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Subject: |
Rosas
y Sarmiento |
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Date:
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Wed,
07 May 2003 23:50:31 +0200 |
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From: |
Enrique C. Picotto <e.c.picotto@attglobal.net> |
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To: |
Sra. Inés Alvarez de Toledo <ines@alvarezdetoledo.com> |
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CC: |
Sr. Mario «Pacho» O'Donnell <mario@odonnell-historia.com.ar>,
Inst. Nacional de Invest.
Históricas J. M. de Rosas <inrosas@fibertel.com.ar>,
Dr. Oscar Denovi <oscardenovi@hotmail.com>,
Prof. James O. Pellicer - New York <jop63@yahoo.com>,
Ing. José Ramón Miranda <jopomir@ciudad.com.ar>,
Dr. Horacio W. Bauer <BauerH@lacaja.com.ar>,
Carlos Dragovich - Long Island <cdragovich@biodex.com>,
Sr. Diputado Fernando A. Finvard <fefinvarb@legislatura.gov.ar>,
Prof. José Antonio Iglesias <joseiglesias@arnet.com.ar>,
La Nación - Usted opina <udopina@lanacion.com.ar>,
La Nación - Cartas de lectores
<cartasdelectores@lanacion.com.ar> |
07.05.2003
Rosas y Sarmiento
Estimada señora Álvarez de Toledo:
Acabo de leer su carta publicada hoy en
LA NACIÓN
referida no al tema,
sino más bien a la temática Rosas–Sarmiento, y me
atrevería a calificarla
con un «muy bien 10» en Mitología
Argentina. Haber logrado transformar
nuestra breve historia en totales alegorías es la
causa, precisamente, del
nuestro actual fracaso. Rosas no fue tan tirano ni
Sarmiento fue tan ilustrado.
Tampoco fue tan sabia la Constitución de 1853 y así
podríamos seguir
enumerando.
Es característica en estas cartas que publica el
«prestigioso matutino» —
léase
LA NACIÓN—
la absoluta falta de datos concretos. Pareciera que
para referirse a nuestra Historia — o historias—
fuera suficiente hacerlo
en estilo declamatorio tipo 25 de Mayo o 9 de Julio,
o con epítetos tales
como «padre del aula» o «tirano». De esta manera no
se explican hechos
históricos, así sólo se reseñan mitos y fábulas.
Estimo que esta deducción
es perfectamente aplicable a sus líneas, señora
Álvarez de Toledo. Además,
lo que para mí las hace inconfundibles es el hecho de
ser
LA NACIÓN
quien
las publica. Dice usted:
http://www.lanacion.com.ar/03/05/07/do_494244.asp
LA NACIÓN
| 07/05/2003 | Página 18 | Opinión
Rechaza la propuesta
Señor Director:
Le escribo estas líneas en relación con el
proyecto presentado en la
Legislatura porteña que pretende cambiar parcialmente el nombre de
la avenida Sarmiento por el de Rosas.
Habla de una pretensión, y en el contexto de
su nota se entiende esto como
una exigencia desmedida. Si así fuera, debería
aportar usted datos para
fundamentarlo. Por lo demás, el nombre de dicha
avenida fue cambiado
ya una vez, cuando se decidió en 1879 darle el nombre
actual estando
aún en vida el homenajeado, cosa que condice más bien
con países algo
«rastacueros».
Una aberración propuesta
por el diputado peronista Mario O´Donnell.
Ut supra. No se puede achacar a O'Donnell que
su proyecto fuera una
aberración simplemente porque así lo
considerara usted, apodícticamente,
señora Álvarez de Toledo. Si por mi parte me atrevo a
asegurar que usted
habla sin fundamentos, trato por lo menos de
probarlo. Prosigue usted
diciendo:
Rosas fue y será un tirano.
Gobernó estas tierras a través de la
opresión y el terror y representó las antípodas del ideario de la
Nación que surgió después de mayo de 1810.
Aquí ya le vamos viendo las patas a la sota,
señora Álvarez de Toledo.
Se trata entonces de Rosas y de los «antepasados» de
usted, circunstancia
que haría ver nuestra historia con un cierto enfoque
no justamente universal,
como es lo normal, sino más bien privado. Pareciera
creer usted además
que desde 1810 hasta la aparición de Rosas no hubiese
muerto violentamente
en nuestras Provincias Unidas persona alguna de
resultas de parcialidades
o banderías.
Escribió Domingo Matheu, miembro de la Junta: «... el compromiso
o la
sentencia que entre los miembros de la junta se
prestaron fue eliminar
a todas la cabezas que se les opusieran...»
Vicente Sierra aclaraba
también que «... el terrorismo fue una reacción de
la que participaron
todos los miembros de la Junta...» Tenga en
cuenta que esto de la
revolución nos llegó de manos de los jacobinos — cuyo
gorro aún adorna
nuestro escudo—, que no dejaron títere con
cabeza. Quizá recuerde
además, señora Álvarez de Toledo, que Castelli, vocal
de la Junta,
ordenó fusilar a Liniers y a otros cinco notables en
el Monte de los
Papagayos el 26 de agosto de 1810. Podríamos seguir
enumerando
hasta llegar al fusilamiento de Dorrego por Juan
Lavalle, y veríamos
entonces que antes de Rosas nada fue diferente, más
bien fue peor.
Afirma usted:
«Su acceso al poder destruyó
la unión y las libertades de los argentinos.
Aquí contradice usted abiertamente al mismo Sarmiento
a quien pareciera
querer defender. El «gran sanjuanino» aseguraba que
«Rosas era un
republicano que ponía en
juego todos los artificios del
sistema popular
representativo.» Adolfo
Saldías lo cita en su Historia de la
Confederación,
III, 468 et
seq.:
... Sarmiento, el insigne propagandista contra
Rozas, el esforzado
divulgador de los principios del gobierno libre
en esta parte de
América, no ha podido menos que reconocer que el
consenso
de la Confederación Argentina creó y robusteció
el poder de
ese hombre singular. «Rozas, dice, era
un republicano que ponía
en juego todos los artificios del sistema
popular representativo.
Era la expresión de la voluntad del pueblo, y
en verdad que las
actas de elección así lo muestran. Esto será
un misterio que
aclararán mejores y más imparciales estudios
que los que hasta
hoy hemos hecho. No todo era terror, no todo
era superchería.
Grandes y poderosos ejércitos lo sirvieron
años y años impagos.
Grandes y notables capitalistas lo apoyaron y
lo sostuvieron.
Abogados de nota tuvo en los profesores
patentados del derecho.
Entusiasmo, verdadero entusiasmo, era el de
millares de hombres
que lo proclamaban el Grande Americano.
La suma del poder
público, todas palabras vacías como es vacío
el abismo, le
fue
otorgada por aclamación. Senatus consulto
y plebiscito,
sometiendo al pueblo la cuestión».
[Biografía
de Vélez Sarsfield]
Este juicio póstumo es el
mismo que han emitido otros notables
que se destacaron, no en las filas de los que a
Rozas sostuvieron,
sino en las de los que lo combatieron durante
quince años
consecutivos, y cuyas opiniones y cuyos actos
pesaron en el
gobierno de las repúblicas del Plata en los
altos puestos públicos
que ocuparon en el transcurso de la época
contemporánea.
Continúa usted su nota indicando que Rosas
Significó sencillamente la
extensión de la sangrienta guerra civil
por espacio de treinta años.
Sumando los años en que Rosas fue elegido para
representar las
Relaciones Exteriores de Confederación se llegan apenas a veinte
años de gobierno y no podríamos hacer responsable a Rosas por
lo que hubiese ocurrido antes o después de su gestión. Afirma usted:
Instauró la barbarie a
través de la Mazorca borrando en el
Río de la Plata todo signo de oposición civil o
política. Miles
de argentinos sucumbieron bajo su régimen. Otros
tantos
miles (el caso de mis antepasados) se vieron
obligados
a salvar sus vidas emigrando hacia países
limítrofes.
El documento más serio respecto de los
crímenes de la «primera
tiranía» son la Tablas de sangre, escritas en Montevideo
por José
Rivera Indarte, y allí se da el número de 480 personas muertas
por la Mazorca. Vemos entonces, señora Álvarez de Toledo, que
según estos confiables «documentos» no son de ninguna manera
«miles» quienes hubieran «sucumbido» bajo el régimen de Rosas.
En cuanto a los «otros tantos miles», esta vez de
emigrados (donde
se contaban sus antepasados), dice Ernesto Palacio en su Historia
Argentina respecto de Montevideo —donde se hallaba la gran
mayoría de los expatriados— citando a Mitre, que «Los proscriptos
argentinos formaban una legión de 500 hombres...». Muchos de
estos «emigrados», además, como Sarmiento, no salieron del país
obligados precisamente por Rosas.
Prosigue usted, señora Álvarez de Toledo:
Pero Caseros determinó la
caída del tirano y de todo lo
que él significó. Surgió la República Argentina
felizmente
institucionalizada a través del dictado de la sabia
Constitución
de 1853 -a la que la miopía política de Rosas
también se
oponía-, que permitió a los argentinos recuperar el
Estado de Derecho perdido durante la opresión.
Sabrá usted, si ha leído a Sarmiento —Carta de
Yungay—, que
en Caseros combatieron las tropas imperiales
brasileñas de don
Pedro II, que había «comprado» [sic] a Urquiza para
que traicionara
a su patria. Urquiza no dio el nombre a la batalla,
ya que sus tropas
estuvieron en el Arroyo de Morón. Caseros se llama
así por exigencia
del Brasil. En cuanto a la «sabia» constitución de
1853, se acordó
sin la provincia de Buenos Aires, declarada estado
independiente,
separada de la Confederación durante 10 años. Esto
fue precisamente
lo que quiso evitar Rosas con su «miopía
política».
Como vemos, los argentinos antes de «recuperar» nada,
más bien
perdimos nuestra soberanía ante el Brasil, que pudo
desfilar triunfante
por Buenos Aires el 20 de febrero de 1852 festejando
el 25° aniversario
de Ituzaingó con la derrota de la Confederación, que
estuvo a punto de
perder hasta los trofeos de aquella victoria de
Alvear custodiados en la
catedral de Buenos Aires. Y detrás del Brasil vino
Inglaterra, que sabía
muy bien qué ocurriría después de Caseros. Sin
parecer entender usted
mucho de lo que habla, continúa diciendo en su nota:
La libertad y la unión
restablecidas permitieron el ejercicio de
los derechos y garantías para nacionales y extranjeros que en
pocas décadas construyeron una de las comunidades más
prósperas del orbe.
En el archivo del Foreign Office puede leerse
la nota del 2 de
febrero de 1852 —víspera de Caseros— de Robert Gore, cónsul
británico en Buenos Aires, a Lord Palmerston:
Si el resultado fuera contrario a Rosas, no puedo
sino mirar
con la mayor prevención la situación futura de este país, pues
mucho me temo que quedará dividido en un sinnúmero de
partidos que lucharán continuamente por el poder, sin que
haya ninguna persona conocida capaz de unirlos para formar
un Gobierno. Para los extranjeros que han vivido bajo el
presente gobierno la pérdida ha de ser harto grande; pues
les había asegurado una perfecta protección de la vida y de
sus bienes; y aunque este sistema no es uno que convenga
a nuestras nociones de libertad, escasas son las quejas que
provocó. --------------------
----------------FO 6, Vol. 167, N° 13
Lo que usted llama «unión restablecida»
determinó que Buenos
Aires se separara de la Confederación. Valentín Alsina, Juan
Madariaga y José María Pirán encabezaron el 11 de septiembre
de 1852 una revolución para impedir la reunión del Congreso
Constituyente. El 12 de abril de 1854 Buenos Aires sancionó
una Constitución que transformó la provincia en un estado,
con el libre ejercicio de su soberanía interior y exterior. Pastor
Obligado fue elegido gobernador. Durante su gestión fueron
enviados representantes a diversos países. Los «trece ranchos»
de la Confederación se gobernaban desde Paraná. Esto significó
una separación de 10 años, que fueron otros 10 años de atraso
en esa llamada «organización nacional» aún no lograda.
En cuanto a «derechos y garantías» después de a
Batalha de
Monte Caseros, decía José Luis Busaniche
en su Historia
Argentina, última página:
... Y no vamos a pedir a un amigo de Peñaloza ni
de Juan Saa
la estadística que sirva de cifra y compendio, clave y emblema,
para el período que, por desdicha, no se cerró el 12 de octubre
de 1868, cuando el general Mitre hizo entrega del poder a don
Domingo F. Sarmiento. Nos la dará don Nicasio Oroño, miembro
conspicuo del partido liberal, y senador en 1868. «Desde junio
de 1862 —dijo Oroño en el Senado—
hasta igual mes de 1868,
han ocurrido en las provincias ciento
diez y siete revoluciones,
habiendo muerto en noventa y un combates,
cuatro mil
setecientos veintiocho ciudadanos».
En cifras: 4.728 muertos en 6 años.
Tomemos de Rivera Indarte
nuevamente las Tablas de sangre, pagadas a penique por
muerto
por la casa Lafone de Montevideo: 480 muertos, dos libras justas.
Vemos que Rosas, en 20 años, «se quedó corto» en comparación
con lo que alcanzaron en tan poco tiempo Mitre y Sarmiento con
sus coroneles orientales Ambrosio Sandes, José Miguel Arredondo,
Ignacio Rivas, Venancio Flores, Wenceslao Paunero, a los que
podríamos agregar el chileno Irrazábal. Tuvieron todos decidida
participación en la «organización nacional», en trocar la barbarie
en civilización, lo que se comprueba con las cifras que cita
Oroño.
Y no se incluye Cañada de Gómez, 22.11.1861, en el «arqueo»
del liberal Oroño, ni unas cuantas menudencias más.
Continúa su nota:
«Intentar cambiar el nombre
de la avenida Sarmiento, que
conmemora la figura del gran sanjuanino, uno de los
más
importantes opositores a Rosas, es una ignorancia y
una
nueva provocación gratuita de un pretendido
revisionismo
que no puede alterar nuestra historia patria.
Como vimos, señora Álvarez de Toledo, Sarmiento sabía
muy bien
quién era Rosas, y hasta lo admiraba. Quienes
no están de acuerdo
con Sarmiento son simplemente los sarmientistas,
quizá como usted,
que nunca comprendieron ni a Rosas ni a Sarmiento,
pues ambos
escapan a la mitología argentina.
En cuanto a «ignorancia», hasta aquí venimos
viendo en su escrito
por lo menos todo lo que usted realmente desconoce al prodigar esa
tan manida versión ad usum Delphini de
nuestras alegorías adaptadas
para nuestra mesocultura por la intelligentsia
y a la vez vigiladas por
nuestras Academias.
«Ninguna calle podrá variar
lo que fue la tiranía rosista a pesar
de los burdos intentos de sus revisores y
colaboradores."
Inés Alvarez de Toledo
ines@alvarezdetoledo.com
Esta idea está tan afianzada que, aunque el mismo
Sarmiento asegure
que Rosas era un republicano
que ponía en juego todos los
artificios
del sistema popular
representativo, que era la expresión
de la voluntad
del pueblo, y en verdad que
las actas de elección así lo muestran,
Rosas
seguirá siendo
un tirano, pues así lo decretó el Estado de Buenos
Aires
y así
se nos ha inculcado durante un siglo y medio desde
la más tierna
edad —en dosis para adultos,
según advierte Jauretche. Así lo manda
profesar, no Sarmiento,
sino el sarmientismo.
Continuaremos en esta creencia,
señora Álvarez de Toledo, hasta
que
venga alguien y nos despabile de la
colonización pedagógica,
pues
solos es casi imposible escapar de estas
convicciones que ya
pertenecen no sólo al mundo de
la mitología argentina, sino al de
nuestro dogma.
Usted no responderá a mis
observaciones,
LA NACIÓN
no las
publicará, y el país seguirá
siendo lo que fue en los últimos 150 años
según su «destino manifiesto»:
una factoría para llenar en lugar de
nuestro buche ufano, el
«buque ufano» de Lugones, aunque el
pueblo
se muera de hambre. No
obstante, siempre habrá quienes como usted
aludan a sus
«antepasados» que sufrieron durante la «primera
tiranía»,
otros que como usted
desconozcan nuestra historia
pero estén dispuestos
a consternarse porque a la
Avenida de las Palmeras
se la quiera
denominar con el nombre de
Rosas, y un montón de cosas más...
Fíjese usted, señora Álvarez de
Toledo, lo que de Rosas realmente
decía Sarmiento. Deje el
sarmientismo y aprenda a leer el
Facundo
entre líneas, y verá la
admiración que sentía Sarmiento por Quiroga
y por Rosas. Quizá llegue
entonces a saber qué necesitara en verdad
nuestra dolida
Argentina.
Cordiales saludos
Enrique C. Picotto
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