© Enrique C. Picotto - D 71067 Sindelfingen, Alemania  - Mail to Enrique C. Picotto 14.11.03

 

Subject:    

Rosas y Sarmiento

Date:    

Wed, 07 May 2003 23:50:31 +0200

From:

Enrique C. Picotto <e.c.picotto@attglobal.net>

To:

Sra. Inés Alvarez de Toledo <ines@alvarezdetoledo.com>

CC:

Sr. Mario «Pacho» O'Donnell <mario@odonnell-historia.com.ar>,

Inst. Nacional de Invest. Históricas J. M. de Rosas <inrosas@fibertel.com.ar>,

Dr. Oscar Denovi <oscardenovi@hotmail.com>,

Prof. James O. Pellicer - New York <jop63@yahoo.com>,

Ing. José Ramón Miranda <jopomir@ciudad.com.ar>,

Dr. Horacio W. Bauer <BauerH@lacaja.com.ar>,

Carlos Dragovich - Long Island <cdragovich@biodex.com>,

Sr. Diputado Fernando A. Finvard <fefinvarb@legislatura.gov.ar>,

Prof. José Antonio Iglesias <joseiglesias@arnet.com.ar>,

La Nación - Usted opina <udopina@lanacion.com.ar>,

La Nación - Cartas de lectores <cartasdelectores@lanacion.com.ar>

 

07.05.2003

 

Rosas y Sarmiento

Estimada señora Álvarez de Toledo:

 

Acabo de leer su carta publicada hoy en LA NACIÓN referida no al tema,

sino más bien a la temática Rosas–Sarmiento, y me atrevería a calificarla

con un «muy bien 10» en Mitología Argentina. Haber logrado transformar

nuestra breve historia en totales alegorías es la causa, precisamente, del

nuestro actual fracaso. Rosas no fue tan tirano ni Sarmiento fue tan ilustrado.

Tampoco fue tan sabia la Constitución de 1853 y así podríamos seguir

enumerando.

 

Es característica en estas cartas que publica el «prestigioso matutino» —

léase LA NACIÓN— la absoluta falta de datos concretos. Pareciera que

para referirse a nuestra Historia — o historias— fuera suficiente hacerlo

en estilo declamatorio tipo 25 de Mayo o 9 de Julio, o con epítetos tales

como «padre del aula» o «tirano». De esta manera no se explican hechos

históricos, así sólo se reseñan mitos y fábulas. Estimo que esta deducción

es perfectamente aplicable a sus líneas, señora Álvarez de Toledo. Además,

lo que para mí las hace inconfundibles es el hecho de ser LA NACIÓN quien

las publica. Dice usted:

http://www.lanacion.com.ar/03/05/07/do_494244.asp
LA NACIÓN  | 07/05/2003 | Página 18 | Opinión
Rechaza la propuesta

 

Señor Director:

Le escribo estas líneas en relación con el proyecto presentado en la
Legislatura porteña que pretende cambiar parcialmente el nombre de
la avenida Sarmiento por el de Rosas.

Habla de una pretensión, y en el contexto de su nota se entiende esto como

una exigencia desmedida. Si así fuera, debería aportar usted datos para

fundamentarlo. Por lo demás, el nombre de dicha avenida fue cambiado

ya una vez, cuando se decidió en 1879 darle el nombre actual estando

aún en vida el homenajeado, cosa que condice más bien con países algo

«rastacueros».

Una aberración propuesta por el diputado peronista Mario O´Donnell.

Ut supra. No se puede achacar a O'Donnell que su proyecto fuera una

aberración simplemente porque así lo considerara usted, apodícticamente,

señora Álvarez de Toledo. Si por mi parte me atrevo a asegurar que usted

habla sin fundamentos, trato por lo menos de probarlo. Prosigue usted

diciendo:

Rosas fue y será un tirano. Gobernó estas tierras a través de la
opresión y el terror y representó las antípodas del ideario de la
Nación que surgió después de mayo de 1810.

Aquí ya le vamos viendo las patas a la sota, señora Álvarez de Toledo.

Se trata entonces de Rosas y de los «antepasados» de usted, circunstancia

que haría ver nuestra historia con un cierto enfoque no justamente universal,

como es lo normal, sino más bien privado. Pareciera creer usted además

que desde 1810 hasta la aparición de Rosas no hubiese muerto violentamente

en nuestras Provincias Unidas persona alguna de resultas de parcialidades

o banderías.


Escribió Domingo Matheu, miembro de la Junta: «... el compromiso o la

sentencia que entre los miembros de la junta se prestaron fue eliminar

a todas la cabezas que se les opusieran...» Vicente Sierra aclaraba

también que «... el terrorismo fue una reacción de la que participaron

todos los miembros de la Junta...» Tenga en cuenta que esto de la

revolución nos llegó de manos de los jacobinos — cuyo gorro aún adorna

nuestro escudo—, que no dejaron títere con cabeza. Quizá recuerde

además, señora Álvarez de Toledo, que Castelli, vocal de la Junta,

ordenó fusilar a Liniers y a otros cinco notables en el Monte de los

Papagayos el 26 de agosto de 1810. Podríamos seguir enumerando

hasta llegar al fusilamiento de Dorrego por Juan Lavalle, y veríamos

entonces que antes de Rosas nada fue diferente, más bien fue peor.

Afirma usted:

«Su acceso al poder destruyó la unión y las libertades de los argentinos.

Aquí contradice usted abiertamente al mismo Sarmiento a quien pareciera

querer defender. El «gran sanjuanino» aseguraba que «Rosas era un

republicano que ponía en juego todos los artificios del sistema popular

representativo.» Adolfo Saldías lo cita en su Historia de la Confederación,

III, 468 et seq.:

... Sarmiento, el insigne propagandista contra Rozas, el esforzado
divulgador de los principios del gobierno libre en esta parte de
América, no ha podido menos que reconocer que el consenso
de la Confederación Argentina creó y robusteció el poder de
ese hombre singular. «Rozas, dice, era un republicano que ponía
en juego todos los artificios del sistema popular representativo.
Era la expresión de la voluntad del pueblo, y en verdad que las
actas de elección así lo muestran. Esto será un misterio que
aclararán mejores y más imparciales estudios que los que hasta
hoy hemos hecho. No todo era terror, no todo era superchería.
Grandes y poderosos ejércitos lo sirvieron años y años impagos.
Grandes y notables capitalistas lo apoyaron y lo sostuvieron.
Abogados de nota tuvo en los profesores patentados del derecho.
Entusiasmo, verdadero entusiasmo, era el de millares de hombres
que lo proclamaban el Grande Americano. La suma del poder
público, todas palabras vacías como es vacío el abismo, le

fue otorgada por aclamación. Senatus consulto y plebiscito,
sometiendo al pueblo la cuestión». [Biografía de Vélez Sarsfield]

 

Este juicio póstumo es el mismo que han emitido otros notables
que se destacaron, no en las filas de los que a Rozas sostuvieron,
sino en las de los que lo combatieron durante quince años
consecutivos, y cuyas opiniones y cuyos actos pesaron en el
gobierno de las repúblicas del Plata en los altos puestos públicos
que ocuparon en el transcurso de la época contemporánea.

Continúa usted su nota indicando que Rosas

Significó sencillamente la extensión de la sangrienta guerra civil

por espacio de treinta años.

Sumando los años en que Rosas fue elegido para representar las
Relaciones Exteriores de Confederación se llegan apenas a veinte
años de gobierno y no podríamos hacer responsable a Rosas por
lo que hubiese ocurrido antes o después de su gestión. Afirma usted:

Instauró la barbarie a través de la Mazorca borrando en el

Río de la Plata todo signo de oposición civil o política. Miles

de argentinos sucumbieron bajo su régimen. Otros tantos

miles (el caso de mis antepasados) se vieron obligados

a salvar sus vidas emigrando hacia países limítrofes.

El documento más serio respecto de los crímenes de la «primera
tiranía» son la Tablas de sangre, escritas en Montevideo por José
Rivera Indarte, y allí se da el número de 480 personas  muertas
por la Mazorca. Vemos entonces, señora Álvarez de Toledo, que
según estos confiables «documentos» no son de ninguna manera
«miles» quienes hubieran «sucumbido» bajo el régimen de Rosas.
 

En cuanto a los «otros tantos miles», esta vez de emigrados (donde
se contaban sus antepasados), dice Ernesto Palacio en su Historia
Argentina respecto de Montevideo —donde se hallaba la gran
mayoría de los expatriados— citando a Mitre, que «Los proscriptos
argentinos formaban una legión de 500 hombres...». Muchos de
estos «emigrados», además, como Sarmiento, no salieron del país
obligados precisamente por Rosas.

 

Prosigue usted, señora Álvarez de Toledo:

Pero Caseros determinó la caída del tirano y de todo lo

que él significó. Surgió la República Argentina felizmente

institucionalizada a través del dictado de la sabia Constitución

de 1853 -a la que la miopía política de Rosas también se

oponía-, que permitió a los argentinos recuperar el
Estado de Derecho perdido durante la opresión.

Sabrá usted, si ha leído a Sarmiento —Carta de Yungay—, que

en Caseros combatieron las tropas imperiales brasileñas de don

Pedro II, que había «comprado» [sic] a Urquiza para que traicionara

a su patria. Urquiza no dio el nombre a la batalla, ya que sus tropas

estuvieron en el Arroyo de Morón. Caseros se llama así por exigencia

del Brasil. En cuanto a la «sabia» constitución de 1853, se acordó

sin la provincia de Buenos Aires, declarada estado independiente,

separada de la Confederación durante 10 años. Esto fue precisamente

lo que quiso evitar Rosas con su «miopía política».

 

Como vemos, los argentinos antes de «recuperar» nada, más bien

perdimos nuestra soberanía ante el Brasil, que pudo desfilar triunfante

por Buenos Aires el 20 de febrero de 1852 festejando el 25° aniversario

de Ituzaingó con la derrota de la Confederación, que estuvo a punto de

perder hasta los trofeos de aquella victoria de Alvear custodiados en la

catedral de Buenos Aires. Y detrás del Brasil vino Inglaterra, que sabía

muy bien qué ocurriría después de Caseros. Sin parecer entender usted

mucho de lo que habla, continúa diciendo en su nota:

La libertad y la unión restablecidas permitieron el ejercicio de
los derechos y garantías para nacionales y extranjeros que en
pocas décadas construyeron una de las comunidades más
prósperas del orbe.

En el archivo del Foreign Office puede leerse la nota del 2 de
febrero de 1852 —víspera de Caseros— de Robert Gore, cónsul
británico en Buenos Aires, a Lord Palmerston:

Si el resultado fuera contrario a Rosas, no puedo sino mirar
con la mayor prevención la situación futura de este país, pues
mucho me temo que quedará dividido en un sinnúmero de
partidos que lucharán continuamente por el poder, sin que
haya ninguna persona conocida capaz de unirlos para formar
un Gobierno. Para los extranjeros que han vivido bajo el
presente gobierno la pérdida ha de ser harto grande; pues
les había asegurado una perfecta protección de la vida y de
sus bienes; y aunque este sistema no es uno que convenga
a nuestras nociones de libertad, escasas son las quejas que
provocó.
--------------------       ----------------FO 6, Vol. 167, N° 13

Lo que usted llama «unión restablecida» determinó que Buenos
Aires se separara de la Confederación. Valentín Alsina, Juan
Madariaga y José María Pirán encabezaron el 11 de septiembre
de 1852 una revolución para impedir la reunión del Congreso
Constituyente. El 12 de abril de 1854 Buenos Aires sancionó
una Constitución que transformó la provincia en un estado,
con el libre ejercicio de su soberanía interior y exterior. Pastor
Obligado fue elegido gobernador. Durante su gestión fueron
enviados representantes a diversos países. Los «trece ranchos»
de la Confederación se gobernaban desde Paraná. Esto significó
una separación de 10 años, que fueron otros 10 años de atraso
en esa llamada «organización nacional» aún no lograda.

En cuanto a «derechos y garantías» después de a Batalha de
Monte Caseros, decía José Luis Busaniche en su Historia
Argentina, última página:

... Y no vamos a pedir a un amigo de Peñaloza ni de Juan Saa
la estadística que sirva de cifra y compendio, clave y emblema,
para el período que, por desdicha, no se cerró el 12 de octubre
de 1868, cuando el general Mitre hizo entrega del poder a don
Domingo F. Sarmiento. Nos la dará don Nicasio Oroño, miembro
conspicuo del partido liberal, y senador en 1868. «Desde junio

de 1862 —dijo Oroño en el Senado— hasta igual mes de 1868,

han ocurrido en las provincias ciento diez y siete revoluciones,

habiendo muerto en noventa y un combates, cuatro mil

setecientos veintiocho ciudadanos».

En cifras: 4.728 muertos en 6 años. Tomemos de Rivera Indarte
nuevamente las Tablas de sangre, pagadas a penique por muerto
por la casa Lafone de Montevideo: 480 muertos, dos libras justas.
Vemos que Rosas, en 20 años, «se quedó corto» en comparación
con lo que alcanzaron en tan poco tiempo Mitre y Sarmiento con
sus coroneles orientales Ambrosio Sandes, José Miguel Arredondo,
Ignacio Rivas, Venancio Flores, Wenceslao Paunero, a los que
podríamos agregar el chileno Irrazábal. Tuvieron todos decidida
participación en la «organización nacional», en trocar la barbarie
en civilización, lo que se comprueba con las cifras que cita Oroño.
Y no se incluye Cañada de Gómez, 22.11.1861, en el «arqueo»
del liberal Oroño, ni unas cuantas menudencias más.

Continúa su nota:

«Intentar cambiar el nombre de la avenida Sarmiento, que

conmemora la figura del gran sanjuanino, uno de los más

importantes opositores a Rosas, es una ignorancia y una

nueva provocación gratuita de un pretendido revisionismo

que no puede alterar nuestra historia patria.

Como vimos, señora Álvarez de Toledo, Sarmiento sabía muy bien

quién era Rosas, y hasta lo admiraba. Quienes no están de acuerdo

con Sarmiento son simplemente los sarmientistas, quizá como usted,

que nunca comprendieron ni a Rosas ni a Sarmiento, pues ambos

escapan a la mitología argentina.

 

En cuanto a «ignorancia», hasta aquí venimos viendo en su escrito
por lo menos todo lo que usted realmente desconoce al prodigar esa

tan manida versión ad usum Delphini de nuestras alegorías adaptadas

para nuestra mesocultura por la intelligentsia y a la vez vigiladas por

nuestras Academias.

«Ninguna calle podrá variar lo que fue la tiranía rosista a pesar

de los burdos intentos de sus revisores y colaboradores."

 

Inés Alvarez de Toledo
ines@alvarezdetoledo.com

Esta idea está tan afianzada que, aunque el mismo Sarmiento asegure

que Rosas era un republicano que ponía en juego todos los artificios

del sistema popular representativo, que era la expresión de la voluntad

del pueblo, y en verdad que las actas de elección así lo muestran, Rosas

seguirá siendo un tirano, pues así lo decretó el Estado de Buenos Aires

y así se nos ha inculcado durante un siglo y medio desde la más tierna

edad —en dosis para adultos, según advierte Jauretche. Así lo manda

profesar, no Sarmiento, sino el sarmientismo.
 

Continuaremos en esta creencia, señora Álvarez de Toledo, hasta

que venga alguien y nos despabile de la colonización pedagógica,

pues solos es casi imposible escapar de estas convicciones que ya

pertenecen no sólo al mundo de la mitología argentina, sino al de

nuestro dogma.

 

Usted no responderá a mis observaciones, LA NACIÓN no las

publicará, y el país seguirá siendo lo que fue en los últimos 150 años

según su «destino manifiesto»: una factoría para llenar en lugar de

nuestro buche ufano, el «buque ufano» de Lugones, aunque el pueblo

se muera de hambre. No obstante, siempre habrá quienes como usted

aludan a sus «antepasados» que sufrieron durante la «primera tiranía»,

otros que como usted desconozcan nuestra historia pero estén dispuestos

a consternarse porque a la Avenida de las Palmeras se la quiera

denominar con el nombre de Rosas, y un montón de cosas más...

 

Fíjese usted, señora Álvarez de Toledo, lo que de Rosas realmente

decía Sarmiento. Deje el sarmientismo y aprenda a leer el Facundo

entre líneas, y verá la admiración que sentía Sarmiento por Quiroga

y por Rosas. Quizá llegue entonces a saber qué necesitara en verdad

nuestra dolida Argentina.

 

Cordiales saludos
Enrique C. Picotto
______________________________________

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