© Enrique C. Picotto - D 71067 Sindelfingen, Alemania  - Mail to Enrique C. Picotto 14.11.03

 

Subject:

Rosas y Palermo

Date:

Thu, 12 Jun 2003 02:34:17 +0200

From:

Enrique C. Picotto <e.c.picotto@attglobal.net>

To:

Inés Álvarez de Toledo <ines@alvarezdetoledo.com>

CC:

Rafael Sarmiento <sarmiento@via-net-works.net.ar>,

Vincent de Urquiza <lurquiza@fibertel.com.ar>,

Patricia Pascuali<pspasquali@arnet.com.ar>,

Luis Montenegro <lmonte@fibertel.com.ar>,

Marta Mercader <mmercader@house.com.ar>,

C. Keller Sarmiento <CarlosKeller@arnet.com.ar>,

A Delloca <alberto@delloca.com>,

Sr. Mario «Pacho» O'Donnell <mario@odonnell-historia.com.ar>,

Instituto Nacional de Invest. Históricas J. M. de Rosas <inrosas@fibertel.com.ar>,

Dr. Oscar Denovi <oscardenovi@hotmail.com>,

Cabildo Abierto <cabildo_abierto@gruposyahoo.com.ar>,

Ing. José Ramón Miranda <jopomir@ciudad.com.ar>,

Dr. Horacio W. Bauer <BauerH@lacaja.com.ar>,

La Nación - Cartas de lectores <cartasdelectores@lanacion.com.ar>,

La Nación - Usted opina <udopina@lanacion.com.ar>,

Sr. Diputado Fernando A. Finvard" <fefinvarb@legislatura.gov.ar>,

IInst. Sarmiento de Sociol. e Historia <sarmiento@vianw.com.ar>,

Prof. James O. Pellicer - New York <jop63@yahoo.com>,

Prof. José Antonio Iglesias" <joseiglesias@arnet.com.ar>,

 

12 de junio de 2003

 

Rosas y Palermo

Inés Álvarez de Toledo me comentaba:

Enrique:
Le escribo estas líneas desde esta ciudad de Buenos Aires toda vez que,
como es de su estilo (con el que ciertamente goza), continúa enviándome
correos electrónicos relacionados con el tirano.

Querida Inés:

 

Para no emplear conceptos subjetivos, hablemos con propiedad
y digamos dictador, que ése es el título que le cabe a Rosas, según
muy bien opinó Domingo F. Sarmiento:

«Rosas era un republicano que ponía en juego todos los artificios

del sistema popular representativo. Era la expresión de la voluntad

del pueblo, y en verdad que las actas de elección así lo muestran.

Esto será un misterio que aclararán mejores y más imparciales

estudios que los que hasta hoy hemos hecho. No todo era terror,

no todo era superchería. Grandes y poderosos ejércitos lo sirvieron

años y años impagos. Grandes y notables capitalistas lo apoyaron

y lo sostuvieron.


Abogados de nota tuvo en los profesores patentados del derecho.
Entusiasmo, verdadero entusiasmo, era el de millares de hombres
que lo proclamaban el Grande Americano. La suma del poder público,
todas palabras vacías como es vacío el abismo, le fue otorgada por
aclamación. Senatus consulto y plebiscito, sometiendo al pueblo la
cuestión».                        Domingo F. Sarmiento, Biografía de Vélez Sársfield,
 

[Los subrayados son míos]

La carta de lectores publicada por el centenario diario "La Nación",
matutino al que usted no le tiene simpatías pero en el que

aparentemente diariamente abreva, firmada por Horacio Miguel

García Prieto contiene unos cuantos hechos que desconocía.

Por ejemplo que no existió un tal Pedro Agustín Cuelli, y que el Camino

de las Topas podría ser cualquier calle menos la avenida Las Heras, que

se llamaba Chavango, y que corre en sentido opuesto a la dirección de lo

que fue el Camino de las Tropas.

Percibo también su estilo literario y déjeme aconsejarlo, trate de defender

en la medida de sus posibilidades al tirano [dictador] pero no ataque

a los "sarmientistas", evitando la ofensa a los descendientes del Presidente

sanjuanino, en el caso, a Rafael Sarmiento.

No sé hasta qué punto pudiera ser descendiente de don Domingo Faustino
el señor Rafael Sarmiento, Inés. El solo apellido Sarmiento no vincula con
lazos de parentesco a todos los que lo lleven.  De su primera época en

Chile tuvo una hija, Ana Faustina, que casó con Julio Belín. Su nieto se

llamó Augusto Belín Sarmiento, o sea que si el señor Rafael Sarmiento

fuera descendiente de don Domingo Faustino, debería más bien llevar

Belín como primer apellido. Domingo Fidel —Dominguito— hijo de la

viuda Benita Martínez Pastoriza, fue hijo adoptivo, y murió relativamente

joven en la Guerra del Paraguay. No sé si dejó descendencia pero, de

todas maneras, la relación sería política. Otro es el caso del apellido

Urquiza, pues habiendo reconocido don Justo José a más de 100 hijos

de distintas mujeres, es más probable una consanguinidad entre los

Urquiza, lógicamente.

¿Cómo puede decir que sería la primera vez que un "sarmientista"

sale a argumentar? No se olvide de las academias y de los académicos.

Ya se que tampoco son de su agrado pero no puede obviarlos.

Tiene usted razón, Inés: respecto de nuestras academias, especialmente

las de historia, comparto la opinión de Jauretche. Además, no es un

simple capricho, sino que tengo mis experiencias, por ejemplo con el

académico Dr. Isidoro Ruiz Moreno a raíz de un «trabajo» suyo

publicado en LA NACIÓN — permítame que lo llame el «prestigioso

matutino»—  titulado La historia juzga (*) del 8 de noviembre de 1999,

http://www.lanacion.com.ar/99/11/08/O04.htm,

(*) Mi réplica al «historiador» Ruiz Moreno fue publicada en la Revista N° 57 del

Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas y se

puede leer en Internet en La historia juzga, por el Dr. Isidoro Ruiz Moreno

Resulta que este «académico» confunde hasta nombres de hechos de
nuestra historia y se toma en sus disquisiciones libertades propias de
un comentarista deportivo:

... Quizá para procurar mayor claridad convenga separar los temas,

sin guardar una cronología estricta, propia de otro tipo de trabajo.

¿De qué otro tipo de trabajo, Inés...? Es una conocida excusa artificiosa
a la que se acude cuando en una exposición basada meramente en
palabras no se presentan documentos ni fuentes de ninguna especie.
Sobre este «método histórico» decía Juan Bautista Alberdi hablando
del FacundoEs el primer libro de historia que no tiene fecha ni data

para los acontecimientos que refiere. Es verdad que esa omisión

procura al autor una libertad de movimientos muy confortable, por

la cual avanza, retrocede, se detiene, va para un lado, vuelve al lado

opuesto, todo con el método lógico con que un pescado rompe la

onda del mar, o una mosca la del aire. J. B. Alberdi, Facundo y su

biógrafo.

 

Éste es el «método» que prefiere el Sr. Ruiz Moreno, miembro de las

Academias Nacionales de la Historia y de Ciencias Políticas. No es la

primera vez que para respaldar afirmaciones se presentan títulos en
lugar de documentación.

 

Continúo con el «académico»:

Lo expuesto quiere decir, desde ya, que traicionó la doctrina

federal que proclamaba sostener.

Hasta aquí, lo único «expuesto» eran las palabras del Sr. Académico,
que no por su pretensión de apodícticas —Lo expuesto quiere decir,
desde ya—, pudieran considerarse pruebas. Prosigue:

Pues es sabido que, pese a haber ratificado el Pacto Nacional

de 1831, se negó tenazmente a reunir el Congreso Constituyente

que este acuerdo establecía en forma obligatoria, como medio

para hacer triunfar el sistema, y persiguió a muerte (no es una

imagen literaria) a cuantos exigieron el cumplimiento de dicho

postulado.

No hubo tal «Pacto Nacional», Inés. Por el año, 1831, probablemente
se refiera el Sr. Académico al Pacto Federal, celebrado el 4 de enero
de 1831. Fue firmado por sólo tres de las provincias, y sus representantes
fueron José María Roxas y Patrón por Buenos Aires, Domingo Cullen por

Santa Fe y Antonio Crespo (que había sustituido a Miranda) por Entre

Ríos. Este acuerdo, que contenía 17 artículos, no habla en absoluto

de un «Congreso Constituyente», sólo se refiere a una Comisión

Representativa.

 

Y así podríamos seguir, Inés, en el mismo tenor hasta aburrirnos. Un

«académico» que ni siquiera sabe nombrar los hechos de la historia
como lo podría hacer un escolar medio. Mi extenso análisis, que hice
llegar al Dr. Ruiz Moreno, se publicó en la Argentina, pero el señor
«académico» ni siquiera se disculpó de haber inventado un «Pacto
Nacional». ¿Ve usted, Inés, por qué afirmo que los «sarmientistas»
solo bocinean, pero jamás salen a la liza? ¿Comprende por qué
comparto más bien el parecer de Jauretche...?

 

Y le hago una apuesta: si llegara usted a responderme, lo hará con
generalidades, pero no tocará nada concreto, no presentará una fecha,
un documento. Pensé siempre que fuera esto una táctica, pero me estoy
convenciendo lentamente de que es más bien una especie de modus
procedendi: no sólo los «sarmientistas» sino de nosotros los argentinos
en general, que creemos que responder «algo» es argumentar, es discutir,
y frecuentemente confundimos refutar con descalificar, y en lugar de rebatir

las ideas, atacamos personalmente a quien las profese —ver Grondona:

Para un argentino, ¿nada peor que otro argentino?
http://www.lanacion.com.ar/02/12/08/do_456844.asp .

Usted utiliza hábilmente el discurso para tratar de que el "sarmientino"
últimamente la mayoría de los vocablos terminados en istos/as tienden
a desagradarme

Habrá notado, Inés, que coloco siempre estos términos entre comillas
pues a mí tampoco me agradan mucho.

... caiga en su trampa de hablar de Sarmiento que con sus aciertos
y errores no es el quid de la cuestión para no hablar de Rosas y su
tiranía.

Insisto, Inés, a fin de hablar con propiedad: dictadura. ¿Cómo es que no

quisiera yo hablar de Rosas...? Sería interesante si precisara usted qué

quiere decir aquí. Arriba he citado a Sarmiento hablando de Rosas, una

cita que usted ya conoce, pero no cree que fuera de Sarmiento. O cuando

Sarmiento exhortó al novel «historiador» José M. Ramos Mejía:

Prevendríamos al joven autor que no reciba como moneda de buena ley
todas las acusaciones que se han hecho a Rosas en aquellos tiempos de
combate y de lucha, por el interés mismo de las doctrinas que explicarían
los hechos verdaderos.

¿No estamos hablando de Rosas...? Ocurre que hay dos Sarmientos,

como hay dos Alberdis: el joven y el maduro. Quienes hablan de Rosas

como el «tirano» y no el dictador, leen además «historia» en el Facundo

o en Amalia.  Yo prefiero el Sarmiento que escribió la biografía de Vélez

Sársfield que cito al comienzo, o el que le advirtió a José M. Ramos

Mejía que tuviera más cuidado con lo que leía de Rosas, que no todo

era «moneda de buena ley».

Las expresiones del legislador Nicanor Albarellos son una cita

usual en su discurso que espero no la repita nuevamente porque

resulta monótona.

Una cita de un legislador no tiene por qué resultar monótona, pues es
parte de la historia, y en el caso de Albarellos, cuyo nombre adorna
calles, muestra además con absoluta fidelidad cómo se actuó en la
Legislatura porteña:
lo que sí debería provocarnos no es monotonía,
sino absoluta vergüenza.

Los dichos de un congresista no cambian la verdad histórica.

Está equivocada nuevamente, Inés, pues lo dicho por Albarellos,

como indiqué, es la verdad histórica: así ocurrió y así se procedió

y así se sigue procediendo. Quizá no se de cuenta usted —pero la

vida es larga y enseña.

Recordemos que en la casa del pueblo de las repúblicas debemos
admitir los juicios de valores más disímiles, como los vertidos en
aquella oportunidad.

El juicio de Albarellos, vertido el 1° de julio de 1857, no representa
sólo su opinión personal: así actuó la legislatura y por lo tanto ese
juicio es representativo de la clase dirigente de ese momento, y lo
prueba la continuidad que tuvieron esas palabras, hasta hoy. Al

repetir usted lo de «tirano», no se da cuenta que está recapitulando

las palabras de Albarellos, Inés:

Si el juicio de Rosas lo librásemos al fallo de la historia, no
conseguiremos que Rosas sea condenado como tirano, y sí
tal vez que fuese en ella el más grande y el más glorioso de
los argentinos.

Ahora debemos soportar otras embestidas tan poco felices con
relación al cambio del nombre que nos ocupa, patrocinadas por
algunos legisladores que manifestaron no ser rosistas. Como ve
nuestra fauna de políticos porteños actual es interesante y digna
de estudio. Más les vale que intenten gobernar para Buenos Aires
y su gente. Para eso les pagamos. ¡Y bien pagados con los dineros
públicos!

Lo mismo se pagaba a Albarellos y a otros, Inés, y lo que decidieron en

nombre de la democracia y la libertad le resulta a usted por lo menos

monótono.

Sus términos "mitología" e "historia" déjelos para otros interlocutores.
Nosotros ya los conocemos.

Ocurre que los interlocutores —o lectores— de estas líneas son varios,

y quizá no todos conozcan la diferencia. Pero para que comprenda usted

por qué llamo yo mitología a lo que algunos consideran historia

y también Historia, con mayúscula—, debemos volver ineluctablemente

a Albarellos:

Juicios como éstos no deben dejarse a la historia... ¿Qué se

dirá, qué se podrá decir en la historia cuando se viere que las

naciones civilizadas del mundo, para quien nosotros somos

un punto... han reconocido en ese tirano un ser digno de tratar

con ellos?... Este hecho conocido en la historia, sería un gran

contrapeso, señor, si dejamos a Rosas sin este fallo. No se

puede librar el juicio de Rosas a la historia... cuando se diga

que el general San Martín, el vencedor de los Andes, el padre

de las glorias argentinas, le hizo el homenaje más grandioso

que puede hacer un militar legándole su espada?...

 

Si el juicio de Rosas lo librásemos al fallo de la historia,

no conseguiremos que Rosas sea condenado como

tirano, y sí tal vez que fuese en ella el más grande y el

más glorioso de los argentinos.

 

[Los subrayados son míos]

Entonces, Inés, si el juicio sobre Rosas no se dejó librado a la historia,

¿qué es lo que resultó de allí...? Algo que lógicamente difiere de la

historia, algo que no es historia. Y si no es historia, ¿qué es...?

Es, evidentemente, otra cosa, y yo la llamo mitología, donde todo

ocurre según las fantasías de quienes la crearon. Si nos guiamos

por lo legislado —cf. Albarellos—, no podemos hablar de nuestra

historia, y si no nos gusta el término mitología, proponga usted

otro, por ejemplo historias.

 

No en vano advirtió Cicerón en De oratore, 2, 15:

Quis nesquit primam esse historiae legem, ne quid falsi

dicere audeat, deinde ne quid veri non audeat?

¿Quién ignora que la primera ley de la historia es que no hay que
osar decir nada falso y que no hay que temer confesar la verdad
entera? Sin embargo, la legislatura de Buenos Aires acordó falsear
la historia. Hoy no sabemos por qué nos va tan mal, pero resulta que
en la misma obra, 2, 9, Cicerón previno que la historia es testigo de
los tiempos, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la
vida, heraldo de la antigüedad. O sea que lo de no dejar los juicios
librados a la historia trae a los pueblos graves consecuencias, y si
bien no vemos nosotros la causalidad, estamos sufriendo las

secuelas de haber vivido guiados por una mitología y no por la lux

veritatis ni la magistra vitae. Estoy seguro que Albarellos no conocía

a Cicerón. Hágale saber esto a los «académicos» que inventan un

«Pacto Nacional» —amén de otras cosas— y a todos los Albarellos
que nos quedan en la Argentina.

Por poseer parientes en Alemania, país en el cual usted está
habitando según me manifestara hace muchas décadas

y desde donde emite sus correos, se que la calidad de vida

de las personas que allí residen, en el aspecto económico y en

líneas generales, es muy superior a la media de los argentinos

que residimos en nuestra querida patria, y no escapará a su

conocimiento que los pobladores económicamente activos

debemos hacer ingentes esfuerzos para procurarnos satisfacer

nuestras necesidades. Hasta el tiempo para el ocio constructivo

languidece en el Plata por estos días.

Aquí tenemos la parte infaltable en cualquier «argumentación» flor
de ceibo: el argumentum ad hominem, algo que le indicaba arriba,
sin saber que calamo currente lo emplearía usted. En realidad, nada
tiene que ver mi persona con lo que estamos discutiendo, y escribiría
lo mismo si lo hiciera desde Villa Crespo. Parecería suponer usted
que a mí me regalaran lo necesario para vivir, o que aquí a todos los
mantiene el estado «de upa». Además, a mi edad podría yo estar ya
jubilado y no saber qué hacer, y por eso me pondría a jorobarles la
paciencia a mis paisanos. No es así, querida Inés, y si dispongo de
tiempo para escribir, es porque me lo tomo para eso. Tengo la suerte
de que si quiero salir a caminar por el bosque, no tengo más que salir
a la puerta y a los cincuenta metros comienza. Me ahorro entonces
el tiempo que debería invertir en trasladarme a un lugar así. Pero

a la suerte hay que ayudarla, y eso es lo que hice hace más de

cuarenta años. Repito: no vienen al caso estos detalles personales,

pero ya que los toca, sería muy descortés de mi parte decirle

«¿y a usted qué le importa...?»

 ¡Cómo se solaza con sus intentos por argumentar y discutir!

Si supiera usted todo lo que escribo en el día, vería que estas no son
más que misceláneas. Que me solaza escribir, es verdad, pero en
cuanto a que sean «intentos» de discusión o argumentación, no estoy
de acuerdo. Ya le aposté a que si me replica estas líneas, lo hará en
términos generales, mucho ruido y pocas nueces, como le decía que
estamos acostumbrados. Como el Dr. Ruiz Moreno: Lo expuesto
quiere decir, desde ya,...
, «El Pacto Nacional...», etcétera.

¡Cómo vuelve sobre sus citas anteriormente citadas y oportunamente
refutadas en relación a frases de Sarmiento!

Esto es nuevo para mí. Dígame en qué momento lo hizo, porque hasta

ahora pareciera habérseme pasado por alto.

Le recuerdo que para interpretar correctamente al gran sanjuanino
no hay que citar párrafos aislados so pretexto de caer en un
reduccionismo inexplicable.

Es verdad, porque no pocas veces hablaba «macanas» y no recordaba
ya lo que había dicho anteriormente, cuándo y dónde. No cabe duda
de que su prosa fue inigualable, pero escribir bien no es todo: hay que
decir también la verdad. Vamos a hacer una pequeña «prueba», Inés,
y veamos cómo interpreta usted unas líneas sin ningún contenido político

de su más grande obra, el Facundo, y me dirá qué le llama en ellas la

atención, si es que realmente hubiera algo. Son del capítulo VII, en la

descripción de nuestra ciudad de Córdoba:

En la plaza principal está la magnífica catedral de orden gótico

con su enorme cúpula recortada en arabescos, único modelo

que yo sepa que haya en la América del Sud de la arquitectura

de la Edad Media. A una cuadra está el templo y convento de

la Compañía de Jesús, en cuyo presbiterio hay una trampa que

da entrada a subterráneos que se extienden por debajo de la

ciudad, y van a parar no se sabe todavía adónde; también se

han encontrado los calabozos en que la Sociedad sepultaba

vivos a sus reos. Si queréis, pues, conocer monumentos de

la Edad Media, y examinar el poder y las formas de aquella

célebre Orden, id a Córdoba, donde estuvo uno de sus grandes

establecimientos centrales de América.

Pretender conciliar su ideario con la tiranía rosín es tarea que llama a la
hilaridad. La historia así lo demostró.

Supongo que si «la historia así lo demostró», no tendrá usted

inconveniente en decirme dónde está documentado eso. No me
diga que interpreta usted la historia según Albarellos.

A propósito. Recuerdo también que en mi carta de lectores relativa
a Rosas, del pasado día 7 de mayo del año en curso y que fuera
publicada en "La Nación", textualmente escribí que "Miles de argentinos
sucumbieron bajo su régimen". Recuerdo también que en su contestación
usted trató de corregirme diciéndome que los muertos sumaron 480 (y 500
los exiliados), siempre acudiendo a sus citas (confr. su respuesta de fecha
8 de mayo de 2003).

Los 480 muertos son los de las «Tablas de Sangre» del cordobés
José Rivera Indarte, Inés.

Vuelvo sobre la cuestión indicándole que la política del terror implantada
durante los largos años de la tiranía se extendió por todo el territorio patrio.
Los degüellos y los fusilamientos fueron prácticas comunes del tirano.

Fueron prácticas comunes a todos los argentinos en esa época, querida
Inés, y era algo que aceptaba y aconsejaba también el mismo Sarmiento,
aún después de a Batalha de Monte Caseros y de haberse iniciado la
«organización nacional» y contar con «constitución».

Le cito, como es de su agrado, a la propia "Gaceta Mercantil",

breviario rosín como pocos,

Realmente, como pocos, y estaba además el Archivo Americano, que

se editaba en tres idiomas —castellano, inglés y francés— y se distribuía

en todo el mundo.

... que en su edición número 5483 publica el parte que el coronel
Mariano Maza dirige al gobernador Claudio Arredondo, en donde
se informa que en la Plaza de Catamarca se colocaron en elevadas
estacas las cabezas del comandante general Espache, la de los
ministros Dulce y González y a su pies una pirámide de 600 cabezas
pertenecientes a los demás prisioneros.

Gracias por la referencia, Inés, si bien es un tanto exigua, pues no da
usted una fecha, por ejemplo, lo que me obliga a recostruir la cita. No
dispongo aquí en la diáspora de la hemeroteca de la Gaceta Mercantil,
así que no sabría ubicar el número 5483, pero los hechos a que usted
se refiere están documentados en la Gaceta del 6 de diciembre de 1841,
que supongo llevará ese número. No sé si ese período le dice a usted algo
más que lo de la «pirámide» de cabezas, pero teníamos por un lado la
intervención inglesa y francesa, y por el otro el país sublevado por obra
principalmente de Lavalle, que murió en esos días, el 9 de octubre, lo
que marcó poco después el fin de lo que se llamó la Coalición del Norte,
instigada y pagada por los franceses. El coronel Mariano Maza que usted
nombra fue, realmente, muy cruel, pero el otro bando no le iba en zaga.
Dice Saldías en Historia de la Confederación, II/321:

Lo que resalta es la aspiración a exterminar al adversario. Y es

éste precisamente el perfil característico de la época, como ya

se ha visto. Los dos partidos, unitario y federal, quieren dominar

en absoluto la República a condición de destruirse el uno al

otro. Y en ambas filas se hace correr sangre del adversario

caído; porque en ambas domina con implacable saña la

misma conciencia que hacía exclamar a Cicerón al ofrecer

en sacrificio su cabeza y la de sus amigos: «César, somos
los vencidos: puedes hacernos morir». Lo que hay es que

Maza da las notas más altas, y las da con cierta complacencia

salvaje. El general Lamadrid  había escrito también durante

su campaña de Cuyo de 1838, y refiriéndose a los federales:

«Espero que usted de orden a sus oficiales que quemen en

una hoguera a cuanto montonero agarren. El pueblo reclama

la persona de Echegaray. A estas cabezas es preciso acabarlas
si queremos que haya tranquilidad».

Vencido Lavalle, las horas del gobierno impuesto por Lamadrid
en Catamarca estaban contadas. El 29 de octubre de 1841 avanzó
Maza sobre Catamarca y ese mismo día se encontraron sobre una
pica las cabezas del coronel Pascual Espeche, don Gregorio Dulce
y don Gregorio Gómez —ministros de José Cubas, que se hacía
llamar gobernador por haberlo nombrado Lamadrid en reemplazo
del gobernador federal Juan Eugenio Balboa. Seis días después

fue apresado y corrió la suerte de sus ministros. Maza comunicó

al gobernador de Córdoba los detalles:

El salvaje unitario Cubas fue tomado por diez soldados, como

también su secretario Barros y dos oficiales, únicos que

escaparon de la acción del 29. Veinte, entre jefes y oficiales

han sido ejecutados. En fin, mi amigo, la fuerza de este salvaje

unitario tenaz pasaba de seiscientos hombres, y todos han

concluido, pues así les prometí pasarlos a cuchillo si no se

rendían.

Esto se publicó en la Gaceta del 6 de diciembre de 1841, que
debe ser la número 5483 que menciona usted. En La Rioja, el
gobernador nombrado por Lamadrid, Francisco Bustamante,
no opuso resistencia y salvó la vida con sus partidarios. En

cuanto a lo que usted dice, «una pirámide de 600 cabezas»,
no he encontrado nada donde se haga siquiera una referencia.
Pero sí a una «pirámide», junto a la que se colocaron las picas
con las cabezas de los ministros, y esa pirámide era la que de
todas maneras existía en la plaza de Catamarca.

Historia de Bandas Militares
LA MUSICA MILITAR EN LA EPOCA DE ROSAS
http://www.rs.ejercito.mil.ar/Contenido/Nro645/Revista/histobandas.htm

 

Cuando el Coronel Mariano Maza tomó Catamarca el 29 de octubre de
1841 mandó degollar al gobernador José Cubas y a sus ministros. Sus
cabezas clavadas en lanzas fueron expuestas junto a la pirámide de

la plaza y una banda militar ejecutó varias marchas federales al pie de

la misma. El pintor y litógrafo italiano Calixto Tagliabúe (1797-1850),
realizó una magnífica litografía donde vemos reflejada esta escena:
ocho músicos de una banda militar de los federales con flautas, flautín,
bombo, corno y trompeta ejecutan aires marciales junto a los macabros
trofeos.

O sea que existe de este trágico momento inclusive un documento gráfico

donde puede verse dicha «pirámide», pero no precisamente de cabezas,

Inés. ¿Ve usted cómo de historia se puede hacer mitología, y usted

contribuye inocentemente a difundirla? Sí, usted, que no está de acuerdo

con Albarellos y que cree conocer la verdadera historia nacional.

¡Y todo esto en un único acto de carnicería amoral y bárbaro!

Como vimos, Inés, la carnicería era parte del juego, que tampoco
despreciaban los unitarios, menos aún el mismo Sarmiento, si bien
jamás en su vida estuvo en un «entrevero». Lo que sigue son citas
de Sarmiento:

No trate de economizar sangre de gauchos. Es lo único que

tienen de humano. Este es un abono que es preciso hacer útil

al país. Carta a Mitre, 20.9.1861.

 

Sandes ha marchado a San Luis... Si va, déjelo ir. Si mata

gente, cállense la boca. Son animales bípedos de tan perversa

condición que no sé qué se obtenga con tratarlos mejor.

Carta a Mitre, marzo de 1862.

 

He aplaudido la medida, precisamente por su forma. Sin

cortarle la cabeza a aquel inveterado pícaro [el Chacho

Peñaloza] y ponerla a la expectación, las chusmas no

se habrían aquietado en seis meses. Carta a Mitre, 18.11.1862.

 

No deje cicatrizar la herida de Pavón. Urquiza debe desaparecer

de la escena, cueste lo que cueste. Southampton o la horca. Es

a única nube negra que queda en el horizonte.

Carta a Mitre, diciembre de 1862

 

La muerte del gobernador Nazario Benavídez es acción santa

sobre un notorio malvado. Dios sea loado. "El Nacional", 23.10.1858

 

¿Lograremos exterminar a los indios? Por los salvajes de América

siento una invencible repugnancia sin poderlo remediar. Esa

canalla no son más que unos indios asquerosos a quienes

mandaría colgar ahora si reapareciesen. Lautaro y Caupolicán

son unos indio piojosos, porque así son todos. Incapaces de

progreso, su extermino es providencial y útil, sublime y grande.

Se les debe exterminar sin ni siquiera perdonar al pequeño, que

tiene ya el odio instintivo al hombre civilizado»  Artículos de

"El Progreso", 27.9.1844 y de "El Nacional", 19.5.1857, 25.11.1878 y 8.2.1879

 

Estamos por dudar de que exista el Paraguay. Descendientes de

razas guaraníes, indios salvajes y esclavos que obran por instinto

o falta de razón. En ellos, se perpetúa la barbarie primitiva y colonial...

Son unos perros ignorantes... Al frenético, idiota, bruto y feroz borracho

Solano López lo acompañan miles de animales que obedecen y mueren

de miedo. Es providencial que un tirano haya hecho morir a todo ese

pueblo guaraní. Era necesario purgar la tierra de toda esa excrecencia

humana, raza perdida de cuyo contagio hay que librarse.  Artículo de

"El Nacional", 12.12.1877.

 

(Etcétera)

Concluyo nuevamente en que es correcta la frase relativa a los miles
de argentinos que sucumbieron bajo la tiranía de Rosas.

Si le parece a usted contar los que murieron en combates como muertos

de la «tiranía», habría que contar igualmente los que murieron a manos

de Lavalle, Lamadrid, Paz y otros. Decía José Luis Busaniche dice en

la última página de su Historia Argentina:

[...] Y no vamos a pedir a un amigo de Peñaloza ni de Juan Saa

la estadística que sirva de cifra y compendio, clave y emblema,

para el período que, por desdicha, no se cerró el 12 de octubre

de 1868, cuando el general Mitre hizo entrega del poder a don

Domingo F. Sarmiento. Nos la dará don Nicasio Oroño, miembro

conspicuo del partido liberal, y senador en 1868. «Desde junio

de 1862 —dijo Oroño en el Senado— hasta igual mes de 1868,

han ocurrido en las provincias ciento diez y siete revoluciones,

habiendo muerto en noventa y un combates, cuatro mil

setecientos veintiocho ciudadanos».

En cifras: 4.728 muertos en 6 años. Tomemos de Rivera Indarte las

Tablas de sangre, pagadas a penique por muerto por la casa Lafone

de Montevideo: 480 muertos, dos libras justas. Vemos que Rosas, en

20 años —y no treinta, como cree saberlo usted—, «se quedó corto»

en comparación con lo que alcanzaron en tan poco tiempo Mitre

y Sarmiento con sus coroneles orientales Ambrosio Sandes, José

Miguel Arredondo, Ignacio Rivas, Venancio Flores, Wenceslao

Paunero, a los que podríamos agregar el chileno Irrazábal. Tuvieron

todos decidida participación en la «organización nacional», en trocar

la barbarie en civilización, lo que se comprueba con las cifras que

cita Oroño. Y no se incluye Cañada de Gómez, 22.11.1861, en el

«arqueo» del liberal Oroño, ni unas cuantas menudencias más.

Recordemos que para la fecha que indica Oroño, junio de 1868,

Rosas hacía más de 16 años que vivía en el exilio.

 Atentamente
 Inés Álvarez de Toledo

Besos, Inés
Enrique  
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