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Apuntes de Historia e historias argentinas

2006 - Centenario de la muerte del General Mitre

2

 

 

(Continúa de Alfred Ébélot: Relatos de la frontera, Una invasión de indios a la provincia de Buenos Aires )

 

Luis Franco, La Pampa habla

Ed. La Verde Rama, Buenos Aires, 1982

[...]

Como vemos, el informe de Ebelot no deja nada en el fondo la olla, y con sólo algún

aporte complementario, podemos resumirlo así:

 

1°) Desde la segunda mitad del siglo XVIII hasta 1852 la guerra con el indio no toma

caracteres de catástrofe, si bien Rosas tiene que eliminar los más indispensables

servicios públicos —caminos, correos, hospitales, escuelas— para poder comprar

la paz de los indios, es decir, salvar en lo posible las vacas de los estancieros y las

suyas.

 

2°) La nefanda calamidad se inicia con la primaveral revolución del 11 de setiembre

y la secesión del país, es decir, cuando Urquiza inaugura su luna de miel con

Calfucurá y demás caciques, y  Buenos Aires pone toda su energía patriótica,

no en defender a su pueblo de los indios, sino en aplastar a las trece provincias

restantes y a la Constitución Nacional.

 

3°) Ebelot pone al desnudo no sólo la aguerrida inepcia militar de Mitre, sino algo

más: «aunque más apto para la política que para la guerra, el general Mitre vio

siempre en el ejército ante todo un instrumento de gobierno. Durante su larga

administración había cubierto las plazas con sus protegidos: la mayor parte de

los jefes eran sus parientes —el general Emilio Mitre, su hermano, el general

Vedia, su cuñado— o soldados de fortuna... dispuestos a subordinar los intereses

del servicio a las conveniencias del partido que los había elevado». (Los otros

jefes a que alude, todos uruguayos, son Venancio Flores y Sandes, masacradores

incontenibles; Iseas, llamado «el Torquemada de la Pampa» por Fotheringham;

Rivas, acusado de ladrón por sus propios oficiales, como veremos, y Arredondo,

asesino de Iwanowsky).

 

4°) Sarmiento, aunque empeñado en curar al ejército de su gangrena política —

y justamente por no caer en el personalismo y mandonismo que le imputan las

cornejas hasta hoy—, no cambia el equipo militar dirigente o guardia pretoriana

importada, y él y el país sufrieron las consecuencias del caso.

 

5°) Como Ebelot no es un estanciero ni un político bonaerense, como el coronel

Barros, al denunciar la apestosa corrupción castrense, que continuará a lo largo

de las décadas, no oculta lo que aquél calla: la radical antítesis entre un caudillo

del pensamiento reformador y un caudillo de cuartel y atrio electoral forrado de

latines.  

 

En un capítulo próximo se examinarán más detenidamente los orígenes

y modalidades de ese fracaso consuetudinario de la guerra contra el indio

inaugurado por Mitre, de la virtuosa inepcia de nuestros generales que, por

una en el clavo daban nueve en la herradura. Acá digamos sólo lo que se viene

callando hasta hoy: que lo consignado fue la causa decisiva de que los indios,

que llegaron a controlar casi la mitad del territorio patrio y a consumir casi la

mitad de su presupuesto en pensiones y fortines, que los indios gobernasen

un día más que el gobierno.

[...]

 

Lo que vino después, hasta la final conquista del desierto, fue algo no menos bufo

y trágico lo fue más aún. El grupo porteño de los adversarios y sucesores políticos

de Rosas, Valentín Alsina, Mitre —unido al de sus ex partidarios Obligado, Torres,

Nicolás Anchorena, Elizalde— capitanean la infausta revolución del Once de

Setiembre con el argumento de evitar la hegemonía directorial de Urquiza, pero

en realidad buscando la de su grupo y la de Buenos Aires sobre el país, tomando

como caballito de batalla el contralor de la aduana nacional única y de sus rentas.

 

Incorruptibles en su negativa de aceptar la Constitución Nacional del 53, el clan

saladeril de Alsina, Obligado y Mitre logra la secesión de la Provincia de Buenos

Aires y no retrocede ante el más alevoso de los intentos: el de la segregación

definitiva, convirtiendo a Buenos Aires en una república independiente con el

visto bueno y la bendición de la corte carioca. (Vera y González: Historia de la

R. Argentina; Carta de Juan Carlos Gómez a Mitre, La Tribuna, 16.12.1869; J.M.

Mayer: Alberdi y su tiempo). Rosas, desde el destierro, aprueba y apoya la gran

idea: «Buenos Aires debe declararse independiente. Tiene todos los elementos

que pueden constituir una nación...» (El Nacional Argentino, 05.04.56; El Diario

de Valparaíso, 22.05.56).

 

Esta década secesionista de Buenos Aires fue el más bendito servicio que pudo

hacerse a los empresarios del malón. Abocada la mayor parte de su presupuesto

a la preparación de la guerra, es decir, la enderezada a someter a las otras trece

provincias a su home rule, la guerra contra el indio pasó a segundo o a tercer plano.

 

Hacia 1855 el ejército de las lanzas emplumadas dominaba por completo los

campos de Olavarría, Caruhé, y Azul y buena parte de Mendoza, San Luis,

Córdoba y Santa Fe. Fue preciso que en esos mismos años los pampas entrasen

en la ciudad de Azul como Pancho por su casa y dejaran al retirarse cargados

con el botín, entre la bosta de sus caballos, trescientos vecinos degollados en sus

calles, arreando al pasar por los campos varias decenas de miles de vacunos

y yeguarizos, para que el gobierno, sin poder taparse los oídos al clamor público,

se resolviera a entrar en acción.

 

Un ejército de las tres armas bajo las órdenes del propio ministro de guerra,

coronel Mitre, marchó al Azul donde tras un breve descanso, que el ministro

aprovechó para anoticiar al público en zozobra que con el látigo que tenía en la

mano bastaba para aventar a los cerdudos y redimir «hasta la última cola de vaca

de la provincia», se lanzó sobre la Blanca Grande a estrangular a la indiada según

un estratégico movimiento de tenaza no indigno del general Paz o de Epaminondas.

Sólo que Mitre, siempre goloso de laureles, atacó con la caballería sin esperar la

llegada de la infantería, y la tenaza se convirtió en un martillo en manos de los indios.

Retrocedieron éstos a prisa y a la desbandada, abandonando sus tolderías, pero

volvieron, justo a tiempo en que los triunfadores se entregaban a los encantos de la

Venus mapuche y del aperitivo del aguardiente. Desagradablemente sorprendidos,

los soldados de la civilización y su jefe debieron buscar refugio en la colina próxima,

llamada Sierra Chica, donde quedaron rodeados por los indios, que resolvieron

esperar la llegada del alba siguiente y de Calfucurá para proceder al degüello de

ley. Mitre no tardó en penetrar tan piadosas intenciones y resolvió burlarlas a favor

de la oscuridad de la noche, aunque claro está dejando de regalo a los indios

parque, carpas, caballos y fogones, precio pagado para cubrir la retirada. Así los

vio llegar Azul «a pie, con la montura al hombro, desde el jefe hasta el último

soldado», según el parte pasado al gobierno. (Vera y González: Historia de la

R. Argentina; A. Barros: Fronteras y territorios nacionales; Zeballos: Calfucurá;

Carlos D'Amico: Buenos Aires y sus hombres).

 

Queriendo velar un poco tan meridiano desastre, el Dr. Zeballos llama a Mitre

(que aún vivía) «el militar de más talento y de más prestigio de la provincia, el

único miembro del partido dirigente capaz de afrontar el grave problema de la

guerra». (El lector se preguntará cómo serían los otros). La verdad era, como

después se vio hasta el bostezo, que Mitre estaba hecho para el floripondio

parlamentario o periodístico, para las rimas, para las batallas electorales, pero

no para las campales. ¿Que de nuevo en Azul, centro de todos los recursos de

la zona, el prófugo de Sierra Chica reorganizaría sus huestes, no sólo para salvar

su honor militar pisoteado por la caballada india sino también para salvar las vacas

y capear la amenaza de que la frontera araucana volviera otra vez a plantar sus

fortines de cuero a orillas del Salado? Pues no: tiró las cartas y corrió a Buenos

Aires a combatir a sus enemigos políticos que le importaban bastante más que

la indiada. Zeballos intenta aliviarlo una vez más arguyendo que acudió a la capital

porque «su honor militar era entregado a la hoguera de la crítica», olvidando que

el de Mitre era más incombustible que las salamandras. ¡En efecto, fue ascendido

a general! En la historia argentina han ocurrido siempre cosas equivalentes. Las

mayores popularidades políticas —Rosas, Mitre, Roca, Pellegrini, Irigoyen, Perón—

se han obtenido como recompensa a los mejores desmanes perpetrados contra

el país.

 

Mitre decía de Hornos que era «más lanza que general» y por eso sin duda lo

prefirió para sucederle en el debate con las tacuaras. Los indios eran también

mucha lanza, pero manejaban igualmente la cabeza. En Tapalqué el viejo Catriel

lo derrotó mientras chupaba una vainas de algarroba, maniobrando de modo

que el combate se diese en un hermoso campo de de pastoreo que era un

hermoso guadal, lo cual naturalmente enloqueció de espanto a los caballos

castrenses, mientras los pangarés del desierto, hechos a tutearse con pantanos,

vizcacheras y médanos, se movían como en cancha de carrera. Hornos se derrotó

solo. Mitre había escapado por un pelo de caer cautivo e ir a servir de asistente

o amanuense a Calfucurá. Con Hornos pasó lo propio.

[...]

 

El gran punto de partida del nuevo régimen impuesto por los indios venía del

desastre crucial de Mitre en Sierra Chica. Veamos el testimonio de un hombre

muy conocedor del problema y ajeno a nuestros intereses y prejuicios: «Los

amigos del general Mitre no podían dejar de exagerarse a sí mismos la importancia

militar de las tribus indígenas después de la ruda lección infligida por ellas al hombre

distinguido que reconocían por jefe. Como primera medida se trató con los caciques

Catriel y Cachul dándoles tierras, raciones y una paga militar bajo condición de que

prestarían su concurso contra las invasiones. comenzó a tomar forma la teoría de

que sólo los indios podían tener éxito sobre los indios. Estas ideas no hicieron más

que reforzarse después del fracaso de un miembro de la misma familia, el coronel

Emilio Mitre... De allí surgió, organizándose poco a poco, un sistema de defensa

aún no del todo abolido: el sistema del desaliento» (Ebelot: op. cit.). Pero hay más:

Ebelot, en total coincidencia con el gobernador D'Amico y el historiador Vera

y González y el coronel Álvaro Barros, nos recuerda que el sistema de proveeduría

del ejército —creado por Mitre— concediéndola por licitación... a las más firmes

columnas del partido mitrista, fue un factor capital del fabuloso costo de la guerra

del Paraguay y la represión de López Jordán, y debía ser todavía más siniestro en

la interminable guerra con el indio, pues, según ya vimos, Cachul y los tres Catriel —

los caciques «amigos» del gobierno— defraudaban a sus propios indios, mientras

los proveedores y comandantes de frontera defraudaban al fisco.

[...]

 

Huelga decir que el desempeño de Urquiza en este pleito con el indio no era menos

gallardamente bellaco... Ya dijimos que la segregación de Buenos Aires del cuerpo

de la República fue el más santo servicio que pudo hacerse a la causa araucana.

«La alianza entre Urquiza y los indios fue sólida y leal porque convenía a ambas

partes. Urquiza no pensó jamás, según mis investigaciones, en la extirpación radical

de la barbarie de nuestros campos. El hecho histórico y por ende indiscutible, fue

que los indios, por esa época, entendían servir políticamente al gobierno de Paraná

en sus invasiones a Buenos Aires. Se reputaban soldados de la Confederación.»

(E. S. Zeballos: Calvucurá).

 

Al otro día del Once de Setiembre, entre la corte de Salina Grande y la de San José,

se inició el intercambio de embajadas y obsequios: Urquiza enviaba golosinas

(aguardiente y azúcar, agregándole trapos y quincalla) y recibía cautivos. Cierta

vez le entregaron un retrato suyo hecho sobre una manta pampa por una bordadora

de los toldos y se apresuró a taparlo de onzas doradas. El confiado afecto entre

ambas partes llegó hasta el punto de que el vencedor de Caseros tuvo un día en sus

brazos, ante la pila bautismal, a un niñito de cuarenta años de nombre Namuncurá;

se le agregó el cristiano de Manuel.

 

Así, por provincianos y porteños, fue auspiciada la confederación de de todas las

tacuaras —salineros, catrieleros y ranqueles— que se mantuvo con leves alteraciones

hasta 1878, que regó el espanto en las principales provincias de la República, pero

que tuvo una fanática preferencia por los campos y pueblos de Buenos Aires. Así

Urquiza devolvía, con una oronda canallada la otra no menos oronda que los porteños

le jugaron el Once de Setiembre.

[...]

 

Si la campaña por la hegemonía porteña sobre las provincias, antes y después de

Pavón, al dar la espalda al pleito con los indios, fue para éstos como quitarle la paja

del ojo, la guerra del Paraguay, con el abandono casi total de la frontera interna, fue

el premio gordo de la lotería para las tacuaras. Era cuando Calfucurá trataba al

presidente Mitre como a un compadre pobre: «Amigo Mitre...»

 

Entonces se puso en evidencia meridiana el fondo mismo de la cuestión, esto es,

que un gobierno que no sabía defenderse de cinco o seis mil lanzas, cuyos

plumeros amenazaban volver a las orillas del Salado, podía improvisar, en

cosa de días, un ejército de treinta mil hombres para aplastar a un pueblo

sito a varios cientos de leguas, y defendido por las selvas y los pantanos

del trópico, por modernas fortalezas y por decenas de miles de los más

intensos y mejor armados guerreros del mundo. [Subrayado ECP]

 

En un libro de no mucha resonancia en su tiempo y no aplaudido del todo por

Alsina, a quien iba dedicado —Fronteras y territorios nacionales— el coronel

Álvaro Barros, con documentación intergiversable sobre la mesa, echaba toda

la culpa a la desorganización y corrupción del ejército, sin que su ojo castrense

advirtiese que ellas eran uno de los tantos inevitables resultados del sistema

económico y político de la sociedad. Pese a ello, la denuncia no era menos

valerosa, y hoy constituye un documento iluminador.

 

Barros demostraba que la asignación de los puestos y ascensos militares, como

el aprovisionamiento del ejército, se regían por el favoritismo político y personal,

desembocando todo en la más rampante inmoralidad y cojitranca inepcia.

 

Veamos. Desde los tiempos del régimen provincial de Adolfo Alsina, Obligado

y Mitre, el aprovisionamiento del ejército venía haciéndose por particulares, según

el socorrido arbitrio de la licitación. Por cierto que quien ofrecía precios más bajos

se quedaba con la autorización oficial, y como se trataba infaliblemente de un amigo

político y personal de alguno, cuando no de todos los gobernantes, procedía con

libérrima voluntad en el cumplimiento de las obligaciones contraídas, ¡y quién iba

a ponerle el cascabel a gato, si el gato era un gran caudillo electoral, una de las

columnas del partido en el poder!

 

El sistema debió haberse perfeccionado envidiablemente en su técnica operativa

en poco tiempo, pues ya en la guerra del Paraguay produjo ostentosas fortunas

privadas salpicando de oro sin duda a más de un jefe complaciente.

 

«Mitre... no ha tomado un peso de las arcas públicas... pero en su gobierno los

robos eran tantos que a nadie llamaban la atención. Si en la actualidad se hacen

fortunas inmensas a la sombra de su poder, ésas son migajas al lado de las que

se hacían por los íntimos del general cuando Cepeda, cuando Pavón, cuando el

Paraguay. Mitre creía que su honradez quedaba inmaculada, puesto que él no

participaba de aquella arrebatiña». (C. D'Amico: Buenos Aires y sus hombres.)

«Su casa (de Mitre) fue negociada por agentes y obtenida la suscripción de

proveedores que mediante el despilfarro de las rentas ganaron millones». (Carta

de Sarmiento a Sarratea, 17.03.1869); Citas de J. N. Mayer en Alberdi y su tiempo.

D'Amico confirma el dato: «... los proveedores, cuyas fortunas insolentes se habían

hecho a la sombra de Mitre, regalaron a éste la casa en que hoy está la opulenta

imprenta de La Nación». (Op. cit.)

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Alfred Ébélot: Relatos de la frontera, Una invasión de indios a la provincia de Buenos Aires

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