© Enrique C. Picotto - D 71067 Sindelfingen, Alemania  - Mail to Enrique C. Picotto 14.11.03

 

Subject:

Rosas y Sarmiento - IV

Date:

Sat, 10 May 2003 14:20:24 +0200

From:

Enrique C. Picotto <e.c.picotto@attglobal.net>

To:

Inés Álvarez de Toledo <ines@alvarezdetoledo.com>

CC:

Sr. Mario «Pacho» O'Donnell <mario@odonnell-historia.com.ar>,

Inst. Nacional de Invest. Históricas J. M. de Rosas <inrosas@fibertel.com.ar>,

Dr. Oscar Denovi <oscardenovi@hotmail.com>,

Prof. James O. Pellicer - New York <jop63@yahoo.com>,

Ing. José Ramón Miranda <jopomir@ciudad.com.ar>,

Dr. Horacio W. Bauer <BauerH@lacaja.com.ar>,

Carlos Dragovich - Long Island <cdragovich@biodex.com>,

Sr. Diputado Fernando A. Finvard <fefinvarb@legislatura.gov.ar>,

Prof. José Antonio Iglesias <joseiglesias@arnet.com.ar>,

Osvaldo Julio Schiavoni <postmaster@rimar2000.com.ar>,

Eliezer Nowodworski <elinow@netvision.net.il>,

Sr. Horacio Salduna - Instituto Urquiza <horacios@satlink.com>,

La Nación - Cartas de lectores <cartasdelectores@lanacion.com.ar>,

La Nación - Usted opina <udopina@lanacion.com.ar>,

Dr. Amílcar R. Mattoni <ramattoni@sinectis.com.ar>

 

10 de mayo de 2003


Rosas y Sarmiento - IV


Estimada Sra. Inés Álvarez de Toledo:

 

Si bien prácticamente anunciaba usted en su nota del 08.05.03 su «retiro»

de la discusión, veo no obstante que sigue «respirando por la herida».

Me interesan verdaderamente sus afirmaciones pues son realmente

paradigmáticas y vale la pena detenerse en ellas.

Señor Picotto:

 

Resulta innecesario justificar ante usted mi idoneidad acerca de mis
conocimientos sobre la historia argentina y más precisamente sobre

el tirano.

Primeramente, si bien no hiciera falta justificar nada ante mí, recuerde,

señora Álvarez de Toledo, que no soy el único que se deleita con sus

razonamientos. Estimo además que no sólo sería innecesario dar

pruebas de su idoneidad en materia Historia Argentina, sino que

acaso le fuera hasta imposible ofrecer esta justificación.

 

Si bien probatio vincit presumptionem, hasta ahora no ha aportado usted

un único dato concreto respecto de lo que afirma, hecho que reduce su

supuesta «idoneidad» a meras creencias o ilusiones. La Historia no

es cuento, estimada señora Álvarez de Toledo, ni una simple afirmación

cobra visos de verdad por provenir sencillamente de su intelecto.

Sus opiniones de la "intelligentsia tiranica" no borra, ni borrarán, la

historia, ni los juicios condenatorios de las Academias, ni la realidad.

Pareciera usted —por lo menos— no estar habituada a una correcta

forma de argumentación, donde no cuentan pareceres sino hechos.

Mi opiniones serían lo de menos, pero veo que no repara usted en la

documentación permanentemente agregada a mis afirmaciones,

comenzando por el mismo Sarmiento, que debería leer usted con

algo más de atención:

«Rosas era un republicano que ponía en juego todos los artificios
del sistema popular representativo. Era la expresión de la voluntad
del pueblo, y en verdad que las actas de elección así lo muestran.
Esto será un misterio que aclararán mejores y más imparciales
estudios que los que hasta hoy hemos hecho. No todo era terror,
no todo era superchería.»
                                                  Sarmiento, Biografía de Vélez Sarsfield

Pretende justificar, con citas espasmódicas, lo injustificable.

Rosas y su tiranía.

Veo entonces que, en su intento de probar lo improbable, no se arredra

usted al considerar de «espasmódica» hasta la misma prosa de su

defendido, Sarmiento.

De la lectura de su "intelligentsia tiranica" veo que repite varios

conceptos. ¿Ya se le acabaron sus anotaciones con las que

jutificar inútilmente al tirano?

¿Cuáles serían los conceptos que usted ve que yo repitiera? ¿Cuándo

se encontrará en sus diatribas, mi estimada señora Álvarez de Toledo,

un pequeño análisis con un mínimo de razonamiento? Simplemente no

existe en sus disquisiciones nada así, pues parecería ser suficiente con

que usted afirme cualquier cosa —sic: cualquier cosa— y se deba

aceptar dada su «idoneidad» en materia Historia Argentina. Hasta

ahora no ha sido necesario para usted ni siquiera citar del «Grosso»,
por lo menos del «chico», no hablemos ya del «grande».

Su "mitología nacional", muy a su pesar, construyó la Argentina.

Eso es lo que usted cree, y creer no es saber. Repito y léalo, por favor:

Sea como fuere, en cuanto a lo que usted llama unión nacional
edificada por los argentinos después de su caída, la realidad fue
que después de Rosas se perpetuó durante generaciones una
serie interminable de levantamientos como la revolución del 11
de septiembre, con la que se produjo la escisión de Buenos Aires
que duró 10 años. Bloqueos y sitios, gobiernos provisionales,
tratados, caos general. La tan mentada Constitución de 1853
se hizo sin Buenos Aires, Paraná era la capital de «los trece
ranchos». La «diplomacia del  patacón» con Paranhos, Cepeda,
reforma constitucional, Pavón y la agonía de la Confederación.
Las guerras del Chacho, la Guerra del Paraguay, revoluciones
y crisis financiera, la guerra civil de 1874, la exterminación de
los indígenas, la guerra de 1880, la revolución de 1890, etc.
Esto es lo que la mitología nacional llama la unión nacional
edificada por los argentinos después de la caída de Rosas.

Le recuerdo lo que ocurría a diez años de la «temible» Mazorca.
4.728 muertos ¡en 6 años!:

[...] Y no vamos a pedir a un amigo de Peñaloza ni de
Juan Saa la estadística que sirva de cifra y compendio,
clave y emblema, para el período que, por desdicha, no
se cerró el 12 de octubre de 1868, cuando el general Mitre
hizo entrega del poder a don Domingo F. Sarmiento. Nos
la dará don Nicasio Oroño, miembro conspicuo del partido
liberal, y senador en 1868. «Desde junio de 1862 —dijo
Oroño en el Senado— hasta igual mes de 1868, han ocurrido
en las provincias ciento diez y siete revoluciones, habiendo
muerto en noventa y un combates, cuatro mil setecientos
veintiocho ciudadanos»José Luis Busaniche, Historia Argentina

Según usted ¿Se equivocaron los millones de inmigrantes que,

luego de la caída del tirano, recalaron en estas tierras en busca

de la Argentina "mitológica"? Tal vez sea otro error en sus opiniones.

No creería que haya ningún error, señora. Además, si usted considera

que hubiera errores en mis apreciaciones, debería probarlo entonces

con razones. Sus meras palabras, en este caso, no son pruebas sino

simplemente su opinión y nada más. Yo también puedo apelar a mis

«antepasados», quizá no tan ilustres como los suyos, pero para el caso

no menos fehacientes. Aún vive mi madre quien con 94 años conserva

todavía su notable memoria. Ella conoce mucho de la historia de la

inmigración, recuerda la vida y los relatos de sus abuelos y tiene

presente su propia historia.

 

Créame, muchos de estos inmigrantes se equivocaron, pues ni sabían

ellos adónde los traían. Conocí en mi niñez, en el polvoriento pueblito de

la Pampa Gringa donde nací, algunos de estos tristes exponentes que

nunca llegaron a nada y jamás tuvieron ni dónde caerse muertos. Ésos

sí se equivocaron, y no fueron pocos.

 

La inmigración fue un negocio especulativo como cualquiera, señora,

como lo fueron la «conquista» del desierto y otros. Los agentes del

ferrocarril inglés tenían simplemente que poblar las tierras obtenidas

a fin de darles valor, nada más, y no fue ningún acto de beneficencia

ni filantropía. Seguir con este tema sería tener que abrir otro capítulo.

Rosas detentó un poder omnímodo a través de la demagogia

y del terror.

Se equivoca usted, señora, y repito: las cosas no son así sólo porque

usted las diga, sino que hay que probarlas: Affirmanti incumbit probatio...

Estimo además que hasta desconocería el buen uso del castellano,

pues «detentar» significa

2. [tr.]Retener y ejercer ilegítimamente algún poder o cargo público.

Es una falacia afirmar que Rosas hubiese «detentado» el poder,

y de la legalidad de sus gobiernos, hasta el mismo Sarmiento

su defendido— estaba convencido, aunque los sarmientistas opinen

diferente. Reitero, lea a Sarmiento:

«Rosas era un republicano que ponía en juego todos los
artificios del sistema popular representativo. Era la
expresión de la voluntad del pueblo, y en verdad que
las actas de elección así lo muestran. Esto será un
misterio que aclararán mejores y más imparciales estudios
que los que hasta hoy hemos hecho. No todo era terror,
no todo era superchería.»
                                        Sarmiento, Biografía de Vélez Sarsfield

¡No repita sus conocidas justificaciones documentales!

Si no respeta usted ni al mismo Sarmiento, no sabría qué decirle,

señora. No hay otra forma de conocer la Historia que mediante el

estudio de documentos. Sepa usted que Historia no es mitología.

¡Cómo si 20 años de tiranía hubieran sido pocos!

Debería usted enrostrarle esto al pueblo argentino. Lea a Sarmiento

hablando con entusiasmo de Rosas : Grandes y poderosos ejércitos

lo sirvieron años y años impagos. Grandes y notables capitalistas lo

apoyaron y lo sostuvieron. Abogados de nota tuvo en los profesores

patentados del derecho. Entusiasmo, verdadero entusiasmo, era el

de millares de hombres que lo proclamaban el Grande Americano.

 

Recuerde, señora, que estas son palabras de su defendido, y que

Rosas no sólo jamás «detentó» el poder, sino que repetidamente

abandonó el poder por propia voluntad, habiendo renunciado en

diversas oportunidades pero —y por decirlo con las palabras de

Sarmiento—, fue ese «entusiasmo, verdadero entusiasmo... el de

millares de hombres que lo proclamaban el Grande Americano»

lo que lo hizo volver a las funciones de gobierno.

Pretende también su "intelligentsia tiranica" que los argentinos,

después de más de un siglo y medio, tengamos que cambiarle

el nombre a la batalla de Monte Caseros adoptando el discurso

del Brasil. Mi idea del Mercosur no llega tan lejos.

Vuelve usted a errar, señora: no hace falta cambiar el nombre de

«a Batalha de Monte Caseros» a fin de adoptar el discurso del

Brasil. El «discurso» del Brasil fue acatado desde un primer momento,

pues eran quienes mandaban y así lo exigieron. Repito: la batalla se

llama de «Caseros» porque allí combatió el Brasil, quien dijo ser el

dueño de la victoria. Urquiza estuvo en el Arroyo de Morón —y así
debería lógicamente llamarse la batalla, «de Morón», si se quisiera

honrar a los argentinos.

Olvida que el castigado por la historia, muy a su pesar, fue

Rosas, no Urquiza, su vencedor.

No fue Urquiza el vencedor, señora. Le repito lo que no leyó en mi

último escrito:

«A vitoria desta campanha e uma vitoria de Brasil e a Divisão
Imperial entrará em Buenos Aires com todas as honras que lhe são
devidas, quer V. Ex-cia. ache conveniente o não
Manuel Marques de Souza, vizconde de Porto Alegre, a Urquiza con desaire.

                                                  Gustavo Barroso, A Guerra do Rosas, 159

 

«... Cúmpleme comunicar a V. E., para que lo haga llegar a S.M. el
emperador, que la citada 1a. División, formando parte del Ejército
Aliado que marchó sobre Buenos Aires, hizo prodigios de valor
recuperando el honor de las armas brasileñas perdido el
20 de febrero de 1827Parte de batalla de Caxias a su ministro de

Guerra, Souza e Mello, 12.02.1852 - Boletín Instituto JMR, 04.02.1951

 

«... nosotros estamos en el Brasil en la dulce ilusión de que la
División brasileña de Manuel Marques de Souza fue la que
decidió en verdad la batalla de Caseros. Y aún cuando su papel
no hubiera sido el principal, el Vizconde de Porto Alegre fue uno
de los vencedores de la guerra y pudo ser llamado por Jourdan
vencedor, sin exagerar, como lo hace. Sabemos perfectamente

que no habiendo derrotado nunca un general argentino nuestras

tropas en los suburbios de Río de Janeiro, y desfilado en ésta

triunfalmente con sus tropas a banderas desplegadas, al compás

de la música, aunque fuera junto a revolucionarios nuestros, no

es nada agradable para nuestros amabilísimos vecinos que el
Vizconde de Porto Alegre haya conseguido esa gloria.»

                                      Gustavo Barroso, A Guerra do Rosas, 143-144

El cambio histórico fue la caída de Rosas, sin que esté en discusión

el alcance, los fines y los objetivos de la ayuda prestada por el Imperio

del Brasil en esta empresa.

Ignora usted que el conflicto se resumía en la alternativa «Rosas o el Brasil».

Quien financió la «coima» pagada a Urquiza —ver Sarmiento, Carta de

Yungay, 13.10.1852— y toda la campanha fue Irineu Evangelista de

Souza, barón, más tarde vizconde de Mauá (1813–1889) Dice Mauá en

sus Exposiçao aos credores e ao publico, 1878:

«Un poder extraño amenazaba la integridad del Imperio;
en tales circunstancias, todos somos brasileños... El poder
absorbente de Rosas no nos había dado treguas con su
política inquietadora...

 

El ministerio del que hacía parte el gran hombre de estado
Paulino José Soares de Souza, después vizconde de Uruguay,
una cabeza política como no hemos tenido media docena
desde que nos separamos de la madre patria, comprendió
la gravedad de la situación y trató de quebrar los elementos
que se preparaban para hostilizarnos. Desde comienzos de
1850 acompañé todas las evoluciones de la política del Brasil
en el Río de la Plata.

 

A mediados de ese año díjome el Sr. Consejero Paulino,
entonces Ministro de Negocios Extranjeros que, puesto que
la actitud de la Legación Argentina se tornaba cada día más
pronunciada y Brasil no estaba preparado para aceptar la
lucha, [subr. original] tendría el gobierno que reunir sin hacer
bulla [orig.: barulho] los elementos precisos para dar el golpe
a fin de no encontrarnos envueltos en una guerra duradera
que sería funesta para las finanzas del Imperio.

 

S. Excelencia me hizo saber que, abandonado el gobierno
de la plaza de Montevideo por la Francia, o simplemente
amenguados los recursos que ésta le suministraba, sería
inevitable su caída completándose el poder de Rosas en la
República, perdiendo así el Brasil una base de operaciones
en la guerra inevitable que se aproximaba [subr. original].

 

Que era preciso a todo trance sustentar la plaza con recursos
financieros, y como no estaba preparado Brasil para hacer la
guerra, el gobierno confiaba en mí para prestar los auxilios
indispensables como préstamos hechos particularmente por mí.
El tratado secreto con el representante de la plaza en esta Corte
(Andrés Lama) estableció la importancia de estos auxilios, que
fueron entregados por mí sin percibir una partícula de beneficio,
por el contrario; sabiendo que los recursos entregados no eran
bastantes para conseguir el fin que se tenía en vista, traté de
auxiliar eficazmente la defensa de Montevideo... siendo mi
pensamiento concurrir para el triunfo de la política de Brasil en
el Río de la Plata.»--De su  Exposiçao aos credores e ao publico, 1878

O sea que el Brasil —cuya economía se basaba en el trabajo servil—

no vino a «ayudarnos» para que obtuviéramos una constitución, sino que

sus intereses fueron simplemente crematísticos y de dominio. Lea, señora,

por favor, al unitario Paz, a quien acaso crea más que a mí. Quienes se

unieron al Brasil traicionando a su patria conocían perfectamente la avidez

del Imperio hacia todas las latitudes. No obstante, no trepidaron en asociarse:

«El gobierno imperial, y en general, la población brasileña ha
heredado de los portugueses esa insaciable sed de territorios
que devoraba a sus mayores. Como si no poseyeran terrenos
inmensos, que no pueden poblar ni utilizar, y de que ellos
mismos no saben qué hacer, conservan pretensiones territoriales
en todas sus fronteras. Sus límites con la Banda Oriental y con
Bolivia están indefinidos, y por todas partes tienen cuestiones
territoriales que ventilar. El gobierno, estudiosamente, las
prolonga, acechando la ocasión de decidirlas a su favor
y engrandecerse.

 

Obrando en el mismo sentido, procura debilitar a sus vecinos
y como el más poderoso es la República Argentina,
es consiguiente que pretenda subdividirlo hasta el infinito.
Rodeado además el imperio de estados pequeños, su influencia
será omnipotente y vendrá a ser de hecho el regulador universal
de Sud América. Ya vimos en años anteriores que siéndole
imposible conservar su conquista en la provincia Cisplatina
(Banda Oriental), se contentó con segregarla de la República
Argentina, haciendo que se constituyese en estado independiente.
Esto mismo explica el interés político que el Brasil ha tomado en
la independencia del Paraguay, sin que sea necesario suponerle
otras miras, que no han dejado algunos de entrever, para hallar
la clave de su política.»
---------------------------    José María Paz, Memorias, XXXIX, IV, 350-351

Esto lo sabía el manco Paz y lo confesó. Escribe aquí como un federal,

pero era unitario, y como buen unitario, se hacía mantener en Montevideo

por el Brasil y hasta vivió en Río de Janeiro costeado por Dom Pedro II.

Si bien tuvo por lo menos la sinceridad de criticar al gobierno imperial,

conspiró, no obstante, contra su patria, unido al Brasil, a pesar de estar
convencido de que el Imperio la subdividiría hasta el infinito. Cosas 

de «argentinos»...

 

El «tratado» con el Brasil


Sobre las Bases presentadas por Cuyás el 24 de abril de 1851, o sea

antes del «pronunciamiento», se acordó el 21 de noviembre un «tratado

de alianza» firmado por Honorio —o Indobregavel— por el Brasil, Herrera

y Obes por la República Oriental y Diógenes Urquiza por los «Estados de

Entre Ríos y Corrientes»: «De modo indirecto y a socapa» no se declaraba

la guerra a la Confederación, sino al «gobierno de la Confederación», con

el objeto humanitario de «libertar al pueblo argentino de su opresión»

y ayudarlo para que se «organice en la forma regular que juzgue más

conveniente a sus intereses y a su paz y amistad con los Estados vecinos».

Y, por supuesto, para que «estableciera con ellos relaciones políticas y de
buena voluntad que tanto necesitan para su engrandecimiento recíproco»

(Art. 1°). Detrás de estas tan encomiables intenciones decía el tratado, pues

nadie regala nada salvo buenos consejos:

«Para poner a los Estados de Entre Ríos y Corrientes en estado
de sufragar los gastos extraordinarios que tendrán que hacer
con el movimiento de su ejército, Su Majestad el Emperador
de Brasil les proveerá en calidad de préstamo la suma mensual
de cien mil patacones por el término de cuatro meses contados
desde que dichos estados ratifiquen el presente convenio».

 

«Su Excelencia el señor Gobernador de Entre Ríos se obliga

a obtener del gobierno que suceda inmediatamente al del general

Rosas, el reconocimiento de aquel empréstito como deuda de la
Confederación Argentina y que se efectúe el pronto pago con el

interés del 6 % al año. En caso, no probable, de que esto no pueda

obtenerse, la deuda quedará a cargo de los Estados de Entre

Ríos y Corrientes, y para garantía de su pago, con los intereses

estipulados, Sus Excelencias los señores Gobernadores de Entre

Ríos y Corrientes, hipotecan desde ya las rentas y los terrenos

de propiedad pública de los referidos Estados».

 

«Los gobiernos de Entre Ríos y Corrientes se comprometen

a emplear su influencia cerca del gobierno que se organice en

la Confederación Argentina para que éste acuerde y consienta

en la libre navegación del Paraná y los demás afluentes del

río de la Plata». «Queda entendido que, si el gobierno de la

Confederación y los otros Estados ribereños no quisieran admitir

esta libre navegación, los Estados de Entre Ríos y Corrientes la

mantendrán en favor de los Estados aliados». ...«El gobierno de la

República del Paraguay será invitado a entrar en la alianza». «Este

convenio se mantendrá secreto hasta que se consiga su objeto».

Muy lejos está todo esto de Obligado, dijo José Luis Busaniche
en su Historia Argentina, y agrega:

«Y no sólo pesaba sobre Urquiza el empréstito contraído con el
Brasil y la hipoteca sobre rentas y tierras argentinas, que era, en
rigor, hipoteca sobre ambas provincias porque vulneraba lo más
esencial de su soberanía, sujetando sus rentas y su sueldo al Brasil;

pesaba también sobre el firmante de los tratados la intromisión del
Imperio vecino en el Uruguay porque él (Urquiza) había influido
como nadie sobre ese estado independiente en los tratados de

1851 y sin él Oribe no hubiera dejado el mando, ni el partido blanco

hubiera consentido en el alejamiento de su jefe. Y el Brasil, más que

nunca miraba en estos momentos la antigua provincia del Imperio,

llevado por su inmoderado apetito de expansión territorial. También

el reconocimiento del Paraguay independiente era obra de Urquiza,
y esa nueva república se aprestaba, no sólo a mirar de igual a igual
a la Confederación, sino a discutirle límites en Misiones y el Chaco.»
-----------------------José Luis Busaniche, Historia Argentina, XXIII, 635 et seq.

Puede leerse hoy en la historia del Brasil: «... os brasileiros e seus

aliados na capital portenha organizaram o novo governo argentino,

sob a chefia de Urquiza, que não tardou a restabelecer relações

diplomáticas com o Brasil.» El nuevo gobierno de la Confederación

después de Morón-Caseros fue organizado entonces en primer lugar

por os brasileiros, como corresponde a los vencedores, y también por

seus aliados. Fue Buenos Aires la primera capital sudamericana

recorrida en triunfo por el Imperio. La segunda fue Montevideo, tras

el sitio de Paysandú en 1865, también un 20 de febrero, en lo que

fue el «desquite oriental». La última fue Asunción, el 5 de enero de
1869. Y siempre anduvieron algunos «argentinos» haciendo de
seus aliados, o acaso de changadores, como lo habían hecho
antes para los franceses e ingleses.

 

El Banco Mauá & Cía. - Labor omnia vincit improbus


Tras el ejército brasileño llegó Irineo a Montevideo en 1851, después

de Caseros haría la conquista de Buenos Aires. Ambos países quedaron

abiertos a sus negocios. El Banco Mauá & Cía. de Montevideo fue,

prácticamente, el dueño del Estado Oriental: poseía estancias, un dique

de construcciones navales y era prestamista oficial a buen interés. En

1861, los seis millones de gastos del presupuesto necesitaban dos

y medio del Banco Mauá para equilibrarse. Los «billetes de banco»

de Mauá eran la moneda circulante en el Uruguay.

 

Después de 1852, la preponderancia del barón de Mauá fue completa

en el continente sudamericano: construye ferrocarriles, líneas de

navegación a vapor, crea fundiciones, empresas de iluminación a gas,

diques flotantes, compañías mineras, estancias en la República Oriental

y en Río Grande, cables submarinos, inicia el Banco do Brasil. Más tarde,

con la ayuda financiera de los Rothschild de Londres, crea el poderoso

Banco Mauá con agencias en todo el Imperio y filiales en Nueva York,

Londres, Mánchester, Montevideo, Rosario y Buenos Aires. Estas

últimas formaban la punta de lanza de la penetración anglobrasileña
en el sur.

 

Si la República Oriental, entregada como gaje del triunfo a los imperiales,

fue presa fácil del Banco de Mauá a la caída de Rosas, la Argentina

costaría un poco más. Fue necesaria la escisión del 11 de septiembre,

y luego la «diplomacia del patacón» ejercida al voleo por el comisionado

Paranhos ante el ávido Urquiza desde 1857, para que el barón viniese
a Paraná, y ahí, en cuarenta y ocho horas, obtuviera la concesión de su

Banco: el 26 de noviembre de 1857 llegó a Paraná, el 28 firmó con el

gobierno el convenio reducido el 30 a escritura pública. Mauá consiguió

el monopolio bancario con facultad para emitir moneda y billetes; sus

deudores serían considerados como «deudores del Estado» y sujetos

a sus penas criminales y políticas; quedaba liberado de todo impuesto,

y sus cajas recibirían toda la recaudación nacional.

 

El 2 de enero de 1858 se abrió en Rosario el Banco Mauá; más tarde

la filial de Buenos Aires. Al iniciarse la guerra de la Triple Alianza,

Mauá era el árbitro financiero del Plata y sus gobiernos dependían

de sus préstamos. La situación actual de la Argentina no deja de

ofrecer una cierta sensación de déjà vu, ¿no es verdad, señora?

 

Con el Imperio del Brasil y Urquiza de ayudante se inició la llamada

organización nacional que se continuó, según preveía el cónsul Gore,

con la escisión de Buenos Aires. José Mármol propugnó, como buen

patriota, después de Pavón, la independencia nacional de Buenos

Aires (Tribuna, 20 de octubre de 1861). Nicolás Avellaneda gobernaba

con el estado de sitio una generación después de Caseros.

 

Ad usum Delphini


Según hemos visto, señora, así como se quitaba cualquier pasaje

escabroso de los libros que se daban a leer al delfín para que el

párvulo aprendiera sólo lo que dispusieran sus preceptores y lo

repitiera acorde sin hacerse preguntas inquietantes, de la misma

manera está depurada su historia de Caseros. Según Martín Fierro,

le faltaba lo mejor.

 

Ocultar la verdad al propio pueblo es engañarlo y los resultados
de ese continuo embeleco están culminando hoy, cuando estamos
a punto de desaparecer como organización nacional. Después de
siglo y medio a partir de Caseros hemos llegado al borde de la ruina

por no observar aquello que nos enseñaban nuestras pías abuelas:

quien mal anda, mal acaba. Aquellos que se aprovechan de nuestra

estulticia continúan mandándonos honrar a nuestros «héroes» y nosotros

festejamos, convencidos en nuestra simpleza de espíritu de que como

somos piolas, sólo es cuestión de tener «héroes» y honrarlos según la

Edad del Bronce, y que con eso se construye un país. El espíritu crítico

no forma parte de nuestro bagaje aún, si bien, para adoptarlo ahora,

ya es algo tarde, pues desaprovechamos el último siglo y medio.

 

Podríamos, ultima ratio, probar de invocar a todos estos mercantiles

aprendices de campeador de nuestra historia, a estos penates

vernáculos especuladores, de siglo y medio de vigencia, y rogarles

que nos transmitieran la inspiración necesaria para salir ahora de la

catástrofe y poder continuar y llevar a cabo así la «obra» por ellos

iniciada, gracias a las instituciones y a la «Constitución» que nos

dejaron, normas que desgraciadamente no supo darnos Rosas,

pues él nos enseñó, mientras pudo, sólo a defendernos y nada más.

 

Ni usted, señora, ni las academias, ni nadie se preocupará en cotejar

los documentos que cito, pues se nos debe dejar en la creencia de

que Urquiza nos dio la «organización nacional» aunque no sea esto

otra cosa que una de las tantas abstracciones mitológicas argentinas.

Hoy no relacionaríamos la cruda realidad que estamos viviendo con

nada que tuviera su origen en nuestra Historia, pues no la conocemos,

y se nos educó precisamente para eso: para que no la conociéramos.

Recordemos a Jauretche una vez más:

A la estructura material de un país dependiente corresponde
una superestructura cultural destinada a impedir el conocimiento
de esa dependencia para que el pensamiento de los nativos
ignore la naturaleza de su drama y no pueda arbitrar propias
soluciones, imposibles mientras no conozca los elementos sobre
los que debe operar y los procedimientos que corresponden,
conforme a sus propias circunstancias de tiempo y lugar.
                                                        Los profetas del odio y la yapa     

A pesar de encontrarnos frente a un irremediable rien ne va plus,

se nos sigue inculcando desde nuestras academias que Urquiza,

Caseros et al. son sinónimos de «organización nacional» aunque

el país siga en el caos después de siglo y medio de «instituciones».

Podríamos ver con sólo abrir los ojos que nada de lo que supimos

conseguir existe ya, pues si alguna vez lo supimos conseguir, no

lo supimos conservar, precisamente a partir de Morón-Caseros.

Si aún existiera algo de lo que supimos conseguir, estará en otro

país y no en el nuestro.

Tal como le expresara en mi anteriormensaje déje que sea el

pueblo de Buenos Aires, si ese es su deseo, el que defina

finalmente el tema.

 

Lo saludo.
Inés Álvarez de Toledo.

P.D.: ¿Envía mis comentarios a CC?

Sería interesantísimo, señora Álvarez de Toledo, conocer un

breve análisis de su pluma respecto de los puntos que trato,

especialmente sobre de la política del Brasil ante la Confederación

y de su disposición de ayudarnos con todo desinterés a lograr la

«libertad» venciendo a Rosas.

 

Cordialmente
Enrique C. Picotto

 

PS: Cumplo en enviar copias según su deseo. Oportunamente me

ocuparé del resto de los puntos de su primer escrito.

______________________________________

D - 71067 Sindelfingen - Alemania - www.picotto.net
Tel.: +49  [0]7031  819 48 43  &  819 48 51 -  Fax 80 88 84
 

 

 

Retornar