A:
"Instituto Nacional de Invest. Históricas J. M. de Rosas" <inrosas@fibertel.com.ar>,
"Dr. Oscar Denovi - Instituto J. M. de Rosas" <oscardenovi@juanmanuelderosas.org.ar>,
Rafael Sarmiento <sarmiento@via-net-works.net.ar>,
Instituto Sarmiento <sarmiento@sminter.com.ar>,
Carlos Dragovich - Long Island <cdragovich@biodex.com>,
"Dr. Horacio W. Bauer" <Bauerh.POHOLD.DHOLDW@lacaja.com.ar>,
"Ing. José Ramón Miranda" <jopomir@ciudad.com.ar>,
"Prof. James O. Pellicer - New York" <jop63@yahoo.com>,
"Prof. Dr. José Luis Garrido" <outabeiron@arnet.com.ar>,
"Ing. Guillermo Solá" <guiso@arnet.com.ar>,
"Sr. Marcos Aguinis" <webmaster@aguinis.net>,
"Dr. Daniel Werthein" <danwer.POHOLD.DHOLDW@lacaja.com.ar>,
"Sra. Noris Gold" <ngold@interlink.com.ar>,
Eduardo Rosa <rosaeduardo@yahoo.com.ar>,
Sibila Camps - «Clarín» <scamps@clarin.com>,
"Dr. Marcus Levine" <rosmarin@matzuva.org.il>,
Emilio Salas <salase@sanjulian.com>,
"Sr. Osvaldo Bayer" <osvaldobayer@fullzero.com.ar>,
"Academia Nacional de la Historia - Dr. M. A. De Marco" <admite@an-historia.org.ar>,
"Dr. Norberto J. Chiviló" <norbertochivilo@yahoo.com.ar>,
"Sr. Escritor Mario «Pacho» O'Donnell" <mario@odonnell-historia.com.ar>,
La Nación - Carta de lectores <cartadelectores@lanacion.com.ar>,
Osvaldo Julio Schiavoni <postmaster@rimar2000.com.ar>,
Luis José Vincent de Urquiza <lurquiza@fibertel.com.ar>
14 de noviembre de 2005
San Martín y Rosas
Como no podría faltar, tenemos en la liza también al Sr. Luis José Vincent de Urquiza,
miembro vitalicio de una de nuestras cuantiosas sociedades y academias —inútiles
para el pueblo argentino—, haciéndose la diaria otra vez más con el tema Rosas en
el «prestigioso matutino» del 12.11.05:
LA NACIÓN
http://www.lanacion.com.ar/opinion/Nota.asp?nota_id=755545
Rosas II
Señor Director:
"Respecto de la carta del doctor Norberto J. Chiviló, publicada el 5 del actual, creo
oportuno aclarar que el general San Martín se había instalado en París en 1830 y,
que cuando el 6/5/1850 envío a Rosas la carta aludida tenía 72 años, faltaban dos
meses para que falleciera y hacía mucho tiempo que estaba ciego. El Libertador
hacía 30 años que estaba ausente de su patria, enfermo y ciego, y que muy poco
o nada podía saber acerca de lo que aquí pasaba.
"La carta que cita el doctor Chiviló es verdadera; sin embargo, no significa que
San Martín hubiera deseado que le saquen el nombre a ninguna calle para poner
en su lugar el de Rosas.
"Hay muchos lugares honorables sin nombre en Buenos Aires que hacen innecesario
este cambio; también sería una torpeza y un ultraje al prócer que fuera desdeñado."
Luis José Vincent de Urquiza
Miembro titular vitalicio de la
Sociedad Argentina de Historiadores
lurquiza@fibertel.com.ar
El Sr. Luis José Vincent de Urquiza demuestra otra vez más que de Historia Argentina
sabe tanto como yo de capar monos, según solía expresarse don Arturo Jauretche.
Pero, para defender prebendas y canonjías no hace falta conocer nuestra Historia:
basta con repetir la mitología oficial según lo postulara en la Legislatura del Estado
de Buenos Aires en 1857 el diputado (?) Nicanor Albarellos, —incluido por supuesto,
como es de rigor, en la nomenclatura de calles:
No se puede librar el juicio de Rosas a la historia, como quieren algunos...
Es evidente que no puede librarse a la historia el fallo del tirano Rosas...
¡Lancemos sobre Rosas este anatema, que tal vez sea el único que puede
hacerle mal en la historia, porque de otro modo ha de ser dudosa siempre
su tiranía y también sus crímenes... ¿Qué se dirá en la historia, señor?,
y esto sí que es hasta triste decirlo, ¿qué se dirá en la historia cuando se
diga que el valiente general Brown, el héroe de la marina en la guerra de la
independencia, era el almirante que defendió los derechos de Rosas?
¿Qué se dirá en la historia sin este anatema, cuando se diga que este
hombre que contribuyó con sus glorias y talentos a dar brillo a ese sol
de Mayo, que el señor diputado recordaba en su discurso, cuando se
diga que el general San Martín, el vencedor de los Andes, el padre de
las glorias argentinas, le hizo el homenaje más grandioso que puede hacer
un militar legándole su espada? ¿Se creerá esto, señor, si no lanzamos
un anatema contra el tirano Rosas? ¿Se creerá dentro de 20 años o de
50, si se quiere ir más lejos, a ese hombre tal como es, cuando se sepa
que Brown y San Martín le servían fieles y le rendían los homenajes más
respetuosos a la par de la Francia y de la Inglaterra?
Cf. José M. Rosa, Historia Argentina, V, 491 et seq.
Con el anatema de Albarellos vemos documentados los crímenes de lesa patria
de Rosas, que más bien parecerían engendrados por el temor de algunos que hoy
disfrutan de propiedades comme il faut por Palermo —como el ACA, quizá— ,
amén de algunas leguas en la provincia, y sobre cuya procedencia consideran
más adecuado callar.
El Sr. Luis José Vincent de Urquiza, por empezar, no sabe ni siquiera contar los
meses del año. Al afirmar «... cuando el 6/5/1850 envío a Rosas la carta aludida
tenía 72 años, faltaban dos meses para que falleciera», no se da cuenta de que
desde el 6 de mayo de 1850 hasta el 17 de agosto del mismo año —fecha del
fallecimiento de San Martín—, transcurrieron tres meses y 11 días. Achaques
propios de los miembros vitalicios, evidentemente.
Cuando afirma que «El Libertador hacía 30 años que estaba ausente de su
patria, enfermo y ciego, y que muy poco o nada podía saber
acerca de lo
que aquí pasaba», comete el Sr. Luis José Vincent de Urquiza otros errores:
San Martín partió para Francia en 1824, habiendo estado además en 1829
en el Río de la Plata. Por lo tanto, no llevaba en 1850 de ninguna manera 30
años de ausencia.
Tampoco hacía 30 años que estaba «enfermo y ciego» y, por lo demás,
San Martín no padecía de sordera, como pretende hacer creer el Sr. Luis
José Vincent de Urquiza. Si San Martín tuvo dificultades para leer en sus
últimos días, contaba a su alrededor con suficientes miembros de su familia
y amistades que se encargaban de leerle lo que le interesaba.
Y la mencionada carta del 06.05.1850, ¿quién la escribió, o por lo menos quién
la dictó...? ¿O es acaso apócrifa...? Además, el inicio de la correspondencia
y amistad con Rosas datan de muchos años antes. El sable de Maipú le fue
donado por San Martín a Rosas en testamento ológrafo fechado en París el
23 de enero de 1844, y no caben dudas de que San Martín no estaba ciego
ni despistado en 1844. Pero igualmente se trató de desvirtuar este gesto del
Libertador hacia Rosas, como lo hizo el «historiador» Pacho O'Donnell —
sorprendentemente, también en el «prestigioso matutino»:
http://www.lanacion.com.ar/Archivo/Nota.asp?nota_id=160440
El sable de San Martín
Por Pacho O´Donnell
Para La Nación
... la decisión testamentaria de nuestro Libertador de legar a Rosas su sable
con el que había asegurado la independencia de la Argentina, Chile y Perú...
San Martín celebraba así la gesta de Obligado, que lo había conmovido hasta
el punto de ofrecerse para luchar en las filas patriotas a pesar de sus sesenta
y siete años
El «historiador» O'Donnell —y acaso también La Nación— saben muy bien
que San Martín legó su sable a Rosas con anterioridad al combate de
Obligado, ergo nada tiene que ver el gesto con el hecho de armas. Pero
quellos que no se dan cuenta del engaño son los señoros gordos lectores
de La Nación, quienes parecerían ser incapaces de comparar siquiera dos
fechas, y especialmente para ellos parecería haber escrito Pacho O'Donnell
tiempo antes de su borocotización en materia Mitología/Historia Argentina.
Las patrañas que pretende ahora hacernos creer el Sr. Luis José Vincent de
Urquiza no son nuevas ni originales: pertenecen a las clásicas añagazas de
nuestra mitología. El lacroze del Libertador sordo intentó venderlo también
Ricardo Rojas hace más de medio siglo, cuando aseguró por partida doble
en La Prensa y La Nación (El sable de Maipú, 13 de agosto de 1950) que
San Martín vivía en Babia porque no podía leer. Resulta que Ricardo Rojas —
pues la vida es dura— también había tenido que borocotizarse a su manera,
según aquello de Cuius edis panes...
El autor de La restauración nacionalista, como tantos otros argentinos —
políticos, escritores, intelectuales—, se vio obligado a pactar, de una
manera u otra, con el sector al que primeramente enfrentó y que dominaba
entonces, como hoy, casi todos los resortes esenciales de la vida nacional.
Quizás le faltó coraje, ese tipo especial de heroísmo que se precisa para
arremeter, quemar las naves y hundirse patrióticamente en el silencio
y en el fracaso (cuando no en el hambre y la miseria, además), que son
el destino de tantos compatriotas nuestros.»
Cf. Luis Soler Cañas, San Martín, Rosas y la falsificación de la Historia
Las inexactitudes de Ricardo Rojas - Ed. Theoria, Buenos Aires, 1968
Encontramos ahora, como tantas veces en nuestra historia, que los sarmientistas,
urquicistas, institutos y academias —todas porteños— prefieren en lugar de
Rosas a cualquier figura ajena a nuestra historia, como Monroe: desconocido
de nuestro pueblo, una abstracción mitológica de quien se puedan contar las
mil maravillas, las que, una vez contadas, son ya imposibles de revocar so pena
de ofender al homenajeado: ... también sería una torpeza y un ultraje al prócer
que fuera desdeñado (sic, Sr. Luis José Vincent de Urquiza). Ultrajemos más
bien entonces a los nuestros ninguneándolos.
Pocos nos damos cuenta de que éste fue el mal congénito que impidió a los
argentinos ser lo que siempre quisimos ser. Malgastamos toda nuestra historia —
sobre todo el último siglo y medio— al igual que el gallo enano: en saltar y no
alcanzar... Si leyéramos un poco más a nuestros «próceres», acaso llegáramos
a comprender nuestra propia estupidez y dejaríamos de sorprendernos:
[...] He necesitado entrar en estos pormenores, para caracterizar
un gran movimiento que se operaba, por entonces, en Montevideo
y que ha escandalizado a la América, dando a Rosas, una poderosa
arma moral para robustecer su Gobierno y su principio americano.
Hablo de la alianza de los enemigos de Rosas, con los franceses
que bloqueaban a Buenos Aires, que Rosas ha echado en cara,
eternamente como un baldón a los unitarios. Pero en honor de la
verdad, histórica y de la justicia, debo declarar, ya que la ocasión
se presenta, que los verdaderos unitarios, los hombres que figuraron
hasta 1829, no son responsables de aquella alianza; los que cometieron
aquel delito de leso americanismo; los que se echaron en brazos de
la Francia para salvar la civilización europea, sus instituciones,
hábitos e ideas en las orillas del Plata, fueron los jóvenes; en una
palabra: ¡fuimos nosotros!
Sé muy bien que en los Estados americanos halla eco Rosas,
aun entre hombres liberales y eminentemente civilizados, sobre
este delicado punto, y que para muchos, es todavía un error
afrentoso el haberse asociado los argentinos a los extranjeros,
para derrocar a un tirano. Pero cada uno debe reposar en sus
convicciones, y no descender a justificarse de lo que cree
firmemente y sostiene de palabra y de obra. Así, pues, diré
en despecho de quienquiera que sea, que la gloria de haber
comprendido que había alianza íntima entre los enemigos de
Rosas y los poderes civilizados de Europa, nos perteneció toda
entera a nosotros. Los unitarios más eminentes, como los
americanos, como Rosas y sus satélites, estaban demasiado
preocupados de esa idea de la nacionalidad, que es patrimonio
del hombre desde la tribu salvaje y que le hace mirar, con horror,
al extranjero. En los pueblos castellanos, este sentimiento ha ido
hasta convertirse en una pasión brutal, capaz de los mayores
y más culpables excesos, capaz del suicidio.
La juventud de Buenos Aires llevaba consigo esta idea fecunda
de la fraternidad de intereses con la Francia y la Inglaterra; llevaba
el amor a los pueblos europeos, asociado al amor a la civilización,
a las instituciones y a las letras que la Europa nos había legado,
y que Rosas destruía en nombre de la América, sustituyendo otro
vestido al vestido europeo, otras leyes, a las leyes europeas, otro
gobierno, al gobierno europeo. Esta juventud, impregnada de las
ideas civilizadoras de la literatura europea, iba a buscar en los
europeos enemigos de Rosas, sus antecesores, sus padres,
sus modelos; apoyo contra la América, tal como la presentaba
Rosas: bárbara como el Asia, despótica y sanguinaria como la
Turquía, persiguiendo y despreciando la inteligencia como el
mahometismo. Si los resultados no han correspondido a sus
expectaciones, suya no fue la culpa; ni los que les afean aquella
alianza pueden, tampoco, vanagloriarse de haber acertado mejor;
pues si los franceses pactaron, al fin, con el tirano, no por eso
intentaron nada contra la Independencia Argentina, y si por un
momento ocuparon la isla de Martín García, llamaron, luego,
un jefe argentino que se hiciese cargo de ella. Los argentinos,
antes de asociarse a los franceses, habían exigido declaraciones
públicas de parte de los bloqueadores, de respetar el territorio
argentino, y las habían obtenido, solemnes.
En tanto, la idea que tanto combatieron los unitarios al principio,
y que llamaban una traición a la Patria, se generalizó y los dominó
y sometió a ellos mismos, y cunde hoy, por toda la América y se
arraiga en los ánimos.
En Montevideo, pues, se asociaron la Francia y la República Argentina
europea, para derrocar el monstruo del americanismo hijo de la pampa;
desgraciadamente, dos años se perdieron en debates, y cuando la
alianza se firmó, la cuestión de Oriente requirió las fuerzas navales
de Francia, y los aliados argentinos quedaron solos en la brecha.
Sarmiento, Facundo, XV, Presente y porvenir
¿Qué es la República Argentina europea...? Al final, quien derrocó a Rosas fue
el Imperio del Brasil con el dinero del barón de Mauá, es decir de Londres, y el
Brasil se asentó en el Río de la Plata por una generación —indirectamente,
todavía está ahora—, y hasta hizo marchar a Buenos Aires de changador a la
Guerra del Paraguay, donde se atragantaron todos. Quien escribió los desatinos
tales como la República Argentina europea, ése sí debería haber sido juzgado
por crímenes de lesa patria, y no Rosas. Cuando alcanzó madurez y después
de que los liberales le hicieran el corte de manga, negándole hasta su grado de
general por falta de antecedentes, el «prócer» sanjuanino se borocotizó y dijo
entonces de Rosas:
Rosas era un republicano que ponía en juego todos los
artificios del sistema popular representativo. Era la expresión
de la voluntad del pueblo, y en verdad que las actas de elección
así lo muestran. Esto será un misterio que aclararán mejores
y más imparciales estudios que los que hasta hoy hemos hecho.
No todo era terror, no todo era superchería. Grandes y poderosos
ejércitos lo sirvieron años y años impagos. Grandes y notables
capitalistas lo apoyaron y lo sostuvieron. Abogados de nota tuvo
en los profesores patentados del derecho. Entusiasmo, verdadero
entusiasmo, era el de millares de hombres que lo proclamaban el
Grande Americano. La suma del poder público, todas palabras
vacías como es vacío el abismo, le fue otorgada por aclamación.
Senatus consulto y plebiscito, sometiendo al pueblo la cuestión.
Sarmiento, Biografía de Vélez Sarsfield. Cf. Adolfo Saldías,
Historia de la Confederación, III, 468 et seq.
Este «prócer», que tanto acostumbraba a borrar con el codo lo que escribía
con la mano —en ese aspecto, muy argentino—, le echó en cara a Urquiza
haberse dejado comprar [sic, Carta de Yungay] por el Imperio del Brasil para
derrocar a Rosas y la Confederación. Pero él se hacía mantener en Chile por
otros enemigos de la Argentina, y allí retornó cuando don Justo José —que,
aunque no parezca, era federal y no unitario— lo largó duro después de
a batalha de Monte Caseros, sin siquiera darle un puestito.
No tuvo empacho Sarmiento en asociarse con otros enemigos, pero claro,
europeos, pues esos sí valían la pena. A la vez, enrostró a Urquiza el
haberse unido al Imperio del Brasil, quizá porque creyera que los macacos
no hablaran francés y fueran de segunda —menos porque fueran negreros,
ya que Sarmiento despreciaba, junto a gauchos, indios, judíos, españoles,
irlandeses, gitanos y todos aquellos que no fueran franceses o ingleses,
también a los negros. Tal vez por querer negar sus facciones negroides —
ver caricaturas de El Mosquito—, heredadas de los Albarracín, familia
de origen bereber.
Entre nosotros no hay ni hubo jamás un manso para acollarar con un
arisco, y no hay duda de que nuestro mal mayor es y será la estulticia
de creernos lo que en realidad nunca fuimos, y en esto hay método,
sindudamente, según aquello de mama, haceme grande, que zonzo
me vengo solo... Leer nuevamente el Facundo, obra cumbre de nuestro
más grande «educador».
Tendremos acaso la oportunidad de surgir —y no de resurgir, pues nunca
surgimos todavía— no cuando lleguen a desaparecer nuestros institutos,
sociedades y academias a la violeta, como las del Sr. Luis José Vincent
de Urquiza, con sus miembros vitalicios, que otros llamarán acaso
carcamanes. Pero ésas nunca desaparecerán
pues, como decía
Jauretche, cuando muere el zonzo viejo, queda la zonza preñada,
sino cuando alcancemos la madurez necesaria para discernir y poder
definir sus productos por lo que son: estupideces y patrañas destinadas
a eternizar nuestra situación:
A la estructura material de un país dependiente corresponde una
superestructura cultural destinada a impedir el conocimiento de
esa dependencia para que el pensamiento de los nativos ignore
la naturaleza de su drama y no pueda arbitrar propias soluciones,
imposibles mientras no conozca los elementos sobre los que debe
operar y los procedimientos que corresponden, conforme a sus
propias circunstancias de tiempo y lugar.
Arturo Jauretche, Los profetas del odio y la yapa
Saludos cordiales
Enrique C. Picotto
www.picotto.net/