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Avenida Rosas-Sarmiento - II
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Subject:
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Avenida
Rosas-Sarmiento |
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Date:
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Wed, 09
Apr 2003 18:07:05 +0200 |
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From:
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Enrique
C. Picotto <enrique@picotto.net> |
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To:
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Grupo
Política Internacional <politica_internacional@gruposyahoo.com.ar> |
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CC:
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Sr.
Félix Luna <buzon@todoeshistoria.com.ar>,
Inst.
Nacional de Invest. Históricas J. M. de Rosas <inrosas@fibertel.com.ar>,
Sr.
Mario «Pacho» O'Donnell <mario@odonnell-historia.com.ar>,
Dr.
Oscar Denovi <oscardenovi@hotmail.com>,
Ing.
José Ramón Miranda <jopomir@ciudad.com.ar>,
Dr.
Horacio W. Bauer <BauerH@lacaja.com.ar>,
LA NACIÓN
- Usted opina <udopina@lanacion.com.ar>,
LA NACIÓN-
Cartas de lectores <cartadelectores@lanacion.com.ar>,
Dr.
Horacio W. Bauer <BauerH@lacaja.com.ar>,
Prof.
James O. Pellicer - New York <jop63@yahoo.com>,
Academia
Nacional de Educación <acaedsec@acaedu.edu.ar>,
Academia
Nac. de la Historia - Dr. De Marco <admite@an-historia.org.ar>,
Dr.
Horacio Sanguinetti <webmaster@cnba.uba.ar>,
Masonería Argentina <granmaestre@masoneria-argentina.org.ar>,
Cabildo
Abierto <cabildo_abierto@gruposyahoo.com.ar> |
9 de abril de 2003
Estimados
amigos:
Releí, por
despuntar el vicio, una de las tantísimas notas
de
LA NACIÓN
con motivo de la «Avenida Rosas-Sarmiento»,
esta vez la del conocido historiador Félix Luna, que ya no
es el Félix Luna de «Los Caudillos»:
Don
Juan Manuel de Rosas
tenía en los ojos
colores unitarios,
reflejos rojos...
La
«metrópoli» suele cambiarles la capa a todos, como
al conocido
otrora nacionalista don Ricardo Rojas quien,
cuando le apretaron las
clavijas, tuvo que aflojar y avenirse
a los preceptos del establishment
porteño. Decía Luis Soler
Cañas en 1968 en «San Martín, Rosas y la
falsificación de la
Historia - Las inexactitudes de Ricardo Rojas»:
«El
autor de «La restauración nacionalista», como tantos
otros argentinos —políticos, escritores, intelectuales—, se
vio obligado a pactar, de una manera u otra, con el sector
al que primeramente enfrentó y que dominaba entonces,
como hoy, casi todos los resortes esenciales de la vida
nacional. Quizás le faltó coraje, ese tipo especial de
heroísmo que se precisa para arremeter, quemar las
naves y hundirse patrióticamente en el silencio y en el
fracaso (cuando no en el hambre y la miseria, además),
que son el destino de tantos compatriotas nuestros.»
Indicaba
Félix Luna en su nota
http://www.lanacion.com.ar/03/04/05/dg_486383.asp
Rosas por
Sarmiento - Una mezquina provocación.
Por Félix Luna - Para LA
NACIÓN
Apuesto, mis
críticos amigos argentinos, a que aún no le vieron
las patas a la sota a la nota, ya en el título. No hay duda de la
tendenciosidad del escrito, desde el «vamos». Las tres primeras
palabras son:
Rosas
por Sarmiento
Y esto, si
no es una falacia, le pasa raspando. Correcto es
Rosas
y Sarmiento
Debe
emplearse una conjunción copulativa, y, ya que ambos
nombres irían compartidos. El de Rosas no excluiría al de
Sarmiento, pues así se seguiría llamando la avenida en su
tramo principal, muchísimo más extenso que el que pudiera
llevar el nombre de Rosas. El Sr. Luna pretende dar desde el
mismo arranque de su artículo una falsa idea: que Rosas
reemplazará a Sarmiento en la nomenclatura, y esto sería
un atropello. El lector viene siendo «preparado».
Luna inicia
su nota ampliando la idea subliminar que colocó
al comienzo:
La
Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires
está a punto de aprobar una ley según la cual se trocaría
el nombre de Domingo Faustino Sarmiento por
el de
Juan Manuel de Rosas en la avenida de Palermo que
recuerda al ilustre sanjuanino.
¿Le vemos,
por fin, las patas a la sota, amigos...? Éste es el
segundo
par. Esta afirmación es una incorrección, por no pensar
acaso que el
Sr. Luna mintiera: no se
trocaría en manera alguna el nombre de
Sarmiento, sino que se daría el nombre de Rosas
a un corto tramo
de la avenida, que en su mayor extensión
seguiría llamándose
Sarmiento. «Todo es Historia», don Félix,
o todas son historias...
La
iniciativa me parece un disparate. En primer lugar,
porque todo cambio en la nomenclatura urbana debe
meditarse mucho.
La
iniciativa le parece un disparate al señor Luna, y está en todo
su derecho, pero la frase siguiente da a entender que quienes
propusieron agregar el nombre de Rosas no hubiesen meditado
nada, o por lo menos poco: Magister Felix dixit!
Los
nombres de calle deben ser duraderos: en Europa
vienen de siglos atrás
Perogrullada: siglos atrás no teníamos ni el Camino del Cuero,
y apenas algunas rastrilladas entre los ranqueles. Eso debería
saber el señor Luna.
...definen
las ciudades y son referencias invariables.
¿Qué
deberíamos haber definido nosotros, si nos faltaban
«siglos atrás» hasta las mismas ciudades para proveerlas de
esas «referencias invariables»?
A nadie se
le ocurre borrar la designación de Champs
Elysees o de la avenida Unter den Linden o de la Vía
Veneto o de la Gran Vía. Si hay que honrar a De Gaulle
o Gásperi, se elige una vía nueva, no bautizada antes.
Otra
perogrullada más del señor Luna: ¿Creerá don Félix, por
ventura —ya que habla de Europa con tanta naturalidad—
que pudiera haber en algún lugar de la milenaria Europa una
«vía nueva no bautizada...»? Normalmente, hasta los senderos
del bosque tienen sus denominaciones seculares. Así que si se
desea honrar a De Gaulle con una arteria de cierta importancia,
acorde con su dimensión, no la encontrarán en París ni en otra
parte aún no «bautizada». Tendrá que ser compartida, como en
caso propuesto para Palermo, y de estos casos hay suficientes.
Ya se sabe
que las innumerables avenidas Del
Generalísimo Franco duraron lo que su régimen.
Las nominaciones de calles y avenidas se hacen
para inmortalizar, aunque en medida municipal,
a determinados personajes, hechos o países,
y no se concibe que se imponga una inmortalidad
provisional.
Algo quiere
decir aquí el señor Luna que no alcanzo a discernir.
Pero
además, este caso especial es carente de sentido.
Remite a las más anacrónicas polémicas entre liberales
y revisionistas.
Otra
perogrullada: ¿Quién está «armando» la polémica...?
Los «revisionistas» han hecho una correcta propuesta y nada
más. La polémica pareciera haber aparecido en
LA NACIÓN,
tribuna de alguna doctrina, con un ejemplo excepcional de
una andanada de artículos, encuestas y pronósticos. Son
los liberales quienes parecieran ver de pronto su gozo en
el pozo, y no quieren aflojar un tranco de pollo, según los
modelos conocidos. No vaya a ser que tengan que devolverle
las tierras al Restaurador.
Revive una
discusión concluida hace décadas.
Como vemos,
quién más se presta a la discusión es
LA NACIÓN,
precisamente, y entre los muchos que la mantienen viva, está
don Félix Luna, quien in medias res dice que la controversia
hubiera concluido hace décadas. Hasta estoy por creer que,
fuera de mí, los únicos que discuten son los que aparecen en
el avispero de LA NACIÓN.
No he leído en otras publicaciones
nada similar, con tanto encarnizamiento, como lo que nos
ofrece LA NACIÓN
en estos días sobre este tema «concluido
hace décadas». Tampoco dice el historiador cuándo y cómo
se concluyó, y él debería tener una idea, con seguridad.
Acaso
hubiera
concluido para unos pocos, puede ser.
Ofende la
memoria de uno de los argentinos más ilustres.
¿En qué
forma y por qué?
Es una
provocación mezquina.
Ut supra.
Al fin y
al cabo, los restos de Rosas han sido repatriados
y se le ha levantado un monumento, que está cercano al
de Sarmiento, simbolizando con esta vecindad la superación
de viejos enfrentamientos y la madurez que ha adquirido el
país en relación con su historia.
Perogrullada
número... ya ni recuerdo. El historiador debería
tener
aquí más cuidado. Los restos de Rosas fueron repatriados—
«al
fin y al cabo», ¿qué más quieren..?— después de más de un
siglo de su
muerte —a pesar de que el plantel liberal pronosticó
que no tendríamos de él «ni el polvo de sus huesos». Así como
se
equivocaron durante tanto tiempo, quizá puedan seguir
equivocados
aún hoy.
Los restos
de Sarmiento —si fuera por esto de darse por
satisfecho—
también fueron repatriados, y no después de
más de un siglo. También
tiene monumentos, llena las
nomenclaturas y toponimia con su nombre,
hasta en la
Patagonia, que para él no servía ni para cazar avestruces,
y además era chilena.
También llevan su nombre naves,
como la fragata gloriosa, a pesar
de que él aseguró con
gran vehemencia que no deberíamos tener
marina y que
deberíamos mirar ríos adentro, nada más, pues nuestro
destino no está en los mares. Quizá por
aquello de que «el mal que
aqueja a
la República Argentina es la extensión», acaso pensara
que los mares estorbarían aún más. Los marinos, no
obstante, en
prueba de agradecimiento por sus señeras
palabras, hasta le llevaron
un ancla a las sequedades
sanjuaninas y la afianzaron a la piedra
andina que
conforma el pedestal de su monumento en la capital.
Así que un
trocito de avenida con su nombre en esas
tierras que
fueron suyas, en ese Palermo de parques que
él ideó, hizo construir
y pagó de su peculio —no Sarmiento,
como quiere hacer creer
LA
NACIÓN— para todos aquellos que quisieran
visitarlo, no sería
más que
justo, pienso yo.
Porque no
se trata de elegir entre Rosas y Sarmiento,
sino de asumir lo que cada uno aportó a la formación
argentina.
Vemos aquí
el tercer par de patas de la sota. La idea inicial,
subliminar, las tres primeras palabras del título de la nota,
Rosas por Sarmiento, ahora variadas: «Porque no se trata
de elegir entre Rosas y Sarmiento...» No, señor Luna, no se
trata esta vez, de ninguna manera, de elegir entre Rosas
y Sarmiento, sino de elegirlos a ambos.
Rosas, la
integridad nacional y su lucha por la soberanía.
Sarmiento, la educación popular, la conexión con el mundo
y el progreso democrático como objetivo final.
Mientras que
respecto de la lucha de Rosas por la integridad
y la soberanía nacional podríamos ofrecer hasta al Libertador
San Martín como aval, ayer vimos precisamente quién fue el
verdadero propulsor de nuestra «educación popular»: Nicolás
Avellaneda. Espero que quienes recuerden sus palabras se
hagan su propia idea.
Y aquí viene
el finale maestoso e brillante de don Félix,
donde
imparte su consejo a los legisladores, acaso con la
esperanza
de ser oído, o aún escuchado. Los que voten
en contra de Rosas
no estarán esperando seguramente
su aleccionamiento, y los
otros, acaso se animen adrede
a «hacer el ridículo», desoyendo
las exhortaciones de don
Félix a dedicarse más bien a quehaceres
domésticos y no
a legislar. Los párrafos finales no necesitan
comentario:
Señores
diputados de la ciudad de Buenos Aires,
dedíquense a hacer tapar baches, a ordenar el tránsito,
a mantener limpia la ciudad, a hacer de nuestra amada
Buenos Aires un lugar donde se pueda vivir mejor y con
mayor seguridad. Mejor que en tiempos de Rosas y en
tiempos de Sarmiento.
Señores
diputados de la ciudad de Buenos Aires, no
hagan el ridículo. Limítense a trabajar por la ciudad.
Dondequiera que estén, Rosas y Sarmiento se lo
agradecerán. Nosotros también.
Saludos
Enrique
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