar a un punto deseado,

penetra a las casas a preguntar

por don Fulano o don Zutano —

un nombre supuesto—, para darle

el esquinazo —lo que equivale a

despistar— a algún empleado que

pasa y lo conoce. [...]

 

 

ENTRE LOS lunfardos hay cinco grandes familias: los punguistas, o limpiabolsillos;
los escruchantes, o abridores de puertas; los que dan la caramayolí o la biaba, o sea
los asaltantes; los que cuentan el cuento, o hacen el scruscho, vulgarmente llamados
estafadores y, finalmente, los que reunen en su honorable persona las habilidades de
cada especie: estos estuches son conocidos por de las cuatro armas.

 

Más vale toparse con el diablo que con uno de estos príncipes de la uña, de los 
cuales Buenos aires cuenta más de un ejemplar.Ellos son, generalmente, los que
educan y forman a los muchachos, esmerándose en aquellos que revelan mejores 
facultades: son los que dirigen los golpes de importancia; los que dan el cebo, o sea
el dinero necesario para realizar el robo, que hasta para eso se precisa plata, dada 
la situación a que ha llegado el mundo; en fin, son grandes dignatarios de su orden.

 

Cada especie tiene su fisonomía especial, sus costrumbres propias y su manera
de ejecutar un trabajo, por más que todos tengan siempre un punto de contacto,
menos el punguista, que es siempre el empresario de sí mismo. 
[...]

 

EL CAFÉ DE CASSOULET 

 

ÉSTE ERA EL PARADERO NOCTURNO 
de todos los vagos de la ciudad 
y famoso entre la gente maleante,
no solamente por al comodidad 
que, a poco costo, se obtenía en él,
cuanto por la relativa seguridad que
se disfrutaba: en caso de producirse 
visita de la autoriad, los propietarios
tenían dispuesta las cosas de modo 
tal que la clientela tenía fácil escape

 

Estaba ubicado en la esquina Viamonte, antes Temple, y Suipacha. Como dependencia

del café, y formando parte de la planta baja, que daba hacia la primera, había hasta la

mitad de la cuadra una veintena de cuartos a la calle, con puertas que se abrían a ésta

y otra interior, que daba al gran patio del café: eran otras tantas salidas clandestinas

del antro misterioso.

 

Estos cuartos los ocupaban mujeres de vida airada, que eran como la crema de aquel

mundo del vicio, cuyo centro era la famosa calle del Temple, y que extendía sus brazos

a las adyacentes, teniendo como encerrado entre ellos el corazón de la ciudad.

 

El café debía ser una mina de plata.

 

Allí los ladrones, con todo su cortejo de corredores y auxiliares, los asesinos, los

peleadores, los prófugos, toda la gente que tenía cuentas que saldar con la justicia

o tenía que saldarlas, buscaba un refugio para dormir o vivir con tranquilidad, para

hacer con todo sigilo una operación comercial inconfesable o para ocultarse

discretamente, mientras pasaban las primeras averiguaciones subsiguientes

a un delito descubierto por la policía.    

 

Allí todo era cuestión de dinero. Teniéndolo, se hallaba desde la pieza lujosamente

amueblada, hasta el tugurio infame, donde podía gozarse de las comodidades de un

catre de los muchos que, en fila y pegados unos a otros, contenía un pequeño cuarto

de madera, y desde el vino y los manjares exquisitos, hasta las sobras de éstos,

barajadas en un champurriao indescifrable, y que podía remojarse con el agua turbia

del aljibe, donde viboreaban los pequeños gusanitos rojos, descendientes de quién

sabe qué putrefacción y cuyos movimientos rápidos y variados podrían servir de

diversión al ánimo preocupado.   

 

Tarde de la noche, cuando el café se cerraba, decenas de desgraciados, sin hogar,

tomaban posesión de las mesas del largo salón –bajo la vigilancia de los dependientes,

que tendían sus colchones sobre las de billar, cuando las otras estaban ocupadas-

y por dos pesos de los antiguos, encontraban un techo y una tabla para dormir, y por

uno, lo primero y el duro suelo de los patios y pasillos.

 

Aquello era un verdadero hervidero del bajo fondo social porteño: allí se barajaban

todos los vicios y todas las miserias humanas, y allí encontraban albergue todos los desgraciados que aún tenían un escalón que recorrer antes de llegar a los caños

de las aguas corrientes que, apilados allá en el bajo de Catalinas, ofrecían albergue

gratuito.

 

Cassoulet era, en la noche, la providencia de los míseros desterrados de un mundo

superior, era la ensenada que recogía la resaca social que en su continuo vaivén

arrastraba hacia playas desconocidas el oleaje incesante.

 

Hoy comparten con él los beneficios de la industria protectora los pequeños

cafés del Riachuelo y la ribera, que venden marineros borrachos a los buques

que necesitan completar su rol clandestinamente, para borrar las huellas de un

crimen o de un accidente –a fin de evitarse las molestias que en nuestro país

acarrea cualquier gestión ante la autoridad-, y los tugurios que, con el nombre

de posadas o sin nombre alguno, encierran entre su paredes y alojan, según

el dinero con que cuentan, a los desgraciados que vagan sin hogar, o a aquellos

que legalmente no pueden habitar en parte alguna.

 

En aquel tiempo compartían la clientela de Cassoulet, pero sólo durante el día,

el café Chiavari, en la esquina de Cuyo y Uruguay, y el café de Italia, en la misma

calle, frente al Mercado del Plata.

 

Estas tres eran las cloacas máximas de Buenos Aires, en tiempos que ya no

volverán, pero que se repetirán, transformándose.

 

Caños

Gente viviendo en el Bajo de Catalinas

en el depósito de Obras Sanitarias,

en «los caños».

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 
 
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N°7
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