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LA NACION | 04/10/2002 | Página 20 | Opinión
Agradecida
Señor Director:
A raíz del artículo
publicado en LA NACION el 30 de septiembre
pasado, quisiera
transmitir a través de este medio unas palabras
de agradecimiento al
ex presidente del Uruguay. Gracias, doctor
Julio Sanguinetti por
su aliento.
Como argentina creo y
me emociono por sus palabras y su
respeto. Claro que la Argentina
puede y debe salir. Estamos
muchos trabajando
para ello. Para esta Argentina que hace
cosas y, como usted
bien dice, muchas cosas bien, con
inteligencia, con amor
y con dedicación. Es verdad, doctor
Sanguinetti, que el
debate político es enconado y personalizado.
Pero no le tenga miedo
a esto porque los argentinos, así como
tenemos que reconocer nuestros
desaciertos, también tenemos
que reconocer que este
mismo patrimonio de inteligencia que
usted describe tiene
que estar asentado sobre un patrimonio
de ética, de
transparencia para que la gestión de todos los que
hacen las cosas bien
se construya y no sea el Gobierno el
obstáculo a la
creatividad de nuestra tierra.
Por eso también la
Argentina tiene que salir al mundo con sus
convicciones, con
valores y principios. Y esta tarea de reconstruir
valores y principios
es una causa. Y esta discusión tiene que ser
tan enconada como la
necesidad del cambio que precisamos. Es
un cambio profundo. La
Argentina, para que miles de Barenboim
se desarrollen, para
que miles de escritores escriban y para que
millones trabajen,
precisa de un debate duro, intenso, profundo.
Un debate que defina
nuestro ser político, que defina el poder para
servir y no el poder
para servirse. Y ordene así nuestra pirámide
de
valores. Entonces, en su próximo artículo cuando hable de la
Argentina,
recordará y hablará del sucesor de Cantinflas que, en
vez de decir «está
compuesta por millones de habitantes que
quieran hundirla, pero
no lo logran», dirá «he conocido una
Argentina compuesta
por millones de habitantes que la quieren
hacer crecer,
construyen y lo logran.
Estamos en un tiempo
de definiciones. No queremos que se hable
de nuestra nación como
si fuera un paria trasgresor irrecuperable.
Es intolerable ser
espectadora de la perdida de respeto y es,
igualmente
intolerable, aceptarlo y justificar a quien expresa
críticas que en nada
condicen con la Argentina —en mayúsculas—,
la que usted tan bien
recupera en su esencia, nuestra gran patria,
más allá y más acá de
las graves dificultades políticas, sociales
y económicas que hoy atravesamos.
Sus palabras nos
ayudan a decir que hay algunos que pueden
ver más allá del
momento y ayudarnos. La Argentina necesita
estrategas. La
Argentina necesita, como usted dice, un proyecto
de futuro. Muchos
estamos trabajando y esté seguro de que lo
vamos a lograr.
Gracias por su aliento.»
Patricia Bullrich
pbullrich@ahoraargentina.org
Creo que no habrá escrito
su carta en tono irónico, señora Bullrich.
No descollamos los argentinos por conocimientos excepcionales de
nuestra historia y en esto incluiría a los hermanos de la vecina
orilla
si consideramos las apreciaciones del señor Julio María Sanguinetti
refiriendo sobre nosotros desde la Banda Oriental en su nota del
27/30 de septiembre último.
Dice el señor
Sanguinetti
entre otras cosas:
[...]
Charles Darwin, en su célebre viaje en el Beagle, nos dejó un
relato apasionante, y hasta divertido. Como cuando encontró
dos gauchos y les preguntó por qué no trabajaban. Uno, luego
de pensar, le contestó:
'El día es demasiado largo'. Y el otro,
más meditativo aún:
'Porque soy demasiado pobre...'. Como
comentario general, el
científico inglés escribió algo que de
algún modo resulta clave
para entender la evolución posterior:
'Hay siempre un número
de caballos tan grande y tal profusión
de alimentos que no se
siente la necesidad de la industria'.
Esto no es nada que hubiese
sido referido por primera vez por
Darwin, quien anduvo por nuestros pagos por 1831. Alejandro
Gillespie, mayor del ejército británico que se apoderó de Buenos
Aires en la primera invasión, indicó 25 años antes, en 1806:
Era entonces a mediados de diciembre;
el verano había
comenzado
con todos sus frutos, en un grado que
yo no
concebía ni del cual
pueda dar una idea por medio de
palabras. Teníamos la mayor
abundancia de todo artículo
de alimentación, y, al ver avanzar el
verano , las frutas más
escogidas, muchas más en realidad de
las que hubiéramos
podido consumir; a la larga llegamos a
detestarlas.
[...]
Prefieren la carne a cualquier otro
alimento y la comen casi
cruda
y en cantidades que un europeo creería
imposible.
Alexander
Gillespie, Diario de un soldado del Regimiento 71 de Glasgow
Claro es que Darwin tiene
más payé, mas hechizo que Gillespie,
a quien nadie conoce. Es probable que Darwin tuviera noticia de
los papeles de Gillespie, pues se publicaron en Londres en 1818
y hubiese hecho no tanto una sorprendente observación clave,
sino que sólo habría comprobado la corrección de las notas de
Gillespie.
Pero lo que no dice la nota
del señor Sanguinetti —pues no lo
sabía quizá Darwin, ni lo saben muchos argentinos— es que esto
de no sentir la necesidad de la industria (eufemismo por vagos)
también lo padecieron en nuestros lares los mismos británicos.
Los triunfos criollos contra los ingleses en ambas invasiones se
debieron en gran medida a la deserción de las tropas británicas
que, cansadas del largo viaje y tentadas por el paraíso terrenal
que nuestras tierras les ofrecían, se hacían perdiz por las
pampas
y vivían panza arriba, mirando dar güelta el sol.
Los británicos por esa
razón desistieron finalmente de tomar las
colonias por la fuerza, pues la pampa por su bondad fue siempre
enemiga de la disciplina, y desarrollaron entonces métodos más
refinados mediante ideas de independencia y empréstitos:
«Como decía Canning a Lord Granville
en una célebre carta:
"Los
hechos están ejecutados, la cuña está
impelida.
Hispanoamérica es
libre y si nosotros sentamos
rectamente
nuestros negocios ella será
inglesa". Así como político
genial
que era, incentivó todos los procesos
de libertad de las provincias
del Virreinato del Río de la Plata, de
Venezuela, Colombia, etc.,
porque la independencia
de España, debía
significar el
sometimiento a Gran
Bretaña, a su poder económico que
se
extendía sin escrúpulos por todo el
continente».
Seminario sobre aspectos
históricos de la deuda externa argentina
Alejandro Olmos Gaona, mayo de
2001
http://www.jubilee2000uk.org/analysis/articles/Historia_deuda_argentina_olmos.htm
Un siglo después de la
Independencia, los ingleses eran dueños
del capital nacional que
hacían administrar por los natives.
Continúa el señor Sanguinetti:
Cuando se llega al fin
del siglo XIX y comienza el XX, la mirada
desde afuera pasa al
asombro frente a la prosperidad y el buen
gusto. En 1908, la
renta per cápita argentina era superior a la de
Francia, Japón y
Alemania y ampliamente se distanciaba de la
de España e Italia. En
1910, en ocasión de las celebraciones del
centenario de la
Independencia, Clemenceau llega a decir que
«el
teatro Colón es el más grande y posiblemente el más bello
teatro del mundo». Es el momento de la gran
inmigración, que
la infanta Isabel
solemniza en un rumboso viaje poniendo la piedra fundamental del
hermoso monumento a los españoles, que se
inaugurará seis años
más tarde en una gran avenida ya poblada
de imponentes
esculturas.
Veamos qué era este gran
país en aquel 1910 del Centenario de la
Independencia, uno de los años de la «época dorada»:
[...]
El historiador inglés H. S. Ferns destaca que, en ese año, el 85%
de la riqueza argentina estaba en manos inglesas (291 millones
de libras sobre un total de 340 millones). La política, la
economía,
la cultura, las grandes pautas sociales y las principales
candidaturas
se resolvían en Inglaterra. Asume la presidencia Roque Sáenz
Peña.
La mala situación de los chacareros en Santa Fe, determinada en
buena medida por la caída de los precios de los cereales,
favoreció
la primera gran protesta agraria, conocida como Grito de Alcorta
(25.06.1912). Guerra mundial y complicaciones económicas.
Ley Sáenz Peña, que permitiría elecciones no fraudulentas.
Desarrollo, prosperidad y distribución - ¿Fue, es o se hace?
Dr. Horacio W. Bauer, El Arca N° 50, VI/2001
(pág. 35) -
Buenos
Aires
Sólo el 15% pertenecía a
la Argentina. O sea que si había riqueza en
el país, no era nuestra, y ese 15% no era otra cosa que la
«comisión»
que dejaban los ingleses para que unos pocos oligarcas —que jamás
llegaron a ser dirigentes— hicieran simplemente de administradores
de las propiedades de la potencia, si es que no andaban
justamente
«rastacuereando» por París, llevándose hasta la vaca y las ponedoras
en el barco, pues no podían cruzar el océano sin leche y huevos
frescos.
El país parecía haber sido
nuestro más o menos como hoy con la
globalización, o en el período entre «Monte Caseros» y la
Guerra
del Paraguay, donde el Banco Mauá & Cía. fue el árbitro
del capital
en el Plata, y en una globalización «flor de ceibo» —pero de ninguna
manera menos efectiva— financiaba el presupuesto nacional que
nunca nos alcanzó, al igual que hoy, emitía moneda, cobraba por
contrato los impuestos fiscales y era dueño de la economía del Río
de la Plata. Tenga en cuenta que lo que yo llamo Río de la Plata
incluye ciertamente la patria del señor Sanguinetti, que en ese
tiempo perteneció totalmente al Banco Mauá & Cía.
Para quienes ya no lo
recordaran, el barón, más tarde vizconde
de Mauá, Irineu Evangelista
de Souza (1813–1889), era súbdito
de Dom
Pedro II, emperador del Brasil, y su «Cía.» era la City
en
Londres con Rothschild,
Baring y consortes. Fue quien financió
«a campanha de
Monte Caseros» y la Guerra del Paraguay. En
esta última campanha,
gracias al estratega Mitre a guerra tornou
-se duradeira y el
vizconde se atragantó. Poco después presentó
su quiebra y murió olvidado
y pobre en Niteroi.
En cuanto al Colón, sí,
allí está y no habría que restarle méritos. Pero
un teatro se puede
construir también in the middle of nowhere, siempre
que se cuente con dinero. En 1896 —antes que el Colón— se inauguró
el Teatro de la Opera de Manaos en medio de la selva amazónica.
O sea que poseer un teatro
de esa importancia no sé hasta qué punto
pueda ser un motivo de
orgullo para todos los argentinos, pues me
pregunto cuántas veces fue
en nuestros tiempos al Colón —o a otro
teatro
cualquiiera— un pobre santiagueño de las salinas o un jujeño
de la Puna. Ni hablar ya de
1908, cuando se inauguró nuestro Primer
Coliseo.
Además, ¿dónde
intervinieron los argentinos para erigir el Colón con
algo más que no fuera el dinero para pagar la
construcción? La obra
fue de los italianos
Francesco Tamburini y Vittorio Meano y del francés
Jules Dormal. Según Vittorio Meano, el Colón reúne «los caracteres
generales del Renacimiento italiano, la buena distribución y la
solidez
propias de la arquitectura alemana, y la gracia, variedad y
bizarría de
ornamentación asociadas a la arquitectura francesa». No podemos
negar, señora Bullrich, que el Colón es realmente «argentino».
Continúa el señor
Sanguinetti:
En 1930, el golpe de
Estado del general Uriburu ubica un
punto de inflexión,
pues termina con cincuenta años de
estabilidad y
crecimiento.
Aquí parecería que el señor
Sanguinetti tuviera razón, en principio,
pues dice que los militares terminan con cincuenta años de
estabilidad
y crecimiento. Que terminaron con algo, fue cierto, por lo
menos con el
«Peludo»
y la democracia en teoría, e inauguraron
nuestros golpes de
estado. Félix Uriburu
admiraba todo lo germano y lo llamaban «Von Pepe».
Sanguinetti:
Desde ya que mediaban
grandes disparidades sociales y las
revueltas sindicales
habían terminado con trágico saldo.
Hacía tiempo que se habían
iniciado las revueltas sindicales, ya a finales
del siglo XIX, con la revolución del 90,
donde surgió el radicalismo; la
revolución radical de 1905, el Grito de Alcorta en 1912, la
Semana
Trágica en 1919, la Patagonia Trágica en 1921/22.
[...] también la
intelectualidad rioplatense esparció una visión
amarga, que comenzaba
siempre desde el pasado histórico,
interpretado
clásicamente por Sarmiento en la dicotomía
«civilización
y barbarie», que oponía de un lado a los
europeizados doctores
y del otro a los «salvajes»
caudillos
populares.
Es sorprendente que
Sanguinetti indique que Sarmiento haya
interpretado clásicamente nuestro problema social, la
«dicotomía»
civilización y barbarie, pues el mismo Sarmiento calificó su
«obra»
como de puras mentiras. Mentir sería entonces lo clásico entre
nosotros. Sobre el Facundo, que alude Sanguinetti en su nota
con civilización y barbarie, Sarmiento mismo dijo lo que era en
carta al general Paz del 22 de diciembre de 1845 con la que le
adjuntaba un ejemplar:
Remito a S. Excia un
ejemplar de Facundo qe e escrito con
el objeto de favorecer a la revolucion y preparar los espiritus.
Obra improvisada, llena por necesidad de inesactitudes, a
designio a veces, no tiene otra importancia qe la de ser uno
de tantos medios tocados para ayudar a destruir un gobierno
absurdo, i preparar otro nuevo.
Al manco Paz no le podía
enroscar la víbora: el manco era un insider
y había entonces que hablarle claro, además de dorarle la píldora para
ver de acomodarse (ver el final del Facundo), ya que Sarmiento
recién
se «iniciaba». Hasta allí, apenas si había escrito el sanjuanino algo
sobre Aldao y andaba
galgueando por Chile. Entonces, nada de
cuentos al manco Paz:
Obra improvisada, llena por necesidad de
inesactitudes, a
designio a veces...
Pero en la misma «obra»
Sarmiento dice, ya sólo para el «amable
público», que escribe en
honor de la verdad histórica y de la justicia...
(cap. XV,
Presente y porvenir). En posteriores ediciones se excusó
satisfaciendo a algunos
argentinos instruidos de su partido que le
habían hecho notar sus
errores, entre ellos Valentín Alsina. En la
segunda edición (1851), en
el capítulo VII «Sociabilidad» —donde
dice que la catedral de
Córdoba es de orden gótico con cúpula
recortada en
arabescos, único modelo de la Edad Media en
Sudamérica— incluyó
al final un agregado donde aclaraba:
Al recorrer de nuevo
las páginas de este primer ensayo
histórico,
siente el autor que la mitad de ellas adolecen
de defectos, que al
querer hacerlos desaparecer, se
llevarían consigo el
libro entero [...]
Civilización y barbarie
tiene el clásico sabor argentino. Defendiéndose
de las inesactitudes aquí vertidas decía Sarmiento: «Cuando
hay que
mentir, se miente», afirmación que ratifica en carta a Rafael
García
del 28 de octubre de 1868:
Si miento, lo hago
como don de familia, con la naturalidad
y la sencillez de la veracidad.
Acotemos que en esa fecha,
según tocaban los turnos en las
repartijas, Sarmiento era ya presidente de la Nación. Ya ve,
señora Bullrich, que la tradición de las inesactitudes a designio
nos ha acompañado hasta hoy.
Continúa el señor
Sanguinetti:
Ese debate no ha
cesado hasta hoy, y el gran historiador
H. S. Ferns encuentra
en ese espíritu contencioso la
explicación de esa
inestabilidad que se hizo endémica.
Ferns, sin duda gran
historiador, fundaba principalmente esta
inestabilidad en el hecho de estar el 85% del país en poder de
lo ingleses, señora Bullrich: el Ferns que menciona Sanguinetti
es el mismo de la cita del Dr. Bauer arriba.
[...]
Todavía en 1948 había más teléfonos en Argentina que en
Japón o Italia, y en
1950 la renta per cápita estaba arriba del
promedio mundial.
En 1948 apenas si había
terminado la guerra, y precisamente el Japón
se había ligado dos bombas atómicas por hacerse el guapo.
El norte de
Italia (donde había teléfonos) estaba destruido, y acaso hayamos
tenido
también más teléfonos que la misma Alemania. Probablemente, estas
circunstancias expliquen además lo de la renta per cápita de 1950.
[...]
No hay duda de que la Argentina cayó al abismo.
Como tampoco hay duda de
que esto no se logra de la noche
a la mañana. Hasta para caer al abismo se requiere experiencia,
y lo que vemos hoy es sólo la muestra acabada de lo que siempre
fuimos. Si hasta ahora «vinimos tirando», señora Bullrich, fue acaso
porque aún entrábamos en los planes de alguna metrópoli, de Gran
Bretaña, principalmente, y ahora daría la impresión de que ya no
nos necesitaran. Le incluyo una cita que si bien parecería de hoy,
le indica que nuestra situación nunca fue otra, sólo que a nuestro
parecer, todo tiempo pasado fue mejor:
«El presupuesto está
en constante déficit. No hay crédito
externo ni interno. ¿Pues de dónde se sacan los recursos
para atender los gastos que actualmente se hacen? Los
impuestos no es posible aumentarlos por el momento,
porque la situación en la que se encuentran el comercio
y la industria, sería precipitar su ruina.
No queda otro recurso
que someterse a una vida frugal,
casi franciscana, para que, por medio de la economía, se
puedan pagar las calavereadas anteriores. Debe colocarse
a la administración en un pié de moralidad y orden que le
permita recobrar el crédito que hoy le falta.
Deben convencerse los
vividores de la política, los que hacen
gala de haber servido al país, cuando no han hecho sino vivir
a costa de él y por consecuencia de los contribuyentes. Ya hizo
crisis la enfermedad, hoy el país está en completa anemia, no
podrán seguir chupándole la sangre, pues en vez de sacársela
hay que reconfortarlo para que pueda vivir y recuperar la salud.
Se hacen ilusiones los
que creen que podrán seguir politiqueando
de forma antigua y que el país da para todo. Han matado la
gallina
de los huevos de oro y deben resignarse a trabajar; ya se acabó
la
época de la jauja y los placeres. El trabajo y la honradez serán
lo
único que regenerará a nuestro país.»
Estas líneas tienen más
de un siglo y fueron escritas en agosto de 1901.
Forman parte de la introducción del libro Historia de los bancos
de Sixto
Quesada, fundador del Banco Popular Argentino. Según nos cuenta el
señor Sanguinetti, en 1908 la renta per cápita argentina era
superior
a la de Francia, Japón y Alemania y ampliamente se distanciaba de
la
de España e Italia. ¿Cómo hicimos para pasar del desastre que
pinta
Sixto Quesada, un banquero, al paraíso del señor Sanguinetti en sólo
siete años? Otros autores, como José Ingenieros, no dicen otra cosa
que lo que informa Quesada, sobre todo respecto de la moral de la
política en la «época dorada», exactamente igual a la de hoy.
Pero lo curioso es que
estos detalles que da aquí Sanguinetti como
suyos —en 1908 la renta per cápita argentina era superior a la de
Francia, Japón y Alemania y ampliamente se distanciaba de la de
España e Italia—, son datos que tomó de Grondona, y que ya
había
empleado por lo menos una vez en otra nota muy similar, también
en El País de Madrid, de hace algo más de un año. Parecería que
la Argentina fuese la especialidad del ex mandatario oriental:
Argentina, ¿fue o
es?
Julio María Sanguinetti,
«El País», 21.06.01
Recientemente, Mariano Grondona recordaba que en 1908 la
Argentina tenía un producto por habitante superior a Alemania,
Japón, Francia, Suecia, Holanda y, por supuesto, de lejos mayor
que Italia y España.
http://www.ultraguia.com.ar/UltraSociales/ParaPensar/ParaPensar35.htm
Voy abreviando, señora
Bullrich. Lo del buque de la Armada, si viniera
al caso, podríamos
compararlo con Fangio o Maradona: nuestro problema
es que sólo tenemos «uno de
cada uno» de estos ejemplos, si es que así
se los pudiera llamar.
Daniel Barenboim, como otros artistas que cobraron
fama mundial —desde Lalo
Schiffrin hasta el mismo Piazzolla, por nombrar
a dos que se me ocurren— se
hicieron famosos fuera de la Argentina.
Barenboim nos visita con
gusto, y hasta interpreta el tango como pocos,
realmente. Pero hay muchos que «ni pisan» el país,
pues están hartos
del «macaneo». Médicos
argentinos triunfan en los EE.UU., pero uno
de los más grandes se
suicida en Buenos Aires porque no le veía salida
a la situación del país.
[...]
San Juan se ha repoblado de olivos, los vinos se proyectan al
mundo como nunca
antes, los productores de cereales llenarán
ahora el vacío de la
sequía norteamericana...
Podríamos agregar que hasta
Porsche incluyó en su merchandising
por primera vez vinos, y son argentinos. Pero lo que no se le ocurre
decir al señor Sanguinetti es que estos productos tendrían que llenar
no el vacío de la sequía norteamericana, sino más bien el vacío
de
miles de barriguitas de niños argentinos que en épocas donde las
cosechas baten todas las marcas de nuestra historia, se tienen que
alimentar en los basurales. Y son éstos los que tienen más suerte,
pues otros hasta se mueren de hambre. De aquellos que se salven,
muchos quedarán marcados para siempre por las deficiencias
padecidas durante la gestación y el desarrollo.
[...]
Se sabe que ya no tendrá la riqueza de antes, pero que tampoco
es pobre porque tiene
un patrimonio de inteligencia que hoy es
más importante que la
posesión de materias primas.
Que la inteligencia sea más
importante que la materia prima, ya lo
demostraron los japoneses, por poner un ejemplo, o los suizos. En
el caso de los argentinos, habría que verificarlo, pues parecería que
mejoráramos día a día cada vez peor. Antes teníamos riqueza y a
la
vez éramos argentinos, que es decir «inteligentes» —o por lo menos
«vivos». Dice el señor Sanguinetti que la Argentina ahora tampoco
es
pobre porque tiene un patrimonio de inteligencia que hoy es más
importante que la posesión de materias primas. Me pregunto yo,
si
antes teníamos las dos cosas y caímos en lo que estamos viendo,
¿cómo vamos solucionar la actual situación si sólo nos queda uno
de ambos bienes, quizá el más cuestionable: nuestra «inteligencia»?
Acaso haya querido decir el señor Sanguinetti intelligentsia.
En
cuanto a nuestra
inteligencia, yo creo más bien que fuéramos
medio pavos. No de nacimiento, precisamente, pero sí «pavos
culturizados»:
A la estructura
material de un país dependiente corresponde
una superestructura cultural destinada a impedir el conocimiento
de esa dependencia para que el pensamiento de los nativos
ignore la naturaleza de su drama y no pueda arbitrar propias
soluciones, imposibles mientras no conozca los elementos sobre
los que debe operar y los procedimientos que corresponden,
conforme a sus propias circunstancias de tiempo y lugar.
-----
-----------Arturo Jauretche,
Los profetas del odio y la yapa
No sé por qué, señora
Bullrich, pero la nota del señor Sanguinetti me
da la impresión de que
fueran puras perogrulladas y para colmo ya de
segunda mano, recalentadas:
crambe repetita. Y usted las aplaude.