Bartolomé Mitre
http://www.lanacion.com.ar/opinion/nota.asp?nota_id=776836
Señora
Nélida Rebollo de Montes:
No dudo de que su nota de hoy en La Nación
haya sido escrita con sinceridad, lo que
per se no quiere decir que deba guardar relación con la verdad. El hecho
de nombrar
a Mitre, Sarmiento y Avellaneda de un aliento, como si estos personajes
se hubiesen
querido en vida o hubiesen tenido ideas coincidentes, es de por sí un
error. Mitre
habló pestes de Sarmiento en La Nación Argentina, y Sarmiento
consideraba a Mitre
un alcohólico: «Mitre se ha presentado tres veces ebrio
en el Senado» (Sarmiento en
carta a M. R. García, 07.09.1869, Cf. Manuel Gálvez, Vida de
Sarmiento, pág. 314).
Sarmiento, a su vez, detentaba el grado de general de división sin
conocerse de él
antecedentes militares, según dictaminó el Ministerio de Guerra en 1885
(Cf. Marcos
P. Rivas, Sarmiento - Mito y realidad, 23). Decía Juan B.
Alberdi: «... Sarmiento,
trabajador improductivo, estéril, a título de empleado vitalicio, que
vive como un
doméstico de los salarios del Estado, su patrón.» (Facundo y su
biógrafo, 1880).
Sobre la supuesta acción educadora de Sarmiento, dijo Avellaneda:
«Supo el señor
Sarmiento que había bibliotecas populares y una ley nacional que las
fundaba cuando
habían aparecido los primeros volúmenes del Boletín de las
Bibliotecas, y éstas
convertídose en una pasión pública». (Nicolás Avellaneda,
Escritos y
discursos, VIII,
397). Mitre jamás ganó una batalla, ni siquiera a los indios, fue un
mediocre escritor
y un peor historiador. Propulsó la separación de Buenos Aires de la
Confederación,
que se declaró durante once años estado independiente, con constitución
propia,
y bajo su gobierno se libró la mayor guerra de policía contra el pueblo
argentino:
...
Y no vamos a pedir a un amigo de Peñaloza ni de Juan
Saa la estadística
que sirva de cifra y compendio, clave y emblema, para el período
que, por
desdicha, no se cerró el 12 de octubre de 1868, cuando el general
Mitre
hizo entrega del poder a don Domingo F. Sarmiento. Nos la dará don
Nicasio
Oroño, miembro conspicuo del
partido liberal, y senador en 1868: «Desde
junio de 1862 —dijo Oroño
en el Senado—
hasta igual mes de 1868, han
ocurrido en las provincias ciento diez y siete revoluciones,
habiendo
muerto en noventa y un combates, cuatro mil setecientos
veintiocho
ciudadanos».
Cf. José Luis Busaniche, Historia
Argentina XXVI, 783
En cifras:
4.728 muertos en 6 años, y después de 10 años sin Rosas ni la Mazorca.
Éste fue el comienzo de la ansiada «organización nacional» con Mitre y
Sarmiento.
Estas importantes cifras pudieron lograrse en tan poco tiempo gracias a
denodada
colaboración de los «coroneles orientales»: Ambrosio Sandes, José Miguel
Arredondo,
Ignacio Rivas, Venancio Flores, Wenceslao Paunero y podríamos agregar a
este
conjunto de asesores internacionales también al chileno Irrazábal,
asesino del Chacho.
Todos de decidida participación en la «organización nacional» (ver a
continuación la
Revue des
deux Mondes), no los empujaba
otro deseo que el de poner en práctica
la democracia según Sarmiento:
... No trate de economizar sangre
de gauchos. Éste es un abono que es
preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de
seres
humanos...
-Carta de Sarmiento a Mitre,
20.09.1861
Podría usted interiorizarse
de lo que opinaba sobre Mitre y su gobierno
Alfred
Ébélot
en la
Revue des deux Mondes, París, 1876:
... El general Mitre, proveniente del ejército y
militar de profesión pero más
apto para la política que para
la guerra, ha visto siempre en el ejército,
ante todo, un instrumento
de gobierno. Durante su larga administración
lo llenó de su gente.
La mayoría de los jefes eran, o sus parientes, como
el general Emilio Mitre,
hermano suyo, el general de Vedia, cuñado,
o soldados de fortuna, como
los generales Arredondo, Rivas, Gelly y Obes
y el coronel Borges, nacidos
en la otra orilla del Plata, ciudadanos de una
república rural y
dispuestos a subordinar los intereses del servicio a las
conveniencias del partido
que los había elevado. En sus grandes
comandancias de frontera se
ocupaban especialmente en dirigir las
elecciones, vigilar a los
opositores, ejercer la policía de las
opiniones,
y es posible que desearan que
la complacencia de los indios les dejara
el sosiego necesario para
consagrarse a tales tareas, mucho más
interesantes para ellos que
guardar las vacas y los caballos de la
llanura. De tal modo, en la
frontera sur nada se descuidó para hacer
del cacique Catriel una
especie de personaje, oficialmente revestido
con las insignias de un
general de la nación. Catriel fue instalado en las
puertas mismas del Azul, en
una superficie de más o menos veinte leguas
cuadradas que se le regalaron.
Recuerde que estas
afirmaciones no provienen de un «revisionista», sino de un
francés,
nada menos que secretario de la
Revue des deux Mondes de París,
escritas en 1876,
en plena vida de Mitre, quien no se atrevió a rebatir un punto
ni una
coma.
Piense usted, señora
Rebollo de Montes, que si hubiéramos tenido
tantos
«prohombres»
de la calidad narrada en nuestra Mitología
Nacional, hoy, a casi
dos siglos de pretendida
«independencia», nadie en el mundo nos tocaría
el traste ni con una
caña. Pero seguimos
con el «ispa» de cuarta, trabajando
para pagar intereses, y ya hemos
agotado casi todas
las formas de gobierno
habidas y quizá aún por haber. Pero lo único que
no hemos hecho
todavía es
avivarnos, pues, como dijo Jauretche
A la estructura material de un país
dependiente corresponde una
superestructura cultural destinada a impedir el conocimiento de
esa dependencia para que el pensamiento de los nativos ignore
la naturaleza de su drama y no pueda arbitrar propias soluciones,
imposibles mientras no conozca los elementos sobre los que debe
operar y los procedimientos que corresponden, conforme a sus
propias circunstancias de tiempo y lugar.
Los profetas del
odio y la yapa
A
esta «superestructura cultural» pertenece La Nación, «tribuna de
doctrina», sin
que jamás se haya llegado a precisar el carácter de esa doctrina.
Deberíamos
darnos cuenta ya de que el repertorio de «prohombres» que tenemos no
puede
ser mejor que lo que la realidad del país hoy representa, a no ser que
hayamos
marchado dos siglos como el cangrejo, —cosa que tampoco hablaría en
favor
de nuestros «prohombres»—, y dejarnos de una vez por todas de llorar la
carta.
Deberíamos terminar además de creer en pamplinas míticas como las del
«maestro
de América» —de los que por poco cada país de Hispanoamérica tiene el
suyo,
y hay hasta países que cuentan con dos— y en otros devaneos oníricos
propios
de la Edad del Bronce en que vivimos, pues nuestra realidad es
indefectiblemente
un producto de nuestra historia y, consecuentemente, nuestros
«prohombres» no
pueden ser mejor que la triste certidumbre que hoy nos rodea. Un
epigramático
contemporáneo dijo que nada es bueno a menos que se lo haga (Es gibt
nichts
Gutes ausser: Man tut es...) Lo que corresponde, entonces, es lo que
ya nos instó
con otras palabras de igual significado alguien que pareciera habernos
conocido
bastante bien, Ortega y Gasset: ¡Argentinos, a las cosas, a las
cosas...!
Cordiales saludos, señora Rebollo de Montes
Enrique C. Picotto
www.picotto.net/