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Subject: |
Rosas y Sarmiento - II |
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Date: |
Thu, 08 May 2003 12:56:49 +0200 |
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From: |
Enrique C. Picotto <e.c.picotto@attglobal.net> |
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To: |
Sra. Inés Álvarez de Toledo
<ines@alvarezdetoledo.com> |
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CC: |
Sr. Mario «Pacho» O'Donnell <mario@odonnell-historia.com.ar>,
Inst. Nacional de Invest.
Históricas J. M. de Rosas <inrosas@fibertel.com.ar>,
Dr. Oscar Denovi <oscardenovi@hotmail.com>,
Prof. James O. Pellicer - New York <jop63@yahoo.com>,
Ing. José Ramón Miranda <jopomir@ciudad.com.ar>,
Dr. Horacio W. Bauer <BauerH@lacaja.com.ar>,
Carlos Dragovich - Long Island <cdragovich@biodex.com>,
Sr. Diputado Fernando A. Finvard <fefinvarb@legislatura.gov.ar>,
Prof. José Antonio Iglesias <joseiglesias@arnet.com.ar>,
La Nación - Usted opina <udopina@lanacion.com.ar>,
La Nación - Cartas de lectores <cartasdelectores@lanacion.com.ar>,
Osvaldo Julio Schiavoni
<postmaster@rimar2000.com.ar> |
Rosas y Sarmiento - II
8 de mayo de 2003
Inés Álvarez de Toledo me responde:
Señor Picotto:
Muchas gracias por haberse molestado en leer mi
carta de lectores
publicada por "La Nación" en la que usted, con fundamentos fatuos,
le otorga calificativos que doy por reproducidos en homenaje a la
brevedad.
Estimada Sra. Álvarez de Toledo:
En un aspecto equivoqué mi apreciación, y fue pensar
que usted no me
contestaría, así que le agradezco la respuesta. Le
daré mi opinión sobre
sus puntos, si bien creo que por razones de
extensión, más conveniente
será no tratarlos a todos de una vez. Un aspecto
general que refleja toda
su argumentación es otra vez más la absoluta falta de
citas de documentos,
de fechas o de testimonios. Debemos coincidir
entonces en que se trata
simplemente de su opinión, sin ninguna otra
justificación que su parecer.
Consecuentemente, debo dar a sus disquisiciones nada
más que el valor
de meras creencias personales por más que lleven el
inconfundible acento
sarmientino, ese Magister dixit! —por
ejemplo cuando afirma usted que mis
argumentos fueran «fatuos», siendo innecesario
indicar cuáles ni por qué.
Nuestro actual fracaso, Picotto, no se debe a su
incorrecta interpretación
de una transformación de la realidad histórica en alegorías sino al
fracaso
sistemático de nuestra dirigencia política desde hace varías décadas.
Pero
no nos desviemos del tema.
¿No cree, «Álvarez de Toledo», que su forma de
tratarme por el apellido
sin agregar «señor» fuera acaso una falta de
respeto? Si te parece, Inés,
también podrías tutearme. Si bien sea para mis amigos
lisa y llanamente
Enrique y para los antiguos camaradas del
colegio fuera todavía el gringo
Picotto, o que mis amistades judías de la
Argentina me digan el moishe
Picotto, o si me alegro cuando mis relaciones
en Piamonte me distinguen
con un amis Picott, para muchos otros —y
mientras yo así lo disponga—
soy todavía el señor Picotto. Entre esos
muchos otros aún se encuentra
usted, señora Álvarez de Toledo.
Retornando a lo que nos ocupa, ese «fracaso
sistemático de nuestra
dirigencia política desde hace varias décadas»
que menciona, es un
sofisma y es parte de los ensalmos con que
pretendemos justificar lo
injustificable, pues la verdad es que el motivo
concreto de nuestra
debacle fue hoy y siempre nuestra inveterada
«chantocracia»:
«El presupuesto está en constante déficit. No hay
crédito
externo ni interno. Pues de dónde se sacan los recursos
para atender los gastos que actualmente se hacen? Los
impuestos no es posible aumentarlos por el momento,
porque la situación en la que se encuentran el comercio
y la industria, sería precipitar su ruina.
No queda otro recurso que someterse a una vida
frugal,
casi franciscana, para que, por medio de la economía, se
puedan pagar las calavereadas anteriores. Debe colocarse
a la administración en un pié de moralidad y orden que le
permita recobrar el crédito que hoy le falta.
Deben convencerse los vividores de la política, los
que hacen
gala de haber servido al país, cuando no han hecho sino vivir
a costa de él y por consecuencia de los contribuyentes. Ya hizo
crisis la enfermedad, hoy el país está en completa anemia, no
podrán seguir chupándole la sangre, pues en vez de sacársela
hay que reconfortarlo para que pueda vivir y recuperar la salud.
Se hacen ilusiones los que creen que podrán seguir
politiqueando
de forma antigua y que el país da para todo. Han matado la gallina
de los huevos de oro y deben resignarse a trabajar; ya se acabó la
época de la jauja y los placeres. El trabajo y la honradez serán lo
único que regenerará a nuestro país.»
Estas líneas que parecen haber sido escritas ayer,
señora Álvarez de
Toledo, tienen más de un siglo y son de
agosto de 1901. Están en la
introducción del libro Historia de los bancos
de Sixto Quesada, fundador
del Banco Popular Argentino. O sea que las «varias
décadas» que usted
nos cuenta, son en realidad más de un siglo. Además,
Sixto Quesada dice:
«Se hacen ilusiones los que creen que
podrán seguir politiqueando de
forma antigua y que el país da para todo»,
indicando que antes de 1901
se «politiqueaba» y que la situación no era de
ninguna manera mejor.
Estos hechos le son a usted desconocidos pues no son
parte de la
mitología sino de nuestra verdadera Historia.
Prosigue usted:
Olvida usted que la carta de lectores es
precisamente una "misiva",
una carta enviada al "prestigioso matutino" fundado
también por otro
enemigo del tirano ¿Casualidad tal vez? Le recuerdo
que "La Nación"
a decir de Mitre será una columna de doctrina. Tal
es la teleología de
mi mensaje.
Correctamente, señora Álvarez de Toledo,
LA NACIÓN no sería una
«columna» de doctrina —según su teleología—,
sino una «tribuna de
doctrina». Nadie parece haber caído en la
cuenta de que ésta es otra
de las tantas perogrulladas a que nos han
acostumbrado a los argentinos
para que dejáramos de pensar. Una «tribuna de
doctrina» es, mientras
no se especifique la doctrina, una empanada bien
repulgada pero sin
relleno: o sea una frase hueca. Tanto La Biblia como
El Capital podrían
ser tribunas de doctrina, con la diferencia de
que en estas obras —
contrariamente a LA
NACIÓN — la doctrina está bien especificada.
Hablo de una pretensión, Picotto, porque el pueblo
de la Capital
Federal tiene el derecho a que la Avenida Sarmiento
siga llevando
el nombre de quien fuera Presidente de los
argentinos y serán los
pretensores de su cambio los que deberán aportar
evidencias
suficientes para provocar el mismo.
Encontramos aquí —como en toda su exposición— la
falta absoluta de
razonamientos, pues su argumentación se reduce a
decir que «el pueblo
de la Capital Federal tiene el derecho...»
Como bien se sabe, muchos
hay que suponen tener el derecho a lo otro, o sea a
cambiar el nombre
de la Avenida, que en su origen no se llamó
Sarmiento, sino Avenida
de Las Palmeras, conocida también por el nombre «de
las escobas».
Por lo demás, la mayor extensión de la avenida
seguirá llamándose
Sarmiento, o sea que lo que molesta es la aparición
de Rosas en sus
«feudos» y no la supuesta «desaparición» de
Sarmiento, que continuaría
allí de todas maneras, donde está.
Picotto. Para mí y para muchos porteños este
proyecto es
una aberración. Sepa respetar otros juicios
diversos al suyo.
Recuerde la frase del sanjuanino al respecto. Las
ideas no
se matan. ¡Cómo rememoro la Mazorca en estos
momentos!
Por qué razones fuera el proyecto una «aberración»,
no sería para
usted necesario especificar, pues esto pareciera
obvio. Además,
vemos nuevamente aquí la cola de paja de los
sarmientistas. En
momento alguno he dejado de respetar «juicios»
diferentes de los
míos. Lo que no acepto, simplemente, es la
divulgación de mitología
por quienes confunden alegorías con hechos históricos
probados —
como usted lo hace—, sin presentar otro argumento ni
otra prueba que
sus propias palabras, algo que venimos viendo desde
un comienzo.
Respecto de la famosa frase que atribuye usted a
Sarmiento —
... Recuerde la frase del sanjuanino...—, está
usted nuevamente en
un error, señora Álvarez de Toledo. Como muchos,
acaso no sepa
usted muy bien de qué se tratara, pero lo repite,
según aprendió en
la escuela o de sus «antepasados». La frase no es de
Sarmiento,
quien la cita en el Facundo. El original,
«On ne tue point les idées»,
fue atribuido por Sarmiento a Hippolyte Fortoul pero,
posteriormente,
Groussac argumentó que la cita era del conde de
Volney. A su vez,
Paul Verdevoye atribuye la frase a Diderot.
Esta frase era una de las tantas cosas que Sarmiento
repetía. Ante
Quiroga —bárbaro— Sarmiento se sentía
civilizado. Pero esa
civilización libresca pasaba a ser barbarie cuando
debía enfrentar
a los europeos. Dice en el prólogo a sus Viajes:
«Nuestra percepción
está aun embotada, mal despejado el juicio,
rudo el sentimiento de
lo bello, e incompletas nuestras nociones
sobre la historia, la política,
la filosofía i bellas letras de aquellos
pueblos».
Le contesto, Picotto, que la tiranía de Rosas en mi
caso
individual lamentablemente alcanzó tanto a lo
universal
como a lo particular o familiar, si lo prefiere.
No lo discuto, señora Álvarez de Toledo, y con más
razón podría usted
aportar en ese caso testimonios incontrastables. Pero
hasta ahora nada
a acercado usted para cimentar su parecer que no
fueran los simples
lugares comunes de nuestra mitología. No existen en
su argumentación
documentos, citas, fechas, hechos razonados ni nada
similar. Usted
cuenta su versión, su «historia», y pareciera no
comprender a quienes
la encuentren dudosa o no le den más categoría que la
que se merezca
una simple opinión personal relatada, pues no es más
que eso.
A quienes duden de sus asertos, los amonesta usted
con un «Sepa
respetar otros juicios...», como si oponer
hechos a su subjetiva
argumentación totalmente desprovista de pruebas fuera
entonces
una falta de respeto calificada.
Reciba usted mis saludos, señora Álvarez de Toledo.
Me ocuparé
oportunamente de los demás
puntos de su nota
Enrique C. Picotto
_____________________________________
D - 71067 Sindelfingen
- Alemania -
www.picotto.net
Tel.: +49 [0]7031 819 48 43
& 819 48 51 - Fax 80 88 84
___________________________________________________________
Versión completa de la respuesta del 07.05.2003 de la
Sra. Inés Álvarez de Toledo sobre «Rosas y Sarmiento»
Señor Picotto:
Muchas gracias por haberse molestado en
leer mi carta de lectores publicada por
"La Nación" en la que usted, con
fundamentos fatuos, le otorga calificativos que doy
por reproducidos en homenaje a la
brevedad.
Nuestro actual fracaso, Picotto, no se debe a su incorrecta
interpretación de una
transformación de la realidad
histórica en alegorías sino al fracaso sistemático de
nuestra dirigencia política desde
hace varías décadas. Pero no nos desviemos
del tema.
Olvida usted que la carta de lectores es precisamente una "misiva",
una carta
enviada al "prestigioso matutino"
fundado también por otro enemigo del tirano
¿Casualidad tal vez? Le recuerdo
que "La Nación" a decir de Mitre será una
columna de doctrina. Tal es la
teleología de mi mensaje.
Hablo de una pretensión, Picotto, porque el pueblo de la Capital
Federal tiene
el derecho a que la Avenida
Sarmiento siga llevando el nombre de quien fuera
Presidente de los argentinos y
serán los pretensores de su cambio los que
deberán aportar evidencias
suficientes para provocar el mismo.
Picotto. Para mí y para muchos porteños este proyecto es una
aberración.
Sepa respetar otros juicios
diversos al suyo. Recuerde la frase del sanjuanino
al respecto. Las ideas no se
matan. ¡Cómo rememoro la Mazorca en estos
momentos!
Le contesto, Picotto, que la tiranía de Rosas en mi caso individual
lamentablemente
alcanzó tanto a lo universal como
a lo particular o familiar, si lo prefiere.
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¿Cómo desconocer que antes de la
llegada de Rosas al poder existía una
guerra civil entre los argentinos?
Lo que usted parece desconocer, Picotto,
es que esa guerra civil se
extendió todo el tiempo en que el tirano permaneció
en el poder. Fue incapaz de
restablecer la unión nacional edificada por los
argentinos después de su caída.
Tiene usted razón cuando dice que Rosas gobernó con el apoyo de
grandes
masas populares y que contó con el
apoyo de grandes capitalistas y abogados.
Picotto, es un principio básico de
la ciencia política que ningún régimen se sotiene
ni sobrevive sin poder.
Lo que no debe olvidar es que así como Rosas contó con el apoyo de
grandes
masas del pueblo, otra gran masa
del pueblo le era antitética, ni qué decir acerca
de los estratos letrados y de
gran parte de otros capitalistas. Su forma de gobernar
le creó, no opositores políticos,
sino enemigos. Recuerde la Mazorca, la suma del
poder público y las facultades
extraordinarias. ¿Habrá Rosas pretendido, por azar,
que el pueblo de Buenos Aires lo
nombrara dictador perpetuo?
Computo los años de actuación destacada del tirano: desde 1820 a 1852.
Trienta años y no veinte.
Según los datos que aporta indica 480 muertos y 500 exiliados, suma
cercana
al millar.
Tal vez sea usted el que no comprenda, Picotto, el verdadero
significado de
Caseros. La caída de Rosas y del
sistema que lo sotenía. Sus efectos inmediatos:
la sanción de la Constitución
Nacional de 1853/60, proceso de constitucionalización
originaria que los tratadistas del
derecho constitucional argentino llaman abierto,
que culmina con la incorporación
del Estado de Buenos Aires a la Confederación
Argentina.
Negar que bajo la protección de los derechos y libertades de la
Constitución de
1853 nuestro país se convirtió en
una de las naciones más próspera de la tierra
realmente es ultrajar la historia.
Respecto de la nota de la Cancillería inglesa lo
que efectivamente demuestra es que
hasta Inglaterra dudó de las bondades
del ideario de los constituyentes
del 53. Como puede ver ellos también equivocan
sus pronósticos.
Me remito a lo dicho ut-supra. El proceso de la constitución
originaria de la
República Argentina, Picotto, se
inició en 1853 y culminó en 1860, cuando
Buenos Aires se declara parte
integrante de Argentina. El personaje que
usted intenta inútilmente defender
se opuso a cualquier tipo de proceso de
constitucionalización del país.
Este proceso quedó efectivamente consolidado
con las denominadas "presidencias
históricas" -lo lamento si el calificativo no
es de su agrado- de Mitre,
Sarmiento y Avellaneda. El proceso ascensional
argentino situélo, Picotto, en ese
momento histórico.
Achacarle a Sarmiento admiración por Rosas es francamente, Picotto,
o bien una expresión que causa
hilaridad o una interpretación antojadiza
de su mitología sobre la nueva
historia argentina. Necedades de este tipo
no ayudan a la verdad histórica
que pretende difundir.
En nombre de la cultura le sugiero, Picotto, relea (supongo que ya las
leyó)
las atemporales páginas de
"Civilización o Barbarie". Tal vez ellas le permitan
traer luz a la ignorancia que
posee sobre su autor y sobre el tirano que describe
la obra. Un clásico de la
literatura argentina. Un clásico universal.
Finalmente sepa, Picotto, que me he tomado el trabajo de contestarle y
que
lo que seguramente nos separa son
nuestras ideologías diversas acerca de
nuestra Argentina. Yo la quiero
tal cual la soñaron nuestros padres fundadores,
mis "antepasados". Gracias a Dios
ese sueño se transformó en realidad tras
la caída de Rosas. La Argentina
granero del orbe, para todos los hombres
del mundo de buena voluntad.
También ruego a Dios quiera iluminar las
mentes de nuestros hombres
públicos para que tengan la gandeza de
reubicar a nuestra querida
Argentina en el sitial que supo poseer.
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