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¿Lunfardo...?
Dice la Real Academia:
lunfardo 2. [m.]
Jerga que originariamente
empleaba, en la ciudad de Buenos Aires y sus
alrededores, la gente de mal vivir. En parte, se
difundió posteriormente por las demás clases
sociales y por el resto del país.
Indicó Arturo López
Peña en su obra El habla
popular
de Buenos Aires (Freeland,
Buenos Aires, 1972):
[...]
Durante más de siglo y medio, salvo breves
intervalos lúcidos,
lo popular fue
mirado en la Argentina
«de rabo de
ojo a un costado». Las clases altas
y los hombres de
letras padecieron una aguda
hipermetropía
intelectual,
veían claro la
lejanía europea
y veían turbio la cercanía
americana.
Witold Gombrowicz (1904-1969),
que tan bien conoció
nuestro
medio literario,
nos cuenta de Victoria
y Silvina
Ocampo, de Bioy
Casares, de
Borges y
de otros distinguidos escritores y, a propósito
de ellos, nos hace
la siguiente reflexión:
-
A MÍ
LO QUE me
fascinaba del país era lo bajo,
a
ellos lo alto.
-
A
mí me hechizaba
la oscuridad de Retiro, a ellos las luces de
-
París.
Para mí
la inconfesable y silenciosa juventud del país era
-
una
vibrante confirmación
de mis propios estados anímicos,
-
y
por eso la Argentina me
arrastraba como una melodía, o más
-
bien
como un presentimiento
de melodía. Ellos no percibían ahí
-
ninguna
belleza...
-
-
ASÍ, BORGES,
POR EJEMPLO, advertía únicamente
sus
propios
-
años
y no, por decirlo
así, la edad que lo rodeaba; era un
-
hombre
maduro, un intelectual,
un artista, perteneciente
-
a
la Internacional del
Espíritu sin ninguna relación definida
-
ni
intensa con su propio
suelo. Y esto, a pesar de que de
-
vez
en cuando aderezaba su
metafísica (que muy bien podía
-
haber
nacido en la luna)
con lo gauchesco y lo regional –en
-
el
fondo su modo de encarar
lo americano era precisamente
-
europeo–,
él veía
a la Argentina como un francés culto ve
-
a
Francia o un inglés
a Inglaterra.
-
NO
OBSTANTE,
EL AMBIENTE del país era tal, que ese
Borges
-
europeizante
no podía
lograr ahí una vida verdadera. Era algo
-
adicional,
como pegado,
un ornamento; y no era otra la suerte
-
de
toda esa literatura argentina,
tanto la confeccionada a la
-
francesa
o a la inglesa como
la que se esforzaba, según los
-
esquemas
consabidos, por
exaltar lo propio, lo nacional, el
-
folklore.
No suscribiría letra a letra las
afirmaciones de Gombrowicz aunque
creo que, con algunos retoques, el cuadro que
nos pinta quedaría en
condiciones de ser expuesto
en el
Salón Nacional.
Desde hace algunas décadas comenzó a
despertarse extraña avidez
por lo popular y una curiosidad creciente
por lo sustantivamente
americano. Esto importaba una torsión hacia
lo interior y un despertar
de la intelectualidad argentina después de
un largo período de letargo.
No ha de pensarse, sin embargo, que ello
implicara la exterminación
total de los elementos paleontológicos. A su
regreso de la Argentina
en 1962, Jean Cassou publicó una nota en el
diario «La Nación»1
sobre su estada en nuestro país. Decía en ella que
durante ese breve
lapso, no habían cesado de preguntarle qué
ocurría en Francia y en
Europa en las artes y en las letras. Con
inocultable fastidio
decía
Cassou en la publicación de
referencia: «Tenemos ganas de decir
a la gente de América y particularmente a
nuestros amigos argentinos:
¡no se ocupen de nosotros, ocúpense de Vds.
mismos! Hay en Vds.
suficientes recursos y suficientes energías
para que no se preocupen
más que de crear sus propias
vanguardias».
Y renglones más adelante, comparando a
nuestro país con México
y con otras naciones latinoamericanas:
«La Argentina se siente
delgada, casi transparente; desde el principio
le parece que es
europea. Ahí está su problema, sin duda, su
inquietud... Tenemos
curiosidad por eso (por lo auténticamente
argentino) y no por los
reflejos de nosotros mismos que ella nos pide
para adornarse con
ellos ingenuamente».
Nuestro pueblo tiene, como todos los pueblos
del orbe, su propio
modo de ser, y su propio modo de hablar y
—parece candoroso
decirlo— su modo de ser se trasluce en su
modo de hablar. Aquí
no se tratará de la peculiaridad lingüística
del argentino; nuestra
nuestra labor se ceñirá, exclusivamente, al
habla popular del
porteño.
Para estudiar el habla de Buenos Aires, es
insoslayable la alusión
al lunfardo. No creo, personalmente, que
habla popular porteña
y lunfardo signifiquen una misma cosa, mas
una corriente que
viene abriéndose paso desde hace tiempo se
esfuerza con
denuedo en identificarlos. Sus argumentos
son inteligentes
aunque erróneos a mi parecer, y esto será lo
que trataré de
mostrar de ahora en más.
[...]
1) «La
Nación», 11 de noviembre de 1962
__________________________________________
Decía Manuel
Gálvez —fundador de la Academia Argentina de Letras
y candidato al
Premio Nobel de literatura— de Victoria Ocampo, a quien
consideraba como
escritora inferior a Alfonsina Storni:
Como animadora,
es una persona única. Lástima que no tenga
ojos para lo
nuestro y que viva pensando en lo extranjero de
última hora. No
soy enemigo a muerte del esnobismo, y creo
que un poco de
eso está bien. Debe haber alguien que haga
conocer los
nuevos nombres de las literaturas extranjeras. Pero
Victoria se pasa
de la raya. Vive renovando sus admiraciones,
a lo que parece.
En cuanto tiene noticia de haber surgido en
París o en
Londres algún nuevo escritor de talento, ya se pone
en contacto
epistolar con él, lo invita a venir a Buenos Aires
y hasta, según
cuentan, le paga el viaje.
Recuerdos de la vida literaria, Entre la novela y la
historia
A Victoria Ocampo
—cuyas costumbres literarias, dicho sea de paso,
calificaba Manuel Gálvez de un tanto rastacueras —le señalaba
Pierre
Drieu La Rochelle,
escritor francés de izquierda muy en boga, invitado
a la Argentina en
1934, algo similar a lo que posteriormente dijo Witold
Gombrowicz. En una
carta dirigida a su anfitriona después de su visita
le revela:
... me habías dicho que la Argentina estaba llena de vida,
de fuerza, etc. No, yo no he encontrado allí sino tu vida de
mujer y una cierta fermentación en las profundidades, que
existe también en París, en el arroyo. Hay fuerzas en el
pueblo argentino, como en todo pueblo, pero tal fuerza
está detenida por la pantalla que forman «La Nación»,
la «Sociedad», los amigos, y «Sur», que no sirve a una
causa orgánica sino a la «literatura en general». («Sur les
écrivains», Gallimard, 1964)
Comentaba a este respecto Arturo Jauretche:
... Que es precisamente lo que estamos diciendo, sobre la
superestructura cultural y su función de pantalla o cáscara
destinada a impedir el surgimiento de lo nuestro, pero
observado en 1934 y por uno de los «elegidos» para la
importación que simplemente no se limitó a derramar
literatura y supo observar la función que cumplían sus
anfitriones. («Los profetas del odio y la yapa», Peña Lillo,
Buenos Aires, 1968)
Y ahora al lunfardo: ¿Qué
entendería usted
de este poema rantifuso?
-
LÍNEA
N° 9
-
de «La Crencha
Engrasada» - Carlos
de la Púa, 1928
-
-
Era un
boncha boleao, un chacarero
-
que se
piyó aquel 9 en el Retiro;
-
¡nunca
vieron esparo ni lancero
-
un gil
a la acuarela más a tiro!
-
-
Eran
polenta el bobo y la marroca
-
y la
empiedrada fule, berretín.
-
De un
grilo una casimba daba boca
-
y un
poco la orejeaba el chiquilín.
-
-
El
ropaés que acusa ese laburo
-
trabucó
bien al boncha de culata
-
pero
el lancero trabajó de apuro
-
y de
gil casi más mete la pata.
-
-
Era un
bondi de línea requemada
-
y
guarda batidor, cara de rope...
-
¡Si
no saltó cabrón por la
mancada
-
fue de
chele no más, de puro dope!
En caso de que tuviera algunas
dudas, las iremos aclarando juntos en las
notas que siguen. Si para mejor comprensión
deseara Ud. escuchar este
poema recitado por Héctor Alterio
en MP3 (aprox. 200kB), haga un clic
aquí (se
requiere
un programa como Media Player, RealPlayer, Winamp
o
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reproducción
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N° 9 - MP3 (ca. 200kB)
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