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Subject: |
Rosas
y Sarmiento - IV |
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Date:
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Sat,
10 May 2003 14:20:24 +0200 |
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From:
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Enrique C. Picotto <e.c.picotto@attglobal.net> |
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To:
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Inés
Álvarez de Toledo <ines@alvarezdetoledo.com> |
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CC:
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Sr.
Mario «Pacho» O'Donnell <mario@odonnell-historia.com.ar>,
Inst.
Nacional de Invest. Históricas J. M. de Rosas <inrosas@fibertel.com.ar>,
Dr.
Oscar Denovi <oscardenovi@hotmail.com>,
Prof.
James O. Pellicer - New York <jop63@yahoo.com>,
Ing.
José Ramón Miranda <jopomir@ciudad.com.ar>,
Dr.
Horacio W. Bauer <BauerH@lacaja.com.ar>,
Carlos
Dragovich - Long Island <cdragovich@biodex.com>,
Sr.
Diputado Fernando A. Finvard <fefinvarb@legislatura.gov.ar>,
Prof.
José Antonio Iglesias <joseiglesias@arnet.com.ar>,
Osvaldo Julio Schiavoni <postmaster@rimar2000.com.ar>,
Eliezer Nowodworski <elinow@netvision.net.il>,
Sr.
Horacio Salduna - Instituto Urquiza <horacios@satlink.com>,
La
Nación - Cartas de lectores <cartasdelectores@lanacion.com.ar>,
La
Nación - Usted opina <udopina@lanacion.com.ar>,
Dr.
Amílcar R. Mattoni <ramattoni@sinectis.com.ar> |
10 de mayo de 2003
Rosas y Sarmiento - IV
Estimada Sra. Inés Álvarez de Toledo:
Si bien
prácticamente anunciaba usted en su nota del 08.05.03 su «retiro»
de la
discusión, veo no obstante que sigue «respirando
por la herida».
Me
interesan verdaderamente sus afirmaciones pues son realmente
paradigmáticas y vale la pena detenerse en ellas.
Señor
Picotto:
Resulta innecesario justificar ante usted mi idoneidad acerca de mis
conocimientos sobre la historia argentina y más precisamente sobre
el
tirano.
Primeramente, si bien no hiciera falta justificar nada ante mí,
recuerde,
señora
Álvarez de Toledo, que no soy el único que se deleita con sus
razonamientos. Estimo además que no sólo sería innecesario dar
pruebas de
su idoneidad en materia Historia Argentina, sino que
acaso le
fuera hasta imposible ofrecer esta justificación.
Si bien
probatio vincit presumptionem, hasta ahora no ha aportado usted
un único
dato concreto respecto de lo que afirma, hecho que reduce su
supuesta
«idoneidad» a meras creencias o ilusiones. La Historia no
es cuento,
estimada señora Álvarez de Toledo, ni una simple afirmación
cobra
visos de verdad por provenir sencillamente de su intelecto.
Sus
opiniones de la "intelligentsia tiranica" no borra, ni borrarán, la
historia, ni los juicios condenatorios de las Academias, ni la
realidad.
Pareciera
usted —por lo menos— no estar habituada a una correcta
forma de
argumentación, donde no cuentan pareceres sino hechos.
Mi
opiniones serían lo de menos, pero veo que no repara usted en la
documentación permanentemente agregada a mis afirmaciones,
comenzando
por el mismo Sarmiento, que debería leer usted con
algo más
de atención:
«Rosas
era un republicano que ponía en juego todos los artificios
del sistema popular representativo. Era la expresión de la voluntad
del pueblo, y en verdad que las actas de elección así lo muestran.
Esto será un misterio que aclararán mejores y más imparciales
estudios que los que hasta hoy hemos hecho. No todo era terror,
no todo era superchería.»
Sarmiento,
Biografía de Vélez Sarsfield
Pretende justificar, con citas espasmódicas, lo injustificable.
Rosas
y su tiranía.
Veo
entonces que, en su intento de probar lo improbable, no se arredra
usted al
considerar de «espasmódica» hasta la misma prosa de su
defendido,
Sarmiento.
De la
lectura de su "intelligentsia tiranica" veo que repite varios
conceptos. ¿Ya se le acabaron sus anotaciones con las que
jutificar inútilmente al tirano?
¿Cuáles
serían los conceptos que usted ve que yo repitiera? ¿Cuándo
se
encontrará en sus diatribas, mi estimada señora Álvarez de Toledo,
un pequeño
análisis con un mínimo de razonamiento? Simplemente no
existe en
sus disquisiciones nada así, pues parecería ser suficiente con
que usted
afirme cualquier cosa —sic: cualquier cosa— y se deba
aceptar
dada su «idoneidad» en materia Historia Argentina. Hasta
ahora no
ha sido necesario para usted ni siquiera citar del «Grosso»,
por lo menos del «chico», no hablemos ya del «grande».
Su
"mitología nacional", muy a su pesar, construyó la Argentina.
Eso es lo
que usted cree, y creer no es saber. Repito y léalo, por favor:
Sea como
fuere, en cuanto a lo que usted llama unión nacional
edificada por los argentinos después de su caída, la realidad
fue
que después de Rosas se perpetuó durante generaciones una
serie interminable de levantamientos como la revolución del 11
de septiembre, con la que se produjo la escisión de Buenos Aires
que duró 10 años. Bloqueos y sitios, gobiernos provisionales,
tratados, caos general. La tan mentada Constitución de 1853
se hizo sin Buenos Aires, Paraná era la capital de «los trece
ranchos». La «diplomacia del patacón» con Paranhos, Cepeda,
reforma constitucional, Pavón y la agonía de la Confederación.
Las guerras del Chacho, la Guerra del Paraguay, revoluciones
y crisis financiera, la guerra civil de 1874, la exterminación de
los indígenas, la guerra de 1880, la revolución de 1890, etc.
Esto es lo que la mitología nacional llama la unión nacional
edificada por los argentinos después de la caída de Rosas.
Le
recuerdo lo que ocurría a diez años de la «temible» Mazorca.
4.728 muertos ¡en 6 años!:
[...]
Y no vamos a pedir a un amigo de Peñaloza ni de
Juan Saa la estadística que sirva de cifra y compendio,
clave y emblema, para el período que, por desdicha, no
se cerró el 12 de octubre de 1868, cuando el general Mitre
hizo entrega del poder a don Domingo F. Sarmiento. Nos
la dará don Nicasio Oroño, miembro conspicuo del partido
liberal, y senador en 1868. «Desde junio de 1862 —dijo
Oroño en el Senado— hasta igual mes de 1868, han ocurrido
en las provincias ciento diez y siete revoluciones, habiendo
muerto en noventa y un combates, cuatro mil setecientos
veintiocho ciudadanos». José Luis
Busaniche, Historia Argentina
Según
usted ¿Se equivocaron los millones de inmigrantes que,
luego
de la caída del tirano, recalaron en estas tierras en busca
de la
Argentina "mitológica"? Tal vez sea otro error en sus opiniones.
No creería
que haya ningún error, señora. Además, si usted considera
que
hubiera errores en mis apreciaciones, debería probarlo entonces
con
razones. Sus meras palabras, en este caso, no son pruebas sino
simplemente su opinión y nada más. Yo también puedo apelar a mis
«antepasados», quizá no tan ilustres como los suyos, pero para el caso
no menos
fehacientes. Aún vive mi madre quien con 94 años conserva
todavía su
notable memoria. Ella conoce mucho de la historia de la
inmigración, recuerda la vida y los relatos de sus abuelos y tiene
presente
su propia historia.
Créame,
muchos de estos inmigrantes se equivocaron, pues ni sabían
ellos
adónde los traían. Conocí en mi niñez, en el
polvoriento pueblito de
la Pampa
Gringa donde nací, algunos de estos tristes
exponentes que
nunca
llegaron a nada y jamás tuvieron ni dónde caerse muertos. Ésos
sí se
equivocaron, y no fueron pocos.
La
inmigración fue un negocio especulativo como cualquiera, señora,
como lo
fueron la «conquista» del desierto y otros. Los agentes del
ferrocarril inglés tenían simplemente que poblar las tierras obtenidas
a fin de
darles valor, nada más, y no fue ningún acto de beneficencia
ni
filantropía. Seguir con este tema sería tener que abrir otro capítulo.
Rosas
detentó un poder omnímodo a través de la demagogia
y del
terror.
Se
equivoca usted, señora, y repito: las cosas no son así sólo porque
usted las
diga, sino que hay que probarlas: Affirmanti incumbit probatio...
Estimo
además que hasta desconocería el buen uso del castellano,
pues
«detentar» significa
2.
[tr.]Retener y ejercer ilegítimamente algún poder o cargo público.
Es una
falacia afirmar que Rosas hubiese «detentado» el poder,
y de la
legalidad de sus gobiernos, hasta el mismo Sarmiento —
su
defendido— estaba convencido, aunque los sarmientistas opinen
diferente.
Reitero, lea a Sarmiento:
«Rosas era un republicano que ponía en
juego todos los
artificios del sistema popular representativo.
Era la
expresión de la voluntad del pueblo, y en
verdad que
las actas de elección así lo muestran.
Esto será un
misterio que aclararán mejores y más imparciales
estudios
que los que hasta hoy hemos hecho. No todo era
terror,
no todo era superchería.»
Sarmiento, Biografía de Vélez
Sarsfield
¡No
repita sus conocidas justificaciones documentales!
Si no
respeta usted ni al mismo Sarmiento, no sabría qué decirle,
señora. No
hay otra forma de conocer la Historia que mediante el
estudio de
documentos. Sepa usted que Historia no es mitología.
¡Cómo
si 20 años de tiranía hubieran sido pocos!
Debería
usted enrostrarle esto al pueblo argentino. Lea a Sarmiento
hablando
con entusiasmo de Rosas : Grandes
y poderosos ejércitos
lo sirvieron años y años impagos.
Grandes y notables capitalistas lo
apoyaron y lo sostuvieron.
Abogados de nota tuvo en los profesores
patentados del
derecho. Entusiasmo, verdadero entusiasmo, era el
de millares de
hombres que lo proclamaban el Grande
Americano.
Recuerde, señora, que estas son palabras de su
defendido, y que
Rosas no sólo jamás «detentó» el poder, sino que
repetidamente
abandonó el poder por propia voluntad,
habiendo renunciado en
diversas oportunidades pero —y por
decirlo con las palabras de
Sarmiento—, fue ese
«entusiasmo, verdadero entusiasmo... el de
millares de
hombres que lo proclamaban el Grande Americano»
lo que lo hizo volver
a las funciones de gobierno.
Pretende también su "intelligentsia tiranica" que los argentinos,
después de más de un siglo y medio, tengamos que cambiarle
el
nombre a la batalla de Monte Caseros adoptando el discurso
del
Brasil. Mi idea del Mercosur no llega tan lejos.
Vuelve
usted a errar, señora: no hace falta cambiar el nombre de
«a
Batalha de Monte Caseros» a fin de adoptar el discurso del
Brasil.
El «discurso» del Brasil fue acatado desde un primer momento,
pues eran
quienes mandaban y así lo exigieron. Repito: la batalla se
llama de
«Caseros» porque allí combatió el Brasil, quien dijo ser el
dueño de
la victoria. Urquiza estuvo en el Arroyo de Morón —y así
debería lógicamente llamarse la batalla, «de Morón», si se quisiera
honrar a
los argentinos.
Olvida que el castigado por la historia, muy a su pesar, fue
Rosas, no Urquiza, su vencedor.
No fue
Urquiza el vencedor, señora. Le repito lo que no leyó en mi
último
escrito:
«A
vitoria desta campanha e uma vitoria de Brasil e a Divisão
Imperial entrará em Buenos Aires com todas as honras que lhe são
devidas, quer V. Ex-cia. ache conveniente o não.»
Manuel Marques de Souza, vizconde de Porto Alegre, a
Urquiza con desaire.
Gustavo Barroso, A Guerra do Rosas,
159
«...
Cúmpleme comunicar a V. E., para que lo haga llegar a S.M. el
emperador, que la citada 1a. División, formando parte del Ejército
Aliado que marchó sobre Buenos Aires, hizo prodigios de valor
recuperando el honor de las armas brasileñas perdido el
20 de febrero de 1827.» Parte de batalla de
Caxias a su ministro de
Guerra, Souza e Mello, 12.02.1852 -
Boletín Instituto JMR, 04.02.1951
«...
nosotros estamos en el Brasil en la dulce ilusión de que la
División brasileña de Manuel Marques de Souza fue la que
decidió en verdad la batalla de Caseros. Y aún cuando su papel
no hubiera sido el principal, el Vizconde de Porto Alegre fue uno
de los vencedores de la guerra y pudo ser llamado por Jourdan
vencedor, sin exagerar, como lo hace. Sabemos perfectamente
que no
habiendo derrotado nunca un general argentino nuestras
tropas
en los suburbios de Río de Janeiro, y desfilado en ésta
triunfalmente con sus tropas a banderas desplegadas, al compás
de la
música, aunque fuera junto a revolucionarios nuestros, no
es nada
agradable para nuestros amabilísimos vecinos que el
Vizconde de Porto Alegre haya conseguido esa gloria.»
Gustavo Barroso, A Guerra do
Rosas, 143-144
El
cambio histórico fue la caída de Rosas, sin que esté en discusión
el
alcance, los fines y los objetivos de la ayuda prestada por el Imperio
del
Brasil en esta empresa.
Ignora
usted que el conflicto se resumía en la alternativa «Rosas o el Brasil».
Quien
financió la «coima» pagada a Urquiza —ver Sarmiento, Carta de
Yungay,
13.10.1852— y toda la campanha fue Irineu Evangelista de
Souza,
barón, más tarde vizconde de Mauá (1813–1889) Dice Mauá en
sus
Exposiçao aos credores e ao publico, 1878:
«Un
poder extraño amenazaba la integridad del Imperio;
en tales circunstancias, todos somos brasileños... El poder
absorbente de Rosas no nos había dado treguas con su
política inquietadora...
El
ministerio del que hacía parte el gran hombre de estado
Paulino José Soares de Souza, después vizconde de Uruguay,
una cabeza política como no hemos tenido media docena
desde que nos separamos de la madre patria, comprendió
la gravedad de la situación y trató de quebrar los elementos
que se preparaban para hostilizarnos. Desde comienzos de
1850 acompañé todas las evoluciones de la política del Brasil
en el Río de la Plata.
A
mediados de ese año díjome el Sr. Consejero Paulino,
entonces Ministro de Negocios Extranjeros que, puesto que
la actitud de la Legación Argentina se tornaba cada día más
pronunciada y Brasil no estaba preparado para aceptar la
lucha, [subr. original] tendría el gobierno que reunir
sin hacer
bulla [orig.: barulho] los elementos precisos para dar el golpe
a fin de no encontrarnos envueltos en una guerra duradera
que sería funesta para las finanzas del Imperio.
S.
Excelencia me hizo saber que, abandonado el gobierno
de la plaza de Montevideo por la Francia, o simplemente
amenguados los recursos que ésta le suministraba, sería
inevitable su caída completándose el poder de Rosas en la
República, perdiendo así el Brasil una base de operaciones
en la guerra inevitable que se aproximaba [subr. original].
Que era
preciso a todo trance sustentar la plaza con recursos
financieros, y como no estaba preparado Brasil para hacer la
guerra, el gobierno confiaba en mí para prestar los auxilios
indispensables como préstamos hechos particularmente por mí.
El tratado secreto con el representante de la plaza en esta Corte
(Andrés Lama) estableció la importancia de estos auxilios, que
fueron entregados por mí sin percibir una partícula de beneficio,
por el contrario; sabiendo que los recursos entregados no eran
bastantes para conseguir el fin que se tenía en vista, traté de
auxiliar eficazmente la defensa de Montevideo... siendo mi
pensamiento concurrir para el triunfo de la política de Brasil en
el Río de la Plata.»--De
su Exposiçao aos credores e ao publico, 1878
O sea que
el Brasil —cuya economía se basaba en el trabajo servil—
no vino a
«ayudarnos» para que obtuviéramos una constitución, sino que
sus
intereses fueron simplemente crematísticos y de dominio. Lea, señora,
por favor,
al unitario Paz, a quien acaso crea más que a mí. Quienes se
unieron al
Brasil traicionando a su patria conocían perfectamente la avidez
del
Imperio hacia todas las latitudes. No obstante, no trepidaron en
asociarse:
«El
gobierno imperial, y en general, la población brasileña ha
heredado de los portugueses esa insaciable sed de territorios
que devoraba a sus mayores. Como si no poseyeran terrenos
inmensos, que no pueden poblar ni utilizar, y de que ellos
mismos no saben qué hacer, conservan pretensiones territoriales
en todas sus fronteras. Sus límites con la Banda Oriental y con
Bolivia están indefinidos, y por todas partes tienen cuestiones
territoriales que ventilar. El gobierno, estudiosamente, las
prolonga, acechando la ocasión de decidirlas a su favor
y engrandecerse.
Obrando en el mismo sentido, procura debilitar a
sus vecinos
y como el más poderoso es la República
Argentina,
es consiguiente que pretenda subdividirlo
hasta el infinito.
Rodeado además el imperio de estados pequeños,
su influencia
será omnipotente y vendrá a ser de hecho el
regulador universal
de Sud América. Ya vimos en años anteriores que
siéndole
imposible conservar su conquista en la provincia
Cisplatina
(Banda Oriental), se contentó con segregarla de
la República
Argentina, haciendo que se constituyese en
estado independiente.
Esto mismo explica el interés político que el
Brasil ha tomado en
la independencia del Paraguay, sin que sea
necesario suponerle
otras miras, que no han dejado algunos de
entrever, para hallar
la clave de su política.»
---------------------------
José María Paz,
Memorias, XXXIX, IV, 350-351
Esto lo
sabía el manco Paz y lo confesó. Escribe aquí como un federal,
pero era
unitario, y como buen unitario, se hacía mantener en Montevideo
por el
Brasil y hasta vivió en Río de Janeiro costeado por Dom Pedro II.
Si bien
tuvo por lo menos la sinceridad de criticar al gobierno imperial,
conspiró,
no obstante, contra su patria, unido al Brasil, a pesar de estar
convencido de que el Imperio la subdividiría hasta el infinito.
Cosas
de
«argentinos»...
El
«tratado» con el Brasil
Sobre las Bases presentadas por Cuyás el 24 de abril de 1851, o
sea
antes del
«pronunciamiento», se acordó el 21 de noviembre un «tratado
de
alianza» firmado por Honorio —o Indobregavel— por el Brasil,
Herrera
y Obes por
la República Oriental y Diógenes Urquiza por los «Estados de
Entre Ríos
y Corrientes»: «De modo indirecto y a socapa» no se
declaraba
la guerra
a la Confederación, sino al «gobierno de la Confederación», con
el objeto
humanitario de «libertar al pueblo argentino de su opresión»
y ayudarlo
para que se «organice en la forma regular que juzgue más
conveniente a sus intereses y a su paz y amistad con los Estados
vecinos».
Y, por
supuesto, para que «estableciera con ellos relaciones políticas y de
buena voluntad que tanto necesitan para su engrandecimiento
recíproco»
(Art. 1°).
Detrás de estas tan encomiables intenciones decía el tratado, pues
nadie
regala nada salvo buenos consejos:
«Para
poner a los Estados de Entre Ríos y Corrientes en estado
de sufragar los gastos extraordinarios que tendrán que hacer
con el movimiento de su ejército, Su Majestad el Emperador
de Brasil les proveerá en calidad de préstamo la suma mensual
de cien mil patacones por el término de cuatro meses contados
desde que dichos estados ratifiquen el presente convenio».
«Su
Excelencia el señor Gobernador de Entre Ríos se obliga
a
obtener del gobierno que suceda inmediatamente al del general
Rosas,
el reconocimiento de aquel empréstito como deuda de la
Confederación Argentina y que se efectúe el pronto pago con el
interés
del 6 % al año. En caso, no probable, de que esto no pueda
obtenerse, la deuda quedará a cargo de los Estados de Entre
Ríos y
Corrientes, y para garantía de su pago, con los intereses
estipulados, Sus Excelencias los señores Gobernadores de Entre
Ríos y
Corrientes, hipotecan desde ya las rentas y los terrenos
de
propiedad pública de los referidos Estados».
«Los
gobiernos de Entre Ríos y Corrientes se comprometen
a
emplear su influencia cerca del gobierno que se organice en
la
Confederación Argentina para que éste acuerde y consienta
en la
libre navegación del Paraná y los demás afluentes del
río
de la Plata». «Queda entendido que, si el gobierno de la
Confederación y los otros Estados ribereños no quisieran admitir
esta
libre navegación, los Estados de Entre Ríos y Corrientes la
mantendrán en favor de los Estados aliados». ...«El gobierno de la
República del Paraguay será invitado a entrar en la alianza». «Este
convenio
se mantendrá secreto hasta que se consiga su objeto».
Muy
lejos está todo esto de Obligado, dijo José Luis Busaniche
en su Historia Argentina, y agrega:
«Y no
sólo pesaba sobre Urquiza el empréstito contraído con el
Brasil y la hipoteca sobre rentas y tierras argentinas, que era, en
rigor, hipoteca sobre ambas provincias porque vulneraba lo más
esencial de su soberanía, sujetando sus rentas y su sueldo al Brasil;
pesaba
también sobre el firmante de los tratados la intromisión del
Imperio vecino en el Uruguay porque él (Urquiza) había influido
como nadie sobre ese estado independiente en los tratados de
1851 y
sin él Oribe no hubiera dejado el mando, ni el partido blanco
hubiera
consentido en el alejamiento de su jefe. Y el Brasil, más que
nunca
miraba en estos momentos la antigua provincia del Imperio,
llevado
por su inmoderado apetito de expansión territorial. También
el
reconocimiento del Paraguay independiente era obra de Urquiza,
y esa nueva república se aprestaba, no sólo a mirar de igual a igual
a la Confederación, sino a discutirle límites en Misiones y el Chaco.»
-----------------------José
Luis Busaniche, Historia Argentina, XXIII, 635 et seq.
Puede
leerse hoy en la historia del Brasil: «... os brasileiros e
seus
aliados
na capital portenha organizaram o novo governo argentino,
sob a
chefia de Urquiza, que não tardou a restabelecer relações
diplomáticas com o Brasil.» El nuevo gobierno de la Confederación
después de
Morón-Caseros fue organizado entonces en primer lugar
por os
brasileiros, como corresponde a los vencedores, y también por
seus
aliados. Fue Buenos Aires la primera capital sudamericana
recorrida
en triunfo por el Imperio. La segunda fue Montevideo, tras
el sitio
de Paysandú en 1865, también un 20 de febrero, en lo que
fue el
«desquite oriental». La última fue Asunción, el 5 de enero de
1869. Y siempre anduvieron algunos «argentinos» haciendo de
seus aliados, o acaso de changadores, como lo habían hecho
antes para los franceses e ingleses.
El
Banco Mauá & Cía. - Labor omnia vincit improbus
Tras el ejército brasileño llegó Irineo a Montevideo en 1851, después
de Caseros
haría la conquista de Buenos Aires. Ambos países quedaron
abiertos a
sus negocios. El Banco Mauá & Cía. de Montevideo fue,
prácticamente, el dueño del Estado Oriental: poseía estancias, un dique
de
construcciones navales y era prestamista oficial a buen interés. En
1861, los
seis millones de gastos del presupuesto necesitaban dos
y medio
del Banco Mauá para equilibrarse. Los «billetes de banco»
de Mauá
eran la moneda circulante en el Uruguay.
Después de
1852, la preponderancia del barón de Mauá fue completa
en el
continente sudamericano: construye ferrocarriles, líneas de
navegación
a vapor, crea fundiciones, empresas de iluminación a gas,
diques
flotantes, compañías mineras, estancias en la República Oriental
y en Río
Grande, cables submarinos, inicia el Banco do Brasil. Más tarde,
con la
ayuda financiera de los Rothschild de Londres, crea el poderoso
Banco
Mauá con agencias en todo el Imperio y filiales en Nueva York,
Londres,
Mánchester, Montevideo, Rosario y Buenos Aires. Estas
últimas
formaban la punta de lanza de la penetración anglobrasileña
en el sur.
Si la
República Oriental, entregada como gaje del triunfo a los imperiales,
fue presa
fácil del Banco de Mauá a la caída de Rosas, la Argentina
costaría
un poco más. Fue necesaria la escisión del 11 de septiembre,
y luego la
«diplomacia del patacón» ejercida al voleo por el
comisionado
Paranhos
ante el ávido Urquiza desde 1857, para que el barón viniese
a Paraná, y ahí, en cuarenta y ocho horas, obtuviera la concesión de su
Banco: el
26 de noviembre de 1857 llegó a Paraná, el 28 firmó con el
gobierno
el convenio reducido el 30 a escritura pública. Mauá consiguió
el
monopolio bancario con facultad para emitir moneda y billetes; sus
deudores
serían considerados como «deudores del Estado» y sujetos
a sus
penas criminales y políticas; quedaba liberado de todo impuesto,
y sus
cajas recibirían toda la recaudación nacional.
El 2 de
enero de 1858 se abrió en Rosario el Banco Mauá; más tarde
la filial
de Buenos Aires. Al iniciarse la guerra de la Triple Alianza,
Mauá era
el árbitro financiero del Plata y sus gobiernos dependían
de sus
préstamos. La situación actual de la Argentina no deja de
ofrecer
una cierta sensación de déjà vu, ¿no es verdad, señora?
Con el
Imperio del Brasil y Urquiza de ayudante se inició la llamada
organización nacional que se continuó, según preveía el cónsul Gore,
con la
escisión de Buenos Aires. José Mármol
propugnó, como buen
patriota, después de Pavón, la
independencia nacional de Buenos
Aires (Tribuna, 20 de
octubre de 1861). Nicolás Avellaneda gobernaba
con el estado de
sitio una generación después de Caseros.
Ad
usum Delphini
Según hemos visto, señora, así como se quitaba cualquier pasaje
escabroso
de los libros que se daban a leer al delfín para que el
párvulo
aprendiera sólo lo que dispusieran sus preceptores y lo
repitiera
acorde sin hacerse preguntas inquietantes, de la misma
manera
está depurada su historia de Caseros. Según Martín Fierro,
le
faltaba lo mejor.
Ocultar la
verdad al propio pueblo es engañarlo y los resultados
de ese continuo embeleco están culminando hoy, cuando estamos
a punto de desaparecer como organización nacional. Después de
siglo y medio a partir de Caseros hemos llegado al borde de la ruina
por no
observar aquello que nos enseñaban nuestras pías abuelas:
quien
mal anda, mal acaba. Aquellos que se aprovechan de nuestra
estulticia
continúan mandándonos honrar a nuestros «héroes» y nosotros
festejamos, convencidos en nuestra simpleza de espíritu de que como
somos
piolas, sólo es cuestión de tener «héroes» y honrarlos según la
Edad
del Bronce, y que con eso se construye un país. El espíritu crítico
no forma
parte de nuestro bagaje aún, si bien, para
adoptarlo ahora,
ya es algo
tarde, pues desaprovechamos el último siglo y medio.
Podríamos,
ultima ratio, probar de invocar a todos estos mercantiles
aprendices
de campeador de nuestra historia, a estos penates
vernáculos
especuladores, de siglo y medio de vigencia, y rogarles
que nos
transmitieran la inspiración necesaria para salir ahora de la
catástrofe
y poder continuar y llevar a cabo así la «obra» por ellos
iniciada,
gracias a las instituciones y a la «Constitución» que nos
dejaron,
normas que desgraciadamente no supo darnos Rosas,
pues él
nos enseñó, mientras pudo, sólo a defendernos y nada más.
Ni usted,
señora, ni las academias, ni nadie se preocupará en cotejar
los
documentos que cito, pues se nos debe dejar en la creencia de
que
Urquiza nos dio la «organización nacional» aunque no sea esto
otra cosa
que una de las tantas abstracciones mitológicas argentinas.
Hoy no
relacionaríamos la cruda realidad que estamos viviendo con
nada que
tuviera su origen en nuestra Historia, pues no la conocemos,
y se nos
educó precisamente para eso: para que no la conociéramos.
Recordemos
a Jauretche una vez más:
A la
estructura material de un país dependiente corresponde
una superestructura cultural destinada a impedir el conocimiento
de esa dependencia para que el pensamiento de los nativos
ignore la naturaleza de su drama y no pueda arbitrar propias
soluciones, imposibles mientras no conozca los elementos sobre
los que debe operar y los procedimientos que corresponden,
conforme a sus propias circunstancias de tiempo y lugar.
Los profetas del odio y la yapa
A pesar de
encontrarnos frente a un irremediable rien ne va plus,
se nos
sigue inculcando desde nuestras academias que Urquiza,
Caseros
et al. son sinónimos de «organización nacional» aunque
el país
siga en el caos después de siglo y medio de «instituciones».
Podríamos
ver con sólo abrir los ojos que nada de lo que supimos
conseguir existe ya, pues si alguna vez lo supimos conseguir,
no
lo supimos
conservar, precisamente a partir de Morón-Caseros.
Si aún
existiera algo de lo que supimos conseguir, estará en otro
país y no
en el nuestro.
Tal
como le expresara en mi anteriormensaje déje que sea el
pueblo de Buenos Aires, si ese es su deseo, el que defina
finalmente el tema.
Lo
saludo.
Inés Álvarez de Toledo.
P.D.:
¿Envía mis comentarios a CC?
Sería
interesantísimo, señora Álvarez de Toledo, conocer un
breve
análisis de su pluma respecto de los puntos que trato,
especialmente sobre de la política del Brasil ante la Confederación
y de su
disposición de ayudarnos con todo desinterés a lograr la
«libertad»
venciendo a Rosas.
Cordialmente
Enrique C. Picotto
PS:
Cumplo en enviar copias según su deseo. Oportunamente me
ocuparé
del resto de los puntos de su primer escrito.
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