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LA
NACIÓN | 27.11.2003 | Página 21 |
Opinión
El homenaje retaceado
Por Marcos Aguinis
Para LA NACIÓN
____________________________________________
Estimado Sr. Aguinis:
Leyendo su nota de ayer en
LA
NACIÓN
me vuelven a la
memoria nuestros
insignes «académicos» —tan queridos por Jauretche—, con las historias
argentinas ad usum Delphini —o quizá ad usum intelligentsiae—,
que
más bien llamaría no historia sino «mitología nacional».
Tomemos algunos pasajes de su nota:
... nadie se conmovió por el hecho de que se han
cumplido 150 años de nuestra primera, progresista
y visionaria Constitución nacional.
El gran epigramático alemán
Erich Kästner dijo Es gibt nichts Gutes, ausser
man tut es..., nada es bueno a menos que se lo haga. De nada nos sirve
nuestra
tan meritoria Constitución —«progresista y visionaria»— si sólo se
evidencia en
la teoría o en nuestra facundia. La práctica dice todo lo contrario, señor
Aguinis,
y veamos lo que informaba también
LA
NACIÓN:
|
http://www.lanacion.com.ar/02/10/17/dp_441347.asp
LA
NACIÓN
| 17.10.2002 | Página 12 | Política
Jueves 17 de Octubre de 2002
Por Adrián Ventura
[...]
La Argentina es un país de exuberancias. Vivimos con fuerza los
excesos:
las melancolías, las euforias, los escándalos, la corrupción.
También las
violaciones a las leyes y a la Constitución nacional, que
sucesivos
gobiernos no se privaron de cometer. No observamos los límites.
[...]
Hagamos memoria:
Desde 1930 hasta la fecha, es decir, en 73 años, seis golpes de
estado interrumpieron el orden democrático durante un total de 23
años.
Desde 1853 hasta la fecha, gobiernos,
de facto y de iure declararon el estado de sitio en
53 oportunidades, y 27 años de los últimos 100 se
vivieron en esta situación, que se caracteriza por la fuerte
restricción de algunos derechos individuales. Una medida
constitucional que, no pocas veces, encubrió excesos.
Durante el siglo XX, el Congreso
sancionó cientos de leyes de emergencia económica y, en
ocasiones, delegó sus atribuciones en el presidente, autorizándolo
a dictar decretos delegados. Cuando ese instrumento no fue
suficiente, el presidente de turno echó mano, cada vez con más
frecuencia, a los decretos de necesidad y urgencia, que fueron 15
hasta 1983; Raúl Alfonsín dictó otros tantos, y, a partir de
Carlos Menem, hubo cientos. [...]
|
En esa edición del «prestigioso
matutino» escribieron sobre el mismo tema
el constitucionalista
Jorge Vanossi:
«El abuso de derecho está en la raíz de
los problemas» y el doctor
Horacio Lynch:
«La suma de muchos errores».
Como vemos, estimado señor Aguinis, nuestra Constitución, por «bonita»
que fuera, desde 1853, desde el «vamos», existe únicamente pro forma.
Si bien contamos con grandes jurisconsultos que produjeron cuerpos
legales ejemplarísimos, no es cualidad argentina respetar lo que allí se
prescriba. Podríamos decir, variando el epigrama arriba citado, que
nada es bueno a menos que se lo cumpla: hoy vemos reflejado en la
realidad nacional de qué nos valieron nuestros devaneos constitucionales.
No siempre querer es poder o, como lo expresaba Güiraldes: parecería
que hubiésemos sido todavía muy cachorros pa' miar como los perros
grandes allá por 1852 —digo bien. O sea que quién sabe si fuera «una
vergüenza» no haber festejado el sesquicentenario de la Constitución.
Lo que sí es una vergüenza, sin duda alguna, es cómo la hemos tratado
en esos 150 años.
En una de sus obras recientes
citaba usted a Borges: «Así como habla
la gente, así es la gente», y continuemos con sus apreciaciones:
Ha vuelto a ser el "cuadernito" del que se burlaba Rosas,
corregido y degradado por sucesivos intereses de turno.
Ya no se tiene en cuenta que fue la piedra angular de
nuestro despegue hacia un crecimiento en progresión
geométrica, alucinante, que ni siquiera fue imaginado
por los padres fundadores.
¿Qué hubiera dicho Borges —que
escribía en castellano pero pensaba
en inglés— de esta «creación» suya respecto de la Constitución: ... fue
la
piedra angular de nuestro despegue hacia un crecimiento en progresión
geométrica, alucinante, que ni siquiera fue imaginado por los padres
fundadores. Se hubiese reído, «sindudamente», de ver al señor Aguinis
agotando el hontanar del ditirambo y acaso, como Mafalda, hubiera
exclamado: «¡La pucha...!» ¿De dónde tomó usted cosas así como
el «despegue», la «progresión geométrica alucinante» e tutti gli altri
fiocchi...? Yo no entiendo mucho de economía, pero todo es cuestión
de leer un poco. De esa época «de oro» y de «despegues inimaginables» —
cuando decidimos comprarnos hasta un «primer coliseo» y encargar de
paso una ópera ad hoc—, de esa época, que acaso le haya inspirado
a usted el panegírico sobre la Constitución, decía un banquero argentino:
«El presupuesto está en constante
déficit. No hay crédito externo ni interno. ¿Pues de dónde se
sacan los recursos para atender los gastos que actualmente se
hacen? Los impuestos no es posible aumentarlos por el momento,
porque la situación en la que se encuentran el comercio y la
industria, sería precipitar su ruina.
No queda otro recurso que someterse a
una vida frugal, casi franciscana, para que, por medio de la
economía se puedan pagar las calavereadas anteriores. Debe
colocarse a la administración en un pié de moralidad y orden que
le permita recobrar el crédito que hoy le falta. Deben convencerse
los vividores de la política, los que hacen gala de haber servido
al país, cuando no han hecho sino vivir a costa de él y por
consecuencia de los contribuyentes. Ya hizo crisis la enfermedad,
hoy el país está en completa anemia, no podrán seguir chupándole
la sangre, pues en vez de sacársela hay que reconfortarlo para que
pueda vivir y recuperar la salud.
Se hacen ilusiones los que creen que
podrán seguir politiqueando de forma antigua y que el país da para
todo. Han matado la gallina de los huevos de oro y deben
resignarse a trabajar; ya se acabó la época de la Jauja y los
placeres. El trabajo y la honradez serán lo único que regenerará a
nuestro país.»
|
Este texto es de agosto de
1901, «Historia de los bancos» de Sixto
Quesada, fundador del Banco Popular Argentino. De «despegue»
se nota poco allí, no hablemos ya de «crecimiento en proyección
geométrica». Quesada habla de seguir politiqueando de forma
antigua, ¿cuál sería esta forma antigua de la política?:
«En
mayo (1876) Avellaneda inaugura el congreso con una frase
histórica: «Hay dos millones de argentinos que ahorrarán
hasta sobre su hambre y sobre su sed para responder, en
una situación suprema, a los compromisos de nuestra fe
pública en los mercados extranjeros». Introduce el 25 % más
de rebajas en los sueldos y pensiones, suspende obras públicas,
no paga a los acreedores internos y atrasa seis meses los sueldos
de los empleados. Quedan incólumes el ejército* que ocupa la
nueva línea de fronteras proyectada por Alsina, los gastos que
demanda el ferrocarril a Tucumán y, sobre todo, los acreedores
extranjeros.»
Cf. José M. Rosa, «Historia Argentina», VII, 344
*) Sin embargo, si el ejército cobraba, en la frontera el gaucho
no
veía «ni un rial»:
Pa sacarme el entripao
vi al Mayor, y lo fui a hablar;
yo me lo empecé a atracar,
y como con poca gana
le dije: —Tal vez mañana
acabarán de pagar. (José
Hernández, M.F., IV)
Alrededor del centenario y en
los años siguientes, a más de medio
siglo de haberse labrado la piedra angular de nuestro despegue,
los menos beneficiados éramos nosotros, señor Aguinis,
aunque
sigamos aplaudiendo con mansedumbre hasta hoy —por algo que
se explica al final con citas de Jauretche:
[...]
«El historiador inglés H. S. Ferns destaca que, en ese año, el
85%
de la riqueza argentina estaba en manos inglesas (291 millones
de libras sobre un total de 340 millones). La política, la economía,
la cultura, las grandes pautas sociales y las principales candidaturas
se resolvían en Inglaterra. Asume la presidencia Roque Sáenz
Peña.
La mala situación de los chacareros en Santa Fe, determinada en
buena medida por la caída de los precios de los cereales, favoreció
la primera gran protesta agraria, conocida como Grito de Alcorta
(25.06.1912). Guerra mundial y complicaciones económicas.
Ley Sáenz Peña, que permitiría elecciones no fraudulentas.»
Desarrollo, prosperidad y distribución ¿Fue, es o se
hace?
Dr. Horacio W. Bauer, El Arca N° 50, VI/2001 (pág. 35),
Buenos Aires
Sólo el 15% pertenecía a
la Argentina. O sea que si había riqueza en
el país, no era nuestra, y ese 15% no era otra cosa que la
comisión
que dejaban los ingleses para que unos pocos oligarcas —que jamás
llegaron a ser dirigentes— hicieran simplemente de administradores
de las propiedades de la potencia, si es que no andaban justamente
«rastacuereando» por París, para lo que se llevaban hasta la vaca
y las ponedoras en el barco, pues no podían cruzar el océano sin
leche ni huevos frescos —ver Victoria Ocampo.
El Dr. Julio Roca —hijo del Zorro— sentenció como embajador
argentino en 1934 en la negociación del tratado Roca-Runciman que
la Argentina forma parte virtual del Imperio Británico. Pero así
como hay países que pierden sus colonias, hay también colonias que
pierden sus potencias. Esto último suele ser más desastroso, y pareciera
ser lo que precisamente nos ocurrió: dejamos simplemente de ser parte
virtual del Imperio Británico, no hicimos más falta, y se acabó quien
te quería... Como vemos, hasta ahora nada de «despegue» ni nada
de «alucinante», señor Aguinis: nuestro destino fue el de una simple
colonia que se administraba sola, donde, sin duda alguna, había unos
pocos que vivían muy bien.
Continúa usted:
Así
como la Revolución de Mayo fue el comienzo de una
epopeya, la Constitución de 1853 fue el inicio, la palanca
y la antorcha de otra, sin cañones, pero conducida por
una dirigencia ilustrada que transformó a un país vacío,
analfabeto y ensangrentado en uno de los más prósperos
del globo.
Podría usted consultar a H.
S. Ferns, Gran Bretaña y Argentina en
el siglo XIX, (Apéndice estadístico, p. 490) —Solar/Hachette, Buenos
Aires, 1966— y vería a quién pertenecía realmente esa «prosperidad»
que usted cree hubiese sido nuestra. En cuanto a su alegoría de «la
palanca y la antorcha», trate de saber quién fue
Irineu Evangelista de
Souza, más conocido como vizconde de Mauá, que fue quien financió
«a Campanha de Monte Caseros». Esa «palanca y antorcha» se llamó
«diplomacia del patacón», ejercida al voleo por el comisionado José
Maria da Silva Paranhos —visconde do Rio Branco— ante la ávida
«dirigencia ilustrada». El más célebre de los coimeados para que
traicionara a su patria fue Urquiza, a quien los sagaces brasileños
tenían más que bien «relojeado»:
«Nao existía em Urquiza o estofo de um homem de Estado:
nao passava de um ‘condottiere’ (...) permeneceu inativo por tanto.
De fato, assim éle traía a todos. Cuida ao Brasil o tornar inofensivo.
Urquiza, embora inmensamente rico, tinha pela fortuna amor
inmoderado: o general Osorio, o futuro marqués de Erval
conhecía-lhe o fraco e deliberou servir déle.»
João Pandiá
Calógeras, Formação histórica do Brasil
De la «compra» de Urquiza por
los Imperiales existen incontrastables
pruebas. El más conspicuo unitario le enrostró poco después de Caseros
a don Justo José su conducta en carta del 13.10.1852:
«Yo
he permanecido dos meses en la corte de Brasil, en el comercio
casi íntimo de los hombres de estado de aquella nación, y conozco
todos los detalles, general, y los pactos y transacciones por los
cuales entró S. E. en la liga contra Rosas. Todo esto, no conocido
hoy del público, es ya del dominio de la Historia y está archivado en
los
ministerios de Relaciones Exteriores del Brasil y del Uruguay.»
[...]
«Se me caía la cara de vergüenza al oírle a aquel Enviado
[Honorio
Hermeto Carneiro Leão, o Indobregavel] referir la irritante escena,
y los comentarios: "¡Sí, los millones con que hemos tenido que
comprarlo para derrocar a Rosas! Todavía después de entrar
a Buenos Aires quería que le diese los cien mil duros mensuales,
mientras oscurecía el brillo de nuestras armas en Monte Caseros
para atribuirse él solo los honores de la victoria."»
Domingo Faustino Sarmiento, Carta de Yungay
Supongo que no dudará usted de
las palabras de Sarmiento, señor
Aguinis. Los subrayados son míos. Ya ve cómo comenzó a funcionar
eso que usted eufemísticamente llama «palanca y antorcha». Pero lo
que parecería usted ignorar —por lo menos nada dice en su loa—,
es que esa «piedra angular» que habría sido la Constitución se hizo
sin la provincia más importante de la Confederación, Buenos Aires,
que se separó del resto de la Nación el
11 de septiembre de 1852
durante diez años, se declaró Estado soberano y se dio su propia
constitución.
Perdimos así diez años de
nuestra «organización», con lo que
podemos volver a sus palabras:
Ha vuelto a ser el "cuadernito"
del que se burlaba Rosas..., quien
ciertamente tuvo razón al
ceñirse a lo que se acordó en el Pacto Federal del 4 de enero de
1831, que fijaba en su artículo 16° las atribuciones de la Comisión
Representativa y dice claramente en su punto
5°) Invitar a todas las demás provincias de la
República cuando
estén en plena libertad y tranquilidad, a reunirse en Federación
con las tres litorales; y a que por medio de un Congreso General
Federativo se arregle la administración general del país bajo el
sistema federal
Que Rosas tenía razón al esperar la plena
libertad y tranquilidad
que
exigía el Pacto Federal lo sabía Inglaterra perfectamente bien, así como
sabía muy bien quién era Rosas. Robert Gore, cónsul británico en
Buenos
Aires, escribió a Lord Palmerston del 2 de febrero de 1852, víspera de
«a batalha de Monte Caseros»:
«Si
el resultado fuera contrario a Rosas, no puedo sino mirar con
la mayor prevención la situación futura de este país, pues mucho
me temo que quedará dividido en un sinnúmero de partidos
que lucharán continuamente por el poder, sin que haya ninguna
persona conocida capaz de unirlos para formar un Gobierno.
Para los extranjeros que han vivido bajo el presente gobierno
la pérdida ha de ser harto grande; pues les había asegurado una
perfecta protección de la vida y de sus bienes; y aunque este
sistema no es uno que convenga a nuestras nociones de libertad,
escasas son las quejas que provocó.»
Foreign Office 6, Vol. 167, N° 13
Esto fue una verdadera
profecía, señor Aguinis, y si nuestra Constitución
comenzó con la escisión de la provincia más importante de la Nación, no
hace falta entonces llegar a los golpes de estado de 1930 para justificar
nuestro asténico respeto por la ley,
como piensa usted:
La
Constitución nacional tuvo que soportar la felonía y la
corrupción. Baste mencionar los
golpes de Estado que se
sucedieron a partir de 1930...
Los mismos
brasileños que se sirvieron de Urquiza para «liberarnos» del
«tirano Rosas», a Urquiza lo hubiesen fusilado por traidor, pues si bien
se
aceptan los servicios de la traición, al traidor se lo desdeña, como lo
hizo
dom Pedro II, quien se negó a pactar com
um rebelde.
No era cosa de
andar descaminando os governadores
de nossos vezinhos.
«... nosotros estamos en el Brasil en la dulce ilusión de que la
División brasileña de Manuel Marques de Souza fue la que
decidió en verdad la batalla de Caseros. Y aún cuando su papel
no hubiera sido el principal, el Vizconde de Porto Alegre fue uno
de los vencedores de la guerra y pudo ser llamado por Jourdan
vencedor,
sin exagerar, como lo hace.
Sabemos perfectamente que no habiendo derrotado nunca
un general argentino
nuestras tropas en los suburbios de
Río de Janeiro, y desfilado en ésta triunfalmente
con sus
tropas a banderas desplegadas, al compás de la música,
aunque fuera junto
a revolucionarios nuestros, no es nada
agradable para nuestros amabilísimos vecinos que el Vizconde
de Porto Alegre haya conseguido esa gloria.»
Gustavo
Barroso, A Guerra do Rosas, 143-144
Aquí hace Barroso una directa
alusión al desfile triunfal de las tropas
del Imperio por Buenos Aires, que se hizo recién el 20 de febrero de
1852, día del 25° aniversario de la batalla de Ituzaingó, donde los
imperiales habían sido derrotados por Alvear. Gracias a la traición
de Urquiza,
pudieron tomarse el desquite.
«A vitoria desta campanha e uma vitoria de Brasil e a Divisão
Imperial
entrará em Buenos Aires com todas as honras que lhe
são devidas, quer V. Ex-cia. ache conveniente o não.»
Manuel Marques de Souza, vizconde
de Porto Alegre,
a Urquiza con desaire.-Gustavo
Barroso, A Guerra do Rosas, 159
Como vemos, señor Aguinis, para
obtener una «constitución» comenzamos
ya vendiendo la patria, y quienes nos financiáron «a campanha» para que
obtuviéramos categoría de país civilizado, vivían del trabajo servil —eran
negreros—, y desfilaron en triunfo por Buenos Aires, con música y banderas
desplegadas, festejando su triunfo sobre la Confederación:
A vitoria desta
campanha e uma vitoria de Brasil, y
fueron los
árbitros del Plata durante
una generación —hasta emitían moneda en nuestro país y en la Banda
Oriental—, y nos obligaron a marchar a destruir el Paraguay, cosa que
por lo menos Buenos Aires hizo sin chistar.
En cuanto al país ensangrentado,
parecería suponer usted que con
«a batalha de Monte Caseros» todo hubiera cambiado, y no fue así.
A este respecto decía José Luis Busaniche:
«Y es el caso que la historiografía dominante se ha valido de
artificios (mayormente de ocultación)
para dar apariencia de
lógica y natural metamorfosis a lo que
no fue sino transición
dura y desgarrante en la que no salió muy bien
parada la
soberanía de la Nación.»
Historia Argentina,
XXIII, 635 et seq.
Dice además Busaniche:
«Y
no vamos a pedir a un amigo de Peñaloza ni de Juan Saa la
estadística que sirva de cifra y compendio, clave y emblema,
para el período que, por desdicha, no se cerró el 12 de octubre
de 1868, cuando el general Mitre hizo entrega del poder a don
Domingo F. Sarmiento. Nos la dará don Nicasio Oroño, miembro
conspicuo del partido liberal, y senador en 1868.
«Desde junio
de 1862 —dijo Oroño en el Senado—
hasta igual mes
de 1868,
han ocurrido en las provincias ciento diez y siete revoluciones,
habiendo muerto en noventa y un combates, cuatro mil
setecientos veintiocho ciudadanos».
Busaniche, op. cit. XXVI,
783
En cifras: 4.728 muertos en 6
años. Éste fue el comienzo de la ansiada
«organización nacional» con Mitre y Sarmiento. Estas importantes cifras
pudieron lograrse en tan poco tiempo gracias a la colaboración de los
«coroneles orientales»: Ambrosio Sandes, José Miguel Arredondo,
Ignacio Rivas, Venancio Flores, Wenceslao Paunero y podríamos
agregar a este conjunto internacional también al chileno Irrazábal,
asesino del Chacho. Todos de decidida participación, no los empujaba
otro deseo que el de poner en práctica La democracia según Sarmiento:
«No
trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono
que es preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen
de seres humanos...»
-Carta de
Sarmiento a Mitre, 20.09.1861
y colaborar con nuestra Nación
en el logro de la «organización nacional»
a fin de trocar la «barbarie» en «civilización», objetivo cuyo
cumplimiento
avalan los guarismos que cita el liberal Oroño. Y en el «arqueo» de don
Nicasio no está incluida Cañada de Gómez, 22.11.1861. O sea que no hace
falta llegar a 1930 para justificar nuestra «astenia» por las leyes, que
más
bien pareciera innata o endémica.
Pasemos al final de sus disquisiciones, señor Aguinis:
Haber
retaceado el debido homenaje a ese momento estelar
de nuestra historia no se debe, por desgracia, a un descuido
de agenda o a un atracón de compromisos urgentes, sino
a que aún perdura en una franja de nuestra dirigencia el
espíritu nocturno que planeaba antes de 1853. Me refiero
a mezquindades caudillescas, voracidad por el poder vacuo,
inconsistencia frente a la ley, miedo al progreso genuino,
demagogia en lugar de patriotismo, cálculos de corto plazo,
ignorancia de las medidas rigurosas y coherentes que llevan
al crecimiento. Por eso es elocuente y preocupante a la vez
que hayamos caído en el "olvido" de este sesquicentenario.
Los hechos parecieran ser
distintos según se les dé una interpretación
hermenéutica o mitológica. Pero, para lograr una explicación, a veces
es suficiente con el empleo de algo de sentido común: ¿por qué habrán
de ser los argentinos de otros siglos mejores que los de hoy...? Manrique
trató de aclarar este fenómeno con aquella copla «Cómo, a nuestro
parescer...»; Jauretche, a su vez, lo refirió a los argentinos y lo
explicó
en una frase:
«A la estructura material de un país dependiente corresponde
una superestructura cultural
destinada a impedir el conocimiento
de esa dependencia para que el
pensamiento de los nativos
ignore la naturaleza de su drama y
no pueda arbitrar propias
soluciones, imposibles mientras no
conozca los elementos sobre
los que debe operar y los
procedimientos que corresponden,
conforme a sus propias
circunstancias de tiempo y lugar.»
Arturo Jauretche, Los profetas del odio y la yapa
Hablando en plata, señor
Aguinis: si todo fuera como lo cuentan nuestras
academias y como pareciera usted creerlo —por lo menos así trata de
difundirlo—, «no tendría cuernos el toro...», o sea que el país debería
ser diferente. Al penoso estado en que nos encontramos no se llega en
una o dos generaciones, menos aún si fuera verdad que partimos con
tan auspiciosos antecedentes. El primer coimero que tuvimos fue quien
consideramos nuestro primer presidente, Bernardino González Rivadavia,
que cobraba los «arreglos» en su cuenta de Hullet Brothers de Londres.
Mitre dijo que Rivadavia fue «el hombre que se adelantó a su tiempo»,
y verdaderamente tuvo razón. Sarmiento, que criticaba a Urquiza por
haberse dejado «comprar» por el Brasil, intentó hacer valer su discutible
grado militar el 22 de diciembre de 1885 para conseguir que el gobierno
le acordara una cesión de 16.000 hectáreas de las tierras quitadas
a los
indios. El presidente Roca desestimó la solicitud pues según el dictamen
del Ministerio de Guerra no constaban los antecedentes militares
del
peticionante. ¡Un general de la Nación «trucho»! Y así podríamos seguir
enumerando personajes de nuestra historia —no de nuestra mitología,
pues allí son todos «buenos»— para mejor explicarnos nuestro desprecio
por las instituciones, o la «astenia», como llama usted a nuestro desapego
por las leyes.
Ya que cité a Jauretche,
podríamos cerrar con él, señor Aguinis, pues
mucho de lo que creo descubrir en su forma de razonar sobre nuestro
pasado parecería explicarse con ese síndrome que expuso Jauretche
en un pequeño manual:
«Las
zonceras consisten en principios introducidos en nuestra
formación intelectual desde la más tierna
infancia —y en dosis
para adultos. Tienen la apariencia de
axiomas, no admiten
discusión, y fueron acuñadas para
impedirnos pensar las
cosas del país por la simple aplicación del
buen sentido...»
Arturo Jauretche, Manual de zonceras argentinas
Cordialmente
Enrique C. Picotto
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