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Subject: |
Rosas y Sarmiento - VII |
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Date: |
Tue, 13 May 2003 22:31:15
+0200 |
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From: |
Enrique C. Picotto
<e.c.picotto@attglobal.net> |
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To: |
Sra. Inés Álvarez de
Toledo <ines@alvarezdetoledo.com> |
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CC: |
Sr. Mario «Pacho»
O'Donnell <mario@odonnell-historia.com.ar>,
Inst.
Nacional de Invest. Históricas J. M. de Rosas <inrosas@fibertel.com.ar>,
Dr. Oscar Denovi <oscardenovi@hotmail.com>,
Prof. James O. Pellicer -
New York <jop63@yahoo.com>,
Dr. Horacio W. Bauer <BauerH@lacaja.com.ar>,
Ing. José Ramón Miranda <jopomir@ciudad.com.ar>,
Carlos Dragovich - Long
Island <cdragovich@biodex.com>,
Sr. Diputado Fernando A.
Finvard <fefinvarb@legislatura.gov.ar>,
Prof. José Antonio
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Eliezer Nowodworski <elinow@netvision.net.il>,
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Instituto Urquiza <horacios@satlink.com>,
Dr. Amílcar R. Mattoni <ramattoni@sinectis.com.ar>,
La Nación - Cartas de
lectores <cartasdelectores@lanacion.com.ar>,
La Nación - Usted opina <udopina@lanacion.com.ar>,
Emilio Salas <salase@sanjulian.com> |
13 de mayo de
2003
Rosas y
Sarmiento - VII
Continuación del análisis
sucinto de la nota Rosas – Sarmiento
de la señora Inés Álvarez de Toledo del 07.05.2003
Decía la señora Álvarez de
Toledo:
[...]
La caída de Rosas y del sistema que lo sotenía. Sus efectos
inmediatos: la sanción de la
Constitución Nacional de 1853/60,
proceso de
constitucionalización originaria que los tratadistas
del derecho constitucional
argentino llaman abierto, que culmina
con la incorporación del
Estado de Buenos Aires a la Confederación
Argentina.
Esta elucubración demuestra la
estulticia cívica de muchos argentinos
a quienes personifica
paradigmáticamente la señora Álvarez de Toledo
haciéndose eco de nuestras
«academias»:
«... culmina con la
incorporación del Estado de Buenos Aires
a la Confederación
Argentina.»
Ocurre que Buenos Aires había
pertenecido siempre a esa Confederación
pero, a fin de «culminar»
exitosamente con su «incorporación», fue menester
primeramente escindirla de
ella durante diez años. Dice José Luis Busaniche
en el capítulo XXIII de su
Historia Argentina, «Años de guerra y de secesión
aprovechados por el
extranjero», 836 et seq., que prologa
con una cita de
Lucio V. Mansilla:
La Nación nunca estuvo en
mayor peligro que
entonces; casi se deshizo; ¿para qué ocultarlo?...
[...]
«El gobernador de Entre Ríos [Urquiza] había
emprendido su
campaña rodeado por el grupo
de antiguos refugiados de
Montevideo, y estos últimos,
antes de cruzar el Uruguay,
ya se preparaban a darle un
voto de gracias, nada más,
y a señalarle el camino de
su provincia una vez derrocado
el dictador. No podía darse
nada más fuera de propósito
y más alarmante para
aquellos herederos de Rivadavia y de
Lavalle que permitir a un
extraño y a un ex agente de Rosas
el arreglo de las cuestiones
internacionales que pudieran
sobrevenir a la caída de don
Juan Manuel. Urquiza era para
ellos el intruso.
El vencedor de Caseros se
instaló en la misma quinta de
Palermo (propiedad de Rosas)
para no ser menos que el
vencido, e hizo públicos sus
propósitos de conciliación
política, de olvido de lo
pasado, de concordia general.
Pero no era esto lo que
deseaban los emigrados, sino
recuperar cuanto había
perdido Lavalle veinte años atrás,
como si el tiempo no hubiera
pasado...
Por lo pronto, recuperar el
gobierno de Buenos Aires, las
rentas del puerto, para
hacerse de la fuerza necesaria
y derrocar los gobiernos de
las demás provincias. Entre
los emigrados contaban
algunos hombres del interior que
ponían ya la mira en
determinadas situaciones provinciales:
uno de ellos, Sarmiento, que
codiciaba el gobierno de
San Juan, y como no pudo
haberlo en seguida, se alejó
refunfuñando pocos días
después de Caseros, al Brasil
primero, a Chile después. [Desde donde
apostrofó entonces
a Urquiza de «coimero» por haberlo «largado duro» sin
ningún puestito.
Ver historia62.html#yungay, 13.10.1852 - ECP).
Continúa la
señora Inés:
Negar que bajo la protección
de los derechos y libertades
de la Constitución de 1853
nuestro país se convirtió en
una de las naciones más
próspera de la tierra realmente
es ultrajar la historia.
La señora Álvarez de Toledo
ignora supinamente los prolegómenos
de esa tan cacareada Constitución. Sigamos a Busaniche, p. 645
et seq.:
El 20 de noviembre de 1852
inauguraba solemnemente sus
sesiones el congreso
constituyente de Santa Fe y el gobernador
Crespo, en ausencia de
Urquiza, leía su discurso inaugural que
empezaba así: «Augustos
diputados de la Nación: Saludo en
vosotros a la Nación
Argentina con toda la emoción de que
es capaz mi alma. El
deseo de muchos años se cumple en
este día: los gobiernos
del litoral descansan hoy del peso de
sus compromisos
contraídos desde 1831». Y aludiendo a la
disidencia de Buenos Aires,
el director provisorio, lejos de
recurrir al vocabulario
truculento de sus enemigos, expresaba:
«En la bandera argentina hay espacio para más de catorce
estrellas pero no
puede eclipsarse ni una sola». Cumplíase
una vez más la frase de
Macaulay: «Las cuestiones que
afectan
a los más altos intereses de
la república no se
deciden con mera palabrería
y con citas de derecho
francés y de derecho
romano».
Pero la legislatura de
Buenos Aires había declarado que no
reconocería ningún acto del
Congreso de Santa Fe (aunque
las trece provincias
respondían que habrían de someterse
a él a al director
provisorio). Había una provincia a la que
estaba reservado un trágico
papel en los primeros albores
de la organización: era
San Juan. Movidos algunos políticos
locales desde Chile por
viejos conspiradores unitarios, ahora
enconados enemigos de
Urquiza, habían depuesto (mientras
se encontraba ausente en San
Nicolás) al gobernador, general
Nazario Benavídez, caudillo
respetuoso y manso, de quien había
recibido siempre favores el
mismo causante de aquel atentado:
Domingo F. Sarmiento.
En el río revuelto,
Sarmiento resultó diputado al Congreso
de Santa Fe. Pero la
autoridad de Urquiza se impuso y el
gobernador depuesto pudo
recuperar el cargo que ocupaba.
Mal podía reconocer
Benavídez la diputación del motinero.
Apenas producida la
revolución del 11 de septiembre en
Buenos Aires, San Juan se
convirtió en un foco de subversiones,
peligroso para la
Confederación por su proximidad a Chile
y por el terrorismo con que procedían los opositores. Sarmiento,
que no pudo ser
constituyente, escribió que con la revolución del
11 de septiembre «había
llegado el momento de matar al
caudillaje», aunque
la palabra caudillaje referíase más bien
a la persona del general
Benavídez.
Más exacto y más sincero
hubiera sido nombrar al caudillo.
«No olviden a San Juan
—escribía a los del 11 de septiembre—
Benavídez es el único
caudillo de Rosas restaurado». Y a pesar
de haber roto con Urquiza se
permitió darle consejos desde
Chile, consejos muy propios
de la ideología unitaria, como
podrá comprobarse leyendo
estos párrafos que hacen luz
sobre cosas y hombres de aquel momento: «Reúnalo [al
Congreso] en el Rosario y
declare territorio federal a diez
leguas a la redonda bajo
la autoridad del Congreso, sin
que S.E. vaya a quitarle
con su presencia toda moralidad,
toda idea de
independencia. Llame a los agentes del Brasil,
del Uruguay, de los Estados Unidos, de la Francia y de la
Inglaterra que ha venido
a asegurar los intereses comerciales
de sus países y dígales:
"He perdido la confianza; la anarquía
se ha declarado entre los
jefes de mi ejército y el odio en la
población. Asistan al
Congreso, rodéenlo de respeto, lleve
cada uno un buque de guerra
para que el Congreso no tema
estar a merced de la
guarnición que yo ponga a sus órdenes
aparentes"».
Y no ha de sorprenderse por
estas frases el lector: es la misma
prédica de Florencio
Varela, de Valentín Alsina, de Lavalle,
de Paz: el ejército
extranjero, los buques extranjeros, la legión
extranjera. Esos hombres
habían declarado paladinamente que
la patria no era el suelo,
ni el pueblo, ni la tradición, y Sarmiento
era uno de ellos. En
el Congreso de Santa Fe había concentrado
ahora todo su odio el grupo
unitario de Chile y todos aquellos
hombres llamados a desatar
en San Juan una campaña que
habría de culminar con dos
abominables crímenes políticos.
Poco después de reunido el
Congreso de Santa Fe, escribía
Sarmiento a Mitre:
«Martín Zapata partió [al Congreso]. Allá
va esa mierda». Y en
otra: «Mi ánimo es desligar ese malvado
[Urquiza] de la
constitución».
Éste era el panorama político de
la República a fines de
1852, y el gobernador de Buenos Aires,
Valentín Alsina,
preparaba la secesión de su provincia, algo
así como la ciudad
anseática que el cónsul Forbes propuso
durante el corto gobierno de
Lavalle bajo la protección de
potencias extranjeras. Este
gobernador, Valentín Alsina, había
escrito dos años antes,
cuando supo la muerte del general San
Martín, cosas muy en
consonancia con la posición antinacional
y la irremediable
inclinación a lo extranjero demostrada por su
partido: «Ha hecho
[el general San Martín] un gran daño a nuestra
causa [la causa
unitaria] con sus prevenciones casi agrestes
y serviles (!!) contra el
extranjero. Era de los que, en la causa
de América, no ven más
que la independencia del extranjero
sin importárseles nada de
la libertad y su consecuencia».
Lo acusó de haber emitido opiniones «sin estar al cabo del
estado político y social
de la actualidad de esos países» y,
lo más grave, de «ser el
hombre que menos conocía la
provincia de Buenos
Aires». ¿Podría darse delito mayor?
[...]
En el archivo del Foreign
Office, FO 6, Vol. 167, N° 13, se encuentra
la nota del 2 de febrero de
1852 —víspera de Caseros— de Robert
Gore, cónsul británico en Buenos Aires, a Lord Palmerston, en la
que presagiaba el desmembramiento de la Confederación:
«Si el resultado fuera
contrario a Rosas, no puedo sino mirar
con la mayor prevención la situación futura de este país, pues
mucho me temo que quedará dividido en un sinnúmero de
partidos que lucharán continuamente por el poder, sin que
haya ninguna persona conocida capaz de unirlos para formar
un Gobierno. Para los extranjeros que han vivido bajo el
presente gobierno la pérdida ha de ser harto grande; pues
les había asegurado una perfecta protección de la vida y de
sus bienes; y aunque este sistema no es uno que convenga
a nuestras nociones de libertad, escasas son las quejas que
provocó.»
------------------------------------FO
6, Vol. 167, N° 13
A continuación podemos evaluar
la interpretación que la señora
Álvarez de Toledo da a esta acertadísima apreciación casi profética
del cónsul Gore. En el dictamen siguiente se sintetiza la «idoneidad»
respecto de los conocimientos de Historia Argentina que la señora
dice poseer:
Respecto de la nota de la
Cancillería inglesa lo que efectivamente
demuestra es que hasta
Inglaterra dudó de las bondades del ideario
de los constituyentes del
53. [La nota es de 1852, cuando nadie
pensaba aún en los
constituyentes, no hablemos ya de un posible
«ideario»,
ECP] Como
puede ver ellos también equivocan sus
pronósticos.
Sobre las «bondades del
ideario de los constituyentes del 53» y un
eventual yerro de apreciación de los ingleses podríamos agregar que:
—
Desde 1853 hasta la fecha, gobiernos de facto y de iure
declararon
el estado de sitio en 53 oportunidades, y 27 años de los
últimos 100
se vivieron en esta situación, que se caracteriza por la fuerte
restricción
de algunos derechos individuales. Una medida constitucional que, no
pocas veces, encubrió excesos.
—
Desde 1930 hasta la fecha, es decir, en 73 años, seis golpes de
estado interrumpieron el
orden democrático durante un total de 23 años.
(LA
NACIÓN, 17.10.2002,
http://www.lanacion.com.ar/02/10/17/dp_441347.asp)
En cuanto a la afirmación de
que «Negar que bajo la protección de los
derechos y libertades de la Constitución de 1853 nuestro país se
convirtió
en una de las naciones más próspera de la tierra realmente es ultrajar
la
historia» debo decir que la «época dorada» de la Argentina
es una de
las tantas leyendas de nuestra mitología —porque historia no
aprendimos.
Esto era nuestro «gran país» alrededor del Centenario, uno de los
años
de esa época dorada:
[...]
El historiador inglés H. S. Ferns* destaca que, en ese año, el
85%
de la riqueza argentina estaba en manos inglesas (291 millones
de libras sobre un total de 340 millones). La política, la economía,
la cultura, las grandes pautas sociales y las principales candidaturas
se resolvían en Inglaterra. Asume la presidencia Roque Sáenz Peña.
La mala situación de los chacareros en Santa Fe, determinada en
buena medida por la caída de los precios de los cereales, favoreció
la primera gran protesta agraria, conocida como Grito de Alcorta
(25.06.1912). Guerra mundial y complicaciones económicas. Ley
Sáenz Peña, que permitiría elecciones no fraudulentas.
En «Desarrollo, prosperidad
y distribución - ¿Fue, es o se hace?»
Dr. Horacio W. Bauer, El Arca N° 50, VI/2001 (pág. 35) - Buenos
Aires
*H. S. Ferns, Gran
Bretaña y Argentina en el siglo XIX
(Apéndice estadístico, p. 490) Solar/Hachette - Buenos Aires
Sólo el 15% pertenecía a la
Argentina, o sea que si había riqueza en
el país, no era nuestra, pues ese 15% no era otra cosa que la «comisión»
que dejaban los ingleses para que unos pocos oligarcas —que jamás
llegaron a ser dirigentes— hicieran simplemente de administradores
de las propiedades de la potencia, si es que no andaban
justamente
«rastacuereando» por París, para lo que se llevaban hasta la vaca y las
ponedoras en el barco, pues no podían cruzar el océano sin leche ni
huevos frescos —ver Victoria Ocampo.
Ningún argentino consideraría
su país una colonia, pero poco ha
importado al mundo lo que creyéramos, pues lo que supongamos
nosotros no altera en absoluto la realidad, lamentablemente, ni
nunca nos preguntaron nuestra opinión. El Dr. Julio Roca —hijo
del Zorro— como embajador argentino en 1934 en la negociación
del tratado Roca-Runciman sentenció que «la Argentina forma
parte
virtual del Imperio Británico». Pero así como hay países que
pierden
sus colonias, hay también colonias que pierden sus potencias.
Esto
último suele ser más desastroso, y es lo que precisamente nos ocurrió:
dejamos simplemente de ser parte virtual del Imperio Británico,
no
hicimos más falta, y se acabó quien te quería...
Aquello de los «malos
políticos que arruinaron el país» es igualmente
una parte de nuestro credo, ya que los políticos nunca fueron distintos
de lo que son hoy. O sea que la única diferencia es que hoy ya no nos
necesitan más con la «canasta de pan» y como «granero del
mundo»
para henchir de riqueza el buque ufano de Lugones, aquél bajel de
la exaltación agropecuaria del Centenario, que surcaba las aguas
de
nuestro estuario para ir directamente a henchir las faltriqueras de la
City.
La «época dorada» es un
fenómeno catalogado muy bien por Jauretche,
es una de las tantas «zonceras» argentinas:
Las zonceras consisten en
principios introducidos en nuestra
formación intelectual desde la más tierna infancia —y en dosis
para adultos. Tienen la apariencia de axiomas, no admiten
discusión, y fueron acuñadas para impedirnos pensar las cosas
del país por la simple aplicación del buen sentido.
Arturo Jauretche,
Manual de zonceras argentinas
Cordiales saludos
Enrique C. Picotto
(Continuará)
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