Una
invasión de indios a la provincia de Buenos Aires
[...]
En 1855, el gobierno de la provincia de Buenos Aires, entonces
separada
de la Confederación Argentina, decidió actuar vigorosamente.
Organizó
una expedición que debía
partir de la pequeña ciudad el Azul, límite sur
de los territorios
cristianos. El mando se confió a un hombre joven, cuyos
brillantes comienzos
presagiaban un gran destino, pero que sin duda no
había adquirido todavía
la imperturbable austeridad que más tarde
opondría a las
embriagueces del éxito, así como a los
rigores de la
suerte. Era don Bartolomé
Mitre, a la sazón coronel y ministro de Guerra.
Se apeó en Azul, fusta en
mano, y declaró en un discurso después célebre
que esa arma le bastaba
para terminar con los indios, y que se hacía
responsable de “la cola
de la última vaca de la provincia”. Al día siguiente
se puso en campaña y no
llegó lejos. A las cuatro leguas y al pie de una
colina medianamente
elevada que se percibe claramente desde el Azul,
se dejó sorprender y
rodear por las fuerzas reunidas de los caciques
Catriel y Cachul; le
quitaron los caballos y lo hostigaron de tal modo que
la infortunada columna
debió regresar a pie hasta el Azul, tras quemar
los arreos y bagajes para
que ninguno cayera en poder del enemigo.
El primer cuidado de don
Bartolomé Mitre fue salir de la ciudad,
abandonando las vacas que
pastaban en el sur y el oeste de la provincia.
Se apresuró a volver a
Buenos Aires, donde magníficos triunfos de
tribuna en seguida
compensaron en el político las desgracias del
ministro de guerra.
Aquella jornada de Sierra Chica no fue una derrota corriente. El
nombre
mismo del jefe que había preparado y mandado la expedición bastaba
para
que el acontecimiento, secundario en sí, influyera firme y
duraderamente en
la política argentina relativa a los indios. Don Bartolomé Mitre era
uno de los
más importantes personajes del partido liberal. No tardaría en ser
el alma
de un grupo numeroso,
influyente y rico, que lo llevó al poder supremo y lo
mantuvo en él largos
años. Los amigos del general Mitre no podían menos
que exagerar la
importancia militar de las tribus indígenas, después de la
dura lección infligida
por éstas al distinguido hombre que ellos reconocían
como jefe. Lo primero que
hicieron fue tratar con los caciques Catriel
y Cachul, les dieron
tierras, vitualles y una paga militar, a condición de que
prestaran su concurso
contra las invasiones de más afuera. Comenzaba
a abrirse camino la
teoría de que solamente los indios podían acabar
con los indios.
Tales ideas tenían que afianzarse después de fracasar
otro miembro de la
familia, el coronel Emilio Mitre, en una veleidad de
guerra ofensiva. Don
Emilio Mitre, encabezando imponentes fuerzas,
se había encargado de
atacar a una tribu; sus guías lo extraviaron y no
sólo no encontró la aldea
india que buscaba sino que, errante en la
ventura en planicies sin
agua, vio perecer de sed a todos sus caballos,
debió abandonar la
artillería y estuvo a punto de perder todo su ejército.
Desde entonces fue
organizándose poco a poco un sistema de defensa,
no abolido aún
enteramente, al que podríamos llamar sistema del
desaliento.
Las lindes del desierto se guarnecieron con algunos fortines y con
tropas distribuidas en
una larga línea ideal que un poco pomposamente
se llamaba línea de
frontera. Los merodeadores indios la cruzan donde
y cuando quieren. Su
entrada se advierte, y eso si se la advierte, cuando
ya no hay remedio y
aquéllos ya van galopando hacia las estancias.
Tratar de alcanzarlos
sería ilusionarse con una esperanza quimérica:
están bien montados y los
soldados lo están bastante mal. No queda
sino esperarlos a la
vuelta, tratando de adivinar el punto por donde saldrán.
Es un cálculo con noventa
por ciento de probabilidades de no acertar. Los
indios, pues,
saquean y dan vuelta en redondo por otra ruta, arreando el
ganado robado y llevando
en ancas a las cautivas que hayan podido
tomar. Si por casualidad
dan con el grueso de las tropas que los vigilan —
el caso es raro, pues
tienen excelentes exploradores— salen del paso
dispersándose y abandonan
el botín. Casi siempre el jefe de la frontera,
tras ansiosa expectativa,
se entera de que ya están de nuevo en el desierto.
Por guardar las formas,
corre en pos de ellos hasta cansar los caballos, lo
cual no tarda mucho en
suceder. Cuando a los indios les sablean algunos
rezagados es ocasión de
vistoso boletín. Muy luego veremos detalladamente
el tal sistema en la
práctica, con motivo de una invasión que será memorable
en la República
Argentina. Se comprende así que no hay nada más apropiado
para mantener el
descorazonamiento entre los soldados y la insolencia entre
los salvajes.
La política, o para decirlo más correctamente, las ardientes
competiciones
personales que se condecoran habitualmente con el nombre de política
en
este país, esa turbulenta
política que se halla en el fondo de todo, vino
a mezclarse en las
cuestiones de frontera para concluir de embrollarlas.
El general Mitre,
proveniente del ejército y militar de profesión pero más
apto para la política que
para la guerra, ha visto siempre en el ejército,
ante todo, un instrumento
de gobierno. Durante su larga administración
lo llenó de su gente. La
mayoría de los jefes eran, o sus parientes, como
el general Emilio Mitre,
hermano suyo, el general de Vedia, cuñado,
o soldados de fortuna,
como los generales Arredondo, Rivas, Gelly y Obes
y el coronel Borges,
nacidos en la otra orilla del Plata, ciudadanos de una
república rural y
dispuestos a subordinar los intereses del servicio a las
conveniencias del partido
que los había elevado. En sus grandes
comandancias de frontera
se ocupaban especialmente en dirigir las
elecciones, vigilar a los
opositores, ejercer la policía de las
opiniones,
y es posible que desearan
que la complacencia de los indios les dejara
el sosiego necesario para
consagrarse a tales tareas, mucho más
interesantes para ellos
que guardar las vacas y los caballos de la
llanura. De tal modo, en
la frontera sur nada se descuidó para hacer
del cacique Catriel una
especie de personaje, oficialmente revestido
con las insignias de un
general de la nación. Catriel fue instalado en las
puertas mismas del Azul,
en una superficie de más o menos veinte leguas
cuadradas que se le
regalaron.
[…]
El tema continúa en
Luis Franco,
La Pampa habla