[...]
Como vemos, el informe de Ebelot no deja nada en
el fondo la olla, y con sólo algún
aporte complementario, podemos resumirlo así:
1°) Desde la segunda mitad del siglo
XVIII hasta 1852 la guerra con el indio no toma
caracteres de catástrofe, si bien Rosas tiene que
eliminar los más indispensables
servicios públicos —caminos, correos, hospitales,
escuelas— para poder comprar
la paz de los indios, es decir, salvar en lo
posible las vacas de los estancieros y las
suyas.
2°) La nefanda calamidad se inicia con la
primaveral revolución del 11 de setiembre
y la secesión del país, es decir, cuando Urquiza
inaugura su luna de miel con
Calfucurá y demás caciques, y Buenos Aires
pone toda su energía patriótica,
no en defender a su pueblo de los indios, sino en
aplastar a las trece provincias
restantes y a la Constitución Nacional.
3°) Ebelot pone al desnudo no sólo la aguerrida
inepcia militar de Mitre, sino algo
más: «aunque más apto para la política que para la
guerra, el general Mitre vio
siempre en el ejército ante todo un instrumento de
gobierno. Durante su larga
administración había cubierto las plazas con sus
protegidos: la mayor parte de
los jefes eran sus parientes —el general Emilio
Mitre, su hermano, el general
Vedia, su cuñado— o soldados de fortuna...
dispuestos a subordinar los intereses
del servicio a las conveniencias del partido que
los había elevado». (Los otros
jefes a que alude, todos uruguayos, son Venancio
Flores y Sandes, masacradores
incontenibles; Iseas, llamado «el Torquemada de la
Pampa» por Fotheringham;
Rivas, acusado de ladrón por sus propios
oficiales, como veremos, y Arredondo,
asesino de Iwanowsky).
4°) Sarmiento, aunque empeñado en curar al
ejército de su gangrena política —
y justamente por no caer en el personalismo y
mandonismo que le imputan las
cornejas hasta hoy—, no cambia el equipo militar
dirigente o guardia pretoriana
importada, y él y el país sufrieron las
consecuencias del caso.
5°) Como Ebelot no es un estanciero ni un político
bonaerense, como el coronel
Barros, al denunciar la apestosa corrupción
castrense, que continuará a lo largo
de las décadas, no oculta lo que aquél calla: la
radical antítesis entre un caudillo
del pensamiento reformador y un caudillo de
cuartel y atrio electoral forrado de
latines.
En un capítulo próximo se examinarán más
detenidamente los orígenes
y modalidades de ese fracaso consuetudinario de la
guerra contra el indio
inaugurado por Mitre, de la virtuosa inepcia de
nuestros generales que, por
una en el clavo daban nueve en la herradura. Acá
digamos sólo lo que se viene
callando hasta hoy: que lo consignado fue la causa
decisiva de que los indios,
que llegaron a controlar casi la mitad del
territorio patrio y a consumir casi la
mitad de su presupuesto en pensiones y fortines,
que los indios gobernasen
un día más que el gobierno.
[...]
Lo que vino después, hasta la final conquista del
desierto, fue algo no menos bufo
y trágico lo fue más aún. El grupo
porteño de los adversarios y sucesores políticos
de Rosas, Valentín Alsina, Mitre —unido al de sus
ex partidarios Obligado, Torres,
Nicolás Anchorena, Elizalde— capitanean la
infausta revolución del Once de
Setiembre con el argumento de evitar la hegemonía
directorial de Urquiza, pero
en realidad buscando la de su grupo y la de Buenos
Aires sobre el país, tomando
como caballito de batalla el contralor de la
aduana nacional única y de sus rentas.
Incorruptibles en su negativa de aceptar la
Constitución Nacional del 53, el clan
saladeril de Alsina, Obligado y Mitre logra la
secesión de la Provincia de Buenos
Aires y no retrocede ante el más alevoso de los
intentos: el de la segregación
definitiva, convirtiendo a Buenos Aires en una
república independiente con el
visto bueno y la bendición de la corte carioca.
(Vera y González: Historia de la
R. Argentina;
Carta de Juan Carlos Gómez a
Mitre, La Tribuna, 16.12.1869; J.M.
Mayer: Alberdi y su tiempo). Rosas, desde el
destierro, aprueba y apoya la gran
idea: «Buenos Aires debe declararse independiente.
Tiene todos los elementos
que pueden constituir una nación...» (El
Nacional Argentino, 05.04.56; El Diario
de Valparaíso, 22.05.56).
Esta década secesionista de Buenos Aires fue el
más bendito servicio que pudo
hacerse a los empresarios del malón. Abocada la
mayor parte de su presupuesto
a la preparación de la guerra, es decir, la
enderezada a someter a las otras trece
provincias a su home rule, la guerra contra
el indio pasó a segundo o a tercer plano.
Hacia 1855 el ejército de las lanzas emplumadas
dominaba por completo los
campos de Olavarría, Caruhé, y Azul y buena parte
de Mendoza, San Luis,
Córdoba y Santa Fe. Fue preciso que en esos mismos
años los pampas entrasen
en la ciudad de Azul como Pancho por su casa y
dejaran al retirarse cargados
con el botín, entre la bosta de sus caballos,
trescientos vecinos degollados en sus
calles, arreando al pasar por los campos varias
decenas de miles de vacunos
y yeguarizos, para que el gobierno, sin poder
taparse los oídos al clamor público,
se resolviera a entrar en acción.
Un ejército de las tres armas bajo las órdenes del
propio ministro de guerra,
coronel Mitre, marchó al Azul donde tras un breve
descanso, que el ministro
aprovechó para anoticiar al público en zozobra que
con el látigo que tenía en la
mano bastaba para aventar a los cerdudos y redimir
«hasta la última cola de vaca
de la provincia», se lanzó sobre la Blanca Grande
a estrangular a la indiada según
un estratégico movimiento de tenaza no indigno del
general Paz o de Epaminondas.
Sólo que Mitre, siempre goloso de laureles, atacó
con la caballería sin esperar la
llegada de la infantería, y la tenaza se convirtió
en un martillo en manos de los indios.
Retrocedieron éstos a prisa y a la desbandada,
abandonando sus tolderías, pero
volvieron, justo a tiempo en que los triunfadores
se entregaban a los encantos de la
Venus mapuche y del aperitivo del
aguardiente. Desagradablemente sorprendidos,
los soldados de la civilización y su jefe debieron
buscar refugio en la colina próxima,
llamada Sierra Chica, donde quedaron rodeados por
los indios, que resolvieron
esperar la llegada del alba siguiente y de
Calfucurá para proceder al degüello de
ley. Mitre no tardó en penetrar tan piadosas
intenciones y resolvió burlarlas a favor
de la oscuridad de la noche, aunque claro está
dejando de regalo a los indios
parque, carpas, caballos y fogones, precio pagado
para cubrir la retirada. Así los
vio llegar Azul «a pie, con la montura al hombro,
desde el jefe hasta el último
soldado», según el parte pasado al gobierno. (Vera
y González: Historia de la
R. Argentina; A. Barros: Fronteras y
territorios nacionales; Zeballos: Calfucurá;
Carlos D'Amico: Buenos Aires y sus hombres).
Queriendo velar un poco tan meridiano desastre, el
Dr. Zeballos llama a Mitre
(que aún vivía) «el militar de más talento y de
más prestigio de la provincia, el
único miembro del partido dirigente capaz de
afrontar el grave problema de la
guerra». (El lector se preguntará cómo serían los
otros). La verdad era, como
después se vio hasta el bostezo, que Mitre estaba
hecho para el floripondio
parlamentario o periodístico, para las rimas, para
las batallas electorales, pero
no para las campales. ¿Que de nuevo en Azul,
centro de todos los recursos de
la zona, el prófugo de Sierra Chica reorganizaría
sus huestes, no sólo para salvar
su honor militar pisoteado por la caballada india
sino también para salvar las vacas
y capear la amenaza de que la frontera araucana
volviera otra vez a plantar sus
fortines de cuero a orillas del Salado? Pues no:
tiró las cartas y corrió a Buenos
Aires a combatir a sus enemigos políticos que le
importaban bastante más que
la indiada. Zeballos intenta aliviarlo una vez más
arguyendo que acudió a la capital
porque «su honor militar era entregado a la
hoguera de la crítica», olvidando que
el de Mitre era más incombustible que las
salamandras. ¡En efecto, fue ascendido
a general! En la historia argentina han ocurrido
siempre cosas equivalentes. Las
mayores popularidades políticas —Rosas, Mitre,
Roca, Pellegrini, Irigoyen, Perón—
se han obtenido como recompensa a los mejores
desmanes perpetrados contra
el país.
Mitre decía de Hornos que era «más
lanza que general» y por eso sin duda lo
prefirió para sucederle en el debate
con las tacuaras. Los indios eran también
mucha lanza, pero manejaban
igualmente la cabeza. En Tapalqué el viejo Catriel
lo derrotó mientras chupaba una
vainas de algarroba, maniobrando de modo
que el combate se diese en un hermoso
campo de de pastoreo que era un
hermoso guadal, lo cual naturalmente
enloqueció de espanto a los caballos
castrenses, mientras los pangarés del
desierto, hechos a tutearse con pantanos,
vizcacheras y médanos, se movían como
en cancha de carrera. Hornos se derrotó
solo. Mitre había escapado por un
pelo de caer cautivo e ir a servir de asistente
o amanuense a Calfucurá. Con Hornos
pasó lo propio.
[...]
El gran punto de partida del nuevo
régimen impuesto por los indios venía del
desastre crucial de Mitre en Sierra
Chica. Veamos el testimonio de un hombre
muy conocedor del problema y ajeno a
nuestros intereses y prejuicios: «Los
amigos del general Mitre no podían
dejar de exagerarse a sí mismos la importancia
militar de las tribus indígenas
después de la ruda lección infligida por ellas al hombre
distinguido que reconocían por jefe.
Como primera medida se trató con los caciques
Catriel y Cachul dándoles tierras,
raciones y una paga militar bajo condición de que
prestarían su concurso contra las
invasiones. comenzó a tomar forma la teoría de
que sólo los indios podían tener
éxito sobre los indios. Estas ideas no hicieron más
que reforzarse después del fracaso de
un miembro de la misma familia, el coronel
Emilio Mitre... De allí surgió,
organizándose poco a poco, un sistema de defensa
aún no del todo abolido: el sistema
del desaliento» (Ebelot: op. cit.). Pero hay más:
Ebelot, en total coincidencia con el
gobernador D'Amico y el historiador Vera
y González y el coronel Álvaro
Barros, nos recuerda que el sistema de proveeduría
del ejército —creado por Mitre—
concediéndola por licitación... a las más firmes
columnas del partido mitrista, fue un
factor capital del fabuloso costo de la guerra
del Paraguay y la represión de López
Jordán, y debía ser todavía más siniestro en
la interminable guerra con el indio,
pues, según ya vimos, Cachul y los tres Catriel —
los caciques «amigos» del gobierno—
defraudaban a sus propios indios, mientras
los proveedores y comandantes de
frontera defraudaban al fisco.
[...]
Huelga decir que el desempeño de
Urquiza en este pleito con el indio no era menos
gallardamente bellaco... Ya dijimos
que la segregación de Buenos Aires del cuerpo
de la República fue el más santo
servicio que pudo hacerse a la causa araucana.
«La alianza entre Urquiza y los
indios fue sólida y leal porque convenía a ambas
partes. Urquiza no pensó jamás, según
mis investigaciones, en la extirpación radical
de la barbarie de nuestros campos. El
hecho histórico y por ende indiscutible, fue
que los indios, por esa época,
entendían servir políticamente al gobierno de Paraná
en sus invasiones a Buenos Aires. Se
reputaban soldados de la Confederación.»
(E. S. Zeballos: Calvucurá).
Al otro día del Once de Setiembre,
entre la corte de Salina Grande y la de San José,
se inició el intercambio de embajadas
y obsequios: Urquiza enviaba golosinas
(aguardiente y azúcar, agregándole
trapos y quincalla) y recibía cautivos. Cierta
vez le entregaron un retrato suyo
hecho sobre una manta pampa por una bordadora
de los toldos y se apresuró a taparlo
de onzas doradas. El confiado afecto entre
ambas partes llegó hasta el punto de
que el vencedor de Caseros tuvo un día en sus
brazos, ante la pila bautismal, a un
niñito de cuarenta años de nombre Namuncurá;
se le agregó el cristiano de Manuel.
Así, por provincianos y porteños, fue
auspiciada la confederación de de todas las
tacuaras —salineros, catrieleros y
ranqueles— que se mantuvo con leves alteraciones
hasta 1878, que regó el espanto en
las principales provincias de la República, pero
que tuvo una fanática preferencia por
los campos y pueblos de Buenos Aires. Así
Urquiza devolvía, con una oronda
canallada la otra no menos oronda que los porteños
le jugaron el Once de Setiembre.
[...]
Si la campaña por la hegemonía
porteña sobre las provincias, antes y después de
Pavón, al dar la espalda al pleito
con los indios, fue para éstos como quitarle la paja
del ojo, la guerra del Paraguay, con
el abandono casi total de la frontera interna, fue
el premio gordo de la lotería para
las tacuaras. Era cuando Calfucurá trataba al
presidente Mitre como a un compadre
pobre: «Amigo Mitre...»
Entonces se puso en evidencia
meridiana el fondo mismo de la cuestión, esto es,
que un gobierno que no sabía
defenderse de cinco o seis mil lanzas, cuyos
plumeros amenazaban volver a las
orillas del Salado, podía improvisar, en
cosa de días, un ejército de
treinta mil hombres para aplastar a un pueblo
sito a varios cientos de leguas, y
defendido por las selvas y los pantanos
del trópico, por modernas
fortalezas y por decenas de miles de los más
intensos y mejor armados guerreros
del mundo. [Subrayado ECP]
En un libro de no
mucha resonancia en su tiempo y no aplaudido del todo por
Alsina, a quien iba
dedicado —Fronteras y territorios nacionales— el coronel
Álvaro Barros, con
documentación intergiversable sobre la mesa, echaba toda
la culpa a la
desorganización y corrupción del ejército, sin que su ojo castrense
advirtiese que ellas
eran uno de los tantos inevitables resultados del sistema
económico y político
de la sociedad. Pese a ello, la denuncia no era menos
valerosa, y hoy
constituye un documento iluminador.
Barros demostraba que
la asignación de los puestos y ascensos militares, como
el aprovisionamiento
del ejército, se regían por el favoritismo político y personal,
desembocando todo en
la más rampante inmoralidad y cojitranca inepcia.
Veamos. Desde los
tiempos del régimen provincial de Adolfo Alsina, Obligado
y Mitre, el
aprovisionamiento del ejército venía haciéndose por particulares, según
el socorrido arbitrio
de la licitación. Por cierto que quien ofrecía precios más bajos
se quedaba con la
autorización oficial, y como se trataba infaliblemente de un amigo
político y personal
de alguno, cuando no de todos los gobernantes, procedía con
libérrima voluntad en
el cumplimiento de las obligaciones contraídas, ¡y quién iba
a ponerle el cascabel
a gato, si el gato era un gran caudillo electoral, una de las
columnas del partido
en el poder!
El sistema debió
haberse perfeccionado envidiablemente en su técnica operativa
en poco tiempo, pues
ya en la guerra del Paraguay produjo ostentosas fortunas
privadas salpicando
de oro sin duda a más de un jefe complaciente.
«Mitre... no ha
tomado un peso de las arcas públicas... pero en su gobierno los
robos eran tantos que
a nadie llamaban la atención. Si en la actualidad se hacen
fortunas inmensas a
la sombra de su poder, ésas son migajas al lado de las que
se hacían por los
íntimos del general cuando Cepeda, cuando Pavón, cuando el
Paraguay. Mitre creía
que su honradez quedaba inmaculada, puesto que él no
participaba de
aquella arrebatiña». (C. D'Amico: Buenos Aires y sus hombres.)
«Su casa (de Mitre)
fue negociada por agentes y obtenida la suscripción de
proveedores que
mediante el despilfarro de las rentas ganaron millones». (Carta
de Sarmiento a
Sarratea, 17.03.1869); Citas de J. N. Mayer en Alberdi y su tiempo.
D'Amico confirma el
dato: «... los proveedores, cuyas fortunas insolentes se habían
hecho a la sombra de
Mitre, regalaron a éste la casa en que hoy está la opulenta
imprenta de La
Nación». (Op. cit.)
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