Historia Argentina- © Enrique C. Picotto - D 71067 Sindelfingen, Alemania  - Mail to Enrique C. Picotto 14.11.03

 

Avenida Rosas-Sarmiento - III

 

Subject: 

La «desvirtuación» de la historia

Date: 

Sun, 06 Apr 2003 19:05:30 +0200

From: 

Enrique C. Picotto <enrique@picotto.net>

To: 

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6 de abril de 2003

Estimados amigos:

 

Decía ayer LA NACIÓN

Editorial I
La desvirtuación de la historia
http://www.lanacion.com.ar/03/04/05/do_486189.asp

Podríamos analizar qué nos quieren decir con esta nota y, viendo

ya el título, deberíamos ponernos en guardia, pues es en primer

lugar una verdadera «desvirtuación» del castellano: el término

desvirtuación no existe, salvo entre los redactores de LA NACIÓN.

 

El artículo es un verdadero ejemplo de «rabulística», de cómo
escribir mucho sin decir nada, pero dejando entre los incautos
la impresión de haber leído algo y quizá también de haber captado

alguna idea eminente, pero sin poder precisarla, pues si hubiera

alguna idea, son herméticas al sentido común. Estas elucubraciones

son parte de lo que Jauretche describía como nuestras zonceras:

«Las zonceras consisten en principios introducidos en
nuestra formación intelectual desde la más tierna infancia
—y en dosis para adultos. Tienen la apariencia de axiomas,
no admiten discusión, y fueron acuñadas para impedirnos
pensar las cosas del país por la simple aplicación del buen
sentido...»          Arturo Jauretche, Manual de zonceras argentinas

El primer párrafo no dice nada y el segundo, que continúa con la misma

ampulosidad y prosopopeya, indica por lo menos, además de un año,

algunas ideas concretas — si bien concreto no es sinónimo de verdad:

Sustituir el apellido ilustre de Sarmiento, símbolo de una
tradición moral...

¿Por qué es «ilustre» el apellido Sarmiento? Porque es así, algo que

sabe cualquier niño que haya ido a la escuela. En cuanto a que fuera

«símbolo de tradición moral», decía Marco P. Rivas en «Sarmiento -

Mito y realidad», p. 23:

... Sarmiento intentó hacer valer el discutible grado militar
el 22 de diciembre de 1885 para conseguir que el gobierno
le acordara una cesión de 16.000 hectáreas de las tierras
quitadas a los indios. El presidente Roca desestimó la
solicitud porque según el dictamen del ministerio de guerra
no constaban los antecedentes militares del peticionante.

¡Un General de División la Nación, de quien no existía ningún
antecedente
, pretendía la bicoca de 16.000 hectáreas! No caben
dudas de que ese «símbolo de tradición moral» —como indica el
panegirista del «prestigioso matutino»— repercutió hasta nuestros
días. Alberdi decía en Facundo y su biógrafo:

Sarmiento, trabajador improductivo, estéril, a título de
empleado vitalicio, que vive como un doméstico de los
salarios del Estado, su patrón.

Sarmiento cobraba «un poco de todo»: desde sueldos de inspector
de escuelas hasta de militar, tal cual se hace ahora. En 1877 fue
ascendido a Coronel Mayor del Ejército, equivalente a General

de Brigada: tenía 66 años. En 1881 fue nombrado por Roca

Superintendente General de Escuelas: tenía 70 años. En 1882
fue ascendido a General de División: tenía 71 años. En 1888
murió el general ascendido seis años antes, el superintendente
general de escuelas, y vaya alguien a saber quién siguió cobrando
sus pensiones, acaso hasta el día de hoy, ya que en la Argentina
esto no sería nada extraño.

 

En cuanto al «símbolo de tradición moral» respecto de la democracia

que tanto admiraba en Inglaterra o Francia, dice Rivas, op.cit./16,

sobre la elección de Sarmiento como presidente de la Argentina:

«En la gestación de su candidatura presidencial estuvo ausente
la voluntad popular. [...] De esa manera, por la presión de los
acontecimientos, el fraude y la coacción llegó a la presidencia
de la República don Domingo Faustino Sarmiento. Años
después siendo senador de la Nación, su colega Torrent le
enrostró las transgresiones de todo orden cometidas en esa
elección, a lo que Sarmiento asintió con enfático descaro:
—¡Hubo fraude! ¡Hubo fraude!...»

Si la «tradición moral» tuviera algo que ver con la pasión por la
verdad, decía Sarmiento:

«Remito a usted un ejemplar del Facundo... obra improvisada,
llena por necesidad de inexactitudes, a designio a veces
, no

tiene otra importancia que la de ser uno de los medios tocados
para ayudar a destruir un gobierno absurdo..."  Carta a José María

Paz, 22.12.1845.
 

«Si miento lo hago como un don de familia, con la naturalidad
y la sencillez de la verdad» Carta a M. R. García, 21.10.1868

Quizá se deba puntualizar que la carta a M. R. García fue escrita por

Sarmiento cuando ya era presidente de los argentinos. Como vemos,

esta «tradición moral» se ha conservado, pues la encontramos hasta

en nuestros días.

 

Continuemos con LA NACIÓN:

... y educativa que enorgullece a la Nación...

Veamos qué decía Nicolás Avellaneda a este respecto. Indica José

María Rosa sobre la política educacional de Sarmiento en Historia

Argentina, VII, 248

«Su ministro de instrucción pública, Nicolás Avellaneda, en
un Apunte de 1874, que se editó en 1910 en sus Escritos
y discursos, se atribuyó el mérito único, pero reconociendo
que el presidente facilitaba su nombre de educador: "Bajo
mi ministerio – dice Avellaneda – se dobló en número de los
colegios, se fundaron las bibliotecas populares, los  grandes
establecimientos científicos como el Observatorio, se dio plan
y organización a los  sistemas  escolares, y  provincias  que
encontré como  La  Rioja  sin una escuela pública llevaron
tres mil o cuatro mil alumnos...  Es  la página de honor de
mi vida pública y la única a cuyo  pie  quiero consignar mi
nombre. ¿Cuál fue la intervención del señor Sarmiento en
estos trabajos, que absorbieron mi vida por entero durante
cinco años? El nombre  del  señor  Sarmiento al  frente del
gobierno era  por sí solo una dirección dada a las ideas y a
la opinión en favor de la educación popular; su firma al pie
de los decretos era una autoridad que daba prestigio a mis
actos. Su intervención se redujo, sin embargo, a esta acción
moral.  Supo  el  señor  Sarmiento  que  había  bibliotecas
populares y una ley nacional que las fundaba cuando habían
aparecido los primeros volúmenes del Boletín de las Bibliotecas,
y éstas convertídose en una pasión pública. El señor Sarmiento
no se dio cuenta de la ley de subvenciones y de su mecanismo
sino en los últimos meses de su gobierno. Esto es todo y es la
verdad". Nicolás Avellaneda, Escritos y discursos, VIII, 397.

 

«El «Apunte» de Avellaneda no estaba destinado a la publicidad;

es un desahogo íntimo de quien ve a otro atribuirse un mérito propio.»

Sin embargo, Avellaneda «no corre» para nada en materia educacional,

pues todo el «bombo» le fue dado a Sarmiento, que tiene que ser el único

en este aspecto.

 

Sigue LA NACIÓN

... por el nombre de quien fue en más de un sentido su
contrafigura en la vida pública del siglo XIX, significa
deformar el espíritu de nuestra historia e invertir los
valores que dignificaron a la Argentina y la proyectaron,
de 1852 en adelante, a un destino admirable de progreso,
crecimiento y ejemplaridad institucional.

Aquí hay por lo menos un año, 1852, en el que Sarmiento
hacía de «boletinero» en el Ejército Grande en la campaña
contra la Confederación financiada por el barón de Mauá
en nombre del Imperio del Brasil.

 

Lo que vendría después de Caseros lo sabía muy bien Inglaterra,
siempre bien informada, y en el archivo del Foreign Office —en
este particular aspecto insospechable— puede leerse la nota del
2 de febrero de 1852, víspera de Caseros, de Robert Gore, cónsul
británico en Buenos Aires, a Lord Palmerston:

«Si el resultado fuera contrario a Rosas, no puedo sino mirar
con la mayor prevención la situación futura de este país, pues
mucho me temo que quedará dividido en un sinnúmero de
partidos que lucharán continuamente por el poder, sin que
haya ninguna persona conocida capaz de unirlos para formar
un Gobierno. Para los extranjeros que han vivido bajo el
presente gobierno la pérdida ha de ser harto grande; pues
les había asegurado una perfecta protección de la vida y de
sus bienes; y aunque este sistema no es uno que convenga
a nuestras nociones de libertad, escasas son las quejas que
provocó.» ----------------------------Foreign Office 6, Vol. 167, N° 13

El desarrollo que tomarían los acontecimientos en la Argentina
después de Caseros no fue un secreto que hubiesen sabido sólo
los ingleses. Los unitarios estaban igualmente persuadidos de lo
mismo y algunos más sinceros hasta lo manifestaron:

«No es posible comprender por qué los enemigos de Rosas han
hecho un estudio tenaz y constante en no encarar la cuestión,
después de la caída de la presidencia, bajo un aspecto nacional,
sin que hayan dejado por eso de hacer lo posible por sublevar
la Nación, sin perdonar lo celos provinciales, que han querido
en vano hacer revivir.

 

No se puede comprender, vuelvo a decir, cómo hombres dotados
de incuestionables talentos y que profesan el positivismo, se han
persuadido que podrían conmover una nación con declamaciones
vagas, en que predican amor a la libertad y horror al despotismo.
Preciso era presentarles una idea, un principio, un sistema que les
diese esperanzas de ver realizados sus votos, y que los sacase del
terrible círculo de anarquía y desorden en que giran hace cuarenta
años.»--------------------------------------- José María Paz, Memorias, XVI, 280

Paz ya mencionaba uno de nuestros males endémicos: conmover
una nación con declamaciones vagas. Pero Paz estaba errado al
hablar de conmover una nación, pues según sabemos por los
sarmientistas, la Argentina no existió como Nación hasta a Batalha
de Monte-Caseros, sin perjuicio de que durante los primeros 10
años de «organización nacional» Buenos Aires se separara del
resto, se declarara un Estado y, por supuesto, se diera su propia
constitución, pues sin constitución no se es país. Ver Inglaterra.

 

Urquiza fue comprado por el Brasil para que traicionara a su
Patria en ese 1852 —cosa que atestigua el mismo Sarmiento,
quien escribe el 13.10.1852 a Urquiza desde Chile y le enrostra:

«Yo he permanecido dos meses en la corte de Brasil, en el
comercio casi íntimo de los hombres de estado de aquella
nación, y conozco todos los detalles, general, y los pactos
y transacciones por los cuales entró S. E. en la liga contra
Rosas. Todo esto, no conocido hoy del público, es ya del
dominio de la Historia y está archivado en los ministerios
de Relaciones Exteriores del Brasil y del Uruguay.»
[...]
«Se me caía la cara de vergüenza al oírle a aquel Enviado
[Honorio Hermeto Carneiro Leão, o Indobregavel] referir
la irritante escena, y los comentarios: "¡Sí, los millones
con que hemos tenido que comprarlo para derrocar
a Rosas! Todavía después de entrar a Buenos Aires quería
que le diese los cien mil duros mensuales, mientras oscurecía
el brillo de nuestras armas en Monte Caseros para atribuirse
él solo los honores de la victoria."»
--------------------Domingo Faustino Sarmiento, Carta de Yungay, 13.10.1852

El Brasil fue la segunda potencia, después de los ingleses, que
desfiló triunfante por Buenos Aires. Después de a Batalha de
Monte-Caseros, las tropas de Dom Pedro II. demoraron su desfile
por las calles de Buenos Aires desde el día 3 hasta el 20 de febrero
para poder conmemorar así con la derrota de la Confederación lo
que se llamó «el desquite de Ituzaingó» a los 25 años de la derrota
imperial. Caxias remitió el 12 de febrero de 1852 el parte de batalla
a su ministro de Guerra, Souza e Mello:

«... Cúmpleme comunicar a V. E., para que lo haga llegar a S.M.
el emperador, que la citada 1a. División, formando parte del
Ejército Aliado que marchó sobre Buenos Aires, hizo prodigios
de valor recuperando el honor de las armas brasileñas perdido
el 20 de febrero de 1827.»-----------Boletín Instituto JMR, 04.02.1951

Urquiza quiso impedir la entrada en triunfo del Brasil en Buenos Aires
el 20 de febrero —tal vez ilustrado por alguien a último momento— pero
sus jefes imperiales lo echaron con cajas destempladas. Manuel Marques
de Souza, vizconde de Porto Alegre, le respondió a Urquiza con desaire:

«A vitoria desta campanha e uma vitoria de Brasil e a Divisão
Imperial entrará em Buenos Aires com todas as honras que lhe
são devidas, quer V. Ex-cia. ache conveniente o não.»
------------------------------------------Gustavo Barroso, A Guerra do Rosas, 159

A algunos historiadores poco informados sobre Caseros, que sonríen
con indulgencia al encontrar que en los libros de historia brasileños
se llame vencedor de Monte Caseros al brigadier Marques de Souza,
vizconde de Porto Alegre, Gustavo Barroso contestaba:

«... nosotros estamos en el Brasil en la dulce ilusión de que la
División brasileña de Manuel Marques de Souza fue la que
decidió en verdad la batalla de Caseros. Y aún cuando su
papel no hubiera sido el principal, el Vizconde de Porto Alegre
fue uno de los vencedores de la guerra y pudo ser llamado por
Jourdan vencedor, sin exagerar, como lo hace.

Sabemos perfectamente que no habiendo derrotado nunca un
general argentino nuestras tropas en los suburbios de Río de
Janeiro, y desfilado en ésta triunfalmente con sus tropas a
banderas desplegadas, al compás de la música, aunque fuera
junto a revolucionarios nuestros, no es nada agradable para
nuestros amabilísimos vecinos que el Vizconde de Porto Alegre
haya conseguido esa gloria.»-------------A Guerra do Rosas, 143-144

No caben dudas de que Barroso, por lo menos en su última frase,
tiene razón. Urquiza, según Sarmiento, 13.10.1852, comprado por
el Brasil , nada tenía que decir y sólo obedecía, como vimos: «quer
V. Excia. ache conveniente o não.» Caxias y Marques de Souza
quisieron llevarse de Buenos Aires los trofeos de Ituzaingó que
se guardaban en la catedral. Urquiza tuvo que aceptar en primer
momento, pero fue el emperador Dom Pedro II. quien se opuso:

«Tocar esas reliquias sería impopularizarse, justificar una
sublevación del sentimiento, herir una legítima susceptibilidad
nacional que al gobierno imperial no conviene», le habría dicho
a Andrés Lamas.---------------Pedro S. Lamas, Etapas de una gran política

Tras el ejército brasileño llegó Mauá —Labor omnia vincit improbus—
a Montevideo en 1851, y después de Caseros haría la conquista de
Buenos Aires. Ambos países quedaron abiertos a sus negocios. El
Banco Mauá & Cía. de Montevideo fue, prácticamente, el dueño
del Estado Oriental: poseía estancias, un dique de construcciones
navales y era prestamista oficial a buen interés. En 1861, los seis
millones de gastos del presupuesto necesitaban dos y medio del
Banco Mauá para equilibrarse. Los «billetes de banco» de Mauá
eran la moneda circulante en el Uruguay.

 

Después de 1852, la preponderancia del barón de Mauá fue
completa en el continente sudamericano: construyó ferrocarriles,
líneas de navegación a vapor, creó fundiciones, empresas de
iluminación a gas, diques flotantes, compañías mineras, estancias
en la República Oriental y en Río Grande, cables submarinos,
inició el Banco do Brasil. Más tarde, con la ayuda financiera de
los Rothschild de Londres, creó el poderoso Banco Mauá con
agencias en todo el Imperio y filiales en Nueva York, Londres,
Manchester, Montevideo, Rosario y Buenos Aires. Estas últimas
formaban la punta de lanza de la penetración anglobrasileña
en el sur.

 

Si la República Oriental —entregada como gaje del triunfo a los
imperiales— fue presa fácil del Banco de Mauá a la caída de
Rosas, la Argentina costaría un poco más. Fue necesaria la
escisión del 11 de septiembre, y luego la «diplomacia del patacón»
ejercida al voleo por el comisionado Paranhos ante el ávido
Urquiza desde 1857, para que el barón viniese a Paraná, y ahí,
en cuarenta y ocho horas, obtuviera la concesión de su Banco:
el 26 de noviembre de 1857 llegó a Paraná, el 28 firmó con el
gobierno el convenio reducido el 30 a escritura pública. Mauá
consiguió el monopolio bancario con facultades para emitir
moneda y billetes; sus deudores serían considerados como
«deudores del Estado» y sujetos a sus penas criminales
y políticas; quedaba liberado de todo impuesto, y sus cajas
recibirían toda la recaudación nacional.

 

El 2 de enero de 1858 se abrió en Rosario el Banco Mauá;
más tarde la filial de Buenos Aires. Al iniciarse la guerra de
la Triple Alianza, Mauá era el árbitro financiero del Plata
y sus gobiernos dependían de sus préstamos.
La situación
actual de la Argentina no deja de ofrecer una cierta sensación
de déjà vu, ¿no es verdad, mis amigos?

 

Con el Imperio del Brasil y Urquiza de ayudante se inició la

llamada organización nacional que se continuó —según preveía

el cónsul Gore— con la escisión de Buenos Aires. José Mármol

propugnó, como buen patriota, después de Pavón, la independencia

nacional de Buenos Aires (Tribuna, 20 de octubre de 1861).

 

Esto es lo que se logró a partir de 1852: la entrega de la soberanía

nacional que nunca más se recuperó, algo que puede ver hoy con

toda su crudeza cualquiera que quisiera verlo.

 

Después de largas tiradas de palabras huecas, indica el
panegirista de
LA NACIÓN:

La inspiración precursora de Urquiza y la ciclópea tarea
de unificación política y de organización que cumplieron
los gobiernos de Mitre, Sarmiento, Avellaneda y Roca
sentaron las bases del país moderno que hasta bien
entrado el siglo XX fue reconocido en el mundo como
un ejemplo por la calidad de sus instituciones y la vitalidad
de su espíritu civilizador.

Como ejemplo de la «calidad de sus instituciones» y del «espíritu
civilizador» podríamos recordar la «campaña del desierto» —
de cuyo botín Sarmiento, general «trucho», quería «armarse»
de apenas 16.000 hectáreas— realizada con capital inglés
que acaso aún estemos devolviendo; la Semána Trágica y la
represión de las huelgas en la Patagonia en la década de 1920.
En cuanto a las «bases del país moderno», no nos pertenecía
del glorioso país moderno ni un guita:

[...]
El historiador inglés H. S. Ferns* destaca que, en ese año,
[1910]el 85% de la riqueza argentina estaba en manos inglesas
(291 millones de libras sobre un total de 340 millones). La
política, la economía, la cultura, las grandes pautas sociales
y las principales candidaturas se resolvían en Inglaterra. Asume
la presidencia Roque Sáenz Peña. La mala situación de los
chacareros en Santa Fe, determinada en buena medida por
la caída de los precios de los cereales, favoreció la primera
gran protesta agraria, conocida como Grito de Alcorta
(25.06.1912). Guerra mundial y complicaciones económicas.
Ley Sáenz Peña, que permitiría elecciones no fraudulentas.

*H. S. Ferns, Gran Bretaña y Argentina en el siglo XIX  (Apéndice

estadístico, p. 490) Solar/Hachette - Buenos Aires

Desarrollo, prosperidad y distribución - ¿Fue, es o se hace?
Dr. Horacio W. Bauer, El Arca N° 50, VI/2001 (pág. 35) - Buenos Aires

Sólo el 15% pertenecía a la Argentina. Si había riqueza en el país,

no era nuestra, y ese 15% no era otra cosa que la «coimisión» que

dejaban los ingleses para que unos pocos oligarcas —que jamás

llegaron a ser dirigentes— hicieran simplemente de administradores

de las propiedades de la potencia, construyeran «coliseos» en Buenos

Aires y se patinaran la mosca en París rastacuereando.

 

Y veamos ahora, argentinos, cómo nos «mete el perro» descaradamente

LA NACIÓN, pues lo que sigue es ni más ni menos que una falacia, de las

tantas que nos han hecho tragar a lo largo y a lo ancho de la historia:

Es lamentable que se pretenda debilitar u oscurecer la
presencia del gran sanjuanino en la nomenclatura de la
ciudad, pero es más reprobable aún que ese agravio se
consume en el corazón de la zona de los parques de
Palermo, diseñados y proyectados durante su presidencia.
La avenida Sarmiento no es sólo una arteria que vertebra
un sector particularmente calificado de Buenos Aires: es,
además, un trazo simbólico que marca la transición a la
Argentina moderna y pujante que Sarmiento personificó.

[El subrayado es mío]

Sarmiento, si continuamos, debe haber previsto además los
campos para las pistas de Aeroparque y algunas cosas más.
Veamos un poco de la historia de San Benito de Palermo. La
idea del parque de Palermo no fue en absoluto de Sarmiento,
sino de Rosas, quien no sólo la concibió sino que la llevó a cabo

treinta y cinco años antes de la célebre «reinauguración»
de Sarmiento —nuestro Factótum General de la Nación por
excelencia. Respecto de la historia de Palermo de San Benito
refirió, entre otros, Fermín Chávez ya en 1970, dando al amanuense

de turno del «prestigioso matutino» un tiempo más que suficiente

para haberse instruido antes de ponerse a escribir sobre cosas

que evidentemente desconoce —por no decir directamente que

nos está mintiendo:

«Residencia de Rosas desde 1839 hasta 1852. Sus tierras
fueron adquiridas por el Restaurador en 1836 cuando sólo
eran pantanos, bajos y bañados. Con tierra traída de lo que
hoy es Belgrano, y solventando la empresa de su bolsillo [cosa
que jamás hizo Sarmiento, quien vivía, según Alberdi, «como
un doméstico de los salarios del Estado»], el dictador logró
convertir los terrenos en un jardín luego de grandes esfuerzos
y labores. [...] En los amplios jardines y parque podían verse
avestruces, teros, gavilanes y pájaros de hermoso plumaje. Un
estanque de 100 varas de largo era una de las atracciones de
Palermo.
[...]
El Restaurador hizo construir los jardines para que los disfrutaran
quienes quisieran hacerlo; de ahí que el acceso a Palermo era
libre, ya que no había verjas y guardias en su alrededor.»
                   Fermín Chávez, Rosas, su iconografía, II, 193 et. seq., 1970

 

Que a Palermo podía entrar —y sobre todo salir— quien quisiera,
lo certificó nada menos que el manco Paz, y éste sí que fue enemigo
de Rosas:

«Elegí pues una noche, a los tres o cuatro días de haber llegado
y, acompañado del hijo mayor del señor Elizalde, fui a la casa
de Rosas. Es imponderable el silencio y la lobreguez de aquella
calle; eran raras las personas que pasaban por ella, y he conocido
muchas que hacían grandes rodeos, por evitarla, cuando alguna
urgencia los llamaba en esa dirección. ¿Qué diré de la casa?
No había guardia, no había aparato militar alguno; un zaguán
alumbrado por un farol, y un hombre que desempeñaba las
funciones de portero; un gran patio sombrío y desierto, en que
reinaba el más profundo silencio, es lo único que vi.»
                                           José M. Paz, Memorias, III, Cap. XXIII, 235

Si Sarmiento «inauguró» Palermo por segunda vez fue porque quienes

vinieron después de Rosas dejaron abandonado lo que no alcanzaron

a robar. Así se dejó a Palermo por más de veinte años. Sarmiento hizo

aquí lo mismo que con la obra de Avellaneda: simplemente se la «anotó»,

o más bien diría yo que «se la anotaron» los sarmientistas —de los que

muy bien nos advertía Jauretche.

 

Atribuir Palermo a Sarmiento es una falacia. Aprendamos, amigos,

a descubrir la mentira diaria y la que nos han venido ofreciendo durante

un siglo y medio, pues es lo único que nos llevará a ser entes sociales

y políticos críticos, dignos de no tener que decir cada dos por tres

¡Que se vayan todos! para quedarnos de todas maneras siempre

con los mismos.

 

Vemos aquí que bajo el pretexto de que otros desvirtuaran la historia,

la intelligentsia miente con despampanante solemnidad hasta por los

codos. Esto sería imposible si no contara con nuestra tácita anuencia,

pues no sólo no sabemos de qué nos están hablando, ya que no conocemos
otra cosa que mitología, sino que, «de yapa», asentimos a todas estas

mistificaciones con tono aún más solemne que el de LA NACIÓN: Volenti

non fit iniuria!

 

El día que podamos leer una nota de estas y a la tercera línea le veamos

las patas a la sota, tendremos la certeza de haber dejado de ser cipayos.

Y quizá comencemos entonces a ir hacia adelante, aunque más no fuera

como el caracol, que si bien se mueve despacio, nunca retrocede.

 

Saludos
Enrique

 

Otrosí digo: Aclaro que vivo ya hace más de cuarenta
años fuera de la Argentina y personalmente me da igual
que una avenida en Buenos Aires se llame Sarmiento,
Rosas o Magoya. Pero les digo con sinceridad: me duele
un poco ver cómo se pasan allí al cuarto hasta al más pintao,

y todos seguimnos tranquilamente creyendo todavía en los

peces de colores. Vale.

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