© Enrique C. Picotto - D 71067 Sindelfingen, Alemania  - Mail to Enrique C. Picotto 14.11.03


 

Subject:

Rosas y Sarmiento - X

Date:

Fri, 16 May 2003 23:31:08 +0200

From:

Enrique C. Picotto <e.c.picotto@attglobal.net>

To:

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La Nación - Usted opina <udopina@lanacion.com.ar>


 

16 de mayo de 2003


Rosas y Sarmiento - X

 

Estimada señora Álvarez de Toledo:

 

Con la intención de poder llegar a alguna conclusión en nuestra controversia,

trataré de ceñirme a lo poco concreto aportado por usted. Lo demás es

simplemente su opinión, y sea.

 

Cita usted a Ramos Mejía:

"El más humilde rasgo de la vida doméstica suele ser, psicológicamente,
más revelador que el ampuloso dato biográfico consagrado por el
documento falaz o la pedantería del historiógrafo, ufano por descubrir
fechas tan precisas como inútiles muchas veces".
-----José María Ramos Mejía. "Rosas y su tiempo". Buenos Aires. 1907.

Ramos Mejía no fue historiador sino médico. Lo citado es una construcción

que podría en realidad referirse a cualquier cosa, pues presupone que ese

«humilde rasgo» fuera relatado con veracidad o correctamente interpretado

por quien lo observe. Incluye además un oxímoron al hablar del «documento

falaz», pues algo falaz no es un documento. A su vez, las «fechas precisas»

jamás fueron «inútiles»: hay quienes opinan —y se puede leer por ejemplo

en LA NACIÓN que San Martín habría legado su sable a Rosas por la

gesta de Obligado. Pero al atenernos a las «fechas precisas» notamos

que San Martín redactó el testamento que contiene el legado casi dos

años antes de Obligado. Y aquí sí se descubre la «falacia», justamente

al tener en cuenta «fechas precisas», que no son «inútiles», de ninguna

manera.

 

Decía José Luis Busaniche:

«... La historia misma nos enseña que estas mutaciones teatrales
no se dan en ningún proceso social; que entre la historia escrita
por los vencedores como apología del hecho consumado y la que
pueda elaborarse y reconstruirse honradamente con testimonios
del pasado, existe diferencia fundamental, por lo pronto la que
media entre la realidad y la ficción. Y es el caso que la historiografía
dominante se ha valido de artificios (mayormente de ocultación) para
dar apariencia de lógica y natural metamorfosis a lo que no fue sino
transición dura y desgarrante en la que no salió muy bien parada la
soberanía de la Nación.»
--------------------------------José Luis Busaniche, Historia Argentina, XXIII, 635

Indico esto porque al citar usted a Ramos Mejía con «Rosas y su
tiempo», tratándose esta discusión en realidad también de Sarmiento
habría que citar lo que el «insigne sanjuanino» advirtió precisamente
al médico historiador —al joven autor—, algo que asombrosamente
coincide con aquella revelación que hacía Sarmiento sobre Rosas,
«... era un republicano... Era la expresión de la voluntad del pueblo...
No todo era terror, no todo era superchería... Entusiasmo, verdadero
entusiasmo, era el de millares de hombres que lo proclamaban el
Grande Americano.»

 

Sarmiento aconsejó coherentemente a Ramos Mejía:

«Prevendríamos al joven autor que no reciba como moneda de

buena ley todas las acusaciones que se han hecho a Rosas en

aquellos tiempos de combate y de lucha, por el interés mismo

de las doctrinas que explicarían los hechos verdaderos"

Advierte aquí claramente Sarmiento otra vez más que habría que
explicarle cuáles fueron los «hechos verdaderos» sobre Rosas pues
evidentemente Ramos Mejía los desconocía. Como los desconocen
muchos otros aún en la actualidad, agrego yo.

Me complace sobremanera que a esta altura del debate lleguemos

a un punto de acuerdo muy importante. Rosas fue un tirano; un dictador,

en sus términos. La Real Academia Española (y esta es una Academia

foránea porque según me dio a entender no son de su aprecio nuestras

nacionales) trae como sinónimos de dictador: déspota, tirano y autócrata.

Para los académicos, pues, dictador es sinónimo de tirano.

Estimo, señora Álvarez de Toledo, que vuelve a interpretar usted
subjetivamente, esta vez hasta lo que dice la RAE:

dictador, ra.
 (Del lat. Del lat. dictator, -oris.).
1. m. y f. En la época moderna, persona que se arroga o recibe todos
los poderes políticos extraordinarios y los ejerce sin limitación jurídica.

 

tirano, na.
(Del lat. tyrannus)
1. adj. Dicho de una persona: Que obtiene contra derecho el gobierno
de un Estado, especialmente si lo rige sin justicia y a medida de su
voluntad. U. t. c. s.

 

Real Academia Española © Todos los derechos reservados
http://buscon.rae.es/diccionario/drae.htm

No pueden ser sinónimos, ya que «tirano» es quien «obtiene contra

derecho el gobierno de un Estado», algo que jamás hizo Rosas, quien
según Sarmiento era un republicano... era la expresión de la voluntad
del pueblo. Espero que note usted la diferencia.

No comparto sus juicios acerca de que según las circunstancias

el dictador nada tiene de malo y puede ser inevitable. Estas son

nuestras diferencias fundamentales. Son más hondas que la figura

de Rosas. Rosas podría no haber existido y aún así me opondría

a la tiranía.

Yo también me opongo a la «tiranía», pero de lo que aquí se trata es de

una «dictadura» elegida libremente debido a las circunstancias, algo muy

diferente (ver el DRAE).

Es una cuestión de filosofía política. Pero esto también excede el

tema que nos interesa que es Rosas y su tiranía.

De ninguna manera, señora, pues al hablar de «tiranía» lo hace usted

desde el plano subjetivo, que es irrelevante si quisiéramos juzgar hechos

históricos. Fundamenta usted sus deducciones en una falsa premisa

y llega a resultados equivocados. Recuerde que creer no es saber.

También entonces recordemos algunos conceptos que debería

conocer, como argentino que pretende abrevar en nuestra historia

constitucional, en relación a que si bien Sarmiento fundió sus ideas

políticas con muchas pertenecientes al filósofo por usted comentado,

sus ideas de la emergencia constitucional —empero— distan mucho

de aquél ya que en la Constitución Nacional tanto el estado de sitio

como la intervención federal dan soluciones diferentes al suspender

únicamente las garantías constitucionales pero no el sistema de

legalidad creado a partir de la Constitución. Precisamente los

constituyentes fueron muy cuidadosos al tratar estas cuestiones

en atención a la realidad histórica anterior a Caseros.

Mi estimada señora: está razonando usted post festum. No es
posible comparar la situación de 1835 con aquello que podría
haber contemplado la ley en el futuro, 18 o 20 años después. La
suma del poder le fue otorgada a Rosas por voluntad popular bajo
la absoluta observancia de las leyes vigentes a la sazón: ... y en
verdad que las actas de elección así lo muestran (Sarmiento).

 

Pretender juzgar a Rosas por leyes dictadas después de su gestión
es un despropósito, y en esto se lució el flamante Estado de Buenos
Aires votando a posteriori leyes ad hoc. Es atentatorio juzgar
a alguien bajo leyes creadas después del supuesto delito, leyes
ex post factum. La ley no puede aplicarse con efecto retroactivo.

 

En cuanto al respeto brindado a la Constitución de 1853 por la
argentinidad posterior a Rosas —bajo «gobiernos históricos»—
cito nuevamente a LA NACIÓN. Me dirá usted para qué nos sirvió
esa «constitución»:

http://www.lanacion.com.ar/02/10/17/dp_441347.asp
LA NACION | 17/10/2002 | Página 12 | Política

Qué le pasó a la Argentina / Responsabilidad de la Justicia

en la crisis del país


Una nación al margen de la ley
Al haber acompañado más de una vez al poder político,

los tribunales no siempre ayudaron a construir el Estado

de Derecho


La Justicia no siempre supo ponerles límites a los excesos

     de los otros   poderes
Pero también sufrió persecuciones y manipulaciones
Así, la inseguridad jurídica se adueñó del país

 

La Argentina es un país de exuberancias. Vivimos con fuerza los

excesos: las melancolías, las euforias, los escándalos, la corrupción.

También las violaciones a las leyes y a la Constitución nacional,

que sucesivos gobiernos no se privaron de cometer. No observamos

los límites.

[...]

Hagamos memoria:
- Desde 1853 hasta la fecha, gobiernos de facto y de iure declararon el

estado de sitio en 53 oportunidades, y 27 años de los últimos 100 se

vivieron en esta situación, que se caracteriza por la fuerte restricción de

algunos derechos individuales. Una medida constitucional que, no

pocas veces, encubrió excesos.

 

Desde 1930 hasta la fecha, es decir, en 73 años, seis golpes
de estado interrumpieron el orden democrático durante un total
de 23 años.

 

Durante el siglo XX, el Congreso sancionó cientos de leyes de
emergencia económica y, en ocasiones, delegó sus atribuciones en

el presidente, autorizándolo a dictar decretos delegados. Cuando

ese instrumento no fue suficiente, el presidente de turno echó mano,

cada vez con más frecuencia, a los decretos de necesidad

y urgencia, que fueron 15 hasta 1983; Raúl Alfonsín dictó otros

tantos, y, a partir de Carlos Menem, hubo cientos.

 

"En la Argentina nunca existió demasiada certeza sobre las
soluciones jurídicas, pues todo parece posible. Y esto hace que,
a la larga, las partes interesadas no sientan la necesidad de negociar
acuerdos. A la larga, es la Justicia la que se queda con la tarea de
resolver todos los conflictos y comprometerse", dice Juan Sola,
titular de cátedra de Derecho Constitucional (UBA).

El catedrático Germán Bidart Campos estima que "pocas veces
los jueces de la Corte fueron tan cuestionados como los actuales.
Ni siquiera durante los gobiernos de facto. Fueron propensos

a decidir las cuestiones en forma favorable al gobierno de turno".
 

[Los subrayados son míos]

Picotto: Todavía quisiera una respuesta coherente sobre los

motivos por los cuales el tirano [correcto, dictador] si pasó su

últimos años de vida precisamanete en Inglaterra.

Evidentemente, si en la Confederación Rosas no podía vivir, en algún

lado tendría que haberlo hecho, así como Sarmiento en Chile —a pesar

de que nunca fue perseguido—, Alberdi en Francia, Paz en el Brasil,

José Hernández en Santa Ana do Livramento y Paysandú, y muchos

otros. «Sus últimos años» fueron en realidad un cuarto de siglo, de

1852 a 1877.

 

Después de concertada la paz con el tratado Southern–Arana
del 24 de noviembre de 1849, ratificado el 24 de enero de 1850,
las relaciones entre la Confederación e Inglaterra eran excelentes.
Si Rosas no hubiese abandonado la Confederación después de
Caseros, lo hubiesen matado como a tantísimos. Frente a Buenos
Aires estaba la escuadra imperial al mando de Grenfell, y la única
forma de salir era en un buque de guerra inglés.

Él no fue el que introdujo el ferrocarril en Argentina sino sus

detractores.

Porque en la época de Rosas no existía aún, señora. Francia está

festejando recién ahora los 150 años de su ferrocarril, que inauguraron

allí en 1853.

[...]
Bien, entonces tal vez usted sea un argentino que pretende

reformular la historia argentina pero viviendo en el extranjero.

Sus días en Europa lo asemejan a Alberdi.

Lo que usted no nota, señora, es que mis citas nada tienen que ver
con el extranjero, sino que provienen de autores argentinos, o que
escribieron sobre nuestra historia, como Ferns, Scorbie y otros.
Admito que le puedan parecer sorprendentes, pero esto sólo se
debe a que son citas de historia y no de mitología.

Tal vez también usted añora Argentina. Hace cuarenta años

un país algo distinto al contemporáneo.

Pareciera suponer usted que hiciera cuarenta años que no veo
yo nuestro país.

Tal vez también usted -y en eso coincidamos- sufra por Argentina

y por su pueblo. Los argentinos que no nos fuimos, ni pensamos

en irnos, pretendemos un futuro mejor en Argentina.

Ése es el quid, señora: pretender un futuro mejor, que es lo único

a que se puede llegar con la mitología. Un futuro mejor concreto

jamás lo lograremos con alegorías y abstracciones fervorosas,

y menos aún sin saber quiénes somos. Pero, en realidad, nos

ocurre a nosotros algo peor: no somos quienes creemos ser.

Alguien llamó a esto «colonización pedagógica».

¿De dónde pretendería que nuestros constituyentes trajeran el

progreso y la civilización? ¿De Persia, del las tribus saharianas

o del Celeste Imperio?

Usted parece creer que hasta el 3 de febrero de 1852 hubiésemos
sido trogloditas en la Confederación. No es así, señora. El 16 de
mayo de 1832, por darle un ejemplo, la Real Sociedad Jenneriana
de Londres distinguió a Rosas como miembro honorario por la
introducción de la vacuna antivariólica en el mundo indígena.
A propósito, Rosas no hablaba inglés ni francés, pero dominaba
el pampa y el ranquel. Dejó una «Gramática y diccionario de las
lenguas pampas y ranquel», que creo fuera la primera obra en este
sentido.

Por otra parte pareciera que usted niega la posibilidad que

el progreso pudiera provenir de Europa pero se va a vivir por

esas latitudes.

Aquí entra usted, si bien apenas perceptiblemente, en algo muy
argentino: el argumentum ad hominem, o sea a «meterse con
mi persona». Decía Grondona en LA NACIÓN del 8 de diciembre
de 2002:

http://www.lanacion.com.ar/02/12/08/do_456844.asp
Para un argentino, ¿nada peor que otro argentino?
[...]
La demonización del otro es la condición de la intolerancia porque
sólo si lo demonizo podré justificar su exclusión... hoy no se busca
refutar sino descalificar al adversario... Cada vez que llamamos
a un rival “corrupto”, “zurdo” o “fascista”, no lo estamos refutando.
Lo estamos descalificando.

 

... Quizá la raíz de nuestro mal consista en que, por efecto de miles
de acusaciones cruzadas, los argentinos hemos terminado por hacer
nuestro el refrán “piensa mal y no errarás”. El otro, sólo por serlo,
resulta sospechoso. ... ¿No deberíamos rendirnos un día ante la dulce
tentación de la ingenuidad y empezar a pensar bien unos de otros?
Cuando expulsemos de nuestras almas el veneno de la “malignidad
del juicio”, la Argentina reverdecerá.

A nadie le debe importar en este tipo de discusión por qué viviera
yo donde me gusta vivir ni viene a cuento. Para nada he comparado
Europa con la Argentina.

Apoyo el fomento de la inmigración, especialmente la europea,

tal como lo establece nuestra Constitución Nacional.

¿Por qué precisamente la europea...? De la inmigración europea
nada dice la constitución.

Picotto: ¿No lo aliena su cientificismo histórico? Ahí le envío los

datos, la documentación respaldatoria de mis humildes dichos.

Lo que sucede es que las citas vienen de académicos. Y no

quiero que su cerebro se moleste con pensamientos tan chatos

(a su criterio). La clasifiación a la que hago referencia la tomo

del libro "Historia de las Instituciones Políticas y Sociales de la

Argentina", cuyos autores son Victor Tau Anzoátegui y Eduardo

Martiré. ¿Satisfecho?

No, de ninguna manera. Si eso es todo lo que tiene de Historia
Argentina, sólo unas 600 páginas y de miembros de la Academia
de la Historia, no me asombra entonces la exclusividad de sus
puntos de vista. Variatio delectat, señora Álvarez de Toledo.
Aquí en la diáspora debo de tener por lo menos unos doce
o quince metros (no le puedo hablar de páginas) sobre nuestra
historia, pues no me conformo con lo que digan uno o dos.

 

En cuanto a alienación, no creo que se dé en mí, por lo menos
por culpa de la historia, al contrario. Por otro lado, no soy un
científico, sino que simplemente no me gusta «hablar macanas».
Si nos fijamos además en la definición de alienación: Proceso
mediante el cual el individuo o una colectividad transforman
su conciencia hasta hacerla contradictoria con lo que debía
esperarse de su condición, creo que lo que se espera de mi
condición es justamente que sepa lo que estoy diciendo —
más aún si escribo.

 

Cordiales saludos
Enrique C. Picotto

 

(Continuará)  
_____________________________________
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