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Subject:
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Rosas y
Palermo |
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Date: |
Thu, 12 Jun
2003 02:34:17 +0200 |
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From: |
Enrique C.
Picotto <e.c.picotto@attglobal.net> |
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To: |
Inés Álvarez
de Toledo <ines@alvarezdetoledo.com> |
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CC: |
Rafael
Sarmiento <sarmiento@via-net-works.net.ar>,
Vincent
de Urquiza <lurquiza@fibertel.com.ar>,
Patricia
Pascuali<pspasquali@arnet.com.ar>,
Luis
Montenegro <lmonte@fibertel.com.ar>,
Marta
Mercader <mmercader@house.com.ar>,
C. Keller Sarmiento <CarlosKeller@arnet.com.ar>,
A Delloca <alberto@delloca.com>,
Sr. Mario
«Pacho» O'Donnell <mario@odonnell-historia.com.ar>,
Instituto
Nacional de Invest. Históricas J. M. de Rosas <inrosas@fibertel.com.ar>,
Dr. Oscar
Denovi <oscardenovi@hotmail.com>,
Cabildo
Abierto <cabildo_abierto@gruposyahoo.com.ar>,
Ing. José
Ramón Miranda <jopomir@ciudad.com.ar>,
Dr. Horacio
W. Bauer <BauerH@lacaja.com.ar>,
La Nación -
Cartas de lectores <cartasdelectores@lanacion.com.ar>,
La Nación -
Usted opina <udopina@lanacion.com.ar>,
Sr. Diputado
Fernando A. Finvard" <fefinvarb@legislatura.gov.ar>,
IInst.
Sarmiento de Sociol. e Historia <sarmiento@vianw.com.ar>,
Prof. James
O. Pellicer - New York <jop63@yahoo.com>,
Prof. José
Antonio Iglesias" <joseiglesias@arnet.com.ar>,
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12 de junio
de 2003
Rosas y Palermo
Inés Álvarez de Toledo me comentaba:
Enrique:
Le escribo estas líneas desde esta ciudad de Buenos
Aires toda vez que,
como es de su estilo (con el que ciertamente goza),
continúa enviándome
correos electrónicos relacionados con el tirano.
Querida Inés:
Para no emplear conceptos
subjetivos, hablemos con propiedad
y digamos dictador, que ése es el título que le cabe a Rosas, según
muy bien opinó Domingo F. Sarmiento:
«Rosas era un republicano que ponía en juego todos los
artificios
del
sistema popular representativo. Era la
expresión de la voluntad
del pueblo, y en verdad
que las actas de elección así lo muestran.
Esto
será un misterio que aclararán mejores y más
imparciales
estudios que los que hasta hoy hemos
hecho. No todo era terror,
no
todo era superchería. Grandes y
poderosos ejércitos lo sirvieron
años
y años impagos. Grandes y notables
capitalistas lo apoyaron
y lo
sostuvieron.
Abogados de nota tuvo en los profesores
patentados del derecho.
Entusiasmo, verdadero entusiasmo, era el
de millares de hombres
que lo proclamaban el Grande Americano.
La suma del poder público,
todas palabras vacías como es vacío el abismo,
le fue otorgada por
aclamación. Senatus consulto y
plebiscito, sometiendo al pueblo la
cuestión».
Domingo F. Sarmiento, Biografía de Vélez Sársfield,
[Los subrayados
son míos]
La carta
de lectores publicada por el centenario diario "La Nación",
matutino al que usted no le tiene simpatías pero en
el que —
aparentemente—
diariamente abreva, firmada por Horacio Miguel
García
Prieto contiene unos cuantos hechos que
desconocía.
Por ejemplo que no existió un
tal Pedro Agustín Cuelli, y que el Camino
de las Topas podría
ser cualquier calle menos la avenida Las Heras, que
se llamaba Chavango, y que
corre en sentido opuesto a la dirección de lo
que fue el Camino de las
Tropas.
Percibo
también su estilo literario y déjeme aconsejarlo, trate de defender
—en la medida de sus posibilidades—
al tirano [dictador] pero no ataque
a los
"sarmientistas", evitando la ofensa a los
descendientes del Presidente
sanjuanino, en el caso, a Rafael Sarmiento.
No sé hasta qué punto pudiera
ser descendiente de don Domingo Faustino
el señor Rafael Sarmiento, Inés. El solo apellido Sarmiento no
vincula con
lazos de parentesco a todos los que lo lleven. De su primera época en
Chile tuvo una hija, Ana
Faustina, que casó con Julio Belín. Su nieto se
llamó Augusto Belín
Sarmiento, o sea que si el señor Rafael Sarmiento
fuera descendiente de don
Domingo Faustino, debería más bien llevar
Belín como primer apellido.
Domingo Fidel —Dominguito— hijo de la
viuda Benita Martínez
Pastoriza, fue hijo adoptivo, y murió relativamente
joven en la Guerra del
Paraguay. No sé si dejó descendencia pero, de
todas
maneras, la relación sería política. Otro es el caso del apellido
Urquiza, pues habiendo
reconocido don Justo José a más de 100 hijos
de distintas mujeres, es más
probable una consanguinidad entre los
Urquiza, lógicamente.
¿Cómo
puede decir que sería la primera vez que un "sarmientista"
sale
a argumentar? No se olvide de las academias y de
los académicos.
Ya
se que tampoco son de su agrado pero no puede
obviarlos.
Tiene usted razón, Inés:
respecto de nuestras academias, especialmente
las de
historia, comparto la opinión de Jauretche. Además, no es un
simple capricho, sino que
tengo mis experiencias, por ejemplo con el
académico
Dr. Isidoro Ruiz Moreno a raíz de un «trabajo» suyo
publicado
en LA
NACIÓN — permítame que lo llame el «prestigioso
matutino»— titulado La historia juzga
(*)
del 8 de noviembre
de 1999,
http://www.lanacion.com.ar/99/11/08/O04.htm,
(*) Mi réplica al «historiador» Ruiz Moreno fue publicada
en la Revista N° 57 del
Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan
Manuel de Rosas y se
puede leer en Internet en
La
historia juzga, por el Dr. Isidoro Ruiz Moreno
Resulta que este «académico»
confunde hasta nombres de hechos de
nuestra historia y se toma en sus disquisiciones libertades propias de
un comentarista deportivo:
...
Quizá para procurar mayor claridad convenga separar los temas,
sin guardar una
cronología estricta, propia de otro tipo de trabajo.
¿De qué
otro tipo de trabajo, Inés...? Es una conocida excusa
artificiosa
a la que se acude cuando en una exposición basada meramente en
palabras no se presentan documentos ni fuentes de ninguna especie.
Sobre este «método histórico» decía Juan Bautista Alberdi hablando
del Facundo: Es el primer libro de historia que no tiene
fecha ni data
para los acontecimientos
que refiere. Es verdad que esa omisión
procura al autor una
libertad de movimientos muy confortable, por
la cual avanza, retrocede,
se detiene, va para un lado, vuelve al lado
opuesto, todo con el
método lógico con que un pescado rompe la
onda del mar, o una mosca
la del aire. J. B. Alberdi, Facundo y su
biógrafo.
Éste es el «método» que
prefiere el Sr. Ruiz Moreno, miembro de las
Academias Nacionales de la
Historia y de Ciencias Políticas. No es la
primera vez que para
respaldar afirmaciones se presentan títulos en
lugar de documentación.
Continúo con el «académico»:
Lo expuesto quiere
decir, desde ya, que traicionó la doctrina
federal que proclamaba
sostener.
Hasta aquí, lo único
«expuesto» eran las palabras del Sr. Académico,
que no por su pretensión de apodícticas —Lo expuesto quiere decir,
desde ya—, pudieran considerarse pruebas. Prosigue:
Pues es sabido que, pese
a haber ratificado el Pacto Nacional
de 1831, se negó
tenazmente a reunir el Congreso Constituyente
que este acuerdo
establecía en forma obligatoria, como medio
para hacer triunfar el
sistema, y persiguió a muerte (no es una
imagen literaria) a
cuantos exigieron el cumplimiento de dicho
postulado.
No hubo tal «Pacto
Nacional», Inés. Por el año, 1831, probablemente
se refiera el Sr. Académico al Pacto Federal, celebrado el 4 de
enero
de 1831. Fue firmado por sólo tres de las provincias, y sus
representantes
fueron José María Roxas y Patrón por Buenos Aires, Domingo Cullen por
Santa Fe y Antonio Crespo
(que había sustituido a Miranda) por Entre
Ríos. Este acuerdo, que
contenía 17 artículos, no habla en absoluto
de un «Congreso
Constituyente», sólo se refiere a una Comisión
Representativa.
Y así podríamos seguir, Inés,
en el mismo tenor hasta aburrirnos. Un
«académico» que ni siquiera
sabe nombrar los hechos de la historia
como lo podría hacer un escolar medio. Mi extenso análisis, que hice
llegar al Dr. Ruiz Moreno, se publicó en la Argentina, pero el señor
«académico» ni siquiera se disculpó de haber inventado un «Pacto
Nacional». ¿Ve usted, Inés, por qué afirmo que los «sarmientistas»
solo bocinean, pero jamás salen a la liza? ¿Comprende por qué
comparto más bien el parecer de Jauretche...?
Y le hago una apuesta: si
llegara usted a responderme, lo hará con
generalidades, pero no tocará nada concreto, no presentará una fecha,
un documento. Pensé siempre que fuera esto una táctica, pero me estoy
convenciendo lentamente de que es más bien una especie de modus
procedendi: no sólo los «sarmientistas» sino de
nosotros los argentinos
en general, que creemos que responder «algo» es
argumentar, es discutir,
y frecuentemente confundimos refutar con descalificar, y
en lugar de rebatir
las ideas, atacamos
personalmente a quien las profese —ver Grondona:
Para un argentino, ¿nada
peor que otro argentino?
http://www.lanacion.com.ar/02/12/08/do_456844.asp .
Usted
utiliza hábilmente el discurso para tratar de que el "sarmientino"
—
últimamente la mayoría de los vocablos terminados
en istos/as tienden
a desagradarme—
Habrá notado, Inés, que
coloco siempre estos términos entre comillas
pues a mí tampoco me agradan mucho.
...
caiga en su trampa de hablar de Sarmiento —que
con sus aciertos
y errores no es el quid de la cuestión—
para no hablar de Rosas y su
tiranía.
Insisto, Inés, a fin de
hablar con propiedad: dictadura. ¿Cómo es que no
quisiera yo hablar de
Rosas...? Sería interesante si precisara usted qué
quiere decir aquí. Arriba he
citado a Sarmiento hablando de Rosas, una
cita que usted ya conoce,
pero no cree que fuera de Sarmiento. O cuando
Sarmiento exhortó al novel
«historiador» José M. Ramos Mejía:
Prevendríamos al joven autor que no reciba como moneda de buena ley
todas las acusaciones que se han hecho a Rosas
en aquellos tiempos de
combate y de lucha, por el interés mismo de las
doctrinas que explicarían
los hechos verdaderos.
¿No
estamos hablando de Rosas...? Ocurre que hay dos Sarmientos,
como
hay dos Alberdis: el joven y el maduro. Quienes hablan de Rosas
como el
«tirano» y no el dictador, leen además «historia»
en el Facundo
o en
Amalia. Yo prefiero el Sarmiento que escribió la biografía de Vélez
Sársfield que cito al comienzo, o el que le advirtió a José M. Ramos
Mejía
que tuviera más cuidado con lo que leía de Rosas, que no todo
era
«moneda de buena ley».
Las
expresiones del legislador Nicanor Albarellos son una cita
usual en
su discurso que espero no la repita nuevamente
porque
resulta
monótona.
Una cita de un legislador no
tiene por qué resultar monótona, pues es
parte de la historia, y en el caso de Albarellos, cuyo nombre
adorna
calles, muestra además con absoluta fidelidad cómo se actuó en la
Legislatura porteña: lo que sí debería provocarnos no es monotonía,
sino absoluta vergüenza.
Los
dichos de un congresista no cambian la verdad histórica.
Está equivocada
nuevamente, Inés, pues lo dicho por Albarellos,
como indiqué, es la verdad
histórica: así ocurrió y así se procedió
y así se sigue procediendo.
Quizá no se de cuenta usted —pero la
vida es larga y enseña.
Recordemos que en la casa del pueblo de las repúblicas debemos
admitir los juicios de valores más disímiles, como
los vertidos en
aquella oportunidad.
El juicio de Albarellos,
vertido el 1° de julio de 1857, no representa
sólo su opinión personal: así actuó la legislatura y por lo tanto
ese
juicio es representativo de la clase dirigente de ese momento, y lo
prueba la continuidad que tuvieron esas palabras, hasta hoy. Al
repetir usted lo de «tirano»,
no se da cuenta que está recapitulando
las palabras de Albarellos,
Inés:
Si el juicio de Rosas lo
librásemos al fallo de la historia, no
conseguiremos que Rosas sea condenado como tirano, y sí
tal vez que fuese en ella el más grande y el más glorioso de
los argentinos.
Ahora
debemos soportar otras embestidas tan poco felices con
relación al cambio del nombre que nos ocupa,
patrocinadas por
algunos legisladores que manifestaron no ser
rosistas. Como ve
nuestra fauna de políticos porteños actual es
interesante y digna
de estudio. Más les vale que intenten gobernar para
Buenos Aires
y su gente. Para eso les pagamos. ¡Y bien pagados
con los dineros
públicos!
Lo mismo se pagaba a
Albarellos y a otros, Inés, y lo que decidieron en
nombre de la democracia y la
libertad le resulta a usted por lo menos
monótono.
Sus
términos "mitología" e "historia" déjelos para otros interlocutores.
Nosotros ya los conocemos.
Ocurre que los interlocutores
—o lectores— de estas líneas son varios,
y quizá no todos conozcan la
diferencia. Pero para que comprenda usted
por qué llamo yo mitología
a lo que algunos consideran historia —
y también Historia,
con mayúscula—, debemos volver ineluctablemente
a Albarellos:
Juicios como éstos no
deben dejarse a la historia... ¿Qué se
dirá, qué se podrá decir
en la historia cuando se viere que las
naciones civilizadas del
mundo, para quien nosotros somos
un punto... han
reconocido en ese tirano un ser digno de tratar
con ellos?... Este hecho
conocido en la historia, sería un gran
contrapeso, señor, si
dejamos a Rosas sin este fallo. No se
puede librar el juicio
de Rosas a la historia... cuando se diga
que el general San
Martín, el vencedor de los Andes, el padre
de las glorias
argentinas, le hizo el homenaje más grandioso
que puede hacer un
militar legándole su espada?...
Si el juicio de Rosas
lo librásemos al fallo de la historia,
no conseguiremos que
Rosas sea condenado como
tirano, y sí tal vez
que fuese en ella el más grande y el
más glorioso de los
argentinos.
[Los subrayados son míos]
Entonces, Inés, si el juicio
sobre Rosas no se dejó librado a la historia,
¿qué es lo que resultó de
allí...? Algo que lógicamente difiere de la
historia, algo que
no es historia. Y si no es historia, ¿qué es...?
Es, evidentemente, otra cosa,
y yo la llamo mitología, donde todo
ocurre según las fantasías de
quienes la crearon. Si nos guiamos
por lo legislado —cf.
Albarellos—, no podemos hablar de nuestra
historia, y si no nos
gusta el término mitología, proponga usted
otro, por ejemplo
historias.
No en vano advirtió Cicerón
en De oratore, 2, 15:
Quis nesquit primam esse
historiae legem, ne quid falsi
dicere audeat, deinde ne
quid veri non audeat?
¿Quién ignora que la
primera ley de la historia es que no hay que
osar decir nada falso y que no hay que temer confesar la verdad
entera? Sin embargo, la legislatura de Buenos Aires acordó
falsear
la historia. Hoy no sabemos por qué nos va tan mal, pero resulta que
en la misma obra, 2, 9, Cicerón previno que la historia es testigo de
los tiempos, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la
vida, heraldo de la antigüedad. O sea que lo de no dejar los
juicios
librados a la historia trae a los pueblos graves consecuencias, y
si
bien no vemos nosotros la causalidad, estamos sufriendo las
secuelas de
haber vivido guiados por una mitología y no por la lux
veritatis ni la
magistra vitae. Estoy seguro que Albarellos no conocía
a Cicerón. Hágale saber esto
a los «académicos» que inventan un
«Pacto Nacional» —amén de
otras cosas— y a todos los Albarellos
que nos quedan en la Argentina.
Por
poseer parientes en Alemania, país en el cual usted está
habitando —según me
manifestara— hace muchas décadas
y desde
donde emite sus correos, se que la calidad de vida
de las
personas que allí residen, en el aspecto
económico y en
líneas
generales, es muy superior a la media de los
argentinos
que
residimos en nuestra querida patria, y no
escapará a su
conocimiento que los pobladores
económicamente activos
debemos
hacer ingentes esfuerzos para procurarnos
satisfacer
nuestras
necesidades. Hasta el tiempo para el ocio
constructivo
languidece en el Plata por estos días.
Aquí tenemos la parte
infaltable en cualquier «argumentación» flor
de ceibo: el argumentum ad hominem, algo que le indicaba
arriba,
sin saber que calamo currente lo emplearía usted. En realidad,
nada
tiene que ver mi persona con lo que estamos discutiendo, y escribiría
lo mismo si lo hiciera desde Villa Crespo. Parecería suponer usted
que a mí me regalaran lo necesario para vivir, o que aquí a todos los
mantiene el estado «de upa». Además, a mi edad podría yo estar ya
jubilado y no saber qué hacer, y por eso me pondría a jorobarles la
paciencia a mis paisanos. No es así, querida Inés, y si dispongo de
tiempo para escribir, es porque me lo tomo para eso. Tengo la suerte
de que si quiero salir a caminar por el bosque, no tengo más que salir
a la puerta y a los cincuenta metros comienza. Me ahorro entonces
el tiempo que debería invertir en trasladarme a un lugar así. Pero
a la suerte hay que ayudarla,
y eso es lo que hice hace más de
cuarenta años. Repito: no
vienen al caso estos detalles personales,
pero ya que los toca, sería
muy descortés de mi parte decirle
«¿y a usted qué le
importa...?»
¡Cómo
se solaza con sus intentos por argumentar y discutir!
Si supiera usted todo lo que
escribo en el día, vería que estas no son
más que misceláneas. Que me solaza escribir, es verdad, pero en
cuanto a que sean «intentos» de discusión o argumentación, no estoy
de acuerdo. Ya le aposté a que si me replica estas líneas, lo hará en
términos generales, mucho ruido y pocas nueces, como le decía que
estamos acostumbrados. Como el Dr. Ruiz Moreno:
Lo expuesto
quiere decir, desde ya,..., «El Pacto Nacional...», etcétera.
¡Cómo
vuelve sobre sus citas anteriormente citadas y oportunamente
refutadas en relación a frases de Sarmiento!
Esto es nuevo para mí. Dígame
en qué momento lo hizo, porque hasta
ahora pareciera habérseme
pasado por alto.
Le
recuerdo que para interpretar correctamente al gran sanjuanino
no hay que citar párrafos aislados so pretexto de
caer en un
reduccionismo inexplicable.
Es verdad, porque no pocas
veces hablaba «macanas» y no recordaba
ya lo que había dicho anteriormente, cuándo y dónde. No cabe duda
de que su prosa fue inigualable, pero escribir bien no es todo: hay que
decir también la verdad. Vamos a hacer una pequeña «prueba», Inés,
y veamos cómo interpreta usted unas líneas sin ningún contenido político
de su más grande obra, el
Facundo, y me dirá qué le llama en ellas la
atención, si es que realmente
hubiera algo. Son del capítulo VII, en la
descripción de nuestra ciudad
de Córdoba:
En la plaza principal
está la magnífica catedral de orden gótico
con su enorme cúpula
recortada en arabescos, único modelo
que yo sepa que haya en
la América del Sud de la arquitectura
de la Edad Media. A una
cuadra está el templo y convento de
la Compañía de Jesús, en
cuyo presbiterio hay una trampa que
da entrada a
subterráneos que se extienden por debajo de la
ciudad, y van a parar no
se sabe todavía adónde; también se
han encontrado los
calabozos en que la Sociedad sepultaba
vivos a sus reos. Si
queréis, pues, conocer monumentos de
la Edad Media, y
examinar el poder y las formas de aquella
célebre Orden, id a
Córdoba, donde estuvo uno de sus grandes
establecimientos
centrales de América.
Pretender conciliar su ideario con la tiranía rosín es tarea que llama
a la
hilaridad. La historia así lo demostró.
Supongo que si «la historia
así lo demostró», no tendrá usted
inconveniente en decirme
dónde está documentado eso. No me
diga que interpreta usted la historia según Albarellos.
A
propósito. Recuerdo también que en mi carta de lectores relativa
a Rosas, del pasado día 7 de mayo del año en curso
y que fuera
publicada en "La Nación", textualmente escribí que
"Miles de argentinos
sucumbieron bajo su régimen". Recuerdo también que
en su contestación
usted trató de corregirme diciéndome que los
muertos sumaron 480 (y 500
los exiliados), siempre acudiendo a sus citas
(confr. su respuesta de fecha
8 de mayo de 2003).
Los 480 muertos son los de
las «Tablas de Sangre» del cordobés
José Rivera Indarte, Inés.
Vuelvo
sobre la cuestión indicándole que la política del terror implantada
durante los largos años de la tiranía se extendió
por todo el territorio patrio.
Los degüellos y los fusilamientos fueron prácticas
comunes del tirano.
Fueron prácticas comunes a
todos los argentinos en esa época, querida
Inés, y era algo que aceptaba y aconsejaba también el mismo Sarmiento,
aún después de a Batalha de Monte Caseros y de haberse iniciado
la
«organización nacional» y contar con «constitución».
Le cito,
como es de su agrado, a la propia "Gaceta Mercantil",
breviario rosín como pocos,
Realmente, como pocos, y
estaba además el Archivo Americano, que
se editaba en tres idiomas
—castellano, inglés y francés— y se distribuía
en todo el mundo.
... que
en su edición número 5483 publica el parte que el coronel
Mariano Maza dirige al gobernador Claudio
Arredondo, en donde
se informa que en la Plaza de Catamarca se
colocaron en elevadas
estacas las cabezas del comandante general Espache,
la de los
ministros Dulce y González y a su pies una pirámide
de 600 cabezas
pertenecientes a los demás prisioneros.
Gracias por la referencia,
Inés, si bien es un tanto exigua, pues no da
usted una fecha, por ejemplo, lo que me obliga a recostruir la cita. No
dispongo aquí en la diáspora de la hemeroteca de la Gaceta Mercantil,
así que no sabría ubicar el número 5483, pero los hechos a que usted
se refiere están documentados en la Gaceta del 6 de diciembre de
1841,
que supongo llevará ese número. No sé si ese período le dice a usted
algo
más que lo de la «pirámide» de cabezas, pero teníamos por un lado la
intervención inglesa y francesa, y por el otro el país sublevado por
obra
principalmente de Lavalle, que murió en esos días, el 9 de octubre, lo
que marcó poco después el fin de lo que se llamó la Coalición del Norte,
instigada y pagada por los franceses. El coronel Mariano Maza que usted
nombra fue, realmente, muy cruel, pero el otro bando no le iba en zaga.
Dice Saldías en Historia de la Confederación, II/321:
Lo que resalta es la
aspiración a exterminar al adversario. Y es
éste precisamente el
perfil característico de la época, como ya
se ha visto. Los dos
partidos, unitario y federal, quieren dominar
en absoluto la República
a condición de destruirse el uno al
otro. Y en ambas filas
se hace correr sangre del adversario
caído; porque en ambas
domina con implacable saña la
misma conciencia que
hacía exclamar a Cicerón al ofrecer
en sacrificio su cabeza
y la de sus amigos: «César, somos
los vencidos: puedes hacernos morir». Lo que hay es que
Maza da las notas más
altas, y las da con cierta complacencia
salvaje. El general
Lamadrid había escrito también durante
su campaña de Cuyo de
1838, y refiriéndose a los federales:
«Espero que usted de
orden a sus oficiales que quemen en
una hoguera a cuanto
montonero agarren. El pueblo reclama
la persona de Echegaray.
A estas cabezas es preciso acabarlas
si queremos que haya tranquilidad».
Vencido Lavalle, las horas
del gobierno impuesto por Lamadrid
en Catamarca estaban contadas. El 29 de octubre de 1841 avanzó
Maza sobre Catamarca y ese mismo día se encontraron sobre una
pica las cabezas del coronel Pascual Espeche, don Gregorio Dulce
y don Gregorio Gómez —ministros de José Cubas, que se hacía
llamar gobernador por haberlo nombrado Lamadrid en reemplazo
del gobernador federal Juan Eugenio Balboa. Seis días después
fue apresado y corrió la
suerte de sus ministros. Maza comunicó
al gobernador de Córdoba los
detalles:
El salvaje unitario
Cubas fue tomado por diez soldados, como
también su secretario
Barros y dos oficiales, únicos que
escaparon de la acción
del 29. Veinte, entre jefes y oficiales
han sido ejecutados. En
fin, mi amigo, la fuerza de este salvaje
unitario tenaz pasaba de
seiscientos hombres, y todos han
concluido, pues así les
prometí pasarlos a cuchillo si no se
rendían.
Esto se publicó en la
Gaceta del 6 de diciembre de 1841, que
debe ser la número 5483 que menciona usted. En La Rioja, el
gobernador nombrado por Lamadrid, Francisco Bustamante,
no opuso resistencia y salvó la vida con sus partidarios. En
cuanto a lo que usted dice,
«una pirámide de 600 cabezas»,
no he encontrado nada donde se haga siquiera una referencia.
Pero sí a una «pirámide», junto a la que se colocaron las picas
con las cabezas de los ministros, y esa pirámide era la que de
todas maneras existía en la plaza de Catamarca.
Historia de Bandas
Militares
LA MUSICA MILITAR EN LA EPOCA DE ROSAS
http://www.rs.ejercito.mil.ar/Contenido/Nro645/Revista/histobandas.htm
Cuando el Coronel Mariano
Maza tomó Catamarca el 29 de octubre de
1841 mandó degollar al gobernador José Cubas y a sus ministros. Sus
cabezas clavadas en lanzas fueron expuestas junto a la pirámide de
la plaza y una banda
militar ejecutó varias marchas federales al pie de
la misma. El pintor y
litógrafo italiano Calixto Tagliabúe (1797-1850),
realizó una magnífica litografía donde vemos reflejada esta escena:
ocho músicos de una banda militar de los federales con flautas,
flautín,
bombo, corno y trompeta ejecutan aires marciales junto a los macabros
trofeos.
O sea que existe de este
trágico momento inclusive un documento gráfico
donde puede verse dicha
«pirámide», pero no precisamente de cabezas,
Inés. ¿Ve usted cómo de
historia se puede hacer mitología, y usted
contribuye inocentemente a
difundirla? Sí, usted, que no está de acuerdo
con Albarellos y que cree
conocer la verdadera historia nacional.
¡Y todo
esto en un único acto de carnicería amoral y bárbaro!
Como vimos, Inés, la
carnicería era parte del juego, que tampoco
despreciaban los unitarios, menos aún el mismo Sarmiento, si bien
jamás en su vida estuvo en un «entrevero». Lo que sigue son citas
de Sarmiento:
No trate de economizar
sangre de gauchos. Es lo único que
tienen de humano. Este
es un abono que es preciso hacer útil
al país.
Carta a Mitre, 20.9.1861.
Sandes ha marchado a San
Luis... Si va, déjelo ir. Si mata
gente, cállense la boca.
Son animales bípedos de tan perversa
condición que no sé qué
se obtenga con tratarlos mejor.
Carta a
Mitre, marzo de 1862.
He aplaudido la medida,
precisamente por su forma. Sin
cortarle la cabeza a
aquel inveterado pícaro [el Chacho
Peñaloza] y ponerla a la
expectación, las chusmas no
se habrían aquietado en
seis meses. Carta a Mitre, 18.11.1862.
No deje cicatrizar la
herida de Pavón. Urquiza debe desaparecer
de la escena, cueste lo
que cueste. Southampton o la horca. Es
a única nube negra que
queda en el horizonte.
Carta a
Mitre, diciembre de 1862
La muerte del gobernador
Nazario Benavídez es acción santa
sobre un notorio
malvado. Dios sea loado. "El Nacional", 23.10.1858
¿Lograremos exterminar a
los indios? Por los salvajes de América
siento una invencible
repugnancia sin poderlo remediar. Esa
canalla no son más que
unos indios asquerosos a quienes
mandaría colgar ahora si
reapareciesen. Lautaro y Caupolicán
son unos indio piojosos,
porque así son todos. Incapaces de
progreso, su extermino
es providencial y útil, sublime y grande.
Se les debe exterminar
sin ni siquiera perdonar al pequeño, que
tiene ya el odio
instintivo al hombre civilizado» Artículos
de
"El
Progreso", 27.9.1844 y de "El Nacional", 19.5.1857, 25.11.1878 y
8.2.1879
Estamos por dudar de que
exista el Paraguay. Descendientes de
razas guaraníes, indios
salvajes y esclavos que obran por instinto
o falta de razón. En
ellos, se perpetúa la barbarie primitiva y colonial...
Son unos perros
ignorantes... Al frenético, idiota, bruto y feroz borracho
Solano López lo
acompañan miles de animales que obedecen y mueren
de miedo. Es
providencial que un tirano haya hecho morir a todo ese
pueblo guaraní. Era
necesario purgar la tierra de toda esa excrecencia
humana, raza perdida de
cuyo contagio hay que librarse. Artículo de
"El
Nacional", 12.12.1877.
(Etcétera)
Concluyo
nuevamente en que es correcta la frase relativa a los miles
de argentinos que sucumbieron bajo la tiranía de
Rosas.
Si le parece a usted contar
los que murieron en combates como muertos
de la «tiranía», habría que
contar igualmente los que murieron a manos
de Lavalle, Lamadrid, Paz y
otros. Decía José Luis Busaniche dice en
la última página de su
Historia Argentina:
[...] Y no vamos a pedir a
un amigo de Peñaloza ni de Juan Saa
la estadística que sirva de
cifra y compendio, clave y emblema,
para el período que, por
desdicha, no se cerró el 12 de octubre
de 1868, cuando el general
Mitre hizo entrega del poder a don
Domingo F. Sarmiento. Nos
la dará don Nicasio Oroño, miembro
conspicuo del partido
liberal, y senador en 1868. «Desde junio
de 1862 —dijo Oroño
en el Senado— hasta igual mes de 1868,
han ocurrido en
las provincias ciento diez y siete revoluciones,
habiendo muerto
en noventa y un combates, cuatro mil
setecientos
veintiocho ciudadanos».
En cifras: 4.728 muertos en 6
años. Tomemos de Rivera Indarte las
Tablas de sangre,
pagadas a penique por muerto por la casa Lafone
de Montevideo: 480 muertos,
dos libras justas. Vemos que Rosas, en
20 años —y no
treinta, como cree saberlo usted—, «se quedó corto»
en comparación con lo que
alcanzaron en tan poco tiempo Mitre
y Sarmiento con sus
coroneles orientales Ambrosio Sandes, José
Miguel Arredondo, Ignacio
Rivas, Venancio Flores, Wenceslao
Paunero, a los que podríamos
agregar el chileno Irrazábal. Tuvieron
todos decidida participación
en la «organización nacional», en trocar
la barbarie en
civilización, lo que se comprueba con las cifras que
cita Oroño. Y no se incluye
Cañada de Gómez, 22.11.1861, en el
«arqueo» del liberal Oroño,
ni unas cuantas menudencias más.
Recordemos que para la fecha
que indica Oroño, junio de 1868,
Rosas hacía más de 16 años
que vivía en el exilio.
Atentamente
Inés Álvarez de Toledo
Besos, Inés
Enrique
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