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Subject: |
Rosas y Sarmiento - IX |
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Date: |
Thu, 15 May 2003 22:34:12
+0200 |
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From: |
Enrique C. Picotto
<e.c.picotto@attglobal.net> |
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To: |
Inés Álvarez de Toledo
<ines@alvarezdetoledo.com> |
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CC: |
Sr. Mario «Pacho»
O'Donnell <mario@odonnell-historia.com.ar>,
Instituto Nacional de Invest. Históricas J. M. de Rosas <inrosas@fibertel.com.ar>,
Dr. Oscar Denovi <oscardenovi@hotmail.com>,
Prof. James O. Pellicer - New York <jop63@yahoo.com>,
Dr. Horacio W. Bauer <BauerH@lacaja.com.ar>,
Ing. José Ramón Miranda <jopomir@ciudad.com.ar>,
Carlos Dragovich - Long
Island <cdragovich@biodex.com>,
Sr. Diputado Fernando A. Finvard <fefinvarb@legislatura.gov.ar>,
Prof. José Antonio Iglesias <joseiglesias@arnet.com.ar>,
Osvaldo Julio Schiavoni <postmaster@rimar2000.com.ar>,
Sr. Horacio Salduna -
Instituto Urquiza <horacios@satlink.com>,
Dr. Amílcar R. Mattoni <ramattoni@sinectis.com.ar>,
Emilio Salas <salase@sanjulian.com>,
La Nación - Cartas de lectores <cartasdelectores@lanacion.com.ar>,
La Nación - Usted opina <udopina@lanacion.com.ar> |
15 de mayo 2003
Rosas y Sarmiento - IX
Comenta la señora Álvarez de Toledo:
Rosas y Sarmiento - VIII
[...]
Sobre estos políticos escribió José Ingenieros:
III LA POLÍTICA DE LAS PIARAS
Causa honda de esa contaminación general es, en nuestra época, la
degeneración de sistema parlamentario:
[...]
Viven de luz ajena, satélites sin calor y sin pensamiento, uncidos al
carro de su cacique,
dispuestos siempre a batir palmas cuando él
habla y a ponerse de pie
llegada la hora de la votación.----
José Ingenieros, El hombre mediocre
(1913)
I. A.
de T.
Efectivamente también en la época dorada nuestra
Republica debió
soportar importantes crisis pero de cada una
de ellas salió fortelecida.
Durante varias décadas los notables supieron
aventar a los oligarcas,
y
aquí empleo el concepto de la filosofía
política clásica: el gobierno
de
los pocos, en su propio provecho.
La
época dorada o idílica Argentina responde a una generalización
cierta de un hecho social, político,
económico e institucional de la
comparación de nuestro país con otros países
del mundo, en similares
rubros y tiempos. Pero la discusión por
usted iniciada se ha ido de foco.
Enfoquémosla nuevamente porque de continuar
así repasaremos los
doscientos años de historia Argentina. El
tema es Rosas y su tiranía
que
duró los años suficientes como para constreñirnos
a ellos.
1. Yo no inicié
ninguna discusión sino que simplemente respondí
a su nota publicada en
LA NACIÓN el 07.05.2003. Si se quiere, la
discusión fue comenzada por usted.
2. En cuanto a que la
discusión se haya ido «de foco», revise mis
escritos y verá que me he circunscripto a refutar los puntos que
usted detalla. Si bien es verdad que mis respuestas son
algo más
elaboradas que sus declamaciones apodícticas carentes de toda
documentación, esto se debe a que así lo exige la complejidad de
esta materia llamada «Historia» que al confundirla con mitología
se puede arreglar entonces con oratoria de lugares comunes
y frases hechas.
Un ejemplo: Al decir «El tema
Rosas y su tiranía» sin aportar
argumentos y testimonios específicos respecto de lo que asegura,
abandona usted el plano objetivo y sólo está diciendo lo que
a usted le parece o lo que oyó contar, y eso podría interesar a lo
sumo en una rueda de mate con pan de chicharrón. Otra cosa es
si dijera usted que Rosas haya sido un dictador, pues esto no es
difícil probarlo y, según las circunstancias, nada tiene de malo
y puede ser inevitable. En cambio, lo de tirano no supera el
manido léxico de la Troya Americana: Montevideo.
Rosas contó con la suma de
poderes, otorgada en su segundo
gobierno; se recibió del cargo el 13 de abril de 1835, que fue
el resultado del plebiscito que se llevó a cabo durante el 26,
27 y 28 de marzo, donde se convocó por su expresa voluntad
«... a todos y cada uno de
los ciudadanos habitantes de esta ciudad,
de cualquier clase y condición que sean, que expresen su voto precisa
y categóricamente sobre este particular, quedando éste consignado de
modo que en todos los tiempos y circunstancias se pueda hacer constar
el libre pronunciamiento de la opinión general.»
------
----Diario de sesiones, núm. 506,
sesión del 18 de marzo de 1835
[Es por esto, entre otras
cosas, que Sarmiento dijo: Rosas era un
republicano que ponía en juego todos los artificios del sistema
popular representativo.
Era la expresión de la voluntad del pueblo,
y en verdad que las
actas de elección así lo muestran...]
Recordemos algo que
probablemente conozca usted mejor que el
diario de sesiones de la junta, y es el Contrato social de
Rousseau—
autor muy nombrado por Sarmiento—, que prevé en su libro IV, cap.
6° la suma de poderes y el plebiscito:
«Pero únicamente los
mayores peligros pueden justificar la alteración
del orden y no se debe detener jamás el sagrado poder de las leyes
a no ser cuando se trate
de la salvación de la patria... si el
peligro es tal que el
aparato legal sea un obstáculo, se nombra
un jefe supremo que haga
callar todas las leyes y suspender
momentáneamente la
autoridad soberana.»
[Los subrayados son míos]
Quizá dude usted si la
escuadra de Francia —a la que se unió la de
Inglaterra— en el estuario del Plata fueran «mayores peligros» y no
se hubiese «tratado de la salvación de la patria». Lea a este respecto
a San Martín, señora. Repito: si alguien nos tratara de cipayos, seguro
que nos exasperaríamos...
[...]
Se hacen ilusiones los que creen que podrán seguir politiqueando
de forma antigua y que el
país da para todo. Han matado la gallina
de los huevos de oro y
deben resignarse a trabajar; ya se acabó la
época de la jauja y los
placeres. El trabajo y la honradez serán lo
único que regenerará a
nuestro país".
Sixto Quesada
I. A.
de T.
Interesantes palabras las del banquero. Una
recomendación para
retomar los principios económicos y
rentísticos alberdianos.
No es cierto, señora: los
«principios alberdianos» —que usted aún no
precisó— jamás se pusieron en práctica, por eso se llegó al estado que
describe Sixto Quesada en 1901, que en ese entonces no era siquiera
una novedad, pues con Avellaneda ya existía la crisis, y poco
después
con el burrito cordobés, Juárez Celman, en pleno auge de
estos sus
«principios alberdianos». Los últimos que dejaron de cobrar durante
las crisis fueron los ingleses y los militares
que, en realidad, no
dejaron
de cobrar nunca:
En mayo (1876) Avellaneda
inaugura el congreso con una frase
histórica: Hay dos millones de argentinos que ahorrarán hasta
sobre su hambre y sobre su sed para responder, en una
situación suprema, a los
compromisos de nuestra fe pública
en los mercados
extranjeros. Introduce el 25 % más de rebajas
en los sueldos y pensiones,
suspende obras públicas, no paga
a los acreedores internos y
atrasa seis meses los sueldos de los
empleados. Quedan incólumes
el ejército* que ocupa la nueva
línea de fronteras
proyectada por Alsina, los gastos que demanda
el ferrocarril a Tucumán y,
sobre todo, los acreedores extranjeros.
-------------------------------Cf.
José M. Rosa, «Historia Argentina», VII, 344
*) Sin embargo, si el
ejército cobraba, en la frontera el gaucho no veía
«ni un rial»:
Pa sacarme el
entripao
vi al Mayor, y lo fui a hablar;
yo me lo empecé a atracar,
y como con poca gana
le dije: —Tal vez mañana
acabarán de pagar.
Hernández, M.F., IV
Como vemos, la situación
actual es sólo distinta por su monto,
pero no por su carácter, ya que los argentinos, si bien muy poco
aprendemos, pareceríamos no olvidar nada...
... el Ferrocarril del
Oeste, creado por particulares en 1854 y desde
1862 de propiedad
provincial. Fue entregado con más de 1200 km
de vías a los ingleses en
junio de 1890.
El
comercio exterior argentino fue eminentemente primario
o
agroexportador.
Chocolate por la noticia,
señora.
I. A.
de T.
Efectivamente algunas industrias existían a lo
largo de una geografía
tan
dilatada como la nuestra, pero eran las que
satisfacían actividades
primarias o básicas para la población: vgr.
calzado, velas, carruajes,
mueblerías, platerías, vitivinícolas.
¿Cree usted que hubiésemos
podido competir con Mánchester...?
I. A.
de T.
La riqueza argentina se logró cuando nuestra
producción primaria
se
colocó en los mercados recipendarios de ésta
y cuando aquéllos,
principalemente Inglaterra, colocaron en
Argentina sus excedentes.
Señora: no se trataba de
«excedentes». Para producir especialmente
para exportar, Inglaterra hacía trabajar hasta a los niños: Child
labor.
Lea usted a Dickens, por favor.
I. A.
de T.
El comercio como civilizador de las naciones. La
revolución
del
riel en nuestro país es obra de las
presidencias históricas.
Le decía que el primer
ferrocarril de la Argentina fue obra de
particulares y se inauguró en 1854 bajo la «presidencia» de
Pastor Obligado. Se pudo realizar por argentinos porque se
conservaba todavía íntegro en el país, dos años después de su
caída, el espíritu nacional que Rosas había impuesto. Las que
usted denomina «presidencias históricas» se encargaron más
bien de venderlo. Si deseara enterarse de lo que fueron nuestros
ferrocarriles señora, lea por favor a Raúl Scalabrini Ortiz.
I. A.
de T.
Pero volvamos al punto: Rosas y su tiranía.
Ya le expliqué lo de la
«tiranía». Lo que cabe es dictador.
Pero es ridículo pretender
imaginar mediante el «conceptualismo
aristotélico» una
aristocracia ateniense en la sociedad de Buenos
Aires de la segunda mitad
del siglo XIX donde nuestros «aristócratas»
de medio pelo —quien más,
quien menos— ocultaban sus antepasados
contrabandistas que
afloraban una o dos generaciones atrás.
I. A.
de T.
En la ciencia política occidental la teoría
aristotélica ha sido
estudiada y receptada por su intento de
clasificar a los gobernantes.
A la
aristocracia, como forma pura de gobierno se
opone la oligarquía,
como
su forma impura o deformada. Esta escuela de
pensamiento
actual le da gran importancia a estos
conceptos. El concepto de
oligarquía no fue introducido por mí sino
fue plasmado en una de
sus
anotaciones. Ya que usted usó esta terminología
yo me valdré
de
los clásicos para la conceptualización. Algunos aristócratas
habrán tenido antepasados contrabandistas una o dos generaciones
atrás. Muchos de ellos se oponían al
monopolio estricto de la corona
española que muy poco supo hacer para
conservar a estas tierras
bajo
su dominio. Cuando comenzó a liberalizar el
comercio, fue
muy
tarde. Pero el tema que nos ocupa es Rosas y
su tiranía.
Debería usted recurrir a
documentación señora. Lo único que se me
ocurre agregar a estas elucubraciones es que las coteje con «El medio
pelo en la sociedad argentina» de Jauretche, aunque no comparta
mucho sus juicios. Lo que yo llamo ridículo —pretender justificar
con la «teoría aristotélica» nuestra aristocracia flor de ceibo—,
con el agregado de sus
últimas elucidaciones lo ridículo se torna
grotesco: Difficile est
satiram non scribere...
[...]
Alberdi aprendió mucho desde los tiempos de Montevideo: descubrió
la patria y se entusiasmaba
con Rosas porque «la prensa del mundo
entero se ocupaba de él y
los grandes parlamentarios lo han nombrado
más de veinte veces». Si
bien Alberdi contaba con la inteligencia más
lúcida de su generación, no
era capaz, como muchos otros, de reflexionar
sobre lo nuestro si el
impulso no llegaba desde afuera. Descubría en la
prensa extranjera que el
estado de su país era «próspero en medio de
todas las conmociones».
...Tampoco le fue muy bien a Alberdi con
«La República Argentina» de
1847 entre sus correligionarios.
I. A.
de T.
Alberdi conocía muy bien al tirano y se opuso a sus
prácticas. Pero
también fue un argentino de avanzada para su
tiempo que supo que
Rosas
fue producto del medio. Es un concepto
característico del
pensamiento de la enciclopedia francesa del
siglo XVIII, arraigado
en el
Río de la Plata por muchos de los hombres de
la generación
del
37, que pretendían una superación de las guerras civiles
argentinas, y que fueron —si bien al principio tolerados por el
tirano— luego perseguidos por su régimen.
Sarmiento y Alberdi
recurren a elementos de la sociología
política para tratar de describir
el
fenómeno de la tiranía rosista, a mi juicio
exitosamente. El ideario
común
de ambos los llevó a plasmar el texto
constitucional argentino
a
pesar que posteriormente cuestiones del
gobieno los enfrentaran.
Su respuesta es una pieza
acabada de «rabulística»: escribe mucho
y no dice nada, como si estuviera contándome de Alberdi mientras
yo cebo mate. Repito, señora: lea, no importa qué autores, y cítelos.
Ve usted que si buscamos el juicio de Alberdi sobre Rosas, hay
que dejar hablar a Alberdi
y no «interpretarlo» a través del
sarmientismo
moderno. Lo mismo se aplica al «maestro de América».
Ahora le vemos por completo
las patas a la sota... Lo que echaría
de menos la señora es no poder «rastacuerear» a sus anchas con
otros de su categoría por Biarritz. Hinc illae lacrimae...!
Ésta es
la Argentina que añora. Y
llevarse la vaca y las ponedoras, como
hacían las Ocampo. Claro,
ahora en el avión, aunque no hiciera falta.
I. A.
de T.
¿A usted no le gustaría visitar Biarritz?
Le diré que no recuerdo si
alguna vez estuve allí, creo que sí,
de paso desde Lourdes a Donostia (San Sebastián).
I. A.
de T.
Eso sí, siguiendo su propia (¿O impropia? ¡Qué más
da?)
terminología, aunque má fuera, con los de su
categoría. Y traer
al
país el progreso, la civilización, las
nuevas ideas, todo ello
según
nuestras mejores conveniencias. El mundo,
Picotto, es
más
que la Argentina.
Esto último me recuerda
aquello de ¡A papá con bananas verdes...!
No sé cuánto tiempo llevaré ya de mono, pero sí puedo decirle que
hace más de 40 años que vivo en Europa, así que mire si habré visto
rastacueros. Por eso no recuerdo bien si estuve en Biarritz, pues para
mí esto es de relativa importancia. Por otro lado, señora: ¿cree usted
en serio que de Biarritz pudiéramos traer «progreso» o «civilización»?
De mi niñez recuerdo que ya teníamos la «Soda Biarritz», aunque
también hay una «Biarritz argentina», por supuesto no tan
«bienuda».
Hasta la promocionó en sus comienzos Dardo Rocha, el gobernador,
que hizo llegar hasta allí en 1886 el Ferrocarril del Sud. Nuestro
espíritu
simiesco no tardó en encontrar los nombres adecuados para sus playas:
Trouville, Biarritz, Dieppe, Ostende, etc.
I. A.
de T.
Pero fíjese muy bien que mi anhelo es para millones
de
nuestro compatriotas.
Más adelante me achaca
«Usted intenta pasar rápidamente por los
más diversos años de nuestra historia», pero le digo que a mí
jamás
se me hubiera ocurrido tener que llegar de Rosas y Sarmiento a Biarritz
y elucidar su posible aporte de «civilización» para la Argentina.
I. A.
de T.
Respecto de Victoria, ella sí que es una argentina
universal...
Para los argentinos, pueda
ser, ma non tanto para los conocedores
europeos, y aún para algunos argentinos. Decía Manuel Gálvez,
fundador de la Academia Argentina de Letras y candidato al Premio
Nobel de literatura, quien consideraba a Alfonsina Storni mejor
escritora que Victoria Ocampo:
«Como
animadora, es una persona única. Lástima que no tenga ojos
para lo nuestro y que viva pensando en lo extranjero de última hora.
No soy enemigo a muerte del esnobismo, y creo que un poco de eso
está bien. Debe haber alguien que haga conocer los nuevos nombres
de las literaturas extranjeras. Pero Victoria se pasa de la raya. Vive
renovando sus admiraciones, a lo que parece. En cuanto tiene noticia
de haber surgido en París o en Londres algún nuevo escritor de
talento,
ya se pone en contacto epistolar con él, lo invita a venir a Buenos
Aires
y hasta, según cuentan, le paga el viaje.»
Manuel Gálvez, Recuerdos de la vida literaria,
Entre la novela y la historia
A Victoria Ocampo —cuyas
costumbres literarias, dicho sea de paso,
consideraba Manuel Gálvez un tanto rastacueras — le decía Pierre
Drieu La Rochelle, uno de sus tantos invitados:
... me habías dicho que la
Argentina estaba llena de vida, de fuerza,
etc. No, yo no he encontrado allí sino tu vida de mujer y una cierta
fermentación en las profundidades, que existe también en París, en
el arroyo. Hay fuerzas en el pueblo argentino, como en todo pueblo,
pero tal fuerza está detenida por la pantalla que forman «La Nación»,
la «Sociedad», los amigos, y «Sur», que no sirve a una causa orgánica
sino a la «literatura en general».
---------------------------------------
-«Sur les écrivains», Gallimard, 1964
I. A.
de T.
... y sus bienes patrimonio de la humanidad, un
legado perpetuo
para
todo el mundo. Con Sur, con su pensamiento y
su acción y,
para
que a usted le guste, con sus vacas y sus
ponedoras.
Decía Ernesto Sábato de
Victoria y de Sur:
«El túnel» fue la única
novela que quise publicar, y para lograrlo debí
sufrir amargas humillaciones. Dada mi formación científica, a nadie le
parecía posible que yo pudiera dedicarme seriamente a la literatura.
Un renombrado escritor llegó a comentar: «¡Qué va a hacer una novela
un físico!». ¿Y cómo defenderme cuando mis mejores antecedentes
estaban en el futuro?
«El túnel» fue rechazado
por todas las editoriales del país; hasta por
Victoria Ocampo, que se excusó diciéndome: «Estamos medio fundidos,
no tenemos un cobre partido por la mitad». Qué auténtica me pareció
entonces esa frase de Oscar Wilde: Hay gente que se preocupa más
por el dinero que los pobres: son los ricos. Aún recuerdo la tarde
en que se abrió la puerta del Querandí —el mismo café que luego
frecuentaría con Gombrowicz—, y vi aparecer a Matilde llorando,
encorvada, trayendo entre las manos los originales de mi novela,
que yo no me había animado a retirar, tanta era mi vergüenza.
Finalmente, el préstamo de
un generoso amigo, Alfredo Weiss, hizo
posible la publicación en «Sur», y fue inmediatamente agotada. Al año
siguiente, recibí la noticia de su edición francesa gracias a Camus.
[...]
Cuando años después comenté la historia en un periódico, Victoria me
llamó hecha una furia para recriminarme el oprobioso recuerdo, ya que
el libro había sido recibido entusiastamente por uno de los máximos
escritores de Francia. Pero «c'est la vie», como ella hubiera dicho.
He hablado acerca de lo importante que ha sido su aporte a nuestra
cultura; pero el mutuo y sincero aprecio que nos teníamos, no me
dispensa del inconveniente de no ser francés.»
Según vimos con detalles,
nuestra Argentina no fue distinta antes de 1930
ni de 1900, a menos que se la quisiera ver color salmón a
través de los
lentes rosados de la mitología:
A pesar de la sala
sucia y oscura
de gentes y de lámparas luminosas,
si quiere ver la vida color de rosa
eche veinte centavos en la ranura.
Raúl González Tuñón
I. A.
de T.
Insiste en comparar etapas diversas de nuestro
país. Para el estudio de
las instituciones políticas y sociales argentinas
sigo la división tripartita:
época hispánica, época patria y época
constitucional.
Y todo esto sin el menor
testimonio, sin una cita, todo «a ojo de
buen cubero». Debe de estar usted acostumbrada, señora, a que
nadie dude de sus asertos.
I. A.
de T.
Usted intenta pasar rápidamente por los más
diversos años de nuestra
historia utilizando un método disperso que en el
discurso sólo abrevian
espasmos. Le aconsejo la elección y el desarrollo
de un tema específico.
Ya le indicaba que recapitule
lo que venimos escribiendo, y verá
que no hago más que seguir sus impromptus.
Pero
ahora volvamos al tema de Rosas y su tiranía que marca
el
paso de una época a la otra: de la patria a
la constitucional.
Me explicará entonces con
algo más que con sus palabras a qué se
refiere usted cuando habla de «tiranía», así como le documenté yo
por qué prefiero hablar de «dictadura».
Cordialmente, señora
Enrique C. Picotto
(Continuará)
_____________________________________
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