Rosas, señor, ese tirano,
ese bárbaro, así bárbaro y cruel, no era
considerado lo mismo
por las naciones europeas y civilizadas,
y ese
juicio de las naciones europeas y civilizadas, pasando a la
posteridad, pondrá en
duda, cuando menos, esa tiranía bárbara
y execrable que Rosas
ejerció entre nosotros. Es necesario, pues,
marcar con una sanción
legislativa declarándole reo de lesa patria
para que siquiera quede
marcado este punto en la historia, y se
vea que el tribunal más
potente, que es el tribunal popular, que
es la voz del pueblo
soberano por nosotros representado,
lanza al monstruo el
anatema llamándole traidor y reo de lesa
patria... Juicios como
éstos no deben dejarse a la historia...
¿Qué se dirá, qué se podrá
decir en la historia cuando se viere que
las
naciones civilizadas del mundo, para quien nosotros somos un
punto...
han reconocido en ese tirano un ser digno de tratar con
ellos?, ¿que la Inglaterra le ha
devuelto sus cañones tomados en
acción de guerra, y
saludado su pabellón sangriento y manchado
con sangre inocente con la salva de 21
cañonazos?... Este hecho
conocido en la historia,
sería un gran contrapeso, señor, si dejamos
a Rosas sin este fallo. La Francia
misma, que inició la cruzada en
que figuraba el general Lavalle,
a su tiempo también lo abandonó,
trató con Rosas y saludó
su pabellón con 21 cañonazos... Yo pregunto,
señor, si este hecho no borrará en la
historia todo lo que podamos
decir, si
dejamos sin un fallo a este monstruo que nos ha diezmado
por tantos años...
No se puede librar el
juicio de Rosas a la historia, como quieren
algunos... Es evidente que
no puede librarse a la historia el fallo del
tirano Rosas... ¡Lancemos
sobre Rosas este anatema, que tal vez
sea el único que puede
hacerle mal en la historia, porque de otro
modo ha de ser dudosa
siempre su tiranía y también sus crímenes...
¿Qué se dirá en la
historia, señor?, y esto sí que es hasta triste decirlo,
¿qué se dirá en la historia
cuando se diga que el valiente general Brown,
el héroe de la marina en la
guerra de la independencia, era el almirante
que defendió los derechos
de Rosas? ¿Qué se dirá en la historia sin
este anatema, cuando se
diga que este hombre que contribuyó con sus
glorias y talentos a dar
brillo a ese sol de Mayo, que el señor diputado
recordaba en su discurso,
cuando se diga que el general San Martín,
el vencedor de los Andes,
el padre de las glorias argentinas, le hizo
el homenaje más
grandioso que puede hacer un militar legándole
su espada? ¿Se
creerá esto, señor, si no lanzamos un anatema contra
el tirano Rosas? ¿Se creerá
dentro de 20 años o de 50, si se quiere
ir más lejos, a ese hombre
tal como es, cuando se sepa que Brown
y San Martín le servían
fieles y le rendían los homenajes más
respetuosos a la par de la Francia y
de la Inglaterra?
No, señor: dirán, los
salvajes unitarios, sus enemigos, mentían. No ha
sido un tirano: lejos de eso ha sido un gran hombre, un gran general.
Es preciso lanzar sin duda ninguna ese anatema sobre el monstruo...
¡Ojalá hubiéramos imitado al pueblo inglés que arrastró por las calles
de Londres el cadáver de Cromwell, y hubiéramos arrastrado a Rosas
por las calles de Buenos Aires!... Yo he de estar, señor Presidente,
por
el proyecto. Si el juicio de Rosas lo librásemos al fallo de la
historia,
no conseguiremos que Rosas
sea condenado como tirano, y sí tal vez
que fuese en ella el más
grande y el más glorioso de los argentinos».
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Cf.
José M. Rosa,
Historia Argentina, V, 491 et seq.
[Los subrayados son míos]