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Apuntes de Historia e historias argentinas

 

 

 

Giuseppe Garibaldi
¿Quién fue el héroe de los dos mundos...?

Giuseppe Garibaldi nació en Nizza –parte entonces del Estado

Piamontés— el 4 julio de 1807 y murió en la isla de Caprera,

archipiélago de La Maddalena, Cerdeña, el 2 junio de 1882.

Su padre fue capitán de mar, muy respetuoso de la autoridad.

Lo llamaban padron Domenico. Su madre, de la Liguria, era

de tierno corazón y todos la conocían como mamma Rosa.

 

Peppino, el más díscolo de los hijos, recibió poca instrucción pues ningún maestro

logró mantenerlo en el banco de la escuela. Más le gustaba pasar todo el día en el

puerto, con los demás muchachos, o salir de correría con un primo, cazador furtivo

incorregible. Con la gramática y la sintaxis no llegó nunca a congeniar. Su padre

decidió por fin recomendárselo a un colega que hacía con su carguero las rutas

del Levante. Conoció así Atenas, Estambul, Odesa y otros puertos, donde alternó

con gente de muchos países, su horizonte se ensanchaba y cobraban forma en su

espíritu ciertas ideas. Hizo un encuentro decisivo a fines de 1832 o comienzos de

1833, cuando se embarcó en el carguero anclado en Marsella un grupo de barboni,
mandados por un cierto Émilie Barrault, un
intelectual, dramaturgo y magnífico orador,

adepto a las ideas de Saint-Simon. Si bien Peppino había oído ya muchas alocuciones

sobre la libertad y la justicia, nadie le había hablado con los inspirados términos de

Barrault  
 
Si bien es considerado en Italia como un héroe del Risorgimento, poco se ha dado
a conocer en ninguno de los due mondi sobre su paso por el Río de la Plata, donde
se dijo que lo honran
: 

El Brasil como soldado de su democracia; la República del
Uruguay como su defensor; los argentinos como combatiente
contra su tiranía, en su tierra y en sus aguas [...]

Cf. Mitre, homenaje de la colocación de la piedra fundamental
del monumento
a Garibaldi en Buenos Aires, 1899 

Un análisis de los documentos históricos nos indica que no es el Brasil quien así lo
considera, sino los separatistas de Río Grande, que nunca
constituyeron el Brasil.
Tanto para el Imperio como para la Confederación
Argentina, Garibaldi no fue otra
cosa que un pirata,
y en calidad de pirata
fue  perseguido por ambos estados. En
cuanto a la República del Uruguay
era a la sazón nada parecido a una república,

y  para Garibaldi se circunscribía simplemente a Montevideo, que  

Mas que una ciudad, como se ve, se trataba de una especie de

factoría internacional, con población aventurera y adventicia

[entre quienes prosperaba a sus anchas el héroe de ambos mundos].

En esta compañía heterogénea de agentes internacionales y masónicos,

agiotistas, mercachifles, piratas y aventureros de toda laya….los emigrados

de la Comisión Argentina pretendían llevar contra su patria la guerra de

la civilización                     

Cf.  Ernesto Palacio, Historia de la Argentina

Indica Adolfo Saldías en Historia de la Confederación Argentina, t. II, cap. XLV, p. 391:

... Oribe pudo decir, no sin razón, que eran los extranjeros emigrados,

descontentos,  aventureros, desocupados y más o menos malvenidos

en las revueltas de Europa y América, los que defendían a Montevideo;

ejercitando por sí y ante sí la personería de un partido político que lo había

derrocado a él del poder que legalmente invistió. Un artillero de Rivera

e historiador notable [Bartolomé Mitre (!)] ha corroborado últimamente,

bien que sin quererlo, esa opinión de Oribe en estos términos:

 

«Al tiempo de ser sitiado Montevideo por el ejército del tirano Rosas,

al mando del degollador Manuel Oribe, de siniestra celebridad, su

población se componía de pocos más de 31.000 habitantes. De éstos

sólo once mil eran nacionales de todos sexos y edades, incluyendo

en el número casi una mitad de negros emancipados, criollos los

unos y africanos los más. Los veite mil restantes, casi en su totalidad

hombres de armas llevar, eran emigrados argentinos, franceces,

españoles, italianos, etcétera, etcétera. De estos veinte mil hombres,

las tres cuartas partes (15.488 según el censo) correspondían a las

nacionalidades argentina, francesa, italiana y española. Los proscriptos

argentinos formaron una legión en número de de más de 500 hombres.

 

Los franceses se organizaron en batallones en número de más de 2.000

hombres. Los españoles, en número de 700 hombres, acudieron a las

trincheras. Los italianos, mandados por Giuseppe Garibaldi, formaron una

legión de más de 600 hombres. El núcleo del ejército de la defensa lo

componían cinco batallones de infantería y un regimiento de artillería

formados de negros libertos, mandado en su mayor parte por oficiales

argentinos. El resto hasta el completo de 7.000 hombres, lo formaban

tres  batallones y algunos escuadrones de la guerdia nacional que en

gran  parte se pasaron a Oribe por pertenecer al partido blanco» (1).

(1) Un episodio troyano, general Bartolomé Mitre, La Nación, 04.06.1882

Según el estado que presenta el general César Díaz (Memorias, p. 111)

los cinco batallones y el regimiento de negros formaban un total de 2.242

hombres; si como es cierto y lo asegura el general Mitre, el resto hasta

7.000 hombres (o sea 4.758) a que ascendía el ejército de la plaza, se

pasó en gran parte; y la población nacional de todos los sexos y edades

sólo alcanzaba a 11.000 almas, es evidente que esa cifra de 4.758 constituía

la casi totalidad de los orientales en estado de llevar armas, y que sólo por

excepción quedaron en Montevideo partidarios de Rivera.

 

No era, pues, una caricatura, ni menos un elogio incosciente, sino una

autopsia quizá demasiado severa la que hacía el célebre abogado francés

Chaix-D'est-Ange (a quien cita el general Mitre [Páginas de la Historia] ),

diciéndole al general Pacheco y Obes en la Cour d'Assises de París:

 

«Os concedo todo, no regatearé nada de vuestros combates, de vuestras

victorias, de vuestra generosidad, ilustre defensor de la República del

Uruguay; desde que tenéis la prueba de todo esto en certificados suscritos

por una docena de generales, jefes de ese ejércitos compuestos de negros,

de franceses, de italianos, de naturales de todos los países, bandas de

proscritos, escoria de todas las naciones, aventureros de todas partes,

médicos sin enfermos, artesanos disipados, enemigos de todas las

sociedades modernas, que en París, como en Montevideo, como en

Roma, tienen siempre un brazo, una pluma al servicio del desorden,

mandados por generales como ese Garibaldi a quien por lo demás

conocéis muy bien...»

Cómo llegó a Sudamérica 


Garibaldi estaba afiliado con el nombre de «Pane» a la secta Giovine Italia
fundada por Mazzini, donde había pronunciado el
juramento que lo obligaba
a hacer todo lo que se le ordenara. La directiva recibida fue de entrar en
Piamonte y, dado que no
había hecho el servicio militar, se enroló en diciembre
de 1832,
a los 25 años, en calidad de marinero de tercera en la marina piamontesa
con la misión de trabajar a las tripulaciones agitando
y distribuyendo propaganda
de la secta entre los marineros
saboyanos en vista de na insurrección que Mazzini
preparaba
en apoyo a la expedición en Saboya. El método consistía en incitar
episodios de revuelta que mantenían en tensión a los estados, provocando así su
reacción. El paso siguiente era el de poner de
manifiesto ante la población la
consecuente represión desplegada
por aquellos soberanos que no se avenían
a sus ideas. A finales
de 1833 se embarcó en Génova en la fragata Euridice
junto a otro
conspirador, Mutru. Entre ambos se consagraron a ganar prosélitos,
pero de manera tan imprudente que pronto fueron descubiertos y
transferidos
a otra nave.

 
Mazzini, quien se encontraba seguro en Suiza, proyectaba en 1834 invadir Saboya
con Girolamo Ramorino, mientras que en Génova
Garibaldi debía incitar a la  rebelión
y ocupar el puerto. El 3 de febrero
de 1833 – la revuelta debía estallar al otro día –
descendió a tierra con
Mutru, pero no encontraron más que carteles en las paredes
que
anunciaban que la empresa había fracasado. Mientras muchos de los conspiradores
fueron condenados a muerte, Mazzini continuó
seguro en Suiza, y de allí pasó a Londres.
Entre los que lograron
huir de Génova se encontraba Garibaldi, quien fue condenado
a
muerte en rebeldía el 3 junio de 1834 por el Consiglio Divisionario di Guerra en calidad
de bandito di primo catalogo. 

 
Garibaldi se refugió primeramente en Marsella, se embarcó luego en el bergantín Union
para Odessa, y de allí pasó a Túnez, donde
se enroló en la flota corsaria de Hussein
Bey, señor de Túnez.
Túnez era en aquellos años una de las bases más importantes
de la masonería dedicadas a conspirar contra le Due Sicilie.
 
Cuando decide retornar a Marsella con un barco de guerra tunecino, encontró la ciudad
conmocionada por el cólera. Garibaldi fue de los
pocos que en vez de huir se enrolaron
en los grupos de enfermeros
voluntarios en ayuda de la población. Pasado el cólera,
consideró
que no valía la pena continuar a la espera de acontecimientos revolucionarios
que nadie creía ya probables y se embarcó en el bergantín Nautonier que desde Nantes
iba directamente al Brasil
y llegó a Río de Janeiro a comienzos de 1836.
   
Su iniciación en la política del Brasil


Encontró allí a muchos de sus compañeros, entre ellos a Giambattista Cuneo y a Luigi
Rosetti, quienes mostraban mucho más entusiasmo
que aquellos de Marsella, pues
ignoraban los sucesos de 1834 y se
hallaban lejos de las luchas internas que en tanto
se habían originado.
Su pasión avivó la de Garibaldi, quien acaso habría llegado al
Brasil
con la sola intención de comenzar una nueva vida. Con Luigi Rosetti y otro
camarada de apellido Picasso se lanzaron primeramente a una
empresa de transportes,
que no tuvo éxito. Garibaldi escribe a Cúneo,
en tanto en Montevideo, quejándose de la
poca moral manifestada por
gente que creyeron amiga. 
  
La política local lo acercó a su verdadera vocación. El 2 de octubre de 1836 fueron
vencidos en Fanfa los farrapos, separatistas de Río Grande.
Su líder, Bento Gonçalves,
y el ideólogo de la revolución farroupilha,
el conde italiano Tito Livio Zambeccari, de
Bolonia, fueron hechos
prisioneros por Bento Manuel y llevados a Río de Janeiro.
Garibaldi
visitó con Rosetti a su hermano masón Zambeccari en la prisión de Río de
Janeiro, y éste lo indujo a él y a su compañero a ponerse al
servicio del gobierno
revolucionario de Río Grande. Garibaldi no era
un jefe sino en el campo de batalla.
En el ámbito político, su falta de
intelectualidad le hacía siepre buscar a alguien que
le «cubriera» la responsabilidad. Poco antes había escrito a Mazzini solicitándole
«lettere
di marca» para dedicarse a actividades de corso contra barcos de Cerdeña
y Austria, en navegación o fondeadas en las costas del Brasil. Esta autorización le
fue dada finalmente por Bento Gonçalves en nombre
de Río Grande para hacer
piratería en navíos imperiales en las partes
meridionales del país, cosa que llevó
a cabo. Tanto con el aval de
Bento Gonçalves o con el supuesto de Mazzini, se
trataba de acciones
de guerra corsaria que se castigaban con la pena de muerte.
 
Una vez otorgada la autorización por Bento Gonçalves – que para Garibaldi era
importante, pues se sentía así «in servizio» – , armaron
en el puerto mismo de
Río de Janeiro un pequeño barco, una garopera,
a la que bautizaron Mazzini.
Fuera de la bahía de Guanabara izaron
la bandera farroupilha dedicándose
a detener embarcaciones brasileñas
de comercio. En sus andanzas con la

Mazzini, Garibaldi entró en junio 1837 en el Río de la Plata escapando de

buques de guerra imperiales. No pudo recalar por mucho tiempo en Maldonado

pues Oribe lo persiguió; tuvo un combate con un barco oriental, donde Garibaldi

fue herido en el cuello – mortalmente, como dice en sus Memorias, en las que

actuó de ghost-writer otro masón, Alejandro Dumas, y temió que su cadáver fuera

arrojado «a los yacarés del Río de la Plata». Su situación era difícil, no sólo

por la herida, sino que no siendo la bandera de Río Grande reconocida por la

Confederación y el Estado Oriental, la Mazzini sería considerada pirata, y sus

tripulantes podrían ser condenados a la horca. Fue llevado a Gualeguay, donde

el gobernador Echagüe le dio asilo y le mandó su cirujano, el doctor del Arca,

quien le extrajo el proyectil y lo curó. Recibió orden de no alejarse de la villa,

donde le permitían recorrer a caballo las inmediaciones; se le daba alimentación

y una asignación diaria de un peso fuerte. No obstante se fugó y, apresado por el

destacamento de Ibicuy, fue devuelto a Gualeguay. Por último intervino Echagüe,

quien por instancias de Rosas lo dejó en libertad.
 
Retornó a Río Grande junto a Bento Gonçalves, quien había logrado huir del Forte
do Mar
en Bahía, donde había sido recluido, y retomó
su función de corsario; el
día 22 de julio de 1839, Garibaldi por mar
y Davi Canabarro por tierra, se apoderan
de la provincia de Santa
Catalina y en la Laguna de los Patos fue puesto con el inglés
John
Grigs al frente de una escuadrilla republicana.
 
Después de reconquistada la Laguna de los Patos por los imperialistas se libró el12
de enero de 1840 la última batalla en Santa Catarina,
en Forquilha, donde las fuerzas
de Teixeira Nunes y Garibaldi fueron
derrotadas por el teniente coronel de la Guarda
Nacional
, Antônio de
Melo e Albuquerque. Fue el fin inexorable de la  República

Juliana. Con la pérdida de la República Juliana, los separatistas se quedaron sin

costas y Garibaldi sin función como corso y debió pasar a Montevideo a las órdenes

de Rivera. Solicitó el 18 de agosto de 1841 el perdón del gobierno del Brasil, pero

hay indicios de que fue la logia que controlaba el gobierno de los farrapos quien

decidió que Garibaldi fuera a Montevideo.
   
Su paso a Montevideo

  
Rivera y Bento Gonçalves habían firmado el 5 de julio una convención secreta de

«mutua ayuda», complementada con el tratado del 28 de diciembre, parte del

proyecto «Federación del Uruguay» – Uruguay Mayor según Pandías Calógeras,

que estaría integrado por Río Grande, la República Oriental, Entre Ríos, Corrientes

y tal vez el Paraguay y Santa Fe. Rivera se comprometía a enviar caballos a los

farrapos, y ellos, a su vez, lo recompensaron con Garibaldi y sus buques, ya

ineficaces para los republicanos riograndenses. Convertido por las circunstancias

en jefe de la armada oriental, que hasta entonces comandaba el norteamericano

comodoro Coé (Cohe), obtuvo el navicert del Brasil para desempeñarse en el

Río de la Plata. 
 
Sobre la situación del gobierno de Rivera y en particular refiriéndose a esta escuadra

comandada por Coé acota el general José María Paz en sus memorias:           

[...] Sería prolijo referir los escandalosos abusos y públicos
latrocinios que se cometían, sin tomarse siquiera el trabajo
de disimularlos. Baste por ahora decir que el mal había
llegado al más alto grado, y que me parece imposible que
en parte alguna se hayan visto en este género mayores
desórdenes.
 
En medio de ellos, se tuvo la ocurrencia de formar una
escuadra que disputase a la de Buenos Aires el dominio
de las aguas, sin que me sea permitido, porque lo ignoro,
dar a Rivera el mérito de su invención. Mas él no debe
penarse por esto, porque el pensamiento no era muy feliz
en el estado presente de las cosas. Habría sido conveniente
contraer esos caudales y la atención del gobierno a ponerse
un pie de ejército respetable, de donde debía indudablemente
surgir la victoria, que en armar unos malos buques, que no
sabrían ni preparar, ni conservar después.
 
El gobierno, o mejor diré el país, gastó sumas crecidas,
y aún puede decirse inmensas, comparativamente a la
importancia de la escuadrilla. No hay una sola persona en
la Banda Oriental que ignore los contratos fraudulentos
y robos escandalosos que se perpetraron para aprontar,
armar y tripular cinco o seis buques, que se pusieron al
mando del norteamericano Coé, antiguo oficial de la
marina de Buenos Aires.
 
Sin embargo que no era mayor la fuerza de Brown, nada
hizo aquella de provecho, y después de unos cuantos
encuentros incalificables, y por lo común desgraciados
y sin gloria, en que sólo hizo Coé y sus compañeros aquello
muy preciso para no dejar enteramente en descubierto sus
compromisos, dejó a Rosas la superioridad marítima y se
encerró en el puerto de Montevideo.   
                                              
José María Paz, Memorias, cap. XXXV

A esta «escuadra» vino a incorporarse Garibaldi, quien en junio de 1842 se hizo

a la vela desde Montevideo con una barca, dos bergantines y dos goletas. Su

misión era forzar el paso de Martín García, para ayudar a Corrientes, amenazada

por Oribe. Se acercó a Martín García enarbolando la bandera de la Confederación.

Sorprendió así a los artilleros de la isla, quienes lo tomaron por buques de Brown.

Cuando se dieron cuenta, sus disparos sólo alcanzaron a un buque y Garibaldi

consiguió cruzar el obstáculo. La prensa de Buenos Aires lo llamó pirata desde

entonces, como siempre lo llamó el Brasil.

«La camicia rossa» 


En L'Italia del Risorgimento, Indro Montanelli, Ed. Rizzoli, 1978, en el capítulo XVIII,
L'eroe dei due mondi se encuentra, a mi modo de ver, una idea real de Garibaldi en
el Brasil y el Río de la Plata. En la página 283 refiere Montanelli la historia más bien
prosaica de la camicia rossa:

... Garibaldi parlò chiaro e duro ai volontari, ne epurò i quadri,
impose una disciplina di ferro, e infine ebbe una geniale trovata,
destinata a contribuire non poco alla sua leggenda: la camiscia rossa.

Su questa camiscia si sono ricamati romanzi. Ma la sua storia invece è
molto semplice, addiritura prosaica, e assolutamente priva dei sottintesi
ideologici che le sono stati attribuiti. Da buon soldato, Garibaldi era
convinto che per trasformare degli uomini in combattenti una divisa
non basta, ma ci vuole. La Legione non aveva soldi per distribuirne.
Ma in quel momento una fabbrica di Montevideo, che produceva
grembiulotti rossi destinati ai saladeros, cioè ai macellai argentini, non
potendo più smerciarli dato lo stato diguerra fra i due Paesi, dovette
venderli sotto costo. Garibaldi approfittò dell'ocassione per incettarne
una cospicua partita. E fu così, per pure ragione di economia, che
nacque la sua famosa uniforme.

¡Garibaldi vestido de Colorado del Monte o cosa parecida!. Montanelli dice

que era un grembiulotto que usarían los matarifes de los saladeros, pero puede

que más haya sido una prenda militar, la que después en su honor se llamó la

garibaldina.

 

En la misma obra, Montanelli dice:

Intelletualmente rozzo e di scarsa cultura, anche si li avesse letti, non

avrebbe mai potuto capire i Goberti, i Balbo, i D'Azeglio. Políticamente

era rimasto alla contrapposizione frontale tra le due Italie. Piu che il suo

cervello, le soluzione «moderate» ripugnavano al suo temperamento,

e dovevano aparirgli una mascheratura de la diserzione.

Carente en absoluto de inteligencia política, de él dijo Maxime du Camp, escritor

francés y camicia rossa: Provava un certo vigore davanti all'ostacolo solo

perché poteva investirlo come un cinghiale arrabbiato. El mismo Giuseppe

Mazzini, en una carta a Giacomo Daniele sostuvo que Garibaldi, quanto

a coerenza di idee, è una vera canna al vento. Para Lorenzo Del Boca, era

un babbeo (Maledetti Savoia, edizioni Piemme, Casale Monferrato 1998)—

 

Garibaldi, en nuestras latitudes, no fue más que un mercenario, un caballero

de industria, si bien sólo de cuarta, como nos corresponde, que según Indro

Montanelli d'istruzione n'ebbe poca... appena imparato l'alfabeto... con la

grammatica e la sintassi non si appastò mai del tutto. Después de fracasar

en el Brasil, pasó, como lo exigía la masonería, a la «Troya americana», donde

conoció a Mitre, quien dice de él:

Quise aprovechar la ocasión de interrogar aquel enigma vivo, y extracto
de mi diario militar la impresión profunda que me causó la conversación
que en ese día tuve con él. Me penetré que era un republicano apasionado
por convicción y temperamento. Bajo un exterior modesto y apacible ocultaba
un genio ardiente y una cabeza poblada de grandiosos sueños...  Su lenguaje
al hablar de esto era apasionado y lleno de colorido, revelando un hombre
instruido, con más sentimientos que ideas. Me expuso brevemente su teoría
política a propósito de los males que afligían a la América del Sur, a los
cuales no veía más remedio que nuevas revoluciones para destruir los
abusos, y nuevas guerras que la purificasen...

Cf. Bartolomé Mitre, Páginas de Historia

Bismarck dijo que nunca se miente tanto como antes de las elecciones, durante la

guerra y después de una cacería. Yo agregaría y en la Mitología Argentina. ¿Cómo

pudo el cultísimo Bartolomé Mitre dar a la posteridad esta idea de Giuseppe Garibaldi,

si los propios italianos lo consideraban rozzo e di scarsa cultura, que aunque hubiera

leído a escritores como Cesare Balbo o Massimo d'Azeglio non gli avrebbe mai

potuto capire, un babbeo,  alguien que, según Mazzini, quanto a coerenza di idee,

è una vera canna al vento? Probablemente ésa habrá sido la idea que cobró Mitre

del rozzo Garibaldi en comparación con el resto de quienes lo rodeaban en Montevideo,

la Toya americana. Dice de Garibaldi Indro Montanelli en L'Italia del Risorgimento: 

Grazie anche alla lontananza e alla magia degli esotici nomi —
Corrientes, La Plata, ecc.— in Italia se lo raffiguravano come
un qualcosa di mezzo fra Bolivar e Buffalo Bill.
Ma tutto questo
era avvenuto senza ch'egli se lo proponesse: era un uomo troppo
semplice
, schietto e istintivo per curare le messinscene pubblicitarie:
anche la camicia rossa era stata una «trovata» involontaria.

Casi cien años antes decía Indalecio Gómez, diputado por Salta, en la sesión del

13 de agosto de 1897 donde se debatió la construcción del monumento que la

masonería hizo erigir en Plaza Italia en Buenos Aires

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[...]

Él conocía bien el vulgo y con él se identificó para brillar sobre él

y dominarle; y en reciprocidad fue el elegido del vulgo, que ama al

que le subyuga y logra poner de relieve sus atributos; de donde ha

resultado un conato de recíproco endiosamiento: del vulgo por

Garibaldi, de Garibaldi por el vulgo.

 

Es sabido por noción instintiva que a las muchedumbres incultas se

las atrae por la sensación y que se las subyuga por la persistencia

de las sensaciones que las complacen. Garibaldi tenía una figura

simpática y atrayente, don enteramente físico. Él lo sabía.  ¿De qué

medio valerse para llamar constantemente la atención sobre su

figura que predisponía en favor suyo? Pues del más simple, del

menos inteligente: del traje.

 

"En Montevideo", dice el general Mitre, en el escrito que ha citado

el diputado por la Capital, "su traje era una levita azul sin ninguna

insignia, de cuello militar vuelto, con una doble botonadura dorada,

constantemente abrochada de arriba abajo. Llevaba un sombrero

blanco de castor, cilíndrico y alto de copa, con ala ancha, doblada

hacia arriba como la visera levantada de un casco de la edad

media". ¿Qué le parece, señor presidente, este traje, en Montevideo,

durante el sitio? Quien no esté en el secreto de estas supercherías, 

se imaginará quizá que cuando Garibaldi usó en Italia la camiseta

roja, lo hizo cediendo a las imperiosas exigencias de un hábito

contraído o por llevar sobre su cuerpo un testimonio patente de

sus recuerdos, de su amor al país donde por primera vez vistiera

la camiseta. Pues ya se ve que no fue así. Ni exigencias del hábito,

ni gratos recuerdos aconsejaron a Garibaldi el uso de la famosa

camiseta; fue tan sólo el instintivo recurso de los contrastes

llamativos, para despertar la curiosidad sobre su persona y fijar

la atención de las muchedumbres.

[...]

En Italia se hizo famoso gracias a las fábulas que de él esparció de la masonería

un qualcosa di mezzo fra Bolivar e Buffalo Bill, y luego en la Argentina volvieron

a sacarle el jugo con las entelequias del Risorgimento traídas esta vez de Italia.

Una especie de Chevalier de Bayard, sans peur et sans reproche, un Juan Galo

de Lavalle redivivo medio siglo más tarde, otro garibaldino éste de quien había

dicho Paul Groussac, de ninguna manera un revisionista:

Tratar por el método crítico los episodios novelescos de su vida, valdría
tanto como aplicar el teodolito y las formas de triangulación a un

efecto de espejismo. No es discutible el arrojo personal del soldado,

pero la historia de sus hazañas allá por Río Bamba, Pichincha y otras

varias regiones de exuberancia tropical, salva las fronteras de la

historia documentada y parece que se faltara a tanta proeza fabulosa

con sólo sacarla de su predestinada ubicación para someterla al

análisis.

Paul Groussac, Estudios de Historia Argentina, p.184.

Es que los argentinos somos muy afectos a este género, el de las leyendas.

 

Acota a este respecto Adolfo Saldías, op. cit., p. 368:  

Por lo que respecta a los hechos de Garibaldi en el Río de la Plata,

tal como quedan consignados, sus correligionarios los unitarios

argentinos y los orientales riveristas, los exaltaron fabulosamente,

convirtiéndolo a él en un héroe de romance, especie de argonauta

empujado por la gloria, que contribuyó a encontrar en las aguas

argentinas el velloncino de oro de la libertad. De aquí el renombre

de Héroe de ambos mundos con que lo designan todavía los que

sobreviven de esos partidarios apegados a su tradición política.

(Véase elogio de Garibaldi publicado en La Nación de 4 de junio

de 1882. Archivo Americano, 1a serie, número 25, página 42.

Véase mi libro Cicilia, artículo De Amicis y Garibaldi).  

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Bibliografía  
Bettino Craxi, Garibaldi in Tunisi
Bettino Craxi, "IL SOCIALISMO E' IL SOLE DELL'AVVENIRE" G.G.
Indro Montanelli, L'Italia del Risorgimento
Antonio Pagano, Nazione Napoletana, Due Sicilie
José María Rosa, Historia Argentina
Adolfo Saldías, Historia de la Confederación Argentina
José María Rosa, La caída de Rosas – El Imperio del Brasil y la Confederación 
   
                            Argentina (1843 - 1851)
- Madrid 1958
José Luis Busaniche, Historia Argentina
James R. Scorbie, La lucha por la consolidación de la nacionalidad argentina              
Manuel Gálvez, Rosas 

Indalecio Gómez, Debate sobre la erección de la estatua a Garibaldi -

                               Cámara de Diputados -  Sesión del 13 de agosto de 1897

 

Apuntes de Historia e historias Argentninas

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