La irritante pretensión de querer cambiar la historia
Por Carlos Keller Sarmiento
http://www.lanacion.com.ar/03/04/10/dg_487582.asp
LA NACION | 10/04/2003 | Página 19 | Inf. General
A:
Sr. Félix Luna <buzon@todoeshistoria.com.ar>,
Instituto Nacional de Invest. Históricas J. M. de Rosas <inrosas@fibertel.com.ar>,
Sr. Mario «Pacho» O'Donnell <mario@odonnell-historia.com.ar>,
Dr. Oscar Denovi <oscardenovi@hotmail.com>,
Ing. José Ramón Miranda <jopomir@ciudad.com.ar>,
Dr. Horacio W. Bauer <BauerH@lacaja.com.ar>,
La Nación - Usted opina <udopina@lanacion.com.ar>,
La Nación - Cartas de lectores <cartadelectores@lanacion.com.ar>,
Prof. James O. Pellicer - New York <jop63@yahoo.com>,
Academia Nacional de Educación <acaedsec@acaedu.edu.ar>,
Academia Nacional de la Historia - Dr. M. A. De Marco <admite@an-historia.org.ar>,
Dr. Horacio Sanguinetti <webmaster@cnba.uba.ar>,
Masonería Argentina - Gran Maestre <granmaestre@masoneria-argentina.org.ar>,
Cabildo Abierto <cabildo_abierto@gruposyahoo.com.ar>,
Sra. Secr. Gral. Leticia Maronese <patrim_historico@buenosaires.gov.ar>
10.04.2003
Estimados amigos:
El «prestigioso matutino» continúa firme en la brecha con la
polémica que según Félix Luna no existe, pues habría sido
«concluida hace décadas». Como vemos, sigue presente,
principalmente entre los liberales. Contradecirse uno con otro
parecería ser la norma entre sarmientistas.
Hoy, el amanuense de turno es Carlos Keller Sarmiento, nada
menos que presidente del Instituto Sarmiento de Sociología
e Historia, institución que ya conocíamos no sólo de LA NACIÓN,
sino de la intervención que hizo uno de sus tantos vicepresidentes,
Rafael Sarmiento, quien después de amenazar con draconianas
revelaciones que me «matarían de vergüenza», en el momento de l
a verdad desapareció hasta ahora. Supongo que como actuaba
«por su cuenta y riesgo», le pegaron el silbido y ¡quieto!
Este «instituto» más bien parecería una explotación familiar — digo
parecería, subjuntivo—, pues en su Mesa Directiva se cuentan por lo
menos seis «Sarmientos»: Carlos Keller Sarmiento, Julio Sarmiento,
Rafael Sarmiento, Eduardo Sarmiento, Mauro Keller Sarmiento
y Paz López Sarmiento.
Leo en LA NACIÓN por la pluma del Sr. Presidente:
Opinión
La irritante pretensión de querer cambiar la historia
Por Carlos Keller Sarmiento
Para LA NACION
Es realmente desolador y preocupante para la ciudadanía
argentina, que la Legislatura de Buenos Aires, la orgullosa
y maravillosa capital de nuestro país, decida por iniciativa
de un legislador justicialista, cambiar el nombre de la calle
Sarmiento por el de Brigadier General Juan Manuel de
Rosas, en el parque de Palermo, que fue creado por el
ilustre sanjuanino.
Digo «amanuense» al referirme al Sr. Keller Sarmiento pues ya
en el primer párrafo copia dos inexactitudes —quizá a designio—
que se han venido diseminando sistemáticamente en LA NACIÓN en
estos días. Olvidemos los epítetos orgullosa, maravillosa, que se
incluyen para dar la idea de que el «agravio» se hiciera acaso a una
doncella:
1. Cambiar el nombre de la calle
No se cambiaría el nombre de la «calle» —que creo es una
avenida—, sino que se agregaría el nombre de Rozas a un
pequeño tramo. El resto conservaría su nombre, no el original,
pero el que le fuera dado aún en vida de Sarmiento.
2. ... en el parque de Palermo, que fue creado por el ilustre
sanjuanino
El «ilustre sanjuanino» no creó el parque de Palermo. Dice
Fermín Chávez respecto de Palermo de San Benito:
«Residencia de Rosas desde 1839 hasta 1852. Sus tierras
fueron adquiridas por el Restaurador en 1836 cuando sólo
eran pantanos, bajos y bañados. Con tierra traída de lo que
hoy es Belgrano, y solventando la empresa de su bolsillo [cosa
que jamás hizo Sarmiento, quien vivía, según Alberdi, «como
un doméstico de los salarios del Estado»], el dictador logró
convertir los terrenos en un jardín luego de grandes esfuerzos
y labores. [...] En los amplios jardines y parque podían verse
avestruces, teros, gavilanes y pájaros de hermoso plumaje. Un
estanque de 100 varas de largo era una de las atracciones de
Palermo.
[...]
El Restaurador hizo construir los jardines para que los disfrutaran
quienes quisieran hacerlo; de ahí que el acceso a Palermo era
libre, ya que no había verjas y guardias en su alrededor.»
Fermín Chávez, Rosas, su iconografía, II, 193 et. seq., 1970
Continúa el Sr. Keller Sarmiento:
Esta iniciativa sólo parece explicable por la aparente vocación
de algunos nostálgicos, en general propensos a propugnar un
dudoso protagonismo, que comenzó hace pocos años desde
polémicas interpretaciones de una nueva versión de la historia
nacional desde lánguidas poltronas de la televisión a publicaciones
tendientes a modificar la que se enseñó durante los últimos
150 años a generaciones de argentinos.
No revela aquí el Sr. Keller Sarmiento absolutamente nada, solo
repite, por eso lo de «amanuense». La frase, si bien muy repulgada,
carece de relleno. Quien la lea «medio desprevenido», creerá haber
entendido algo, pero si le preguntáramos qué, se daría cuenta de que
sólo le «enllenó» la cabeza.
Lo más curioso es la lógica sarmientista del final: «...
tendientes
a modificar la que se enseñó durante los últimos 150 años
a generaciones de argentinos.» (El resultado lo
estamos viendo,
agrego yo). O sea que para que la historia se transforme en verdad,
sólo es necesario enseñarla un siglo y medio. El amor a la verdad
es algo que debe cultivarse, y respecto de la fantástica metempsicosis
que se habría logrado con Caseros decía José Luis Busaniche:
«... La historia misma nos enseña que estas mutaciones
teatrales no se dan en ningún proceso social; que entre
la historia escrita por los vencedores como apología del
hecho consumado y la que pueda elaborarse y reconstruirse
honradamente con testimonios del pasado, existe diferencia
fundamental, por lo pronto la que media entre la realidad
y la ficción. Y es el caso que la historiografía dominante se
ha valido de artificios (mayormente de ocultación) para dar
apariencia de lógica y natural metamorfosis a lo que no
fue sino transición dura y desgarrante en la que no salió
muy bien parada la soberanía de la Nación.»
José Luis Busaniche, Historia Argentina, XXIII, 635
Pero, por si esto fuera poco, veamos cómo se debía «enseñar»
nuestra Historia, o mejor dicho nuestra mitología. El diputado
Nicanor Albarellos abogó después de Caseros, en 1857, por
que se declarase «traidor a la Patria» a Juan Manuel de Rosas.
El Diario de Sesiones de la Legislatura del ESTADO de Buenos
Aires atesora sus preclaros argumentos:
«No puede librarse a la Historia el fallo del tirano Rosas. ¿Qué
dirá la Historia cuando se vea que la Inglaterra ha devuelto a ese
tirano los cañones tomados en acción de guerra y saludado su
pabellón sangriento y manchado con una salva de 21 cañonazos?
La Francia que hizo causa común con los enemigos de Rosas, que
inició la cruzada en la que figura el General Lavalle, a su tiempo le
abandonó y trató con Rosas, y también debió saludar su pabellón
con 21 cañonazos. Yo pregunto, Señor, si estos hechos no borrarán
en la Historia todo cuanto podemos decir los enemigos de Rosas, si
no lo sancionamos con un acto legislativo como esta ley [...] ¿Qué
se dirá en la Historia, y esto es triste decirlo, cuando se sepa que el
valiente Almirante Brown, el héroe de la marina de guerra de la
Independencia, fue el Almirante que defendió la tiranía de Rosas?
¿Que el general San Martín, el vencedor de los Andes, el padre de
las glorias argentinas, le hizo el homenaje más grandioso que pueda
hacerse a un militar entregándole su espada? ¿Se verá este hombre,
Rosas, dentro de 20 o 50 años, tal como lo vemos nosotros a 5 años
de su caída, si no nos adelantamos a votar una ley que lo castigue
definitivamente con el dicterio de traidor? No señor, no podemos
dejar el juicio de Rosas a la Historia, porque si no decimos desde
ahora que era un traidor, y enseñamos en la escuela a odiarlo,
Rosas no será considerado por la Historia como un tirano, quizá
lo sería como el más grande y glorioso de los argentinos».
Así, con estas frases, «enseñamos en la escuela a odiarlo», «se enseñó
durante los últimos 150 años a generaciones de argentinos»,
según nos
asegura el Sr. Keller Sarmiento. No cabe duda alguna de que continúa
él con los trascendentales objetivos moralizadores del diputado Nicanor
Albarellos.
Prosigue en el «prestigioso matutino» el «Sr. Presidente»:
Tal vez, haya sido ese populismo no ilustrado el mismo que
promovió el regreso al país de los restos de Rosas. No fue
esto suficiente. Hubo luego que erigirle un gran monumento
a Rosas, que por supuesto tenía que ser más grande
e imponente que el de Sarmiento, y a caballo, con uniforme
y frente a él.
Aquí resuella por la herida el Sr. Presidente. Fiel a su posible
antepasado, parecería aborrecer al «populismo no ilustrado»:
«No trate de economizar sangre de gauchos. Es lo único
que tienen de humano. Este es un abono que es preciso
hacer útil al país».
Carta de Sarmiento a Mitre, 20.9.1861.
Es que Rosas no hablaba francés como Sarmiento, si bien dominaba
el pampa y el ranquel —¿para qué?, podría acaso haber preguntado
Roca. Pero lo que realmente parecería molestarle al Sr. Presidente
Keller Sarmiento del monumento a Rosas es que fuera más grande
e imponente que el de Sarmiento.
En este caso, sólo se trataría de
envidia y no de querer sostener una discusión a base de argumentos.
Esta circunstancia configuró otra de esas ironías y
contradicciones
de los políticos, poco informados y demagógicos, de
curiosamente,
honrar al único general argentino de toda la historia que
huyó disfrazado
de una batalla en la que estaba siendo derrotado para
refugiarse en
un buque inglés anclado en el puerto de Buenos Aires.
Lo que no dice el «Sr. Presidente» —quien si no fuera acaso demagógico,
sí parecería estar poco informado— es que justamente fue Rosas el único
general argentino de toda la historia honrado por el
Libertador San Martín
con el legado de su sable con expresa mención en su testamento del
motivo: haber defendido la soberanía nacional.
No creo que tampoco sepa a quién dejó Rosas en su testamento el sable
de San Martín —a su ejemplo. Si el sable está ahora en manos de los
argentinos, es porque los albaceas de Rosas no pudieron entregarlo como
había dispuesto, por haber caído en batalla el destinatario del legado antes
de morir él:
Lo mataron los cambá no pudiéndolo rendir...
Por lo demás, lo de huir disfrazado es una perogrullada. Rosas tenía que
huir, y probablemente no lo haría desnudo. El hecho de huir presupone
no ser descubierto, y es lógico que tratara de disimular su persona. De
otra manera los macacos y Urquiza lo hubieran pasado por las armas
como a Chilavert y Santa Coloma, al médico Claudio Mamerto Cuenca
y a otra larga lista. ¿Qué hacía Paz cuando le bolearon el caballo...? Huía.
¿Cómo llegó Lavalle hasta los confines de la patria, nada menos que hasta
Salta...? Huyendo.
Cuando la alternativa es la muerte, hasta nuestro «Bayardo» de Coraceros
se tomó las de Villadiego, nuestro chevalier sans peur et sans reproche,
que la elite de los ayos de la «Historia Argentina» seguro no desconoce,
y de quien decía Paul Groussac, que no era «revisionista»:
«Tratar por el método crítico los episodios novelescos de su
vida [Lavalle], valdría tanto como aplicar el teodolito y las
fórmulas de triangulación a un efecto de espejismo»
Paul Groussac, Estudios de Historia Argentina, 184
Continúa la nota del Sr. Keller Sarmiento:
Fue inútil, ni a nadie se le ocurrió en la Legislatura porteña
detectar cuáles eran los verdaderos problemas urgentes
e insoslayables que convirtieron a la orgullosa capital de
nuestro país, famosa por su belleza, su armonía, sus parques
y su gente civilizada, cordial y honesta en lo que es hoy.
Incontrastables argumentos.
La increíble ineptitud de los políticos de turno que permitieron
su conversión en un basural, donde se alimentan miles de
habitantes de las villas miserias que pululan y se agrandan
por todos los sectores, y sirven de refugio a delincuentes
y cada vez más desocupados.
De todo esto será acaso Rosas el culpable.
Se ha comprometido irremediablemente la seguridad de sus
habitantes, los asaltos y asesinatos están a la orden del día.
No hay paz ni seguridad para vecinos, habitantes, comerciantes
ni turistas. Asesinatos de vigilantes, taxistas, asaltos a mano
armada a bancos y negocios. Calles destrozadas por piqueteros
y agitadores. Cada vez hay más desocupados, las calles y los
barrios se inundan siempre con cada lluvia o sudestada, los
baches se agrandan y multiplican. Los ríos y espejos de agua
contaminados por desechos ilegales. Las arterias de circulación
brillan por su ausencia, colectivos gigantescos y contaminantes
en el medio de la ciudad, camiones con enormes contenedores
circulan a toda hora por todos lados. Los trenes están destruidos
y sin protección policial, así como la periferia suburbana
y hasta urbana.
¿Estará el Sr. Presidente Keller Sarmiento hablando todavía
de Rosas y Sarmiento...?
Es como si no se hiciera o se pensara absolutamente nada
para mejorar o no deteriorar aún más la vida de los sufridos
habitantes de la ciudad, cada día con mayores impuestos,
nombramientos de amigos de amigos, ñoquis a granel y toda
suerte de clientelismo. Estos son los temas que debería tratar
la Legislatura, sobre todo en el período final de una gestión
de gobierno. Una gestión no especialmente feliz, por cierto.
¿Qué habrá que hacer ahora, aplaudir...? Aquí tenemos la clara
y contundente argumentación del Instituto Sarmiento de Sociología
e Historia, por la voz de su Presidente, el Sr. Carlos Keller Sarmiento,
amalgamando magistralmente para mayor comprensión la macroeconomía
del país, la globalización y el gobierno de la Ciudad Autónoma.
Por último, la impostergable metempsicosis sarmientina:
Y no irritarlos con pretender modificar la historia que
aprendieron varias generaciones de argentinos.
Hasta ahora, estaba yo convencido de que lo que se deseaba
modificar fuera el nombre de un corto tramo de la avenida
Sarmiento, pero veo que lo que se pretende cambiar sería no
el nombre del tramo de avenida, sino la mismísima historia.
Pero si es esa historia —o historias— que censuraba Busaniche,
o la propuesta por Nicolás Albarellos, como vimos, repetida además
durante siglo y medio —según Keller Sarmiento—, no veo dónde
estuviera el mal. Sólo nos podría ir mejor.
Saludos
Enrique C.Picotto
PS: Difficile est satiram non scribere...
Lo que realmente me sorprende, mis amigos, no es que se
escribieran estas patrañas: para eso somos mandados hacer.
Lo triste es que si LA NACIÓN las publica —y los responsables
conocen perfectamente que son patrañas ad hoc—, es sólo
porque saben que muchos las leerán y las darán por ciertas
con todo convencimiento. A la vez —por citar a don Segundo
Sombra— queremos todos mear como los perros grandes...
Y así andamos, justamente: como cachorros, todos meados.