© Enrique C. Picotto - D 71067 Sindelfingen, Alemania  - Mail to Enrique C. Picotto 14.11.03

 

Subject:

Rosas y Sarmiento - IX

Date:

Thu, 15 May 2003 22:34:12 +0200

From:

Enrique C. Picotto <e.c.picotto@attglobal.net>

To:

Inés Álvarez de Toledo <ines@alvarezdetoledo.com>

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La Nación - Usted opina <udopina@lanacion.com.ar>


15 de mayo 2003

 

Rosas y Sarmiento - IX


Comenta la señora Álvarez de Toledo:

Rosas y Sarmiento - VIII
[...]
Sobre estos políticos escribió José Ingenieros:
III LA POLÍTICA DE LAS PIARAS
Causa honda de esa contaminación general es, en nuestra época, la
degeneración de sistema parlamentario:
[...]
Viven de luz ajena, satélites sin calor y sin pensamiento, uncidos al

carro de su cacique, dispuestos siempre a batir palmas cuando él

habla y a ponerse de pie llegada la hora de la votación.----

                                            José Ingenieros, El hombre mediocre (1913)

I. A. de T.
Efectivamente también en la época dorada nuestra Republica debió

soportar importantes crisis pero de cada una de ellas salió fortelecida.

Durante varias décadas los notables supieron aventar a los oligarcas,

y aquí empleo el concepto de la filosofía política clásica: el gobierno

de los pocos, en su propio provecho.

 

La época dorada o idílica Argentina responde a una generalización

cierta de un hecho social, político, económico e institucional de la

comparación de nuestro país con otros países del mundo, en similares

rubros y tiempos. Pero la discusión por usted iniciada se ha ido de foco.

Enfoquémosla nuevamente porque de continuar así repasaremos los

doscientos años de historia Argentina. El tema es Rosas y su tiranía

que duró los años suficientes como para constreñirnos a ellos.

1. Yo no inicié ninguna discusión sino que simplemente respondí
a su nota publicada en LA NACIÓN el 07.05.2003. Si se quiere, la
discusión fue comenzada por usted.

 

2. En cuanto a que la discusión se haya ido «de foco», revise mis
escritos y verá que me he circunscripto a refutar los puntos que
usted detalla. Si bien es verdad que mis respuestas son algo más
elaboradas que sus declamaciones apodícticas carentes de toda
documentación, esto se debe a que así lo exige la complejidad de
esta materia llamada «Historia» que al confundirla con mitología
se puede arreglar entonces con oratoria de lugares comunes
y frases hechas.

 

Un ejemplo: Al decir «El tema Rosas y su tiranía» sin aportar
argumentos y testimonios específicos respecto de lo que asegura,
abandona usted el plano objetivo y sólo está diciendo lo que
a usted le parece o lo que oyó contar, y eso podría interesar a lo
sumo en una rueda de mate con pan de chicharrón. Otra cosa es
si dijera usted que Rosas haya sido un dictador, pues esto no es
difícil probarlo y, según las circunstancias, nada tiene de malo
y puede ser inevitable. En cambio, lo de tirano no supera el
manido léxico de la Troya Americana: Montevideo.

 

Rosas contó con la suma de poderes, otorgada en su segundo
gobierno; se recibió del cargo el 13 de abril de 1835, que fue
el resultado del plebiscito que se llevó a cabo durante el 26,
27 y 28 de marzo, donde se convocó por su expresa voluntad

«... a todos y cada uno de los ciudadanos habitantes de esta ciudad,
de cualquier clase y condición que sean, que expresen su voto precisa
y categóricamente sobre este particular, quedando éste consignado de
modo que en todos los tiempos y circunstancias se pueda hacer constar
el libre pronunciamiento de la opinión general.»
------              ----Diario de sesiones, núm. 506, sesión del 18 de marzo de 1835

 

[Es por esto, entre otras cosas, que Sarmiento dijo: Rosas era un
republicano que ponía en juego todos los artificios del sistema

popular representativo. Era la expresión de la voluntad del pueblo,

y en verdad que las  actas de elección así lo muestran...]

Recordemos algo que probablemente conozca usted mejor que el
diario de sesiones de la junta, y es el Contrato social de Rousseau—
autor muy nombrado por Sarmiento—, que prevé en su libro IV, cap.
la  suma de poderes y el plebiscito:

«Pero únicamente los mayores peligros pueden justificar la alteración
del orden y no se debe detener jamás el sagrado poder de las leyes

a no ser cuando se trate de la salvación de la patria... si el

peligro es tal que el aparato legal sea un obstáculo, se nombra

un jefe supremo que haga callar todas las leyes y suspender

momentáneamente la autoridad soberana.»
[Los subrayados son míos]

Quizá dude usted si la escuadra de Francia —a la que se unió la de
Inglaterra— en el estuario del Plata fueran «mayores peligros» y no
se hubiese «tratado de la salvación de la patria». Lea a este respecto
a San Martín, señora. Repito: si alguien nos tratara de cipayos, seguro
que nos exasperaríamos...

[...]
Se hacen ilusiones los que creen que podrán seguir politiqueando

de forma antigua y que el país da para todo. Han matado la gallina

de los huevos de oro y deben resignarse a trabajar; ya se acabó la

época de la jauja y los placeres. El trabajo y la honradez serán lo

único que regenerará a nuestro país".                      Sixto Quesada

I. A. de T.
Interesantes palabras las del banquero. Una recomendación para

retomar los principios económicos y rentísticos alberdianos.

No es cierto, señora: los «principios alberdianos» —que usted aún no
precisó— jamás se pusieron en práctica, por eso se llegó al estado que
describe Sixto Quesada en 1901, que en ese entonces no era siquiera
una novedad, pues con Avellaneda ya existía la crisis, y poco después
con el burrito cordobés, Juárez Celman, en pleno auge de estos sus
«principios alberdianos». Los últimos que dejaron de cobrar durante
las crisis fueron los ingleses y los militares que, en realidad, no dejaron
de cobrar nunca:

En mayo (1876) Avellaneda inaugura el congreso con una frase
histórica: Hay dos millones de argentinos que ahorrarán hasta
sobre su hambre y sobre su sed
para responder, en una

situación suprema, a los compromisos de nuestra fe pública

en los mercados extranjeros. Introduce el 25 % más de rebajas

en los sueldos y pensiones, suspende obras públicas, no paga

a los acreedores internos y atrasa seis meses los sueldos de los

empleados. Quedan incólumes el ejército* que ocupa la nueva

línea de fronteras proyectada por Alsina, los gastos que demanda

el ferrocarril a Tucumán y, sobre todo, los acreedores extranjeros.
-------------------------------Cf. José M. Rosa, «Historia Argentina», VII, 344

 

*) Sin embargo, si el ejército cobraba, en la frontera el gaucho no veía
«ni un rial»:

Pa sacarme el entripao
vi al Mayor, y lo fui a hablar;
yo me lo empecé a atracar,
y como con poca gana
le dije: —Tal vez mañana
acabarán de pagar.          Hernández, M.F., IV

Como vemos, la situación actual es sólo distinta por su monto,
pero no por su carácter, ya que los argentinos, si bien muy poco
aprendemos, pareceríamos no olvidar nada...

... el Ferrocarril del Oeste, creado por particulares en 1854 y desde

1862 de propiedad provincial. Fue entregado con más de 1200 km

de vías a los ingleses en junio de 1890.

El comercio exterior argentino fue eminentemente primario

o agroexportador.

Chocolate por la noticia, señora.

I. A. de T.
Efectivamente algunas industrias existían a lo largo de una geografía

tan dilatada como la nuestra, pero eran las que satisfacían actividades

primarias o básicas para la población: vgr. calzado, velas, carruajes,

mueblerías, platerías, vitivinícolas.

¿Cree usted que hubiésemos podido competir con Mánchester...?

I. A. de T.
La riqueza argentina se logró cuando nuestra producción primaria

se colocó en los mercados recipendarios de ésta y cuando aquéllos,

principalemente Inglaterra, colocaron en Argentina sus excedentes.

Señora: no se trataba de «excedentes». Para producir especialmente
para exportar, Inglaterra hacía trabajar hasta a los niños: Child labor.
Lea usted a Dickens, por favor.

I. A. de T.
El comercio como civilizador de las naciones. La revolución

del riel en nuestro país es obra de las presidencias históricas.

Le decía que el primer ferrocarril de la Argentina fue obra de
particulares y se inauguró en 1854 bajo la «presidencia» de
Pastor Obligado. Se pudo realizar por argentinos porque se
conservaba todavía íntegro en el país, dos años después de su
caída, el espíritu nacional que Rosas había impuesto. Las que
usted denomina «presidencias históricas» se encargaron más
bien de venderlo. Si deseara enterarse de lo que fueron nuestros
ferrocarriles señora, lea por favor a Raúl Scalabrini Ortiz.

I. A. de T.
Pero volvamos al punto: Rosas y su tiranía.

Ya le expliqué lo de la «tiranía». Lo que cabe es dictador.

Pero es ridículo pretender imaginar mediante el «conceptualismo

aristotélico» una aristocracia ateniense en la sociedad de Buenos

Aires de la segunda mitad del siglo XIX donde nuestros «aristócratas»

de medio pelo —quien más, quien menos— ocultaban sus antepasados

contrabandistas que afloraban una o dos generaciones atrás.

I. A. de T.
En la ciencia política occidental la teoría aristotélica ha sido

estudiada y receptada por su intento de clasificar a los gobernantes.

A la aristocracia, como forma pura de gobierno se opone la oligarquía,

como su forma impura o deformada. Esta escuela de pensamiento

actual le da gran importancia a estos conceptos. El concepto de

oligarquía no fue introducido por mí sino fue plasmado en una de

sus anotaciones. Ya que usted usó esta terminología yo me valdré

de los clásicos para la conceptualización. Algunos aristócratas

habrán tenido antepasados contrabandistas una o dos generaciones

atrás. Muchos de ellos se oponían al monopolio estricto de la corona

española que muy poco supo hacer para conservar a estas tierras

bajo su dominio. Cuando comenzó a liberalizar el comercio, fue

muy tarde. Pero el tema que nos ocupa es Rosas y su tiranía.

Debería usted recurrir a documentación señora. Lo único que se me
ocurre agregar a estas elucubraciones es que las coteje con «El medio
pelo en la sociedad argentina» de Jauretche, aunque no comparta
mucho sus juicios. Lo que yo llamo ridículo —pretender justificar
con la «teoría aristotélica» nuestra aristocracia flor de ceibo—,

con el agregado de sus últimas elucidaciones lo ridículo se torna

grotesco: Difficile est satiram non scribere...

[...]
Alberdi aprendió mucho desde los tiempos de Montevideo: descubrió

la patria y se entusiasmaba con Rosas porque «la prensa del mundo

entero se ocupaba de él y los grandes parlamentarios lo han nombrado

más de veinte veces». Si bien Alberdi contaba con la inteligencia más

lúcida de su generación, no era capaz, como muchos otros, de reflexionar

sobre lo nuestro si el impulso no llegaba desde afuera. Descubría en la

prensa extranjera que el estado de su país era «próspero en medio de

todas las conmociones». ...Tampoco le fue muy bien a Alberdi con

«La República Argentina» de 1847 entre sus correligionarios.

I. A. de T.
Alberdi conocía muy bien al tirano y se opuso a sus prácticas. Pero

también fue un argentino de avanzada para su tiempo que supo que

Rosas fue producto del medio. Es un concepto característico del

pensamiento de la enciclopedia francesa del siglo XVIII, arraigado

en el Río de la Plata por muchos de los hombres de la generación

del 37, que pretendían una superación de las guerras civiles

argentinas, y que fueron —si bien al principio tolerados por el

tirano— luego perseguidos por su régimen. Sarmiento y Alberdi

recurren a elementos de la sociología política para tratar de describir

el fenómeno de la tiranía rosista, a mi juicio exitosamente. El ideario

común de ambos los llevó a plasmar el texto constitucional argentino

a pesar que posteriormente cuestiones del gobieno los enfrentaran.

Su respuesta es una pieza acabada de «rabulística»: escribe mucho
y no dice nada, como si estuviera contándome de Alberdi mientras
yo cebo mate. Repito, señora: lea, no importa qué autores, y cítelos.
Ve usted que si buscamos el juicio de Alberdi sobre Rosas, hay

que dejar hablar a Alberdi y no «interpretarlo» a través del

sarmientismo moderno. Lo mismo se aplica al «maestro de América».

Ahora le vemos por completo las patas a la sota... Lo que echaría
de menos la señora es no poder «rastacuerear» a sus anchas con
otros de su categoría por Biarritz. Hinc illae lacrimae...! Ésta es

la Argentina que añora. Y llevarse la vaca y las ponedoras, como

hacían las Ocampo. Claro, ahora en el avión, aunque no hiciera falta.

I. A. de T.
¿A usted no le gustaría visitar Biarritz?

Le diré que no recuerdo si alguna vez estuve allí, creo que sí,
de paso desde Lourdes a Donostia (San Sebastián).

I. A. de T.
Eso sí, siguiendo su propia (¿O impropia? ¡Qué más da?)

terminología, aunque má fuera, con los de su categoría. Y traer

al país el progreso, la civilización, las nuevas ideas, todo ello

según nuestras mejores conveniencias. El mundo, Picotto, es

más que la Argentina.

Esto último me recuerda aquello de ¡A papá con bananas verdes...!
No sé cuánto tiempo llevaré ya de mono, pero sí puedo decirle que
hace más de 40 años que vivo en Europa, así que mire si habré visto
rastacueros. Por eso no recuerdo bien si estuve en Biarritz, pues para
mí esto es de relativa importancia. Por otro lado, señora: ¿cree usted
en serio que de Biarritz pudiéramos traer «progreso» o «civilización»?
De mi niñez recuerdo que ya teníamos la «Soda Biarritz», aunque
también hay una «Biarritz argentina», por supuesto no tan «bienuda».
Hasta la promocionó en sus comienzos Dardo Rocha, el gobernador,
que hizo llegar hasta allí en 1886 el Ferrocarril del Sud. Nuestro espíritu
simiesco no tardó en encontrar los nombres adecuados para sus playas:
Trouville, Biarritz, Dieppe, Ostende, etc.

I. A. de T.
Pero fíjese muy bien que mi anhelo es para millones de

nuestro compatriotas.

Más adelante me achaca «Usted intenta pasar rápidamente por los
más diversos años de nuestra historia», pero le digo que a mí jamás
se me hubiera ocurrido tener que llegar de Rosas y Sarmiento a Biarritz
y elucidar su posible aporte de «civilización» para la Argentina.

I. A. de T.
Respecto de Victoria, ella sí que es una argentina universal...

Para los argentinos, pueda ser, ma non tanto para los conocedores
europeos, y aún para algunos argentinos. Decía Manuel Gálvez,
fundador de la Academia Argentina de Letras y candidato al Premio
Nobel de literatura, quien consideraba a Alfonsina Storni mejor
escritora que Victoria Ocampo:

«Como animadora, es una persona única. Lástima que no tenga ojos
para lo nuestro y que viva pensando en lo extranjero de última hora.
No soy enemigo a muerte del esnobismo, y creo que un poco de eso
está bien. Debe haber alguien que haga conocer los nuevos nombres
de las literaturas extranjeras. Pero Victoria se pasa de la raya. Vive
renovando sus admiraciones, a lo que parece. En cuanto tiene noticia
de haber surgido en París o en Londres algún nuevo escritor de talento,
ya se pone en contacto epistolar con él, lo invita a venir a Buenos Aires
y hasta, según cuentan, le paga el viaje.»
Manuel Gálvez, Recuerdos de la vida literaria, Entre la novela y la historia

A Victoria Ocampo —cuyas costumbres literarias, dicho sea de paso,
consideraba Manuel Gálvez un tanto rastacueras — le decía Pierre
Drieu La Rochelle, uno de sus tantos invitados:

... me habías dicho que la Argentina estaba llena de vida, de fuerza,
etc. No, yo no he encontrado allí sino tu vida de mujer y una cierta
fermentación en las profundidades, que existe también en París, en
el arroyo. Hay fuerzas en el pueblo argentino, como en todo pueblo,
pero tal fuerza está detenida por la pantalla que forman «La Nación»,
la «Sociedad», los amigos, y «Sur», que no sirve a una causa orgánica
sino a la «literatura en general».
---------------------------------------        -«Sur les écrivains», Gallimard, 1964

I. A. de T.
... y sus bienes patrimonio de la humanidad, un legado perpetuo

para todo el mundo. Con Sur, con su pensamiento y su acción y,

para que a usted le guste, con sus vacas y sus ponedoras.

Decía Ernesto Sábato de Victoria y de Sur:

«El túnel» fue la única novela que quise publicar, y para lograrlo debí
sufrir amargas humillaciones. Dada mi formación científica, a nadie le
parecía posible que yo pudiera dedicarme seriamente a la literatura.
Un renombrado escritor llegó a comentar: «¡Qué va a hacer una novela
un físico!». ¿Y cómo defenderme cuando mis mejores antecedentes
estaban en el futuro?

 

«El túnel» fue rechazado por todas las editoriales del país; hasta por
Victoria Ocampo, que se excusó diciéndome: «Estamos medio fundidos,
no tenemos un cobre partido por la mitad». Qué auténtica me pareció
entonces esa frase de Oscar Wilde: Hay gente que se preocupa más
por el dinero que los pobres: son los ricos
. Aún recuerdo la tarde
en que se abrió la puerta del Querandí —el mismo café que luego
frecuentaría con Gombrowicz—, y vi aparecer a Matilde llorando,
encorvada, trayendo entre las manos los originales de mi novela,
que yo no me había animado a retirar, tanta era mi vergüenza.

Finalmente, el préstamo de un generoso amigo, Alfredo Weiss, hizo
posible la publicación en «Sur», y fue inmediatamente agotada. Al año
siguiente, recibí la noticia de su edición francesa gracias a Camus.
[...]
Cuando años después comenté la historia en un periódico, Victoria me
llamó hecha una furia para recriminarme el oprobioso recuerdo, ya que
el libro había sido recibido entusiastamente por uno de los máximos
escritores de Francia. Pero «c'est la vie», como ella hubiera dicho.
He hablado acerca de lo importante que ha sido su aporte a nuestra
cultura; pero el mutuo y sincero aprecio que nos teníamos, no me
dispensa del inconveniente de no ser francés.»

Según vimos con detalles, nuestra Argentina no fue distinta antes de 1930
ni de 1900, a menos que se la quisiera ver color salmón a través de los
lentes rosados de la mitología:

A pesar de la sala sucia y oscura
de gentes y de lámparas luminosas,
si quiere ver la vida color de rosa
eche veinte centavos en la ranura.
           Raúl González Tuñón

I. A. de T.
Insiste en comparar etapas diversas de nuestro país. Para el estudio de
las instituciones políticas y sociales argentinas sigo la división tripartita:
época hispánica, época patria y época constitucional.

Y todo esto sin el menor testimonio, sin una cita, todo «a ojo de
buen cubero». Debe de estar usted acostumbrada, señora, a que
nadie dude de sus asertos.

I. A. de T.
Usted intenta pasar rápidamente por los más diversos años de nuestra
historia utilizando un método disperso que en el discurso sólo abrevian
espasmos. Le aconsejo la elección y el desarrollo de un tema específico.

Ya le indicaba que recapitule lo que venimos escribiendo, y verá
que no hago más que seguir sus impromptus.

Pero ahora volvamos al tema de Rosas y su tiranía que marca

el paso de una época a la otra: de la patria a la constitucional.

Me explicará entonces con algo más que con sus palabras a qué se
refiere usted cuando habla de «tiranía», así como le documenté yo
por qué prefiero hablar de «dictadura».

 

Cordialmente, señora
Enrique C. Picotto

 

(Continuará)  

_____________________________________
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