www.picotto.net - © Enrique C. Picotto - D 71067 Sindelfingen, Alemania  - Mail to Enrique C. Picotto 14.11.03

 

Subject:

Rosas y Sarmiento - XI

Date:

Sun, 18 May 2003 17:58:52 +0200

From:

Enrique C. Picotto <e.c.picotto@attglobal.net>

To:

Inés Álvarez de Toledo <ines@alvarezdetoledo.com>

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Sr. Mario «Pacho» O'Donnell <mario@odonnell-historia.com.ar>,

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La Nación - Usted opina <udopina@lanacion.com.ar>

 

 

18 de mayo de 2003


Rosas y Sarmiento - XI

 

Estimada Inés (nos vamos conociendo y lo celebro):

Me comenta usted en su escrito fechado el 16.05.03:

Estimado Enrique:

Aprecio que intente conluir nuestra discusión, larga y reiterada,

que —si bien interesante— no cambia, en los hechos, el nombre

de la Avenida Sarmiento.

Si mi meta fuera sólo el cambio del nombre de la Avenida Sarmiento, no me

pondría a escribir, Inés. Cualquiera de los próximos gobiernos podría modificarlo

nuevamente, algo que no ocurriría por primera vez: mobile mutatur semper cum

principe vulgus...

 

Dice usted:

José María Ramos Mejía (1849-1914) nació y murió en Buenos Aires.

Su padre y sus tío participaron del alzamiento de los Libres del Sud

contra Rosas... Fue pionero de la sociología e iniciador de la psiquiatría

argentina con su libro "Las neurosis de los hombres célebres en la

historia argentina (1878)...

«Rosas y su tiempo» es precisamente una parte de esta obra de 1878,
"Las neurosis de los hombres célebres en la historia argentina», donde

Rosas daría la impresión de ser uno de los tantos de los que trata Ramos

Mejía en ella, pues se ocupa allí de las enfermedades nerviosas de

Rivadavia, M. J. García, Vicente López; de epilépticos como Florencio

y J. Cruz Varela; de la melancolía del doctor Francia, del alcoholismo del

fraile Aldao, del histerismo de Monteagudo, del delirio de persecución

del almirante Brown; habla además de médicos, profesores y teorías

varias, y también de historia, si se quiere.

 

Pretende diagnosticar una neurosis en Rosas, para lo que aplica teorías

frenológicas en correspondencia con presuntos relieves del cráneo del

dictador diciendo:

«Y bien, estudiemos el cráneo de Rosas, la configuración exterior

de su cabeza, y veremos cómo las pasiones ciegas, los instintos

del bruto, el "alma occipital" en una palabra, están desarrolladas

de una manera exuberante, con gran detrimento de los lóbulos

anteriores. La frente, poco espaciosa, es deprimida, estrecha

y cerrada, signo incontestable de inferioridad mental... El

ángulo facial es tan agudo que basta un examen superficial

para comprenderlo. La frente, poco espaciosa, es deprimida,

estrecha y cerrada, signo incontestable de inferioridad mental...

Este aplastamiento de la parte anterior del cráneo... determina,

como es consiguiente, una prominencia notable de la parte

posterior. Esta era visible en la cabeza de Rosas y favorecía,

o mejor dicho, indicaba un desenvolvimiento grande de todas

las facultades más inferiores, sobre todo de esa "ferocidad

occipital", como llama Gosse a ese signo tan característico de

los hombres de un nivel moral muy bajo. Mirada su cabeza de

rente, el ojo menos perspicaz descubre al instante la estrechez

y poca extensión del frontal: angosto, corto y revelando toda la

inferioridad de su alma. Etcétera, etcétera...»

Sin que nos detengamos a analizar que en el tiempo de Ramos Mejía
se consideraba la frenología todavía una ciencia y que estaban muy
en boga las teorías sobre antropología criminal —de Morel y de
Lombroso, entre otros—, debemos pensar que estos innumerables
detalles que especifica Ramos Mejía sobre Rosas deberían provenir,
para ser válidos, indefectiblemente de un examen exhaustivo del
«paciente». Pero Ramos Mejía tenía tres años cuando Rosas dejó
la Confederación. ¿De dónde los obtuvo entonces si, además, nunca
lo visitó? Esto lo explica el médico historiador: hizo simplemente
una especie de «telediagnóstico»:

«He examinado ochenta y tantos retratos suyos, pertenecientes

a la hermosa colección del doctor Lamas; muchísimos de perfil,

debidos al pincel de Morel, de Carrandi, y "tomados del natural";

entre ellos, el que paseaban en el carro y colocaban en los altares,

que es de mano maestra indudablemente».

O sea que del mero estudio de retratos pintados es suficiente para

emitir un juicio tan amplio y aniquilador respecto de la supuesta

personalidad morbosa de Rosas. Dice Manuel Gálvez respecto

de un indudable talento intelectual de Rosas en el prólogo de la

Gramática y Diccionario de la Lengua Pampa escritos por el

dictador:

«Durante muchos años, el país creyó que Rosas había sido

un analfabeto o poco menos. Escritores que fueron serios,

como Groussac, lo afirmaron. Pero en estos últimos años

[1947] nos hemos  enterado de que poseía una regular

biblioteca, en la que predominaban los libros de Derecho
Internacional; que sabía de memoria muchas poesías de

los grandes escritores españoles del Siglo de Oro; que

redactaba sus proclamas, una de las cuales, la de Napostá,

cuyo borrador he publicado, es comparable con las de Bolívar;

y que él indicaba al ministro Arana las razones y argumentos

jurídicos con que debía replicar a los representantes de

Inglaterra y Francia. Y he aquí que ahora aparece Rosas

como un lingüista, si no sabio, por lo menos intuitivo.»

Decía Alberdi quien, a diferencia de Ramos Mejía, conoció a Rosas

en Londres el 18 de octubre de 1857:

«... Habló mucho de caballos, de perros, de sus simpatías por la vida
inglesa, de su pobreza actual, de sus economías, de su caballo y de

los caballos ingleses. No es ordinario. Está bien en sociedad. Tiene

la fácil y suelta expedición de un hombre acostumbrado a ver desde

alto el mundo. Y, sin embargo, no es fanfarrón, ni arrogante, tal vez

por eso mismo, como sucede con los lores de Inglaterra, las más

suaves y amables gentes de ese país. Su fisonomía no es mala.

Se parece poco a sus retratos. La cabeza es chica y la frente,

echada para atrás, es bien formada, más bien que alta. Los ojos

son chicos. Está cano. No tenía bigotes, ni patillas.»

 

[El subrayado es mío]

Rosas murió a los 84 años en pleno uso de sus facultades mentales
y también físicas, pues hasta seis días antes de morir salía a caballo
a atender sus ocupaciones. Si bien vivió solo casi un cuarto de siglo,
no se observaron en él aún en la vejez las aberraciones mentales que
le atestigua Ramos Mejía sin siquiera haberlo visto una sola vez. Si

hubiesen existido tales trastornos, se podrían haber notado en la nutrida

correspondencia privada que mantuvo Rosas hasta poco antes de morir.

Dice José Raed en «Rosas - Cartas confidenciales a su embajadora

Josefa Gómez»:

«Rosas surge de sus cartas de desterrado con una perspectiva
y contenido real de su posición política y social, muy diferente
a quienes han querido presentarlo como una figurita o psicópata
con posturas a gusto de ambos extremos.
[...]
Son numerosas cartas, que arrancan desde 1853, poco después
de su radicación en Southampton, hasta el fallecimiento de la
destinataria, poco tiempo antes de la muerte de Rosas, ocurrida
el 14 de marzo de 1877».

La segunda edición de «Las neurosis de los hombres célebres en la
historia argentina / 1878-1882» de 1915 tiene un extenso prólogo
de José Ingenieros, quien fue discípulo de Ramos Mejía, y allí se
encuentran las explicaciones necesarias para comprender al médico
historiador y su obra, donde, al igual que en el Facundo de Sarmiento,
Rosas sale mejor pintado de lo que hubiesen deseado los autores. Es
que aún no se sabía nada de aquello que descubrió más tarde Freud —
el subconsciente—, que nos suele hacer malas jugadas al escapársenos
la verdad sin que nos demos cuenta. De Ramos Mejía decía Ingenieros
«... y que un hado venturoso me dio por amigo, consejero y maestro»,
y agrega:

«La personalidad más considerable del grupo fue mi ilustre maestro.

José M. Ramos Mejía es el "hombre representativo" de un despertar

intelectual realizado por grupos de jóvenes que en otra ocasión he

denominado "la generación del ochenta"... El 7 de Noviembre de

1878 publicó Sarmiento, en "El Nacional", un artículo sobre el primer

volumen de la obra "Neurosis de los hombres célebres" en la historia

argentina. El autor era un estudiante de medicina, nacido en Buenos

Aires el 24 de Diciembre de 1849; se doctoró un año después de

publicarlo, versando sus tesis sobre "Traumatismo cerebral"...


El libro, en que promiscuaban la medicina y la historia, era más

que una esperanza; con él aparecían en nuestro medio los

métodos y las orientaciones que transformaron la frenología

en psiquiatría y la historia en sociología... Sin detenernos sobre

la parte del libro que se refiere a "Rosas y su época"; — pues

el autor la rehizo, ampliándola muchísimo y corrigiéndola, en su

obra de madurez— nos bastan esos datos para comprender su

significación en la historia intelectual argentina.

 

Ramos Mejía es, entre nosotros, el iniciador de ese género científico:

hasta ahora nadie ha superado sus originales aplicaciones de la

psiquiatría al estudio de la historia argentina. Verdad es que el autor

no se detuvo a criticar el valor histórico de las fuentes a que

acudió en busca de datos: tomó por verdades probadas las

más burdas patrañas de los panfletistas unitarios, repitiendo

disparatadas anécdotas inventadas por la imaginación

febriciente de algunos proscritos. Sus citas de Rivera Indarte,

de Lamas y de otros, parecen hoy recortes de "crónicas de policía"

intercaladas por error en un libro de medicina, [sic, medicina y no

historia] escapadas de su destino legítimo: los folletines terroríficos

de Eduardo Gutiérrez.

 

Pocos años más tarde lo comprendió así el mismo Ramos Mejía; en

"Rosas y su tiempo" hallaremos otro Rosas que el de "Las Neurosis

de los Hombres célebres". Sarmiento, que tenía el don de husmear el

ingenio de los otros, reconociendo a los miembros de su propia familia,

fue de los primeros en escribir sobre las "Neurosis". (Vol. XLVI, pág. 293).

Honrado como era, no pudo eximirse de dar a Ramos Mejía un consejo

de polemista arrepentido, ya que también su "Facundo" había

contribuido a formar la "leyenda" de la tiranía.

"Prevendríamos al joven autor que no reciba como moneda de

buena ley todas las acusaciones que se han hecho a Rosas en

aquellos tiempos de combate y de lucha, por el interés mismo

de las doctrinas que explicarían los hechos verdaderos".

Sarmiento sabía muy bien por qué lo decía.


[Los subrayados son míos]

Creo, estimada Inés, que aquí podríamos darnos por satisfechos con lo que

pudiera contener de aprovechable la obra de Ramos Mejía si la enfocamos

desde la perspectiva histórica. Pero el prólogo de José Ingenieros es

extensísimo, y algo podríamos agregar aún:

«Unitario de raza, Ramos Mejía aprendió en el hogar el odio al

tirano, que su padre, D. Matías, había combatido: "Uno de los

iniciadores de la Revolución del Sud de la provincia de Buenos

Aires, el año 1839. Ayudante de campo del general D. Juan Lavalle

durante la campaña contra los ejércitos de Rosas en las provincias

de La Rioja, Tucumán y Córdoba, en 1840 y 1841". Transcribo esta
dedicatoria del libro para apresurarme a decir que Ramos Mejía llevó

su afán de imparcialidad hasta escribir, sin desearlo, la más sólida

justificación de Rosas que haya escrito jamás argentino alguno.

Esta apreciación, que conversé con Ramos Mejía en su oportunidad,

creyendo complacer al hombre de ciencia, lo contrarió vivamente.

Había yo escrito algunos borradores acerca del libro y los rompí; en

mi concepto, su obra demostraba lo contrario de lo que él se

había propuesto. Cosa fácil de evidenciar, como veremos en seguida...

 

La mejor prueba de la excelencia y justeza de la obra fue, a mi juicio,

la siguiente: los federales la sospecharon de unitaria, por ser de tal

tradición su autor, y los unitarios quedaron descontentos de que la

obra no fuera bastante antifederal. "Trasunta un odio de familia" dijeron

aquéllos; y éstos agregaron: "por amor propio de autor ha agigantado

a Rosas"... Nunca, ningún autor, ha luchado más que él contra sus propios

sentimientos para ser imparcial; y, por haberlo conseguido, hizo de

Rosas un personaje verdaderamente representativo de su época y de

su tiempo. Porque Rosas lo fue, como lo reconoció Sarmiento en

repetidos escritos que amenguan el juicio apocalíptico de "Facundo"...

 

Ramos Mejía se propuso un objetivo distinto del que alcanzó. Es

evidente su propósito de legar a la posteridad un Rosas "loco moral";

acumuló para ello todos los elementos de diagnóstico, sin desdeñar

los más equívocos o insignificantes. Pero, de buena fe, anhelaba

ser imparcial: consiguió otros elementos de juicio que convergen

a acrecentar grandemente la figura de su personaje, que crece
de capítulo en capítulo, de página en página,
advirtiéndose cierta

fruición del artífice al embellecer, con su verba decorativa, este o aquel

detalle de su modelo.


A este respecto, de cuanto se ha dicho sobre "Rosas y su tiempo"

nada parece más justo que una frase de Francisco de Veyga: "Rosas

lo conquistó a Ramos". Esa es, posiblemente, la verdad: el ajusticiado

se convirtió en seductor de su verdugo. Huelga decir que Ramos Mejía no

se apercibió de ello: siguió creyendo que Rosas quedaba moralmente

decapitado bajo el filo de su diagnóstico...

 

Es innegable que fue políticamente un dictador y no lo es menos que sus procedimientos fueron siempre excesivos, y en cierta época, bárbaros.

En todo ello Ramos es, seguramente, verídico. Pero el ambiente y los

sucesos por él descriptos dan la impresión de que la dictadura era una

consecuencia de la desbocada anarquía caudillista, que Rosas consiguió

en parte sofrenar, dando alguna cohesión a la nacionalidad: la muy poca

que no habían conseguido mantener Rivadavia y el grupo unitario

de Buenos Aires.


[Los subrayados son míos]

Sería hora, Inés, de ver la obra de Ramos Mejía desde otro plano y, de paso,

también a Rosas. Pero cuidado, no le vaya a ocurrir a usted también aquello

que dijo el Dr. Francisco de Veyga de Ramos Mejía: "Rosas lo conquistó

a Ramos..." La sinceridad de Ramos Mejía hizo que —según explicó más

tarde Freud— el subconsciente dejara aflorar lo que en su mente yacía

también como verdad. Dice Ingenieros que Ramos Mejía aprendió en

el hogar el odio al tirano. Su franqueza le hizo mostrar sin embargo otro

Rosas, que no era aquél que racionalmente estaba obligado a desaprobar.
 

A este respecto es importante ver cómo llegó a inculcarse ese odio
deliberadamente: Rosas debía ser anatematizado, por ley. ¿Cómo
fue qué «el autor no se detuvo a criticar el valor histórico de las
fuentes a que acudió en busca de datos..? ¿Por qué «tomó por
verdades probadas las más burdas patrañas...? Porque así se
enseñó en Buenos Aires en las escuelas donde se educó

Ramos Mejía, quien aceptó más tarde «como moneda de buena

ley» [Sarmiento] lo que no era otra cosa que infundios intencionados,
«el anatema lanzado contra Rosas, que tal vez sea el único que
puede hacerle mal en la historia, porque de otro modo ha de ser
dudosa siempre su tiranía y también sus crímenes...»

 

En 1857 la legislatura de Buenos Aires votó una ley que declaraba
a Rosas «reo de lesa patria por la tiranía que ejerció sobre el
pueblo durante todo el período de su dictadura violando hasta
las leyes de la naturaleza y por haber hecho traición en muchos
casos, a la independencia de su patria, y sacrificado a su ambición,
su libertad y sus glorias». En su articulado ordenaba su procesamiento
«por los delitos ordinarios que ha cometido», indemnizándose «a los
perjudicados por las persecuciones y familiares de de los individuos
mandados asesinar por el tirano» con los «bienes del tirano que se
venderán en subasta».

 

El debate de la ley es instructivo: «Debo recordar a la cámara —decía
Emilio Agrelo en la cámara de diputados el 1° de julio de 1857— que
nuestra historia puede poner en duda si el pueblo de Buenos Aires
execró o no a Rosas después de su caída, y esto sería un deshonor,
un baldón, una fea mancha para las páginas que se escriban en los
días felices de su libertad».

 

El discurso de Nicanor Albarellos fue paradigmático:

«Rosas, señor, ese tirano, ese bárbaro, así bárbaro y cruel,

no era considerado lo mismo por las naciones europeas

y civilizadas, y ese juicio de las naciones europeas y civilizadas,

pasando a la posteridad, pondrá en duda, cuando menos, esa

tiranía bárbara y execrable que Rosas ejerció entre nosotros.

Es necesario, pues, marcar con una sanción legislativa declarándole

reo de lesa patria para que siquiera quede marcado este punto en

la historia, y se vea que el tribunal más potente, que es el tribunal

popular, que es la voz del pueblo soberano por nosotros representado

[??], lanza al monstruo el anatema llamándole traidor y reo de lesa

patria... Juicios como éstos no deben dejarse a la historia...

 

¿Qué se dirá, qué se podrá decir en la historia cuando se viere que las
naciones civilizadas del mundo, para quien nosotros somos un punto...
han reconocido en ese tirano un ser digno de tratar con ellos?,

¿que la Inglaterra le ha devuelto sus cañones tomados en acción

de guerra, y saludado su pabellón sangriento y manchado con sangre

inocente con la salva de 21 cañonazos?... Este hecho conocido en

la historia, sería un gran contrapeso, señor, si dejamos a Rosas sin

este fallo. La Francia misma, que inició la cruzada en que figuraba

el general Lavalle, a su tiempo también lo abandonó, trató con Rosas

y saludó su pabellón con 21 cañonazos... Yo pregunto, señor, si este

hecho no borrará en la historia todo lo que podamos decir, si

dejamos sin un fallo a este monstruo que nos ha diezmado por tantos

años...

 

No se puede librar el juicio de Rosas a la historia, como quieren

algunos... Es evidente que no puede librarse a la historia el fallo del

tirano Rosas... ¡Lancemos sobre Rosas este anatema, que tal vez

sea el único que puede hacerle mal en la historia, porque de otro

modo ha de ser dudosa siempre su tiranía y también sus crímenes...

¿Qué se dirá en la historia, señor?, y esto sí que es hasta triste decirlo,

¿qué se dirá en la historia cuando se diga que el valiente general Brown,

el héroe de la marina en la guerra de la independencia, era el almirante

que defendió los derechos de Rosas? ¿Qué se dirá en la historia sin

este anatema, cuando se diga que este hombre que contribuyó con sus

glorias y talentos a dar brillo a ese sol de Mayo, que el señor diputado

recordaba en su discurso, cuando se diga que el general San Martín,

el vencedor de los Andes, el padre de las glorias argentinas, le hizo

el homenaje más grandioso que puede hacer un militar legándole

su espada? ¿Se creerá esto, señor, si no lanzamos un anatema contra

el tirano Rosas? ¿Se creerá dentro de 20 años o de 50, si se quiere

ir más lejos, a ese hombre tal como es, cuando se sepa que Brown

y San Martín le servían fieles y le rendían los homenajes más respetuosos

a la par de la Francia y de la Inglaterra?

 

No, señor: dirán, los salvajes unitarios, sus enemigos, mentían. No ha
sido un tirano: lejos de eso ha sido un gran hombre, un gran general.
Es preciso lanzar sin duda ninguna ese anatema sobre el monstruo...
¡Ojalá hubiéramos imitado al pueblo inglés que arrastró por las calles
de Londres el cadáver de Cromwell, y hubiéramos arrastrado a Rosas
por las calles de Buenos Aires!... Yo he de estar, señor Presidente, por
el proyecto. Si el juicio de Rosas lo librásemos al fallo de la historia,

no conseguiremos que Rosas sea condenado como tirano, y sí tal vez

que fuese en ella el más grande y el más glorioso de los argentinos».
--------Cf. José M. Rosa, Historia Argentina, V, 491 et seq.

 

[Los subrayados son míos]

Aquí tiene, Inés, el arranque de nuestra mitología: «Si el juicio de Rosas

lo librásemos al fallo de la historia, no conseguiremos que Rosas sea

condenado como tirano, y sí tal vez que fuese en ella el más grande

y el más glorioso de los argentinos» Estas sabias palabras de Albarellos

las puede usted corroborar en los libros de sesiones de la legislatura del

Estado de Buenos Aires, 1° de julio de 1857. O sea que si la historia

reflejara una verdad que no fuera conveniente, como la verdad no puede

dejarse librada al fallo de la historia, simplemente se fraguan otros hechos

más adecuados y se soluciona de esta manera cualquier dificultad.

 

Que éste fuera el origen de nuestra endémica malaise national, no podrá

creerlo usted, porque según sus conocimientos históricos, hasta hace poco

siempre nos fue bien. ¿No será que esa «época dorada», los «gobiernos

históricos», la «aristocracia ateniense porteña», no son otra cosa que

«correcciones» hechas a la realidad a fin de no dejar nada librado al

fallo a la historia, que podría ser adverso...?

 

Quedan de su escrito muchos puntos en el tintero, Inés, pero por hoy ya

me he extendido demasiado. Los responderé por separado.

 

Cordialmente
Enrique  
______________________________________

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