8 de abril de 2003
A este
respecto quisiera citar de Marco P. Rivas, quien se
desempeñó en
todas las jerarquías docentes, desde maestro
de grado
hasta Inspector General de Escuelas —cargo que
ejerció en
tres oportunidades. Fue también Director de Cultura
de la
provincia de Santa Fe y son numerosos sus trabajos
especializados sobre psicología, pedagogía e historia.
Decía el
Dr. Horacio Sanguinetti:
[...]
En todo su interminable ejercicio de un poder omnímodo,
Rosas no hizo nada en favor de la educación. No fundó
un solo colegio. Por el contrario: presionó al gobernador
Balcarce para que clausurara, en 1830, el de Ciencias
Morales. Un lustro después lo entregó a los jesuitas,
para expulsarlos muy pronto.
Dice
Rivas en Sarmiento - Mito y realidad, Peña
Lillo, Buenos Aires, 1960
[...]
Llegado al gobierno el general Rosas, una de sus primeras
medidas fue elevar el sueldo a los preceptores a 900 pesos
y a 360 a los ayudantes; destinó una partida permanente
para la refacción de edificios escolares; aumentó la subvención
a la Sociedad de Beneficencia y el 14 de enero de 1832 le
expresaba la satisfacción del gobierno por la obra realizada
al frente de las escuelas de niñas. El presupuesto para
educación, que en 1829 era de 37.141 pesos fue elevado
en 1830 a 49.980. Sarmiento después reconocería que en
1831 «a pesar de las difíciles circunstancias en que el país se
hallaba envuelto, parecía que nada influyera en la educación
de la juventud que cada día se mostraba más afanosa por
corresponder a los cuidados que se le prodigaban.»
[Vemos
aquí
que el mismo Sarmiento desmiente
aquí a los sarmientistas, con
lo que se justifica la advertencia de Jauretche de cuidarse de
ellos.]
En efecto, ese año fueron inauguradas 5 nuevas escuelas.
El total de las niñas asistentes a las escuelas de la Sociedad
de Beneficencia llegó a 1204 sobre 900 del año anterior,
y los 700 de 1829. En 1825 sólo tenía 7escuelas; en 1831
llegaron a 14. Y dos años después se abrió una para niñas
de color.
El 16 de
diciembre de 1835 Rosas dictó el reglamento más
orgánico preparado hasta entonces en favor de la instrucción
pública. Por el artículo 70 se disponía el funcionamiento de
una escuela en todo pueblo donde el derecho de los corrales
de abasto alcanzara a sufragar el todo de los gastos. Esa
descentralización y la fijación de recursos propios fue eficaz.
El artículo 90 restablecía en cada pueblo la junta inspectora
integrada por el cura, el juez de paz y «tres vecinos honrados
del lugar». El artículo 140 disponía que en los pueblos donde
por el escaso número del vecindario no alcanzara la suma
«que produce el derecho de corrales a costearlos gastos
que
demande el sostén de escuelas» se hiciera lo mismo
la
recaudación, la que sería conservada en depósito hasta
la
resolución del gobierno cuando las sumas obtenidas fueran
bastantes para llenar el objeto a que se las destinaba.
Prosigue el
doctor
Sanguinetti:
En la
paupérrima educación que subsistió, todo el mundo
tenía que ser "fiel y decidido a la causa federal".
Si así le
pareciera al doctor, se trata tan sólo de su opinión,
que hasta aquí vimos de qué nos sirve, y ya veremos de qué
nos servirá. Dice luego:
El
decreto del 27 de abril de 1838 estableció que "no pudiendo
el gobierno abonar los sueldos" los gastos deben "exijirse" (sic)
a los
padres de los estudiantes a prorrata. Luego ejemplifica
con números ¡por si el rector no ha entendido! Y ordena "que
el
(alumno) que no entregase la suma que le fuese asignada
sea
despedido... Si no se reúne la cantidad necesaria, cese
la
Universidad". (En realidad, se anticipaba a la pretensión
actual
de ciertas gentes.) [?]
[?] Una pequeña digresión:
¿ciertas gentes...? El doctor
Horacio
Sanguinetti, actual rector del
Colegio Nacional de
Buenos Aires, parece
desconocer el correcto
castellano.
Gente es per se un
colectivo, f. Pluralidad de personas,
y debe emplearse en singular, cierta gente, a menos que
se quiera indicar
diversas raleas o estamentos: gente de
mar, gente baja, gente de
capa parda. A la vez,
pareciera
querer corregir la ortografía de la época
—"exijirse" (sic).
El Libertador escribía «Umillarla», y Sarmiento «inesactitudes»
Sigamos con
el decreto del 27 de abril. Dice Rivas, op. cit.:
La obra
realizada por Baladía y Segurola durante los gobiernos
de Martín Rodríguez, Las Heras, Rivadavia, Dorrego y Rosas
sobrevivió a la tremenda hecatombe de las contiendas civiles
que sobrevinieron y la guerra contra Francia e Inglaterra.
Durante el bloqueo sostenido por las escuadras de esas
naciones el tesoro está exhausto, por lo que el gobierno
se vio obligado a suspender el sueldo de los preceptores
y hasta el servicio de vacunación en las escuelas. Los gastos
para la defensa de nuestra soberanía eran cuantiosos. Como
lo haría Gran Bretaña casi un siglo después, cuando la
primera
guerra mundial, el gobierno se vio obligado a transferir
a los
padres el pago de la educación de sus hijos. Rivadavia
hizo lo
mismo en 1825 autorizando a cada maestro a cobrar
la
enseñanza hasta un número de diez alumnos pudientes.
¡A pesar
de la falta de pago, ningún maestro desertó de su
puesto! Por eso, hasta Caseros la escuela argentina mantuvo
la excelsa ejecutoria que desde 1810 se vio asegurada por
todos los gobiernos que la consideraron el arca de nuestras
tradiciones y el troquel de la nacionalidad. De ahí que cuando
Sarmiento
se hizo cargo de la dirección general de escuelas
debió
considerarse retrasado en dos décadas con
respecto a la evolución de la enseñanza.
[Los subrayados son míos]
Aquí tenemos
el colmo del cipayismo: Si Inglaterra deja de
mantener las
escuelas en caso de guerra, es abnegación,
pero si lo hace Rosas, es un atrasado. Acotemos que en esa
guerra citada por Rivas, la Primera Guerra Mundial, Inglaterra
fue a luchar, «se metió», pero en el caso de Rosas, las escuadras
de las potencias más grandes del siglo XIX nos
venían a traer la
guerra a domicilio y había que defender la patria. En la Segunda
Guerra, Churchill redujo no solamente el presupuesto educativo
y cultural. Pero los ingleses tienen todo el derecho de hacer
recortes donde les parezca para defenderse, nosotros no.
Y menos aún
si son los ingleses y los franceses quienes nos
invaden. Lo que vale para los ingleses, se aplica también
para Rivadavia, pero no para Rosas. No viene mal recordar
aquí por
enésima vez a Jauretche:
A la
estructura material de un país dependiente
corresponde una superestructura cultural destinada
a impedir
el conocimiento de esa dependencia para
que el
pensamiento de los nativos ignore la naturaleza
de su
drama y no pueda arbitrar propias soluciones,
imposibles
mientras no conozca los elementos sobre
los que
debe operar y los procedimientos que corresponden,
conforme a sus propias circunstancias de tiempo y lugar.
Arturo
Jauretche, Los profetas del odio y la yapa
Prosigue el
doctor Sanguinetti:
Es sólo
después de Caseros que florecen las instituciones
educativas, en Corrientes, Tucumán, Salta, San Juan. Y en
Buenos Aires, el Colegio Nacional, recreado por Mitre hace
140 años.
Aquí nada
tiene que ver Sarmiento. Aclara Rivas, op. cit.:
Cuando
Sarmiento llegó a la presidencia de la República
ya funcionaban los colegios nacionales de Tucumán, Salta,
Catamarca, San Juan, Córdoba y Mendoza. El de Buenos
Aires había sido reorganizado. En ese aspecto, el general
Mitre había dejado un saldo positivo, lo mismo que el de
la Confederación.
El
verdadero propulsor de la enseñanza fue el doctor
Nicolás Avellaneda. Esa obra ciertamente trascendental
le ha sido sustraída en beneficio de Sarmiento. Otra
operación de tierra arrasada. Había que engrandecerlo
engañando a la posteridad. Lo atestigua una autoridad
indiscutible: Paul Groussac, «La independencia con que
manejaba
[Avellaneda]
su departamento fue como pudo
desarrollar en toda la República una acción civilizadora
de que ningún rincón quedó excluido».
[...]
Por primera vez bajo el ministerio de Avellaneda la
enseñanza pública tendría carácter nacional. «El Estado —
decía— no puede circunscribir su acción a la enseñanza
universitaria, como monopolio para unos pocos, mientras
las masas populares se revuelven en la oscuridad. La
Nación
debe contribuir a la educación primaria hasta que
ésta
venga a ser en la República como el aire y la luz, un
don
gratuito y universal, al decir de Henry Barnard».
[...]
Avellaneda contempló con dolor cómo se le despojaba esta
«página de honor» de su vida pública. Y más en homenaje
a la verdad que a su propio prestigio, quebró su proverbial
ponderación espiritual explicando la intervención de Sarmiento
en la proporción trascendental de la obra escolar y civilizadora
realizada. «Supo el señor Sarmiento —dijo—, que había
bibliotecas populares y una ley nacional que las fundaba
cuando habían aparecido los dos primeros volúmenes del
Boletín de las Bibliotecas y éstas estaban convertidas en
pasión popular. El señor Sarmiento no se dio cuenta de
la
ley de subvenciones y de su mecanismo, sino en los
últimos
meses de su gobierno. Esto es todo y la verdad».
Para que
resultara más aceptable la falacia era necesario
ensombrecer la obra de otros grandes propulsores de la
educación. Don Carlos Tejedor fundó en la provincia de
Buenos Aires en tres años 65 escuelas; José Gálvez, en
Santa Fe, en cuatro años, más de 200. Con anterioridad,
en la misma provincia, el gobernador Oroño creó 35.
Don Absalón Rojas, en Santiago del Estero, más de 100.
En 1850, el general Urquiza había fundado un total de
47
escuelas públicas en las cuales se educaban 1464 niños,
además del famoso Colegio de Concepción del Uruguay.
Y don Juan Manuel Ortiz de Rosas, siendo director general
de escuelas de la provincia de Buenos Aires desde 1880
hasta 1886, creó en ese lapso 200 escuelas públicas. En
su «Historia de la Educación», don Lorenzo Luzuriaga, que
corre parejo con nuestros historiadores de la educación,
lo califica a Sarmiento como «El Horacio Mann de la
Argentina y una de las personalidades más sugestivas (?)
de Hispanoamérica». Lo curioso es que en su larga
actuación como senador, nunca participó en debates
o proyectos que tuvieran atinencia con los problemas
escolares.
Sigue el
doctor Sanguinetti:
La obra
pedagógica de Sarmiento, ciclópea y de
proyección
continental, no necesita aquí ser
recapitulada. Por su causa
fuimos respetados
y exitosos.
Realmente,
después de lo que dice Rivas, no es necesario
recapitular nada. Dónde fuimos «respetados y exitosos»,
habría que demostrarlo y el Dr. Sanguinetti nada documenta,
como en toda su nota.
Hoy, en
plena catástrofe educativa, cuando vemos
cómo el Estado, lenta e implacablemente, ha destruido
aquella obra, no puede sorprendernos que se despoje
a Sarmiento de un reconocimiento municipal a beneficio
de un deseducador.
Como venimos
viendo, si el Estado destruyó alguna obra,
no fue precisamente la de Sarmiento. Tampoco sería culpa
del Restaurador, o del «deseducador».
Despojo
y beneficio coherentes con nuestra actual situación
cívica. Así estamos.
Sí señor,
así estamos, doctor Sanguinetti. Quizá a alguien se le
ocurra
lentamente pensar que la causa de este desastre pudiera
estar en
la estupidez de cada uno de los que creen en un
zafarrancho tal como el que nos acaba de ofrecer
por intermedio
de uno de
sus amanuenses de turno
LA NACIÓN,
el «prestigioso
matutino», que según dijera su fundador, es una tribuna de doctrina.
Pero lo que
nunca dijo él —ni nadie aclaró en más de un siglo—,
es cuál
sería esa doctrina, con lo que tenemos aquí una de las
perogrulladas más antiguas de nuestra Argentina «reorganizada».
He citado
solamente a Marco P. Rivas, que basta y sobra para refutar
el conocido
estilo magister dixit de nuestra intelligentsia, puesto de
manifiesto
en la rabulística del Sr. Rector. Podría agregar documentos
de José
María Rosa, José Luis Busaniche, Fermín Chávez —La cultura
en la
época de Rosas—, Adolfo Saldías y muchos otros, pero quien no
quiera
entender a Rivas, menos lo hará con los demás. Nadie del
establishment sarmientista refutará una palabra de Rivas, en absoluto,
para lo que
ha tenido más de cuarenta años de tiempo. O de quien
fuere. Nadie dirá esta boca es mía, pues es parte de la
«estrategia»:
no hacer olas. La bocina de
LA NACIÓN,
en su
imparcialidad, adopta
el «senso unico». Espero que por lo menos
la fecha y el precio del
próximo
ejemplar hagan honor a la verdad.
Saludos
Enrique