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Subject: |
Rosas y Sarmiento - XI |
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Date: |
Sun, 18 May 2003 17:58:52
+0200 |
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From: |
Enrique C. Picotto
<e.c.picotto@attglobal.net> |
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To: |
Inés Álvarez de Toledo <ines@alvarezdetoledo.com> |
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CC: |
Sr. Mario «Pacho»
O'Donnell <mario@odonnell-historia.com.ar>,
Instituto Nacional de
Invest. Históricas J. M. de Rosas <inrosas@fibertel.com.ar>,
Dr. Oscar Denovi <oscardenovi@hotmail.com>,
Prof. James O. Pellicer -
New York <jop63@yahoo.com>,
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Dr. Amílcar R. Mattoni <ramattoni@sinectis.com.ar>,
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La Nación - Usted opina <udopina@lanacion.com.ar> |
18 de mayo de
2003
Rosas y Sarmiento - XI
Estimada Inés (nos vamos
conociendo y lo celebro):
Me comenta usted en su
escrito fechado el 16.05.03:
Estimado Enrique:
Aprecio que intente conluir
nuestra discusión, larga y reiterada,
que —si bien interesante—
no cambia, en los hechos, el nombre
de la Avenida Sarmiento.
Si mi meta fuera sólo el
cambio del nombre de la Avenida Sarmiento, no me
pondría a escribir, Inés.
Cualquiera de los próximos gobiernos podría modificarlo
nuevamente, algo que no
ocurriría por primera vez: mobile mutatur semper cum
principe vulgus...
Dice usted:
José María Ramos Mejía
(1849-1914) nació y murió en Buenos Aires.
Su padre y sus tío
participaron del alzamiento de los Libres del Sud
contra Rosas... Fue pionero
de la sociología e iniciador de la psiquiatría
argentina con su libro "Las
neurosis de los hombres célebres en la
historia argentina
(1878)...
«Rosas y su tiempo» es
precisamente una parte de esta obra de 1878,
"Las neurosis de los hombres célebres en la historia argentina»,
donde
Rosas daría la impresión de
ser uno de los tantos de los que trata Ramos
Mejía en ella, pues se ocupa
allí de las enfermedades nerviosas de
Rivadavia, M. J. García,
Vicente López; de epilépticos como Florencio
y J. Cruz Varela; de la
melancolía del doctor Francia, del alcoholismo del
fraile Aldao, del histerismo
de Monteagudo, del delirio de persecución
del almirante Brown; habla
además de médicos, profesores y teorías
varias, y también de
historia, si se quiere.
Pretende diagnosticar una
neurosis en Rosas, para lo que aplica teorías
frenológicas en
correspondencia con presuntos relieves del cráneo del
dictador diciendo:
«Y bien, estudiemos el
cráneo de Rosas, la configuración exterior
de su cabeza, y veremos
cómo las pasiones ciegas, los instintos
del bruto, el "alma
occipital" en una palabra, están desarrolladas
de una manera exuberante,
con gran detrimento de los lóbulos
anteriores. La frente, poco
espaciosa, es deprimida, estrecha
y cerrada, signo
incontestable de inferioridad mental... El
ángulo facial es tan agudo
que basta un examen superficial
para comprenderlo. La
frente, poco espaciosa, es deprimida,
estrecha y cerrada, signo
incontestable de inferioridad mental...
Este aplastamiento de la
parte anterior del cráneo... determina,
como es consiguiente, una
prominencia notable de la parte
posterior. Esta era visible
en la cabeza de Rosas y favorecía,
o mejor dicho, indicaba un
desenvolvimiento grande de todas
las facultades más
inferiores, sobre todo de esa "ferocidad
occipital", como llama
Gosse a ese signo tan característico de
los hombres de un nivel
moral muy bajo. Mirada su cabeza de
rente, el ojo menos
perspicaz descubre al instante la estrechez
y poca extensión del
frontal: angosto, corto y revelando toda la
inferioridad de su alma.
Etcétera, etcétera...»
Sin que nos detengamos a
analizar que en el tiempo de Ramos Mejía
se consideraba la frenología todavía una ciencia y que estaban muy
en boga las teorías sobre antropología criminal —de Morel y de
Lombroso, entre otros—, debemos pensar que estos innumerables
detalles que especifica Ramos Mejía sobre Rosas deberían provenir,
para ser válidos, indefectiblemente de un examen exhaustivo del
«paciente». Pero Ramos Mejía tenía tres años cuando Rosas dejó
la Confederación. ¿De dónde los obtuvo entonces si, además, nunca
lo visitó? Esto lo explica el médico historiador: hizo simplemente
una especie de «telediagnóstico»:
«He examinado ochenta y
tantos retratos suyos, pertenecientes
a la hermosa colección del
doctor Lamas; muchísimos de perfil,
debidos al pincel de Morel,
de Carrandi, y "tomados del natural";
entre ellos, el que
paseaban en el carro y colocaban en los altares,
que es de mano maestra
indudablemente».
O sea que del mero estudio de
retratos pintados es suficiente para
emitir un juicio tan amplio y
aniquilador respecto de la supuesta
personalidad morbosa de
Rosas. Dice Manuel Gálvez respecto
de un indudable talento
intelectual de Rosas en el prólogo de la
Gramática y Diccionario de
la Lengua Pampa escritos por el
dictador:
«Durante muchos años, el
país creyó que Rosas había sido
un analfabeto o poco menos.
Escritores que fueron serios,
como Groussac, lo
afirmaron. Pero en estos últimos años
[1947] nos hemos enterado de que
poseía una regular
biblioteca, en la que
predominaban los libros de Derecho
Internacional; que sabía de memoria muchas poesías de
los grandes escritores
españoles del Siglo de Oro; que
redactaba sus proclamas,
una de las cuales, la de Napostá,
cuyo borrador he publicado,
es comparable con las de Bolívar;
y que él indicaba al
ministro Arana las razones y argumentos
jurídicos con que debía
replicar a los representantes de
Inglaterra y Francia. Y he
aquí que ahora aparece Rosas
como un lingüista, si no
sabio, por lo menos intuitivo.»
Decía Alberdi quien, a
diferencia de Ramos Mejía, conoció a Rosas
en Londres el 18 de octubre
de 1857:
«... Habló mucho de
caballos, de perros, de sus simpatías por la vida
inglesa, de su pobreza actual, de sus economías, de su caballo y de
los caballos ingleses. No
es ordinario. Está bien en sociedad. Tiene
la fácil y suelta
expedición de un hombre acostumbrado a ver desde
alto el mundo. Y, sin
embargo, no es fanfarrón, ni arrogante, tal vez
por eso mismo, como sucede
con los lores de Inglaterra, las más
suaves y amables gentes de
ese país. Su fisonomía no es mala.
Se parece poco a sus
retratos. La cabeza es chica y la frente,
echada para atrás, es bien
formada, más bien que alta. Los ojos
son chicos. Está cano. No
tenía bigotes, ni patillas.»
[El subrayado es mío]
Rosas murió a los 84 años en
pleno uso de sus facultades mentales
y también físicas, pues hasta seis días antes de morir salía a caballo
a atender sus ocupaciones. Si bien vivió solo casi un cuarto de siglo,
no se observaron en él aún en la vejez las aberraciones mentales que
le atestigua Ramos Mejía sin siquiera haberlo visto una sola vez.
Si
hubiesen existido tales
trastornos, se podrían haber notado en la nutrida
correspondencia privada que
mantuvo Rosas hasta poco antes de morir.
Dice José Raed en «Rosas -
Cartas confidenciales a su embajadora
Josefa Gómez»:
«Rosas surge de sus cartas
de desterrado con una perspectiva
y contenido real de su posición política y social, muy diferente
a quienes han querido presentarlo como una figurita o psicópata
con posturas a gusto de ambos extremos.
[...]
Son numerosas cartas, que arrancan desde 1853, poco después
de su radicación en Southampton, hasta el fallecimiento de la
destinataria, poco tiempo antes de la muerte de Rosas, ocurrida
el 14 de marzo de 1877».
La segunda edición de «Las
neurosis de los hombres célebres en la
historia argentina / 1878-1882» de 1915 tiene un extenso prólogo
de José Ingenieros, quien fue discípulo de Ramos Mejía, y allí se
encuentran las explicaciones necesarias para comprender al médico
historiador y su obra, donde, al igual que en el Facundo de
Sarmiento,
Rosas sale mejor pintado de lo que hubiesen deseado los autores. Es
que aún no se sabía nada de aquello que descubrió más tarde Freud —
el subconsciente—, que nos suele hacer malas jugadas al escapársenos
la verdad sin que nos demos cuenta. De Ramos Mejía decía Ingenieros
«... y que un hado venturoso me dio por amigo, consejero y maestro»,
y agrega:
«La personalidad más
considerable del grupo fue mi ilustre maestro.
José M. Ramos Mejía
es el "hombre representativo" de un despertar
intelectual realizado por
grupos de jóvenes que en otra ocasión he
denominado "la generación
del ochenta"... El 7 de Noviembre de
1878 publicó Sarmiento,
en "El Nacional", un artículo sobre el primer
volumen de la obra
"Neurosis de los hombres célebres" en la historia
argentina. El autor era un
estudiante de medicina, nacido en Buenos
Aires el 24 de Diciembre de
1849; se doctoró un año después de
publicarlo, versando sus
tesis sobre "Traumatismo cerebral"...
El libro, en que promiscuaban la medicina y la historia, era más
que una esperanza; con él
aparecían en nuestro medio los
métodos
y las orientaciones que transformaron la frenología
en psiquiatría y la
historia en sociología... Sin detenernos sobre
la parte del libro que se
refiere a "Rosas y su época"; — pues
el autor la rehizo,
ampliándola muchísimo y corrigiéndola, en su
obra de madurez— nos bastan
esos datos para comprender su
significación en la
historia intelectual argentina.
Ramos Mejía es, entre
nosotros, el iniciador de ese género científico:
hasta ahora nadie ha
superado sus originales aplicaciones de la
psiquiatría al estudio de
la historia argentina. Verdad es que el autor
no se detuvo a criticar
el valor histórico de las fuentes a que
acudió en busca de
datos: tomó por verdades probadas las
más burdas patrañas de
los panfletistas unitarios, repitiendo
disparatadas anécdotas
inventadas por la imaginación
febriciente de algunos
proscritos. Sus citas de Rivera Indarte,
de Lamas y de otros,
parecen hoy recortes de "crónicas de policía"
intercaladas por error
en un libro de medicina, [sic,
medicina y no
historia] escapadas de su
destino legítimo: los folletines terroríficos
de Eduardo Gutiérrez.
Pocos años más tarde lo
comprendió así el mismo Ramos Mejía; en
"Rosas y su tiempo"
hallaremos otro Rosas que el de "Las Neurosis
de los Hombres célebres".
Sarmiento, que tenía el don de husmear el
ingenio de los otros,
reconociendo a los miembros de su propia familia,
fue de los primeros en
escribir sobre las "Neurosis". (Vol. XLVI, pág. 293).
Honrado como era, no pudo
eximirse de dar a Ramos Mejía un consejo
de polemista
arrepentido, ya que también su "Facundo" había
contribuido a formar la
"leyenda" de la tiranía.
"Prevendríamos al joven
autor que no reciba como moneda de
buena ley todas las
acusaciones que se han hecho a Rosas en
aquellos tiempos de
combate y de lucha, por el interés mismo
de las doctrinas que
explicarían los hechos verdaderos".
Sarmiento sabía muy bien
por qué lo decía.
[Los subrayados son míos]
Creo, estimada Inés, que aquí
podríamos darnos por satisfechos con lo que
pudiera contener de
aprovechable la obra de Ramos Mejía si la enfocamos
desde la perspectiva
histórica. Pero el prólogo de José Ingenieros es
extensísimo, y algo podríamos
agregar aún:
«Unitario de raza, Ramos
Mejía aprendió en el hogar el odio al
tirano, que su
padre, D. Matías, había combatido: "Uno de los
iniciadores de la
Revolución del Sud de la provincia de Buenos
Aires, el año 1839.
Ayudante de campo del general D. Juan Lavalle
durante la campaña contra
los ejércitos de Rosas en las provincias
de La Rioja, Tucumán y
Córdoba, en 1840 y 1841". Transcribo esta
dedicatoria del libro para apresurarme a decir que Ramos Mejía llevó
su afán de imparcialidad
hasta escribir, sin desearlo, la más sólida
justificación de Rosas
que haya escrito jamás argentino alguno.
Esta apreciación, que
conversé con Ramos Mejía en su oportunidad,
creyendo complacer al
hombre de ciencia, lo contrarió vivamente.
Había yo escrito algunos
borradores acerca del libro y los rompí; en
mi concepto, su obra
demostraba lo contrario de lo que él se
había propuesto.
Cosa fácil de evidenciar, como veremos en seguida...
La mejor prueba de la
excelencia y justeza de la obra fue, a mi juicio,
la siguiente: los federales
la sospecharon de unitaria, por ser de tal
tradición su autor, y
los unitarios quedaron descontentos de que la
obra no fuera bastante
antifederal. "Trasunta un odio de familia" dijeron
aquéllos; y éstos
agregaron: "por amor propio de autor ha agigantado
a Rosas"... Nunca, ningún
autor, ha luchado más que él contra sus propios
sentimientos para ser
imparcial; y, por haberlo conseguido, hizo de
Rosas un personaje
verdaderamente representativo de su época y de
su tiempo. Porque Rosas lo
fue, como lo reconoció Sarmiento en
repetidos escritos que
amenguan el juicio apocalíptico de "Facundo"...
Ramos Mejía se propuso un
objetivo distinto del que alcanzó. Es
evidente su propósito de
legar a la posteridad un Rosas "loco moral";
acumuló para ello todos los
elementos de diagnóstico, sin desdeñar
los más equívocos o
insignificantes. Pero, de buena fe, anhelaba
ser imparcial: consiguió
otros elementos de juicio que convergen
a acrecentar grandemente
la figura de su personaje, que crece
de capítulo en capítulo, de página en página, advirtiéndose cierta
fruición del artífice al
embellecer, con su verba decorativa, este o aquel
detalle de su modelo.
A este respecto, de cuanto se ha dicho sobre "Rosas y su tiempo"
nada parece más justo que
una frase de Francisco de Veyga: "Rosas
lo conquistó a Ramos".
Esa es, posiblemente, la verdad: el ajusticiado
se convirtió en seductor de
su verdugo. Huelga decir que Ramos Mejía no
se apercibió de ello:
siguió creyendo que Rosas quedaba moralmente
decapitado bajo el filo
de su diagnóstico...
Es innegable que fue
políticamente un dictador y no lo es menos que sus procedimientos
fueron siempre excesivos, y en cierta época, bárbaros.
En todo ello Ramos es,
seguramente, verídico. Pero el ambiente y los
sucesos por él descriptos
dan la impresión de que la dictadura era una
consecuencia de la
desbocada anarquía caudillista, que Rosas consiguió
en parte sofrenar, dando
alguna cohesión a la nacionalidad: la muy poca
que no habían conseguido
mantener Rivadavia y el grupo unitario
de Buenos Aires.
[Los subrayados son míos]
Sería hora, Inés, de ver la
obra de Ramos Mejía desde otro plano y, de paso,
también a Rosas. Pero
cuidado, no le vaya a ocurrir a usted también aquello
que dijo el Dr. Francisco de
Veyga de Ramos Mejía: "Rosas lo conquistó
a Ramos..." La
sinceridad de Ramos Mejía hizo que —según explicó más
tarde Freud— el subconsciente
dejara aflorar lo que en su mente yacía
también como verdad. Dice
Ingenieros que Ramos Mejía aprendió en
el hogar el odio al
tirano. Su franqueza le hizo mostrar sin embargo otro
Rosas, que no era aquél que
racionalmente estaba obligado a desaprobar.
A este respecto es importante
ver cómo llegó a inculcarse ese odio
deliberadamente: Rosas debía ser anatematizado, por ley. ¿Cómo
fue qué «el autor no se detuvo a criticar el valor histórico de las
fuentes a que acudió en busca de datos..? ¿Por qué «tomó por
verdades probadas las más burdas patrañas...? Porque así se
enseñó en Buenos Aires en las escuelas donde se educó
Ramos Mejía, quien
aceptó más tarde «como moneda de buena
ley» [Sarmiento] lo
que no era otra cosa que infundios intencionados,
«el anatema lanzado contra Rosas, que tal vez sea el único que
puede hacerle mal en la historia, porque de otro modo ha de ser
dudosa siempre su tiranía y también sus crímenes...»
En 1857 la legislatura de
Buenos Aires votó una ley que declaraba
a Rosas «reo de lesa patria por la tiranía que ejerció sobre el
pueblo durante todo el período de su dictadura violando hasta
las leyes de la naturaleza y por haber hecho traición en muchos
casos, a la independencia de su patria, y sacrificado a su ambición,
su libertad y sus glorias». En su articulado ordenaba su
procesamiento
«por los delitos ordinarios que ha cometido», indemnizándose
«a los
perjudicados por las persecuciones y familiares de de los individuos
mandados asesinar por el tirano» con los «bienes del tirano
que se
venderán en subasta».
El debate de la ley es
instructivo: «Debo recordar a la cámara —decía
Emilio Agrelo en la cámara de diputados el 1° de julio de 1857— que
nuestra historia puede poner en duda si el pueblo de Buenos
Aires
execró o no a Rosas después de su caída, y esto sería un deshonor,
un baldón, una fea mancha para las páginas que se escriban en los
días felices de su libertad».
El discurso de Nicanor
Albarellos fue paradigmático:
«Rosas, señor, ese tirano,
ese bárbaro, así bárbaro y cruel,
no era considerado lo
mismo por las naciones europeas
y civilizadas, y ese
juicio de las naciones europeas y civilizadas,
pasando a la posteridad,
pondrá en duda, cuando menos, esa
tiranía bárbara y execrable
que Rosas ejerció entre nosotros.
Es necesario, pues, marcar
con una sanción legislativa declarándole
reo de lesa patria para que
siquiera quede marcado este punto en
la historia, y se vea que
el tribunal más potente, que es el tribunal
popular, que es la voz del
pueblo soberano por nosotros representado
[??], lanza al monstruo el
anatema llamándole traidor y reo de lesa
patria... Juicios como
éstos no deben dejarse a la historia...
¿Qué se dirá, qué se podrá
decir en la historia cuando se viere que las
naciones civilizadas del mundo, para quien nosotros somos un punto...
han reconocido en ese tirano un ser digno de tratar con ellos?,
¿que la Inglaterra le ha
devuelto sus cañones tomados en acción
de guerra, y saludado su
pabellón sangriento y manchado con sangre
inocente con la salva de 21
cañonazos?... Este hecho conocido en
la historia, sería
un gran contrapeso, señor, si dejamos a Rosas sin
este fallo. La Francia
misma, que inició la cruzada en que figuraba
el general Lavalle,
a su tiempo también lo abandonó, trató con Rosas
y saludó su pabellón con 21
cañonazos... Yo pregunto, señor, si este
hecho no borrará en la
historia todo lo que podamos decir, si
dejamos sin un fallo a este
monstruo que nos ha diezmado por tantos
años...
No se puede librar el
juicio de Rosas a la historia, como quieren
algunos... Es evidente que
no puede librarse a la historia el fallo del
tirano Rosas... ¡Lancemos
sobre Rosas este anatema, que tal vez
sea el único que puede
hacerle mal en la historia, porque de otro
modo ha de ser dudosa
siempre su tiranía y también sus crímenes...
¿Qué se dirá en la
historia, señor?, y esto sí que es hasta triste decirlo,
¿qué se dirá en la historia
cuando se diga que el valiente general Brown,
el héroe de la marina en la
guerra de la independencia, era el almirante
que defendió los derechos
de Rosas? ¿Qué se dirá en la historia sin
este anatema, cuando se
diga que este hombre que contribuyó con sus
glorias y talentos a dar
brillo a ese sol de Mayo, que el señor diputado
recordaba en su discurso,
cuando se diga que el general San Martín,
el vencedor de los Andes,
el padre de las glorias argentinas, le hizo
el homenaje más
grandioso que puede hacer un militar legándole
su espada? ¿Se
creerá esto, señor, si no lanzamos un anatema contra
el tirano Rosas? ¿Se creerá
dentro de 20 años o de 50, si se quiere
ir más lejos, a ese hombre
tal como es, cuando se sepa que Brown
y San Martín le servían
fieles y le rendían los homenajes más respetuosos
a la par de la Francia y
de la Inglaterra?
No, señor: dirán, los
salvajes unitarios, sus enemigos, mentían. No ha
sido un tirano: lejos de eso ha sido un gran hombre, un gran general.
Es preciso lanzar sin duda ninguna ese anatema sobre el monstruo...
¡Ojalá hubiéramos imitado al pueblo inglés que arrastró por las calles
de Londres el cadáver de Cromwell, y hubiéramos arrastrado a Rosas
por las calles de Buenos Aires!... Yo he de estar, señor Presidente,
por
el proyecto. Si el juicio de Rosas lo librásemos al fallo de la
historia,
no conseguiremos que Rosas
sea condenado como tirano, y sí tal vez
que fuese en ella el más
grande y el más glorioso de los argentinos».
--------Cf.
José M. Rosa, Historia Argentina, V, 491 et seq.
[Los
subrayados son míos]
Aquí tiene, Inés, el arranque
de nuestra mitología: «Si el juicio de Rosas
lo librásemos al fallo de
la historia, no conseguiremos que Rosas sea
condenado como tirano, y
sí tal vez que fuese en ella el más grande
y el más glorioso de los
argentinos» Estas sabias palabras de Albarellos
las puede usted corroborar en
los libros de sesiones de la legislatura del
Estado de Buenos Aires, 1° de
julio de 1857. O sea que si la historia
reflejara una verdad que no
fuera conveniente, como la verdad no puede
dejarse librada al fallo
de la historia, simplemente se fraguan otros hechos
más adecuados y se soluciona
de esta manera cualquier dificultad.
Que éste fuera el origen de
nuestra endémica malaise national, no podrá
creerlo usted, porque según
sus conocimientos históricos, hasta hace poco
siempre nos fue bien. ¿No
será que esa «época dorada», los «gobiernos
históricos», la «aristocracia
ateniense porteña», no son otra cosa que
«correcciones» hechas a la
realidad a fin de no dejar nada librado al
fallo a la historia,
que podría ser adverso...?
Quedan de su escrito muchos
puntos en el tintero, Inés, pero por hoy ya
me he extendido demasiado.
Los responderé por separado.
Cordialmente
Enrique
______________________________________
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