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Subject: |
Rosas
y Sarmiento - VIII |
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Date:
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Wed,
14 May 2003 23:29:55 +0200 |
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From:
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Enrique C. Picotto <e.c.picotto@attglobal.net> |
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To:
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Inés
Álvarez de Toledo <ines@alvarezdetoledo.com> |
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CC:
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Sr.
Mario «Pacho» O'Donnell <mario@odonnell-historia.com.ar>,
Inst.
Nacional de Invest. Históricas J. M. de Rosas <inrosas@fibertel.com.ar>,
Dr.
Oscar Denovi <oscardenovi@hotmail.com>,
Prof.
James O. Pellicer - New York <jop63@yahoo.com>,
Dr.
Horacio W. Bauer <BauerH@lacaja.com.ar>,
Ing.
José Ramón Miranda <jopomir@ciudad.com.ar>,
Carlos
Dragovich - Long Island <cdragovich@biodex.com>,
Sr.
Diputado Fernando A. Finvard <fefinvarb@legislatura.gov.ar>,
Prof.
José Antonio Iglesias <joseiglesias@arnet.com.ar>,
Osvaldo Julio Schiavoni <postmaster@rimar2000.com.ar>,
Eliezer Nowodworski <elinow@netvision.net.il>,
Sr.
Horacio Salduna - Instituto Urquiza <horacios@satlink.com>,
Dr.
Amílcar R. Mattoni <ramattoni@sinectis.com.ar>,
Emilio
Salas <salase@sanjulian.com>,
La
Nación - Cartas de lectores <cartasdelectores@lanacion.com.ar>,
La
Nación - Usted opina <udopina@lanacion.com.ar> |
14 de mayo de 2003
Rosas y
Sarmiento - VIII
A la continuación del análisis sucinto de la nota Rosas – Sarmiento
de la señora Inés Álvarez de Toledo del 07.05.2003
[...]
La «época dorada» es un fenómeno catalogado muy bien por Jauretche,
es una de las tantas «zonceras» argentinas:
Las
zonceras consisten en principios introducidos en nuestra
formación intelectual desde la más tierna infancia —y en dosis
para adultos. Tienen la apariencia de axiomas, no admiten
discusión, y fueron acuñadas para impedirnos pensar las cosas
del país por la simple aplicación del buen sentido.
-------------
----Arturo Jauretche,
Manual de zonceras argentinas
responde la señora Álvarez de Toledo:
La
época dorada de Argentina efectivamente existió. El Centenario
resulte, tal vez, el apogeo de aquella historia. Hay muchísimo
escrito
sobre
aquella época, los díarios "La Nación, "La Prensa", "Caras
y
Caretas" muestran en sus páginas el progreso de nuestra Argentina
en
todos los órdenes.
Para darle
a la señora Álvarez de Toledo una idea de lo «muchísimo
escrito sobre aquella época», en especial respecto de la calidad
de
nuestros políticos de la «época dorada» —absolutamente iguales
a los actuales— transcribo precisamente de
LA
NACIÓN
de hoy una
cita de 1903:
http://www.lanacion.com.ar/03/05/14/dq_496047.asp
LA NACION | 14/05/2003 | Página 14
| Cultura
Cien
años atrás
Ecos del
día - La indolencia legislativa
La cámara de diputados citada por tercera vez para celebrar
su
primera sesión ordinaria del período, no pudo realizarla
por
falta de número. Si se tiene en cuenta que la misma
asamblea de apertura se celebró sin quórum, hay motivo
para
suponer que la indolencia parlamentaria va á asumir
este
año una gravedad excepcional, que requerirá ser
tratada
por los medios eficaces, adonde no alcanza la simple
invocación del cumplimiento del deber y del decoro del cargo.
La
obligación moral y legal que han contraído al incorporarse,
jurando desempeñar debidamente el cargo, no es bastante
para
establecer esa disciplina parlamentaria cuyo primer deber
y el más
fácil es asistir á sesión. Habrá que recurrir á los medios
disciplinarios que implícitamente autoriza el artículo 66, al
consignar
que los
diputados reciben una remuneración por los servicios
que
prestan. Y no nos parece que presta servicio alguno,
y al
contrario, un congresal que no sirve ni aun para formar
número, imposibilitando á la cámara funcionar.
Habrá
penosamente que recurrir á estos medios algo coercitivos,
pero que
hacen imprescindibles estos congresales, que estando
en la
capital no se dignan asistir ni aun á las sesiones inaugurales
del
período. No vemos otro medio de morigerar un vicio y un abuso
que se
presenta en este período con carácter de imperturbable
reincidencia. --------------
-----------LA
NACIÓN, 14
de mayo de 1903
[Los subrayados son míos - ECP]
Sobre
estos políticos escribió José Ingenieros:
III LA POLÍTICA DE LAS PIARAS
Causa honda de esa contaminación general es, en nuestra
época,
la degeneración de sistema parlamentario: todas las
formas
adocenadas del parlamentarismo: Antes presumíase
que para
gobernar se requería cierta ciencia y el arte de
aplicarla; ahora se ha convenido que Gil Blas, Tartufo y Sancho,
son los
árbitros inapelables de esa ciencia y de ese arte.
La
política se degrada, conviértese en profesión. En los pueblos
sin
ideales, los espíritus subalternos medran en torpes intrigas
de
antecámara. En la bajamar sube lo rahez y se acorchan los
traficantes. Toda excelencia desaparece, eclipsada por la
domesticidad. Se instaura una moral hostil a la firmeza
y
propicia al relajamiento. El gobierno va a manos de
gentualla que abocada el presupuesto. Abájanse los
adarves
y álzanse los muladares. El lauredal se agosta
y los
cardizales se multiplican. Los palaciegos se frotan
con los
malandrines.
Progresan funámbulos y volatineros. Nadie piensa, donde
todos
lucran; nadie sueña, donde todos tragan. Lo que antes
era
signo de infamia o cobardía, tórnase título de astucia;
lo que
otrora mataba, ahora vivifica, como si hubiera una
aclimatación al ridículo; sombras envilecidas se levantan
y
parecen hombres; la improbidad se pavonea y ostenta,
en vez
de ser vergonzante y pudorosa. Lo que en las patrias
se
cubría de vergüenza, en los países cúbrese de honores.
Las
jornadas electorales conviértense en burdos enjuagues
de
mercenarios o en pugilatos de aventureros. Su justificación
está a
cargo de electores inocentes, que van a la parodia como
a una
fiesta... Las facciones de profesionales son adversas
a todas
las originalidades. Hombres ilustres pueden ser víctimas
del
voto: los partidos adornan sus listas con ciertos nombres
respetados, sintiendo la necesidad de parapetarse tras el
blasón
intelectual de algunos selectos. Cada piara se forma
un
estado mayor que disculpe su pretensión de gobernar al
país,
encubriendo esas piraterías con el pretexto de
sostener
intereses de partidos.
Las
excepciones no son toleradas en homenaje a las virtudes:
las
piaras no admiran ninguna superioridad; explotan el prestigio
del
pabellón para dar paso a su mercancía de contrabando;
descuentan en el banco del éxito merced a la firma prestigiosa.
Por cada
hombre de mérito hay decenas de sombras insignificantes.
Aparte
esas excepciones, que existen en todas partes, la masa
de
«elegidos del pueblo» es subalterna, pelma de vanidosos,
deshonestos y serviles. Los primeros derrochan su fortuna por
ascender
al Parlamento. Ricos terratenientes o poderosos
industriales pagan a peso de oro los votos coleccionados
por
agentes impúdicos; señorzuelos advenedizos abren sus
alcancías para comprarse el único diploma accesible a su
mentalidad amorfa; asnos enriquecidos aspiran a ser tutores
de pueblos, sin más capital que su constancia y sus millones.
Necesitan ser alguien; creen conseguirlo incorporándose a las
piaras.
Los
deshonestos son legión; asaltan el Parlamento para
entregarse a especulaciones lucrativas. Venden su voto
a
empresas que muerden las arcas del Estado; prestigian
proyectos de grandes negocios con el erario cobrando sus
discursos a tanto por minuto; pagan con destinos y dádivas
oficiales a los electores, comercian su influencia para obtener
concesiones en favor de su clientela. Su gestión política suele
ser
tranquila: un hombre de negocios está siempre con la mayoría.
Apoya a
todos los gobiernos. Los serviles merodean por los
congresos en virtud de la flexibilidad de sus espinazos. Lacayos
de un
grande hombre, o instrumentos ciegos de su piara, no osan
discutir
la jefatura del uno o las consignas de la otra.
No se
les pide talento, elocuencia o probidad: basta con la
certeza
de su panurguismo. Viven de luz ajena, satélites
sin
calor y sin pensamiento, uncidos al carro de su cacique,
dispuestos siempre a batir palmas cuando él habla y a ponerse
de pie
llegada la hora de la votación.
--------------------------------José
Ingenieros, El hombre mediocre (1913)
Sobre esa
gran «época dorada» y sobre el mismo tema escribió Sixto
Quesada, fundador del Banco Popular Argentino, en agosto de 1901
en la introducción de su obra «Historia de los bancos»:
El
presupuesto está en constante déficit. No hay crédito externo
ni
interno. ¿Pues de dónde se sacan los recursos para atender
los
gastos que actualmente se hacen? Los impuestos no es
posible
aumentarlos por el momento, porque la situación en
la que
se encuentran el comercio y la industria, sería precipitar
su
ruina.
No queda
otro recurso que someterse a una vida frugal, casi
franciscana, para que, por medio de la economía, se puedan
pagar
las calavereadas anteriores. Debe colocarse a la
administración en un pié de moralidad y orden que le permita
recobrar
el crédito que hoy le falta. Deben convencerse los
vividores de la política, los que hacen gala de haber servido
al país,
cuando no han hecho sino vivir a costa de él y por
consecuencia de los contribuyentes.
Ya hizo
crisis la enfermedad, hoy el país está en completa
anemia, no podrán seguir chupándole la sangre, pues en
vez de
sacársela hay que reconfortarlo para que pueda vivir
y
recuperar la salud. Se hacen ilusiones los que creen que
podrán
seguir politiqueando de forma antigua y que el país
da para
todo. Han matado la gallina de los huevos de oro
y deben
resignarse a trabajar; ya se acabó la época de la
jauja y
los placeres. El trabajo y la honradez serán lo
único
que regenerará a nuestro país.
Continúa
la señora Álvarez de Toledo:
Sí,
con una preminencia del capital foráneo porque nosotros
no
teníamos
capital ninguno, a no ser por nuestro dilatado
territorio y nuestra muy
pequeña población.
Es un
error querer presentar a la Confederación como si hubiera
sido sólo un estado de economía pastoril:
Durante
la Confederación ya existían industrias, especialmente
del
vestido, artesanía fina, azúcar en Tucumán, destilación de
alcoholes en Cuyo y en otras provincias del noroeste. Córdoba
era «el
centro productor de los tejidos de lana que tienen
nombradía merecida y aventajan cuando son esmerados
cuanto
se importa del extranjero». Se hilaba algodón en
Catamarca, en Tucumán, Salta y Jujuy. Córdoba era también
famosa
por sus curtidurías de pieles. Las pieles de cabra de
San Luis
habían sido prohibidas en Francia en defensa de
sus
clásicos marocaines.
Mendoza
tenía 500 hectáreas de viñedos, y San Juan casi
otro
tanto. La vid se cultivaba además en La Rioja, Catamarca
y Salta.
Corrientes proveía de cítricos a Buenos Aires. Tucumán
y
Mendoza producían excelentes carretas; había carpinterías
de
ribera para la fabricación de buques de cabotaje en Buenos
Aires
(La Boca), en Santa Fe (El Campito), en Corrientes y Entre
Ríos. La
capital de la Confederación era «un gran taller industrial».
La
primera fábrica de vapor, el molino San Francisco, quedó
establecida en 1848. Había 106 fábricas montadas (entre ellas
dos
fundiciones, una de molinos de viento, una de tafiletes,
8 de
velas, 7 de jabones, 4 de licores, 3 de cerveza, una de
billares, 3 de pianos, 2 de carruajes, además de 9 de distintos
productos) y 743 talleres artesanales (110 carpinterías, 108
zapaterías, 74 herrerías, 49 tahonas de trigo, 26 platerías, 23
talabarterías, 14 lomillerías, 12 mueblerías).
Por la
prosperidad del comercio y la industria y gran demanda
de
brazos, los salarios de la Confederación estaban entre los
más
altos del mundo. Esto atraía la inmigración de campesinos
irlandeses y vascos, marinos y artesanos españoles y genoveses,
maestros
alemanes y obreros de toda Europa. En 1850 Buenos
Aires tenía 2.008 casas de comercio.
«Si digo
que la República Argentina está próspera en medio de
sus
conmociones asiento un hecho que todos palpan. (Alberdi,
1847)»
Herrera y Obes confesaba el 22 de mayo de 1849:
«Buenos
Aires sigue en un pie de prosperidad admirable. Es
hoy el
centro de todo el comercio del Río de la Plata... su país
[de
Rosas] prospera, su poder se afirma cada día más.»
En 1846
se funda «El Camuatí», actual Bolsa de Comercio;
en 1850
la Casa de Moneda descontaba documentos por
71.057.617 pesos (en 1853 no se llegó a la mitad nominal
de esa
cifra, a pesar de haberse devaluado el peso papel).
«Rosas
fue el fiel ejecutor de las leyes de emisiones,
y seriamente económico dentro de las leyes de
presupuesto. Durante su larga administración se
quemaron fuertes cantidades de papel moneda
y se amortizaron muchos millones de fondos
públicos en cumplimiento de las respectivas leyes.
Esta conducta impidió la desvalorización del papel
moneda y colocó a la plaza en condiciones de fáciles
reacciones en los momentos en que las vicisitudes
de la guerra lo permitían. El comercio y el extranjero
tenían confianza en la honradez administrativa
del gobernador» José Antonio Terry,
Historia financiera.
Firmado
el convenio Southern se reanudaron los pagos
parciales del empréstito Baring [Rivadavia] con 5.000
patacones mensuales girados con puntualidad. Los gastos
del
presupuesto de 1850 fueron de $ 56.046.352, que se
cubrieron ampliamente con $ 62.266.510 de entradas,
dando un
superávit por lo tanto de $ 6.220.159 papel,
equivalentes a 115.000 libras al cambio del 31 de diciembre
de 1850. La cotización de la onza de oro (había llegado a su
máximo
en julio de 1840 con 514 pesos) estaba en enero de
1850 en
249 y terminará el año en 225. (Cf. José M.
Rosa,
Historia Argentina, V, 357 et. seq.)
Ésta era
la próspera realidad de un país que en medio de guerras
impuestas
llegó a cumplir la proeza (recordemos que hablamos de
argentinos) de gastar menos de lo ingresado. A este país pretende
nuestra
mitología presentarlo como el arquetipo de la «civilización
del
cuero». El primer ferrocarril de la República —o mejor digamos
del Estado
de Buenos Aires—, no fue inglés sino local: el Ferrocarril
del Oeste,
creado por particulares en 1854 y desde 1862 de propiedad
provincial. Fue entregado con más de 1200 km de vías a los ingleses
en junio
de 1890.
Prosigue
la señora Álvarez de Toledo:
La
mal llamada oligarquía por el populismo vernáculo fue,
en
gran parte
aristocracia en el más puro conceptualismo
aristotélico.
Nada
ganaríamos con aplicar el «conceptualismo aristotélico»—
sea esto lo que fuere, quizá algo entre realismo y nominalismo—
a nuestra «haute volée». Aristóteles estaba vinculado a la más
alta
aristocracia de Atenas a través de Platón, quien en su teoría de la
sociedad esbozó un Estado aristocrático ideal (Las Leyes), en el
que
gobernaban los filósofos, etcétera. Pero es ridículo pretender imaginar
mediante el «conceptualismo aristotélico» una aristocracia ateniense
en la sociedad de Buenos Aires de la segunda mitad del siglo XIX donde
nuestros «aristócratas» de medio pelo —quien más, quien menos—
ocultaban sus antepasados contrabandistas que afloraban una o dos
generaciones atrás.
El
gobierno de los mejores. Gobierno es administración.
Llevaron a su
cenit el sistema económico y rentístico ideado
por
Alberdi y plasmado
en la Constitución Nacional.
De nuevo
la Constitución... Quousque tandem! Ya vimos para qué
nos sirvió: principalmente para contravenirla. La señora Álvarez de
Toledo parecería servirse ahora de Alberdi como declarante en contra
de Rosas. Así como no cree la señora que Sarmiento alabó a Rosas
afirmando que «Rosas era un republicano que ponía en juego todos
los artificios del sistema popular representativo. Era la expresión
de
la voluntad del pueblo, y en verdad que las actas de elección así lo
muestran... Entusiasmo, verdadero entusiasmo, era el de millares de
hombres que lo proclamaban el Grande Americano», de la misma
manera no dará por ciertas las palabras de Alberdi respecto de Rosas,
pues tampoco figuran en los anales de la mitología argentina, donde
está permitido citar a Alberdi sólo en relación con la Constitución,
como lo hace la señora Álvarez de Toledo con acatamiento. Alberdi,
una vez que se vino grande, se desayunó igualmente que Sarmiento
más tarde:
"En el
suelo extranjero en el que resido, no como proscripto,
pues he
salido de mi patria según sus leyes...en el lindo país
que me
hospeda y tantos goces brinda al que es de fuera, sin
hacer
agravio a su bandera, beso con amor los colores argentinos
y me
siento vano al verlos más ufanos y dignos que nunca...
guarden,
pues, sus lágrimas los generosos llorones de nuestras
desgracias; a pesar de ellas, ningún pueblo de esta parte del
continente tiene derecho a tributarnos piedad; aunque opuesto
a Rosas
como hombre de partido, he dicho que escribo esto
con
colores argentinos: Rosas no es un simple tirano a mis
ojos;
si en su mano hay una vara sangrienta de hierro, también
veo en
su cabeza la escarapela de Belgrano.
No me
ciega tanto el amor de partido para no conocer lo que
es Rosas
bajo ciertos aspectos. Sé, por ejemplo, que Simón
Bolívar
no ocupó tanto el mundo con su nombre como el actual
gobernador de Buenos Aires. Sé que el nombre de Washington
es
adorado en el mundo, pero no más conocido que el de Rosas;
se lo
conoce en el interior de Europa, no hay lugar donde no sea
conocido. Hablar de la espectabilidad de Rosas es hablar de la
espectabilidad del país que representa. Rosas no es una entidad
que
pueda concebirse en abstracto y sin relación al pueblo que
gobierna...
Rosas y
la República Argentina son dos entidades que se suponen
mutuamente: él es lo que es, porque es argentino; su elevación
supone
la de su país; el temple de su voluntad, la firmeza de su
genio,
la energía de su inteligencia, no son rasgos suyos sino
del
pueblo que él refleja en su persona...
Sólo el
Plata podría dar por hoy un hombre que haya hecho lo que
lo que
Rosas. Un hombre fuerte supone siempre otros muchos de
igual
temple a su alrededor. Suprimid Buenos Aires y sus masas
y sus
innumerables hombres de capacidad, y no tendréis a Rosas...
Sería
necesario no ser argentino para desconocer la verdad
de
estos hechos y no envanecerse de ellos"... Etcétera,
etcétera.
Juan Bautista Alberdi, «La
República Argentina 37 años después
de la Revolución de
mayo», escrito el 25 de mayo de 1847.
[Los subrayados son míos - ECP]
Alberdi
aprendió mucho desde los tiempos de Montevideo: descubrió
la patria y se entusiasmaba con Rosas porque «la prensa del mundo
entero se ocupaba de él y los grandes parlamentarios lo han nombrado
más de veinte veces». Si bien Alberdi contaba con la inteligencia
más
lúcida de su generación, no era capaz, como muchos otros, de reflexionar
sobre lo nuestro si el impulso no llegaba desde afuera. Descubría en la
prensa extranjera que el estado de su país era «próspero en medio de
todas las conmociones». Algo similar a lo que pasó más de medio
siglo
después con el tango: lo comenzamos a apreciar cuando volvió de París.
Si alguien como Jauretche dice que fuéramos cipayos, con toda seguridad
nos enojaríamos. Tampoco le fue muy bien a Alberdi con «La República
Argentina» de 1847 entre sus correligionarios.
Prosigue
la señora Álvarez de Toledo:
Siempre, en la generalización, la excepción. A esos sí llamelos
oligarcas.
A los menos. Ojalá pudiéramos contar con que muchos
de
nuestros compatriotas
pudieran viajar hoy a Biarritz. Millones.
Seguramente así los franceses se
preguntarían: ¿Quiénes son
estos
argentinos que tienen el poder adquisitivo
para semejantes
viajes? Como hoy sucede con los japoneses.
Ahora le
vemos por completo las patas a la sota... Lo que echaría
de menos la señora es no poder «rastacuerear» a sus anchas con
otros de su categoría por Biarritz. Hinc illae lacrimae...! Ésta
es
la Argentina que añora. Y llevarse la vaca y las ponedoras, como
hacían las Ocampo. Claro, ahora en el avión, aunque no hiciera falta.
Ya le
dije lo que pienso. Luego de 1930, Argentina es otra historia.
No quiero introducirlo en estas épocas
porque, supongo, nuestra
discusión sería perpetua.
Según
vimos con detalles, nuestra Argentina no fue distinta antes
de 1930 ni de 1900, a menos que se la quisiera ver color salmón
a través de los lentes rosados de la mitología:
A
pesar de la sala sucia y oscura
de gentes y de lámparas luminosas,
si quiere ver la vida color de rosa
eche veinte centavos en la ranura.
Raúl González Tuñón
A
propósito, comparto muy poco del pensamiento de Jauretche.
La señora
es en este punto absolutamente congruente.
No se
trata que el mundo no nos necesita, es que Argentina
"granero
del mundo" no mira al mundo. Así está y así nos va.
Así está y
así nos va, claro, porque pareciera que miráramos la luna...
Atentamente.
Inés Álvarez de Toledo.
Cordiales
saludos
Enrique C. Picotto
______________________________________
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