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Subject: |
Rosas y Sarmiento - V |
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Date: |
Sun, 11 May 2003 15:50:03
+0200 |
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From: |
Enrique C. Picotto
<e.c.picotto@attglobal.net> |
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To: |
Inés Álvarez de Toledo <ines@alvarezdetoledo.com> |
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CC: |
Sr. Mario «Pacho»
O'Donnell <mario@odonnell-historia.com.ar>,
Inst.
Nacional de Invest. Históricas J. M. de Rosas <inrosas@fibertel.com.ar>,
Dr. Oscar Denovi <oscardenovi@hotmail.com>,
Prof. James O. Pellicer -
New York <jop63@yahoo.com>,
Ing. José Ramón Miranda <jopomir@ciudad.com.ar>,
Dr. Horacio W. Bauer <BauerH@lacaja.com.ar>,
Carlos Dragovich - Long
Island <cdragovich@biodex.com>,
Sr. Diputado Fernando A.
Finvard <fefinvarb@legislatura.gov.ar>,
Prof. José Antonio
Iglesias <joseiglesias@arnet.com.ar>,
Osvaldo Julio Schiavoni <postmaster@rimar2000.com.ar>,
Eliezer Nowodworski <elinow@netvision.net.il>,
Sr. Horacio Salduna -
Instituto Urquiza <horacios@satlink.com>,
Dr. Amílcar R. Mattoni <ramattoni@sinectis.com.ar>,
La Nación - Cartas de
lectores <cartasdelectores@lanacion.com.ar>,
La Nación - Usted opina <udopina@lanacion.com.ar> |
11 de mayo de 2003
Rosas y Sarmiento - V
Estimada señora Inés Álvarez de Toledo:
Transcribo al pie su nota de
ayer. Si bien hubiese querido responder
cada uno de los puntos, lo
único someramente definido que encontré
en todo el escrito es una
simple mención de un supuesto «proceso de
constitucionalización»
«prolongado» hasta 1860 que, como todas sus
disquisiciones, carece en
absoluto de cualquier referencia histórica
concreta.
Estimo que sus relatos no
superan la calidad de episodios de más
o menos libre interpretación
que, si bien pudieran ser amenos para
la tertulia a la hora del té
con scones o muffins —o también para
publicar en el «prestigioso
matutino»—, no poseen ninguna relevancia
histórica en el curso de una
discusión seria.
Parangonando a Landrú, diría
que son charlas de «señoras y señoros
gordos». Ceterum censeo
que nada habría para oponer a esta opinión
personal suya salvo tratar
acaso de habituar su forma de pensar al
método histórico, algo que
obviamente está fuera de mis posibilidades
y —más aún— de mis
atribuciones.
Buscando alguna otra cita
aproximadamente concreta en su extensa
exégesis, encuentro que
menciona usted nuestras «Academias».
Opinaba Arturo Jauretche
respecto de las academias argentinas,
en especial sobre la de la
Historia — o de las historias: «La calidad
de Académico da la más
alta jerarquía al figurón», y relataba esta
anécdota publicada en la
revista «Confirmado», número 77, del
03.12.1966:
«El
repórter supone que una Academia de la Historia debe estar
constituida por historiadores del más alto nivel. Por eso mismo
pregunta cómo forman parte de la academia Arturo Capdevila,
que es poeta pero no historiador, y Monseñor Caggiano. El
académico Fitte contesta: Capdevila es autor de unos
romances
que se refieren a la Patria y a temas históricos en general.
Además escribió cosas
(sic) sobre el Padre Castañeda. En
cuanto al Cardenal Caggiano, creo que nos honra siendo
académico.
El académico Fitte
no hace más que ratificar lo que he venido
diciendo: el personaje sirve lo mismo para un barrido que para
un fregado, siempre que trabaje de cipayo barriendo para
adentro. Es académico porque es personaje,
y personaje
porque es académico. Que sepa la técnica de la academia,
en este caso la historia, es inimportante; basta con un poema
patriótico y «alguna cosa sobre el Padre Castañeda». Del
mismo modo, no importa que
Monseñor Caggiano no sea
historiador; lo que importa
es que la academia sea prestigiosa
porque siendo prestigiosa
la academia, son prestigiosos los
académicos, y siendo
prestigiosos los académicos, es
prestigioso lo que dicen.»
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--- Arturo Jauretche, Los profetas
del odio, 269/270
Estos personajes me recuerdan
a usted, señora, que hasta se
autoatribuye «idoneidad» en
conocimientos de Historia Argentina,
de los que hasta ahora no
hay trasunto alguno en sus escritos.
Estimo que tanto Capdevila
como Caggiano se considerarían
igualmente poseedores de esta
«idoneidad» para discurrir sobre
Historia tal como lo hace
usted:
«Resulta innecesario
justificar ante usted mi idoneidad acerca
de mis conocimientos sobre la historia argentina y más
precisamente sobre el tirano.» Inés Álvarez de
Toledo, 09.05.03
Saludo a usted, señora
Enrique C. Picotto
______________________________________
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- Alemania - www.picotto.net
Tel.: +49 [0]7031 819 48 43
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Nota de la señora Inés
Álvarez de Toledo del 10.05.2003
Señor Picotto:
Realmente no me interesa polemizar con su
"intelligentsia tiranica" y su documentología
que pretende violentar el orden natural
de la historia real. El concepto, Picotto, es lo que
debe tratar de fundamentar. Nunca podrá
refutar la afirmación que Rosas fue un tirano
y que fue sacado del poder por el hastío
de un pueblo que se cansó de sus prácticas
despóticas.
Picotto, quien sangra por la herida es
usted al ver que cualquier intento por rememorar
al tirano produce un encono mayúsculo
entre los hombres y mujeres libres que se oponen
al despotismo.
No entraré en su juego de intenar debatir
lo que ha sido estudiado durante años por las
Academias, muy también a su pesar, y los
razonaminetos y conclusiones a las que ellas
han arribado.
Su tan reiterado intento de racionalizar
documentalmente sus opiniones olvidan el
desprecio empírico del significado de
Rosas para nuestro pueblo que no dudó en
enfrentarlo y vencerlo, sin que el tirano
tuviese el valor de intentar siquiera volver
a estas tierras que lo expulsaron hasta
el fin de sus días.
Res non verba. El tirano cayó, no hay
documentación que destruya estos hechos.
Usted sabe mejor que yo sus repeticiones.
Repite, espasmódicamente, vgr. la cita
de la Biografía de Vélez Sarsfield.
A sus intentos documentalistas le opongo
la entrada de millones de inmigrantes en
la Argentina, luego de la caída de
régimen rosista que usted insiste en defender.
Sus papeles no son suficientes para
variar la realidad. Los argentinos no necesitamos
de su "intelligentsia tiranica" para
apreciar los hechos.
No abra otro capítulo pero sepa que, como
todo hecho social, la inmigración —como tal—
fue beneficiosa para la Argentina. Por
supuesto que tuvo sus grises.
Aquí, seguramente,
otra diferenciación respecto a este
instituto nos separa. También yo poseo entre mis
antepasados nonagenarios sus recuerdos
acerca de este tema. Algunos, sí, los menos —
para el caso— hijos y nietos de la
inmigración; otros, los más, descendientes de los que
edificaron la Argentina, hoy -por
desgracia- tan alicaída.
No es una falacia que Rosas haya
detentado un poder omnímodo a través de la
demagogia y el terror porque, como usted
bien lo dice, detentar significa: retener
algo sin derecho, y lo que el tirano
detentó fueron las libertades de los argentinos,
derechos naturales inalienables y
preexistentes al pueblo. La reiterada, insisto,
documentación por usted aportada no varía
mis conclusiones. Mi respeto por la
figura de Sarmiento que, junto con
Alberdi fueron los más importantes iuspublicistas
rioplatenses, no es incondicional.
Partimos nuevamente de diversos postulados.
Los míos tienen basamento en el
iusnaturalismo y el contractualismo social. En la
lucha constante entre el poder y la
libertad. Y entre ellos me quedo con la libertad.
La historia está llena de suicidos
colectivos. Luego de la caída de Rosas los
constituyentes incorporaraon sabiamente
en el texto constitucional numerosas
cláusulas tendientes a evitar las
prácticas del tirano en oposición a la suma del
poder público y a las facultades
extraordinarias generando un útil sistema de pesos
y contrafrenos contra el poder público.
Insisto, por enésima vez, en que evite repetir
la documentación que ya aportara porque
no introduce ninguna novedad a la cuestión
la que se torna latosa.
Tratar de confundir vanamente a la
civilidad con una cuestión secundaria cual es el
nombre de la batalla de Caseros por la
que Rosas terminó su larga tiranía es anteponer
el caballo a la carreta. Igual conclusión
respecto a sus conecptos acerca de que Urquiza
no fue el vencedor de Caseros ¿Latoso
usted?
No se vaya de tema con la participación
del Brasil en la caída del tirano. Sus aportes
son interesantes y todos conocemos la
política expansionista lusitana continuada por
el Imperio del Brasil. Obviamente los
argentinos de entonces también la conocían,
incluyendo al general Paz, a quien usted
cita. El pronunciamiento de Urquiza
efectivamente se efectuó para guerrear
conta el gobierno de la provincia de
Buenos Aires, no contra su pueblo.
También le expliqué que el proceso de
constitucionaliación, al que defiendo, no
fue instantáneo sino que se prolongó
hasta el año 1860. La caída de Rosas fue
el primer gran paso que debía darse.
No el único.
Tampoco desviemos el tema con la triste
realidad de nustra querida Argentina
actual. Postrada. Como ve es un punto
que, pese a nuestra insalbables diferencias,
nos aglutina. Empero tampoco compartiría
seguramente con usted la fecha en que
comenzó la decadencia Argentina actual.
Pero para evitarle cualquier confrontación
al respecto, vana por cierto porque no
remediará nuestros males, soslayo la importante
cuestión.
Argentina fue grande mientras sus
gobernantes lo hicieron efectivamente bajo el
amparo del paraguas de la Constitución
Nacional que organizó a la república. Su
catálogo de derechos, su sistema de
libertades, su organización del poder. Un
ejemplo de construcción del derecho como
pocos en el mundo. Sí, por supuesto,
con defectos subsanables
institucionalmente, como cualquier sociedad civilizada
del orbe pretende hacerlo. Yo me inclino
ante aquella Argentina de la época
constitucional y ante los hombres que,
machaco —con sus virtudes y defectos—
la organizaron institucionalmete
sacándola de la barbarie y de la postración en
que Rosas la había sumido por décadas.
Atentamente.
Inés Álvarez de Toledo.
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