© Enrique C. Picotto - D 71067 Sindelfingen, Alemania  - Mail to Enrique C. Picotto 14.11.03


 

Subject:

Rosas y Sarmiento - VIII

Date:

Wed, 14 May 2003 23:29:55 +0200

From:

Enrique C. Picotto <e.c.picotto@attglobal.net>

To:

Inés Álvarez de Toledo <ines@alvarezdetoledo.com>

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14 de mayo de 2003

 

Rosas y Sarmiento - VIII


A la continuación del análisis sucinto de la nota Rosas – Sarmiento
de la señora Inés Álvarez de Toledo del 07.05.2003

[...]
La «época dorada» es un fenómeno catalogado muy bien por Jauretche,
es una de las tantas «zonceras» argentinas:

Las zonceras consisten en principios introducidos en nuestra
formación intelectual desde la más tierna infancia —y en dosis
para adultos. Tienen la apariencia de axiomas, no admiten
discusión, y fueron acuñadas para impedirnos pensar las cosas
del país por la simple aplicación del buen sentido.
-------------              ----Arturo Jauretche, Manual de zonceras argentinas


responde la señora Álvarez de Toledo:

La época dorada de Argentina efectivamente existió. El Centenario

resulte, tal vez, el apogeo de aquella historia. Hay  muchísimo escrito

sobre aquella época, los díarios "La Nación, "La Prensa", "Caras

y Caretas" muestran en sus páginas el progreso de nuestra Argentina

en todos los órdenes.

Para darle a la señora Álvarez de Toledo una idea de lo «muchísimo
escrito sobre aquella época», en especial respecto de la calidad de
nuestros políticos de la «época dorada» —absolutamente iguales
a los actuales— transcribo precisamente de
LA NACIÓN de hoy una
cita de 1903:

http://www.lanacion.com.ar/03/05/14/dq_496047.asp
LA NACION | 14/05/2003 | Página 14 | Cultura

Cien años atrás
 

Ecos del día - La indolencia legislativa
La cámara de diputados citada por tercera vez para celebrar

su primera sesión ordinaria del período, no pudo realizarla

por falta de número. Si se tiene en cuenta que la misma

asamblea de apertura se celebró sin quórum, hay motivo

para suponer que la indolencia parlamentaria va á asumir

este año una gravedad excepcional, que requerirá ser

tratada por los medios eficaces, adonde no alcanza la simple

invocación del cumplimiento del deber y del decoro del cargo.

 

La obligación moral y legal que han contraído al incorporarse,

jurando desempeñar debidamente el cargo, no es bastante

para establecer esa disciplina parlamentaria cuyo primer deber

y el más fácil es asistir á sesión. Habrá que recurrir á los medios

disciplinarios que implícitamente autoriza el artículo 66, al consignar

que los diputados reciben una remuneración por los servicios

que prestan. Y no nos parece que presta servicio alguno,

y al contrario, un congresal que no sirve ni aun para formar

número, imposibilitando á la cámara funcionar.

 

Habrá penosamente que recurrir á estos medios algo coercitivos,

pero que hacen imprescindibles estos congresales, que estando

en la capital no se dignan asistir ni aun á las sesiones inaugurales

del período. No vemos otro medio de morigerar un vicio y un abuso

que se presenta en este período con carácter de imperturbable

reincidencia. --------------  -----------LA NACIÓN, 14 de mayo de 1903

 

[Los subrayados son míos - ECP]

Sobre estos políticos escribió José Ingenieros:

III LA POLÍTICA DE LAS PIARAS
Causa honda de esa contaminación general es, en nuestra

época, la degeneración de sistema parlamentario: todas las

formas adocenadas del parlamentarismo: Antes presumíase

que para gobernar se requería cierta ciencia y el arte de

aplicarla; ahora se ha convenido que Gil Blas, Tartufo y Sancho,

son los árbitros inapelables de esa ciencia y de ese arte.

 

La política se degrada, conviértese en profesión. En los pueblos

sin ideales, los espíritus subalternos medran en torpes intrigas

de antecámara. En la bajamar sube lo rahez y se acorchan los

traficantes. Toda excelencia desaparece, eclipsada por la

domesticidad. Se instaura una moral hostil a la firmeza

y propicia al relajamiento. El gobierno va a manos de

gentualla que abocada el presupuesto. Abájanse los

adarves y álzanse los muladares. El lauredal se agosta

y los cardizales se multiplican. Los palaciegos se frotan

con los malandrines.

 

Progresan funámbulos y volatineros. Nadie piensa, donde

todos lucran; nadie sueña, donde todos tragan. Lo que antes

era signo de infamia o cobardía, tórnase título de astucia;

lo que otrora mataba, ahora vivifica, como si hubiera una

aclimatación al ridículo; sombras envilecidas se levantan

y parecen hombres; la improbidad se pavonea y ostenta,

en vez de ser vergonzante y pudorosa. Lo que en las patrias

se cubría de vergüenza, en los países cúbrese de honores.

 

Las jornadas electorales conviértense en burdos enjuagues

de mercenarios o en pugilatos de aventureros. Su justificación

está a cargo de electores inocentes, que van a la parodia como

a una fiesta... Las facciones de profesionales son adversas

a todas las originalidades. Hombres ilustres pueden ser víctimas

del voto: los partidos adornan sus listas con ciertos nombres

respetados, sintiendo la necesidad de parapetarse tras el

blasón intelectual de algunos selectos. Cada piara se forma

un estado mayor que disculpe su pretensión de gobernar al

país, encubriendo esas piraterías con el pretexto de sostener

intereses de partidos.

 

Las excepciones no son toleradas en homenaje a las virtudes:

las piaras no admiran ninguna superioridad; explotan el prestigio

del pabellón para dar paso a su mercancía de contrabando;

descuentan en el banco del éxito merced a la firma prestigiosa.

Por cada hombre de mérito hay decenas de sombras insignificantes.

Aparte esas excepciones, que existen en todas partes, la masa

de «elegidos del pueblo» es subalterna, pelma de vanidosos,

deshonestos y serviles. Los primeros derrochan su fortuna por

ascender al Parlamento. Ricos terratenientes o poderosos

industriales pagan a peso de oro los votos coleccionados

por agentes impúdicos; señorzuelos advenedizos abren sus

alcancías para comprarse el único diploma accesible a su

mentalidad amorfa; asnos enriquecidos aspiran a ser tutores
de pueblos, sin más capital que su constancia y sus millones.

Necesitan ser alguien; creen conseguirlo incorporándose a las

piaras.

 

Los deshonestos son legión; asaltan el Parlamento para

entregarse a especulaciones lucrativas. Venden su voto

a empresas que muerden las arcas del Estado; prestigian
proyectos de grandes negocios con el erario cobrando sus

discursos a tanto por minuto; pagan con destinos y dádivas

oficiales a los electores, comercian su influencia para obtener

concesiones en favor de su clientela. Su gestión política suele

ser tranquila: un hombre de negocios está siempre con la mayoría.

Apoya a todos los gobiernos. Los serviles merodean por los

congresos en virtud de la flexibilidad de sus espinazos. Lacayos

de un grande hombre, o instrumentos ciegos de su piara, no osan

discutir la jefatura del uno o las consignas de la otra.

 

No se les pide talento, elocuencia o probidad: basta con la

certeza de su panurguismo. Viven de luz ajena, satélites

sin calor y sin pensamiento, uncidos al carro de su cacique,

dispuestos siempre a batir palmas cuando él habla y a ponerse

de pie llegada la hora de la votación.
--------------------------------José Ingenieros, El hombre mediocre (1913)

Sobre esa gran «época dorada» y sobre el mismo tema escribió Sixto
Quesada
, fundador del Banco Popular Argentino, en agosto de 1901
en la introducción de su obra «Historia de los bancos»:

El presupuesto está en constante déficit. No hay crédito externo

ni interno. ¿Pues de dónde se sacan los recursos para atender

los gastos que actualmente se hacen? Los impuestos no es

posible aumentarlos por el momento, porque la situación en

la que se encuentran el comercio y la industria, sería precipitar

su ruina.

 

No queda otro recurso que someterse a una vida frugal, casi

franciscana, para que, por medio de la economía, se puedan

pagar las calavereadas anteriores. Debe colocarse a la

administración en un pié de moralidad y orden que le permita

recobrar el crédito que hoy le falta. Deben convencerse los

vividores de la política, los que hacen gala de haber servido

al país, cuando no han hecho sino vivir a costa de él y por

consecuencia de los contribuyentes.

 

Ya hizo crisis la enfermedad, hoy el país está en completa
anemia, no podrán seguir chupándole la sangre, pues en

vez de sacársela hay que reconfortarlo para que pueda vivir

y recuperar la salud. Se hacen ilusiones los que creen que

podrán seguir politiqueando de forma antigua y que el país

da para todo. Han matado la gallina de los huevos de oro

y deben resignarse a trabajar; ya se acabó la época de la

jauja y los placeres. El trabajo y la honradez serán lo

único que regenerará a nuestro país.

Continúa la señora Álvarez de Toledo:

Sí, con una preminencia del capital foráneo porque nosotros

no teníamos capital ninguno, a no ser por nuestro dilatado

territorio y nuestra muy pequeña población.

Es un error querer presentar a la Confederación como si hubiera
sido sólo un estado de economía pastoril:

Durante la Confederación ya existían industrias, especialmente

del vestido, artesanía fina, azúcar en Tucumán, destilación de

alcoholes en Cuyo y en otras provincias del noroeste. Córdoba

era «el centro productor de los tejidos de lana que  tienen

nombradía merecida y aventajan cuando son esmerados

cuanto se importa del extranjero». Se hilaba algodón en

Catamarca, en Tucumán, Salta y Jujuy. Córdoba era también

famosa por sus curtidurías de pieles. Las pieles de cabra de

San Luis habían sido prohibidas en Francia en defensa de

sus clásicos marocaines.

 

Mendoza tenía 500 hectáreas de viñedos, y San Juan casi

otro tanto. La vid se cultivaba además en La Rioja, Catamarca

y Salta. Corrientes proveía de cítricos a Buenos Aires. Tucumán

y Mendoza producían excelentes carretas; había carpinterías

de ribera para la fabricación de buques de cabotaje en Buenos

Aires (La Boca), en Santa Fe (El Campito), en Corrientes y Entre

Ríos. La capital de la Confederación era «un gran taller industrial».

La primera fábrica de vapor, el molino San Francisco, quedó

establecida en 1848. Había 106 fábricas montadas (entre ellas

dos fundiciones, una de molinos de viento, una de tafiletes,

8 de velas, 7 de jabones, 4 de licores, 3 de cerveza, una de

billares, 3 de pianos, 2 de carruajes, además de 9 de distintos

productos) y 743 talleres artesanales (110 carpinterías, 108

zapaterías, 74 herrerías, 49 tahonas de trigo, 26 platerías, 23

talabarterías, 14 lomillerías, 12 mueblerías).

 

Por la prosperidad del comercio y la industria y gran demanda

de brazos, los salarios de la Confederación estaban entre los

más altos del mundo. Esto atraía la inmigración de campesinos

irlandeses y vascos, marinos y artesanos españoles y genoveses,

maestros alemanes y obreros de toda Europa.  En 1850 Buenos
Aires tenía 2.008 casas de comercio.

 

«Si digo que la República Argentina está próspera en medio de

sus conmociones asiento un hecho que todos palpan. (Alberdi,

1847)» Herrera y Obes confesaba el 22 de mayo de 1849:

«Buenos Aires sigue en un pie de prosperidad admirable. Es

hoy el centro de todo el comercio del Río de la Plata... su país

[de Rosas] prospera, su poder se afirma cada día más.»

 

En 1846 se funda «El Camuatí», actual Bolsa de Comercio;

en 1850 la Casa de Moneda descontaba documentos por

71.057.617 pesos (en 1853 no se llegó a la mitad nominal

de esa cifra, a pesar de haberse devaluado el peso papel).

«Rosas fue el fiel ejecutor de las leyes de emisiones,
y seriamente económico dentro de las leyes de
presupuesto. Durante su larga administración se
quemaron fuertes cantidades de papel moneda
y se amortizaron muchos millones de fondos
públicos en cumplimiento de las respectivas leyes.
Esta conducta impidió la desvalorización del papel
moneda y colocó a la plaza en condiciones de fáciles
reacciones en los momentos en que las vicisitudes
de la guerra lo permitían. El comercio y el extranjero
tenían confianza en la honradez administrativa
del gobernador»    José Antonio Terry, Historia financiera.

Firmado el convenio Southern se reanudaron los pagos

parciales del empréstito Baring [Rivadavia] con 5.000

patacones mensuales girados con puntualidad. Los gastos

del presupuesto de 1850 fueron de $ 56.046.352, que se

cubrieron ampliamente con $ 62.266.510 de entradas,

dando un superávit por lo tanto de $ 6.220.159 papel,

equivalentes a 115.000 libras al cambio del 31 de diciembre
de 1850. La cotización de la onza de oro (había llegado a su

máximo en julio de 1840 con 514 pesos) estaba en enero de

1850 en 249 y terminará el año en 225. (Cf. José M. Rosa,

Historia Argentina, V, 357 et. seq.)

Ésta era la próspera realidad de un país que en medio de guerras

impuestas llegó a cumplir la proeza (recordemos que hablamos de

argentinos) de gastar menos de lo ingresado. A este país pretende

nuestra mitología presentarlo como el arquetipo de la «civilización

del cuero». El primer ferrocarril de la República —o mejor digamos

del Estado de Buenos Aires—,  no fue inglés sino local: el Ferrocarril

del Oeste, creado por particulares en 1854 y desde 1862 de propiedad

provincial. Fue entregado con más de 1200 km de vías a los ingleses

en junio de 1890.

 

Prosigue la señora Álvarez de Toledo:

La mal llamada oligarquía por el populismo vernáculo fue,

en gran parte aristocracia en el más puro conceptualismo

aristotélico.

Nada ganaríamos con aplicar el «conceptualismo aristotélico»—
sea esto lo que fuere, quizá algo entre realismo y nominalismo—
a nuestra «haute volée». Aristóteles estaba vinculado a la más alta
aristocracia de Atenas a través de Platón, quien en su teoría de la
sociedad esbozó un Estado aristocrático ideal (Las Leyes), en el que
gobernaban los filósofos, etcétera. Pero es ridículo pretender imaginar
mediante el «conceptualismo aristotélico» una aristocracia ateniense
en la sociedad de Buenos Aires de la segunda mitad del siglo XIX donde
nuestros «aristócratas» de medio pelo —quien más, quien menos—
ocultaban sus antepasados contrabandistas que afloraban una o dos
generaciones atrás.

El gobierno de los mejores. Gobierno es administración.

Llevaron a su cenit el sistema económico y rentístico ideado

por Alberdi y plasmado en la Constitución Nacional.

De nuevo la Constitución... Quousque tandem! Ya vimos para qué
nos sirvió: principalmente para contravenirla. La señora Álvarez de
Toledo parecería servirse ahora de Alberdi como declarante en contra
de Rosas. Así como no cree la señora que Sarmiento alabó a Rosas
afirmando que «Rosas era un republicano que ponía en juego todos
los artificios del sistema popular representativo. Era la expresión de
la voluntad del pueblo, y en verdad que las  actas de elección así lo
muestran... Entusiasmo, verdadero entusiasmo, era el de millares de
hombres que lo proclamaban el Grande Americano», de la misma
manera no dará por ciertas las palabras de Alberdi respecto de Rosas,
pues tampoco figuran en los anales de la mitología argentina, donde
está permitido citar a Alberdi sólo en relación con la Constitución,
como lo hace la señora Álvarez de Toledo con acatamiento. Alberdi,
una vez que se vino grande, se desayunó igualmente que Sarmiento
más tarde:

"En el suelo extranjero en el que resido, no como proscripto,

pues he salido de mi patria según sus leyes...en el lindo país

que me hospeda y tantos goces brinda al que es de fuera, sin

hacer agravio a su bandera, beso con amor los colores argentinos

y me siento vano al verlos más ufanos y dignos que nunca...

guarden, pues, sus lágrimas los generosos llorones de nuestras

desgracias; a pesar de ellas, ningún pueblo de esta parte del

continente tiene derecho a tributarnos piedad; aunque opuesto

a Rosas como hombre de partido, he dicho que escribo esto

con colores argentinos: Rosas no es un simple tirano a mis

ojos; si en su mano hay una vara sangrienta de hierro, también

veo en su cabeza la escarapela de Belgrano.

 

No me ciega tanto el amor de partido para no conocer lo que

es Rosas bajo ciertos aspectos. Sé, por ejemplo, que Simón

Bolívar no ocupó tanto el mundo con su nombre como el actual

gobernador de Buenos Aires. Sé que el nombre de Washington

es adorado en el mundo, pero no más conocido que el de Rosas;

se lo conoce en el interior de Europa, no hay lugar donde no sea

conocido. Hablar de la espectabilidad de Rosas es hablar de la
espectabilidad del país que representa. Rosas no es una entidad

que pueda concebirse en abstracto y sin relación al pueblo que

gobierna...

 

Rosas y la República Argentina son dos entidades que se suponen

mutuamente: él es lo que es, porque es argentino; su elevación

supone la de su país; el temple de su voluntad, la firmeza de su

genio, la energía de su inteligencia, no son rasgos suyos sino

del pueblo que él refleja en su persona...

 

Sólo el Plata podría dar por hoy un hombre que haya hecho lo que

lo que Rosas. Un hombre fuerte supone siempre otros muchos de

igual temple a su alrededor. Suprimid Buenos Aires y sus masas

y sus innumerables hombres de capacidad, y no tendréis a Rosas...

Sería necesario no ser argentino para desconocer la verdad

de estos hechos y no envanecerse de ellos"... Etcétera,

etcétera.

Juan Bautista Alberdi, «La República Argentina 37 años después

de la Revolución de mayo», escrito el 25 de mayo de 1847.

[Los subrayados son míos - ECP]

Alberdi aprendió mucho desde los tiempos de Montevideo: descubrió
la patria y se entusiasmaba con Rosas porque «la prensa del mundo
entero se ocupaba de él y los grandes parlamentarios lo han nombrado
más de veinte veces». Si bien Alberdi contaba con la inteligencia más
lúcida de su generación, no era capaz, como muchos otros, de reflexionar
sobre lo nuestro si el impulso no llegaba desde afuera. Descubría en la
prensa extranjera que el estado de su país era «próspero en medio de
todas las conmociones». Algo similar a lo que pasó más de medio siglo
después con el tango: lo comenzamos a apreciar cuando volvió de París.
Si alguien como Jauretche dice que fuéramos cipayos, con toda seguridad
nos enojaríamos.  Tampoco le fue muy bien a Alberdi con «La República
Argentina» de 1847 entre sus correligionarios.

 

Prosigue la señora Álvarez de Toledo:

Siempre, en la generalización, la excepción. A esos sí llamelos

oligarcas. A los menos. Ojalá pudiéramos contar con que muchos

de nuestros compatriotas pudieran viajar hoy a Biarritz. Millones.

Seguramente así los franceses se preguntarían: ¿Quiénes son

estos argentinos que tienen el poder adquisitivo para semejantes

viajes? Como hoy sucede con los japoneses.

Ahora le vemos por completo las patas a la sota... Lo que echaría
de menos la señora es no poder «rastacuerear» a sus anchas con
otros de su categoría por Biarritz. Hinc illae lacrimae...! Ésta es
la Argentina que añora. Y llevarse la vaca y las ponedoras, como
hacían las Ocampo. Claro, ahora en el avión, aunque no hiciera falta.

Ya le dije lo que pienso. Luego de 1930, Argentina es otra historia.
No quiero introducirlo en estas épocas porque, supongo, nuestra
discusión sería perpetua.

Según vimos con detalles, nuestra Argentina no fue distinta antes
de 1930 ni de 1900, a menos que se la quisiera ver color salmón
a través de los lentes rosados de la mitología:

A pesar de la sala sucia y oscura
de gentes y de lámparas luminosas,
si quiere ver la vida color de rosa
eche veinte centavos en la ranura.
                      Raúl González Tuñón

A propósito, comparto muy poco del pensamiento de Jauretche.

La señora es en este punto absolutamente congruente.

No se trata que el mundo no nos necesita, es que Argentina

"granero del mundo" no mira al  mundo. Así está y así nos va.

Así está y así nos va, claro, porque pareciera que miráramos la luna...

Atentamente.
Inés Álvarez de Toledo.

Cordiales saludos
Enrique C. Picotto
______________________________________

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