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Subject: |
Rosas y Sarmiento - X |
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Date: |
Fri, 16 May 2003 23:31:08
+0200 |
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From: |
Enrique C. Picotto <e.c.picotto@attglobal.net> |
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To: |
Inés Álvarez de Toledo <ines@alvarezdetoledo.com> |
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CC: |
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O'Donnell <mario@odonnell-historia.com.ar>,
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Invest. Históricas J. M. de Rosas <inrosas@fibertel.com.ar>,
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La Nación - Usted opina <udopina@lanacion.com.ar> |
16 de mayo de
2003
Rosas y Sarmiento - X
Estimada señora Álvarez de
Toledo:
Con la intención de poder
llegar a alguna conclusión en nuestra controversia,
trataré de ceñirme a lo poco
concreto aportado por usted. Lo demás es
simplemente su opinión, y
sea.
Cita usted a Ramos Mejía:
"El más humilde rasgo de la vida doméstica
suele ser, psicológicamente,
más revelador que el ampuloso dato
biográfico consagrado por el
documento falaz o la pedantería del
historiógrafo, ufano por descubrir
fechas tan precisas como inútiles muchas
veces".
-----José
María Ramos Mejía. "Rosas y su tiempo". Buenos Aires. 1907.
Ramos Mejía no fue
historiador sino médico. Lo citado es una construcción
que podría en realidad
referirse a cualquier cosa, pues presupone que ese
«humilde rasgo» fuera
relatado con veracidad o correctamente interpretado
por quien lo observe. Incluye
además un oxímoron al hablar del «documento
falaz», pues algo falaz no es
un documento. A su vez, las «fechas precisas»
jamás fueron «inútiles»: hay
quienes opinan —y se puede leer por ejemplo
en
LA NACIÓN—
que San Martín habría legado su sable a Rosas por la
gesta de Obligado. Pero al
atenernos a las «fechas precisas» notamos
que San Martín redactó el
testamento que contiene el legado casi dos
años antes de Obligado. Y
aquí sí se descubre la «falacia», justamente
al tener en cuenta «fechas
precisas», que no son «inútiles», de ninguna
manera.
Decía José Luis Busaniche:
«... La historia misma nos
enseña que estas mutaciones teatrales
no se dan en ningún proceso social; que entre la historia escrita
por los vencedores como apología del hecho consumado y la que
pueda elaborarse y reconstruirse honradamente con testimonios
del pasado, existe diferencia fundamental, por lo pronto la que
media entre la realidad y la ficción. Y es el caso que la
historiografía
dominante se ha valido de artificios (mayormente de ocultación)
para
dar apariencia de lógica y natural metamorfosis a lo que no fue sino
transición dura y desgarrante en la que no salió muy bien parada la
soberanía de la Nación.»
--------------------------------José
Luis Busaniche, Historia Argentina,
XXIII, 635
Indico esto porque al citar
usted a Ramos Mejía con «Rosas y su
tiempo», tratándose esta discusión en
realidad también de Sarmiento
habría que citar lo que el «insigne
sanjuanino» advirtió precisamente
al médico historiador —al joven autor—,
algo que asombrosamente
coincide con aquella revelación que hacía
Sarmiento sobre Rosas,
«... era un republicano... Era la
expresión de la voluntad del pueblo...
No todo era terror, no todo era
superchería... Entusiasmo, verdadero
entusiasmo, era el de millares de hombres
que lo proclamaban el
Grande Americano.»
Sarmiento aconsejó coherentemente a Ramos Mejía:
«Prevendríamos al joven autor que no
reciba como moneda de
buena ley
todas las acusaciones que se han hecho a
Rosas en
aquellos tiempos de
combate y de lucha, por el interés mismo
de las doctrinas que explicarían
los hechos verdaderos"
Advierte aquí claramente Sarmiento otra vez más que habría que
explicarle cuáles fueron los «hechos
verdaderos» sobre Rosas pues
evidentemente Ramos Mejía los desconocía.
Como los desconocen
muchos otros aún en la actualidad, agrego
yo.
Me complace sobremanera que a esta altura
del debate lleguemos
a un
punto de acuerdo muy importante. Rosas fue un tirano; un dictador,
en sus
términos. La Real Academia Española (y esta es una Academia
foránea
porque según me dio a entender no son de su aprecio nuestras
nacionales)
trae como sinónimos de dictador: déspota,
tirano y autócrata.
Para los
académicos, pues, dictador es sinónimo de
tirano.
Estimo, señora Álvarez de
Toledo, que vuelve a interpretar usted
subjetivamente, esta vez hasta lo que dice la RAE:
dictador, ra.
(Del lat. Del lat. dictator, -oris.).
1. m. y f. En la época moderna, persona que se arroga o recibe todos
los poderes políticos extraordinarios y los ejerce sin limitación
jurídica.
tirano, na.
(Del lat. tyrannus)
1. adj. Dicho de una persona: Que obtiene contra derecho el gobierno
de un Estado, especialmente si lo rige sin justicia y a medida de su
voluntad. U. t. c. s.
Real
Academia Española © Todos los derechos reservados
http://buscon.rae.es/diccionario/drae.htm
No pueden ser sinónimos, ya
que «tirano» es quien «obtiene contra
derecho el gobierno de
un Estado», algo que jamás hizo Rosas, quien
según Sarmiento era un republicano... era
la expresión de la voluntad
del pueblo. Espero que note usted la
diferencia.
No comparto sus juicios acerca de que
según las circunstancias
el dictador
nada tiene de malo y puede ser inevitable.
Estas son
nuestras diferencias
fundamentales. Son más hondas que la
figura
de Rosas. Rosas podría no
haber existido y aún así me opondría
a la tiranía.
Yo también me opongo a la
«tiranía», pero de lo que aquí se trata es de
una «dictadura» elegida
libremente debido a las circunstancias, algo muy
diferente (ver el DRAE).
Es una cuestión de filosofía política.
Pero esto también excede el
tema que nos
interesa que es Rosas y su tiranía.
De ninguna manera, señora,
pues al hablar de «tiranía» lo hace usted
desde el plano subjetivo, que
es irrelevante si quisiéramos juzgar hechos
históricos. Fundamenta usted
sus deducciones en una falsa premisa
y llega a resultados
equivocados. Recuerde que creer no es saber.
También entonces recordemos
algunos conceptos que debería
conocer, como argentino que
pretende abrevar en nuestra historia
constitucional, en relación
a que si bien Sarmiento fundió sus ideas
políticas con muchas
pertenecientes al filósofo por usted comentado,
sus ideas de la emergencia
constitucional —empero— distan mucho
de aquél ya que en la
Constitución Nacional tanto el estado de sitio
como la intervención
federal dan soluciones diferentes al suspender
únicamente las garantías
constitucionales pero no el sistema de
legalidad creado a partir
de la Constitución. Precisamente los
constituyentes fueron muy
cuidadosos al tratar estas cuestiones
en atención a la realidad
histórica anterior a Caseros.
Mi estimada señora: está
razonando usted post festum. No es
posible comparar la situación de 1835 con aquello que podría
haber contemplado la ley en el futuro, 18 o 20 años después. La
suma del poder le fue otorgada a Rosas por voluntad popular bajo
la absoluta observancia de las leyes vigentes a la sazón: ...
y en
verdad que las actas de elección así lo muestran (Sarmiento).
Pretender juzgar a Rosas por
leyes dictadas después de su gestión
es un despropósito, y en esto se lució el flamante Estado de Buenos
Aires votando a posteriori leyes ad hoc. Es atentatorio juzgar
a alguien bajo leyes creadas después del supuesto delito, leyes
ex post factum. La ley no puede aplicarse con efecto retroactivo.
En cuanto al respeto brindado
a la Constitución de 1853 por la
argentinidad posterior a Rosas —bajo «gobiernos históricos»—
cito nuevamente a LA
NACIÓN. Me dirá usted para qué nos sirvió
esa «constitución»:
http://www.lanacion.com.ar/02/10/17/dp_441347.asp
LA NACION | 17/10/2002 | Página 12 | Política
Qué le pasó a la Argentina
/ Responsabilidad de la Justicia
en la crisis del país
Una nación al margen de la ley
Al haber acompañado más de una vez al poder político,
los tribunales no siempre
ayudaron a construir el Estado
de Derecho
— La Justicia no siempre supo ponerles límites
a los excesos
de los otros poderes
— Pero también sufrió persecuciones y
manipulaciones
— Así, la inseguridad jurídica se adueñó
del país
La Argentina es un país de
exuberancias. Vivimos con fuerza los
excesos: las melancolías,
las euforias, los escándalos, la corrupción.
También las violaciones
a las leyes y a la Constitución nacional,
que sucesivos gobiernos no
se privaron de cometer. No observamos
los límites.
[...]
Hagamos memoria:
- Desde 1853 hasta la fecha, gobiernos de facto y de iure
declararon el
estado de sitio en 53
oportunidades, y 27 años de los últimos 100 se
vivieron en esta situación,
que se caracteriza por la fuerte restricción de
algunos derechos
individuales. Una medida constitucional que, no
pocas veces, encubrió
excesos.
—
Desde 1930 hasta la fecha, es decir, en 73 años, seis
golpes
de estado interrumpieron el orden democrático durante un
total
de 23 años.
—
Durante el siglo XX, el Congreso sancionó cientos de
leyes de
emergencia económica y, en ocasiones, delegó sus atribuciones en
el presidente,
autorizándolo a dictar decretos delegados. Cuando
ese instrumento no fue
suficiente, el presidente de turno echó mano,
cada vez con más
frecuencia, a los decretos de necesidad
y urgencia, que fueron
15 hasta 1983; Raúl Alfonsín dictó otros
tantos, y, a partir de
Carlos Menem, hubo cientos.
"En la Argentina nunca
existió demasiada certeza sobre las
soluciones jurídicas, pues todo parece posible. Y esto hace
que,
a la larga, las partes interesadas no sientan la necesidad de negociar
acuerdos. A la larga, es la Justicia la que se queda con la tarea de
resolver todos los conflictos y comprometerse", dice Juan Sola,
titular de cátedra de Derecho Constitucional (UBA).
El catedrático Germán
Bidart Campos estima que "pocas veces
los jueces de la Corte fueron tan cuestionados como los actuales.
Ni siquiera durante los gobiernos de facto. Fueron propensos
a decidir las cuestiones en
forma favorable al gobierno de turno".
[Los
subrayados son míos]
Picotto: Todavía quisiera una respuesta
coherente sobre los
motivos por
los cuales el tirano
[correcto, dictador]
si pasó su
últimos años de vida
precisamanete en Inglaterra.
Evidentemente, si en la
Confederación Rosas no podía vivir, en algún
lado tendría que haberlo
hecho, así como Sarmiento en Chile —a pesar
de que nunca fue perseguido—,
Alberdi en Francia, Paz en el Brasil,
José Hernández en Santa Ana
do Livramento y Paysandú, y muchos
otros. «Sus últimos años»
fueron en realidad un cuarto de siglo, de
1852 a 1877.
Después de concertada la paz
con el tratado Southern–Arana
del 24 de noviembre de 1849, ratificado el 24 de enero de 1850,
las relaciones entre la Confederación e Inglaterra eran excelentes.
Si Rosas no hubiese abandonado la Confederación después de
Caseros, lo hubiesen matado como a tantísimos. Frente a Buenos
Aires estaba la escuadra imperial al mando de Grenfell, y la única
forma de salir era en un buque de guerra inglés.
Él no fue el que introdujo el ferrocarril
en Argentina sino sus
detractores.
Porque en la época de Rosas
no existía aún, señora. Francia está
festejando recién ahora los
150 años de su ferrocarril, que inauguraron
allí en 1853.
[...]
Bien, entonces tal vez usted sea un argentino que pretende
reformular la historia
argentina pero viviendo en el extranjero.
Sus días en Europa lo
asemejan a Alberdi.
Lo que usted no nota, señora,
es que mis citas nada tienen que ver
con el extranjero, sino que provienen de autores argentinos,
o que
escribieron sobre nuestra historia, como Ferns, Scorbie y otros.
Admito que le puedan parecer sorprendentes, pero esto sólo se
debe a que son citas de historia y no de mitología.
Tal vez también usted añora
Argentina. Hace cuarenta años
un país algo distinto al
contemporáneo.
Pareciera suponer usted que
hiciera cuarenta años que no veo
yo nuestro país.
Tal vez también usted -y en
eso coincidamos- sufra por Argentina
y por su pueblo. Los
argentinos que no nos fuimos, ni pensamos
en irnos, pretendemos un
futuro mejor en Argentina.
Ése es el quid, señora:
pretender un futuro mejor, que es lo único
a que se puede llegar con la
mitología. Un futuro mejor concreto
jamás lo lograremos con
alegorías y abstracciones fervorosas,
y menos aún sin saber quiénes
somos. Pero, en realidad, nos
ocurre a nosotros algo peor:
no somos quienes creemos ser.
Alguien llamó a esto
«colonización pedagógica».
¿De dónde pretendería que
nuestros constituyentes trajeran el
progreso y la civilización?
¿De Persia, del las tribus saharianas
o del Celeste Imperio?
Usted parece creer que hasta
el 3 de febrero de 1852 hubiésemos
sido trogloditas en la Confederación. No es así, señora. El 16 de
mayo de 1832, por darle un ejemplo, la Real Sociedad Jenneriana
de Londres distinguió a Rosas como miembro honorario por la
introducción de la vacuna antivariólica en el mundo indígena.
A propósito, Rosas no hablaba inglés ni francés, pero dominaba
el pampa y el ranquel. Dejó una «Gramática y diccionario de las
lenguas pampas y ranquel», que creo fuera la primera obra en este
sentido.
Por otra parte pareciera
que usted niega la posibilidad que
el progreso pudiera
provenir de Europa pero se va a vivir por
esas latitudes.
Aquí entra usted, si bien
apenas perceptiblemente, en algo muy
argentino: el argumentum ad hominem, o sea a «meterse con
mi persona». Decía Grondona en
LA NACIÓN
del 8 de diciembre
de 2002:
http://www.lanacion.com.ar/02/12/08/do_456844.asp
Para un argentino, ¿nada peor que otro
argentino?
[...]
La demonización del otro es la condición
de la intolerancia porque
sólo si lo demonizo podré justificar su
exclusión... hoy no se busca
refutar sino descalificar al
adversario... Cada vez que llamamos
a un rival “corrupto”, “zurdo” o
“fascista”, no lo estamos refutando.
Lo estamos descalificando.
... Quizá la raíz de nuestro mal consista
en que, por efecto de miles
de acusaciones cruzadas, los argentinos
hemos terminado por hacer
nuestro el refrán “piensa mal y no
errarás”. El otro, sólo por serlo,
resulta sospechoso. ... ¿No deberíamos
rendirnos un día ante la dulce
tentación de la ingenuidad y empezar a
pensar bien unos de otros?
Cuando expulsemos de nuestras almas el
veneno de la “malignidad
del juicio”, la Argentina reverdecerá.
A nadie le debe importar en
este tipo de discusión por qué viviera
yo donde me gusta vivir ni viene a cuento. Para nada he comparado
Europa con la Argentina.
Apoyo el fomento de la
inmigración, especialmente la europea,
tal como lo establece
nuestra Constitución Nacional.
¿Por qué precisamente la
europea...? De la inmigración europea
nada dice la constitución.
Picotto: ¿No lo aliena su cientificismo
histórico? Ahí le envío los
datos,
la documentación respaldatoria de mis humildes dichos.
Lo que sucede
es que las citas vienen de académicos. Y
no
quiero que su cerebro se
moleste con pensamientos tan chatos
(a su criterio). La clasifiación a la
que hago referencia la tomo
del libro "Historia de las Instituciones
Políticas y Sociales de la
Argentina", cuyos autores son Victor Tau
Anzoátegui y Eduardo
Martiré. ¿Satisfecho?
No, de ninguna manera. Si eso
es todo lo que tiene de Historia
Argentina, sólo unas 600 páginas y de miembros de la Academia
de la Historia, no me asombra entonces la exclusividad de sus
puntos de vista. Variatio delectat, señora Álvarez de Toledo.
Aquí en la diáspora debo de tener por lo menos unos doce
o quince metros (no le puedo hablar de páginas) sobre nuestra
historia, pues no me conformo con lo que digan uno o dos.
En cuanto a alienación, no
creo que se dé en mí, por lo menos
por culpa de la historia, al contrario. Por otro lado, no soy un
científico, sino que simplemente no me gusta «hablar macanas».
Si nos fijamos además en la definición de alienación: Proceso
mediante el cual el individuo o una colectividad transforman
su conciencia hasta hacerla contradictoria con lo que debía
esperarse de su condición, creo que lo que se espera de mi
condición es justamente que sepa lo que estoy diciendo —
más aún si escribo.
Cordiales saludos
Enrique C. Picotto
(Continuará)
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