CLASE DIRIGENTE
José María Rosa
LA CAÍDA DE ROSAS
El Imperio del Brasil y la Confederación Argentina
Instituto de Estudios Políticos - Madrid - 1958
A saquaremas y luzías (el ala ízquierda de los «democráticos», aparte)
no los dividía una idea radicalmente distinta de la política, ni reclutaban
sus partidarios en núcleos diferentes sociales o geográficos. Tal vez la
nobleza urbana de los fidalgos, descendientes de funcionarios portugueses,
llenaba en mayor cantidad las filas conservadoras que la aristocracia rural
de los fazendeiros, de viejo entronque nativo y más apegados al partido
liberal. Aquéllos, muy cerca de la Corona desde los tiempos de Juan VI,
comprendían mejor la idea de unidad imperial que éstos, encerrados en
sus tradiciones provincianas y su adherencia localista. Pero no puede
trazarse una divisoria neta: Antonio Carlos de Andrada, fundador del
partido liberal, era un «retrógrado» de origen hidalgo; el marqués de
Olinda, regente conservador, pertenecía a una tradicional familia de
plantadores pernambucanos.
Es que por arriba de centralismos a descentralismos, de poderes
fuertes o libertades individuales, de parlamentarismo a la inglesa
o cesarismo a lo Bonaparte, de «instituciones permanentes» o «ideas
del siglo», que teóricamente podían dividir a los aristócratas, la fuerte
realidad nativa se imponía sobre las importaciones europeas
Unos y otros, conservadores o liberales, integraban una misma capa
social que, como clase dirigente,
no tuvo igual en Iberoamérica.
Salvo Chile, quizá. Fazendeiros
rurales o fidalgos urbanos, exaltados
o retrógrados, masones
o católicos, coroneles de milicias o magistrados
de Relación, altivos mineiros o sonrientes flumínenses, verbosos nordistas
o taciturnos
sureños, los aristócratas brasiletios del XIX supieron cumplir
con
acierto su misión social. Una clase no es una casta, no es un grupo
encerrado en su orgullo y ajeno a la realidad circundante. No hay
vanidad
de clase: hay «conciencia», que es cosa bien distinta.
El aristócrata,
el verdadero aristócrata, vive identificado con
la sociedad que
dirige: habla, piensa y actúa en función de una
comunidad.
El dirigente es el primer dirigido.
La aristocracia brasileña tuvo el alto valor de una clase dirigente:
produjo
auténticos estadistas de su tierra y de su época, al tiempo
que las
clases privilegiadas del Plata daban meros retóricos
ceñidos a frases
y a fórmulas de aplicación universal e intemporal
[charlatanes...? -
ECP]. Los aristócratas brasileños fueron hombres
impregnados del espíritu
de nacionalidad, que es el alma de los pueblos:
Honorío Hermeto
Carneiro Leão, que no admitía vacilaciones tratándose
de la patria;
Bernardo de Vasconceilos, dejando los jirones de su nombre
en el
diario combate por la unidad y grandeza de Brasil; Luis de Lima
e
Silva, luego conde y duque de Caxias, tan buen guerrero para abatir
insurrecciones como hábil político para pacificar espíritus; Ireneo
Evangelista de Souza, el poderoso Mauá, cuya gran fortuna
laboriosamente conseguida estuvo sin vacilar al servicio de la
dominación en el Plata.
Paulino José Soares de Souza, el sonriente y callado vizconde de
Uruguay —¡ese arte de callar tan poco sudamericano!—, que tejería
habilidosamente la urdimbre para envolver en Caseros el temible
poder de Rosas y la integridad de la Confederación Argentina.
Y todos los demás: Rodrigo de Souza de Silva Pontes, el diplomático
eficaz de Montevideo que gestó en 1851 el pronunciamiento salvador
[¡de Urquiza! - ECP] ; Hollanda Cavalcanti de Albuquerque, vizconde
de
Albuquerque, que soñaba con una federación de los pueblos de
Iberoamérica presidida por Brasil; Antonio Paulino Limpo de Abreu,
el vizconde de Abaeté, abogado de claros alegatos contra el prepotente
brazilian act.
La aristocracia brasileña no era una comunidad de sangre, no
era un círculo exclusivo de hijos de aristócratas. Ninguna verdadera
aristocracia lo es, y menos lo sería la brasileña, el mejor tipo de clase
dirigente que dió el siglo XIX. Quien tuviera condiciones y habilidad
podía abrirse camino hacia los primeros rangos, pues los títulos
nobiliarios no se heredaban y constituían un premio a ganar por
todos los servidores del Imperio. Era una labor áspera, pero realizable,
y no estaban cerradas las puertas por razones de nacimiento, ni siquiera
por las de raza, pues en Brasil no hubo mayores prejuicios de esa clase
y no los tuvo ninguna el emperador, árbitro supremo de la nobleza y la
política. Así como el hijo de un oscuro médico de Marañón podía llegar
a Canciller del Imperio y a vizconde de Uruguay; un huérfano ríograndense
abandonado en un cuchitril de la capital conseguiría, después de una dura
brega de labor y honradez, acumular la fortuna más grande de Brasil
y obtener el título de vizconde de Mauá; y un descendiente de esclavos
africanos llegaba a vizconde de Jequitininonha y senador del Imperio,
sin que obstara el color subida de su tez (*).
(*) Cuando decimos pueblo, entendemos los notables, activos,
inteligentes:
clase gobernante. Somos gentes decentes. Patricios
a cuya clase
pertenecemos nosotros, pues, no ha de verse en
nuestra Cámara
(Diputados y Senadores) ni gauchos, ni negros,
ni pobres.
Somos
la gente decente, es decir, patriota.
Domingo Faustino Sarmiento, descendiente de negros bereberes
por parte de los Albarracín, en un discurso de 1866.
[...]
Por esa aristocracia y ese monarca la América portuguesa no se
partió en veinte rapubliqnetas independientes y enemigas como la
América española, ni la Confederación Argentina pudo infligirle una
derrota decisiva en 1851 —el año crítico de la historia imperial—,
cuando el poder de Juan Manuel de Rosas se erguía más fuerte que
nunca después de su victoria sobre Inglaterra y Francia, y su
«sistema americano» parecía cristalizar en el continente una federación
de repúblicas populares que significaría el fin del sistema político, social
y, tal vez, de la integridad brasileña.
«O pobre Brasil, tendo em si tantos elementos de disolução, tal
vez não podesse resistir a uma guerra no rio da Prata», escribía
Paulino José Soares de Souza, ministro de Negocios Extranjeros,
el mismo día —30 de septiembre de 1850— de romperse las relaciones
con la Confederación Argentina, para explicar por qué había buscado el
apoyo inglés en la grave cuestión del tráfico. Pero la astucia de Paulino,
la energía de Honorio, la capacidad militar de Caxias, el dinero de Mauá,
los talentos diplomáticos de Pimenta Bueno, Ponte Ribeiro o Silva Pontes,
y el buen sentido de Dom. Pedro lI, consiguieron trabajar los elementos
de disolución que presentaba la Argentina antes que Rosas acabara
de valerse de los brasileños. Pusieron de su parte la escasa visión
patriótica y pobreza de anhelos públicos de la llamada clase intelectual
ríoplatense, y aprovecharon las ambiciones políticas, intereses privados,
o tal vez simple ingenuidad de algún general argentino [¡Urquiza! - ECP]
que consintió en
pronunciarse a favor del Imperio.
Fué una labor reflexiva, minuciosamente lograda, que acabó dando por
tierra con el temible enemigo y estableciendo la hegemonía imperial en
el continente. Labor coordinada de una aristocracia eficiente y un
monarca patriota, que maduró en triunfo el 3 de febrero de 1852.
[El «triunfo» de Caseros, del Brasil contra la Confederación, contra los
argentinos, que todavía festejan los porteños en Buenos Aires - ECP]