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Apuntes de Historia e historias argentinas

2006 - Centenario de la muerte del General Mitre

1

 

... Pero ya estaba preparado el tratado de la triple alianza, en que el Brasil se daba sus

límites (¡y qué límites!), Argentina (por desdicha) se los daba también y el Uruguay,

o Flores, llevando todas las de perder, marchaba a la zaga del Brasil. No está de más

recordar que el gobierno de Mitre, por instancias de la cancillería imperial, había f

irmado con el Brasil un tratado (4 de diciembre de 1863) que convenía lo siguiente:

«Art. 1°: El gobierno de la República Argentina entregará al Consulado General del

Brasil o a la persona que indique el gobierno de S.M. el Emperador... la suma de

17.500 pesos fuertes o patacones a contar desde la aprobación de este arreglo, hasta

la extinción de la deuda de 714.000 pesos fuertes o patacones procedentes de los

400.000 pesos fuertes suministrados a las provincias de Entre Ríos y Corrientes en

virtud del tratado de alianza de 21 de noviembre de 1851 [financiación por el Banco

Mauá de la «compra» de Urquiza (sic, Sarmiento) por parte del Brasil para derrotar a la

Confederación en la posterior batalha de Monte Caseros], y de los 314.000 pesos fuertes

del empréstito y diferencia de cambio hecho por el protocolo de 24 de noviembre

de 1857.

Art. 2°: Los intereses adeudados de 6 % sobre los 400.000 pesos fuertes desde las

entregas respectivas y sobre los 314.000 desde el 1° de enero de 1860, hasta la

aprobación de este arreglo, pagarán, hasta su final amortización con la suma de

40.000 pesos fuertes entregados por mitad en los últimos días de junio y diciembre

de cada año.

Art. 3°: El gobierno argentino podrá aumentar las cantidades destinadas para la

amortización de la deuda y de los intereses devengados, siendo entendido que

la amortización de la deuda no podrá tener lugar sino después de pagados los

intereses devengados hasta la aprobación de este arreglo» (1)

El artículo 4° determina la forma del pago de los intereses.

 

Sin mucha perspicacia, puede advertirse que el Tratado Lamas de 1851 y el tratado

Herrera-Urquiza-Silva Pontes de noviembre del mismo año, regían, de hecho, la

política internacional del Río de la Plata.

 

José Luis Busaniche, Juan Manuel de Rosas, Ed. Theoria, Buenos Aires, 1973, pag. 128.

(1) Colección de tratados de la República Argentina, etc. Publicación oficial, t. I, p.534 

________________________

 

En 24 horas en los cuarteles, en 15 días en campaña, en 3 meses en Asunción.

 

Fanfarronería del «general» Bartolomé Mitre en La Nación Argentina del 21 de abril

de 1865 al iniciarse la Guerra del Paraguay. Los estratégicos 3 meses de Mitre se

transformaron en reales 5 años, y la Argentina no tuvo ni mucho menos los límites

que su diplomacia le había señalado en el tratado secreto de la Triple Alianza,

simplemente porque la cancillería imperial se negó post factum a reconocerlos.

La guerra debieron finalizarla las tropas imperiales al mando de Caxias una vez

alejado Mitre como «general en jefe» de los ejércitos aliados. 

_________________________

Pronto espero escribirle una carta detallada desde la Asunción (*), o si a usted le

gusta más desde las ruinas de Humaitá. Por lo pronto le digo todo con decirle

que estoy en guerra con el Paraguay y no cejaré las armas hasta derribar la

dinastía de López (*); que soy el generalísimo de mar y tierra y que, habiendo

levantado en peso a la República, incluso a nuestro amigo don Justo, dentro

de quince días estaré sobre la frontera del Paraguay con un ejército de 25.000

argentinos, al que se reunirán 30.000 brasileros que no sé si tendré paciencia

de esperar. Me falta que usted sea el ingeniero en la campaña para sacar el

plano de Humaitá.

 

Carta de Mitre a Santiago Arcos, 20.05.1865. Cf. J. L. Busaniche, Historia Argentina, 748.   

(*) Estas fantasías tampoco pudo realizarlas Mitre, quien jamás llegó a Asunción en

esa campaña. La realidad lo obligó a retirarse no sólo de la conducción de la guerra,

sino también de la presidencia de la Argentina antes de haber sido vencido López —

y no  por los argentinos, sino por el imperio del Brasil.

 

_________________________

  

¿Mais eu que fico fazendo aquí as ordenes de un homem que tudo poderá ser menos

general? Cada vez estou mais persuadido que o MItre não quer acabar a guerra... (**)

 

El duque de Caxias, jefes de las tropas imperiales en la Guerra del Paraguay, en carta

del 20 de septiembre de 1867 al emperador Dom Pedro II, implorando el relevo de Mitre

de la conducción de guerra. Después del desastre de Curupaytí, el emperador gestionó

finalmente el alejamiento de Mitre, y Caxias terminó la guerra. 

 

(**) Estas cartas fueron publicadas por el Brasil aún en vida de Mitre, sin mayor respeto

ni consideración hacia su antiguo «aliado», en 1902, con motivo del centenario de Caxias,

y transcriptas por L. A. de Herrera en El Drama del 65.

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Mitre se ha presentado tres

veces ebrio en el Senado.

Sarmiento en carta a M. R. García,

07.09.1869, Cf. Manuel Gálvez,

Vida de Sarmiento, pág. 314.

Estimados amigos:

El próximo 19 de enero se celebrará el centenario

de la muerte de don Bartolomé Mitre, conspicua figura

de la masonería. Con este motivo quisiera traer a la

memoria de los argentinos algunas páginas que

aparecieron entre 1876 y 1880, ciertamente en vida

de Mitre, en la más que prestigiosa Revue des deux

Mondes —donde Sarmiento tuvo el honor, acordado

a pocos argentinos, de contar con una reseña de su

Facundo, realizada por Charles de Mazade. El autor

de estas páginas sobre Bartolomé Mitre fue Alfred

Ébélot, hombre de ciencia francés al servicio de

nuestro Gobierno Nacional. No sólo su reputación

personal, sino también la autoridad y renombre

de la Revue des deux Mondes, órgano donde se

publicaron y del que era secretario, hacen poco menos

que imposible dudar por un momento de la veracidad

de lo afirmado. Estas páginas de Ébélot fueron dadas

a conocer en la Argentina por Solar/Hachette en 1968

bajo el título Relatos de la frontera.

Una invasión de indios a la provincia de Buenos Aires

 

[...]
En 1855, el gobierno de la provincia de Buenos Aires, entonces separada
de la Confederación Argentina, decidió actuar vigorosamente. Organizó

una expedición que debía partir de la pequeña ciudad el Azul, límite sur

de los territorios cristianos. El mando se confió a un hombre joven, cuyos

brillantes comienzos presagiaban un gran destino, pero que sin duda no

había adquirido todavía la imperturbable austeridad que más tarde

opondría a las embriagueces del éxito, así como a los rigores de la

suerte. Era don Bartolomé Mitre, a la sazón coronel y ministro de Guerra.

Se apeó en Azul, fusta en mano, y declaró en un discurso después célebre

que esa arma le bastaba para terminar con los indios, y que se hacía

responsable de “la cola de la última vaca de la provincia”. Al día siguiente

se puso en campaña y no llegó lejos. A las cuatro leguas y al pie de una

colina medianamente elevada que se percibe claramente desde el Azul,

se dejó sorprender y rodear por las fuerzas reunidas de los caciques

Catriel y Cachul; le quitaron los caballos y lo hostigaron de tal modo que

la infortunada columna debió regresar a pie hasta el Azul, tras quemar

los arreos y bagajes para que ninguno cayera en poder del enemigo.

El primer cuidado de don Bartolomé Mitre fue salir de la ciudad,

abandonando las vacas que pastaban en el sur y el oeste de la provincia.

Se apresuró a volver a Buenos Aires, donde magníficos triunfos de

tribuna en seguida compensaron en el político las  desgracias del

ministro de guerra.

Aquella jornada de Sierra Chica no fue una derrota corriente. El nombre
mismo del jefe que había preparado y mandado la expedición bastaba para
que el acontecimiento, secundario en sí, influyera firme y duraderamente en
la política argentina relativa a los indios. Don Bartolomé Mitre era uno de los
más importantes personajes del partido liberal. No tardaría en ser el alma

de un grupo numeroso, influyente y rico, que lo llevó al poder supremo y lo

mantuvo en él largos años. Los amigos del general Mitre no podían menos

que exagerar la importancia militar de las tribus indígenas, después de la

dura lección infligida por éstas al distinguido hombre que ellos reconocían

como jefe. Lo primero que hicieron fue tratar con los caciques Catriel

y Cachul, les dieron tierras, vitualles y una paga militar, a condición de que

prestaran su concurso contra las invasiones de más afuera. Comenzaba

a abrirse camino la teoría de que solamente los indios podían acabar

con los indios. Tales ideas tenían que afianzarse después de fracasar

otro miembro de la familia, el coronel Emilio Mitre, en una veleidad de

guerra ofensiva. Don Emilio Mitre, encabezando imponentes fuerzas,

se había encargado de atacar a una tribu; sus guías lo extraviaron y no

sólo no encontró la aldea india que buscaba sino que, errante en la

ventura en planicies sin agua, vio perecer de sed a todos sus caballos,

debió abandonar la artillería y estuvo a punto de perder todo su ejército.

Desde entonces fue organizándose poco a poco un sistema de defensa,

no abolido aún enteramente, al que podríamos llamar sistema del

desaliento.

Las lindes del desierto se guarnecieron con algunos fortines y con

tropas distribuidas en una larga línea ideal que un poco pomposamente

se llamaba línea de frontera. Los merodeadores indios la cruzan donde

y cuando quieren. Su entrada se advierte, y eso si se la advierte, cuando

ya no hay remedio y aquéllos ya van galopando hacia las estancias.

Tratar de alcanzarlos sería ilusionarse con una esperanza quimérica:

están bien montados y los soldados lo están bastante mal. No queda

sino esperarlos a la vuelta, tratando de adivinar el punto por donde saldrán.

Es un cálculo con noventa por ciento de probabilidades de no acertar. Los

 indios, pues, saquean y dan vuelta en redondo por otra ruta, arreando el

ganado robado y llevando en ancas a las cautivas que hayan podido

tomar. Si por casualidad dan con el grueso de las tropas que los vigilan —

el caso es raro, pues tienen excelentes exploradores— salen del paso

dispersándose y abandonan el botín. Casi siempre el jefe de la frontera,

tras ansiosa expectativa, se entera de que ya están de nuevo en el desierto.

Por guardar las formas, corre en pos de ellos hasta cansar los caballos, lo

cual no tarda mucho en suceder. Cuando a los indios les sablean algunos

rezagados es ocasión de vistoso boletín. Muy luego veremos detalladamente

el tal sistema en la práctica, con motivo de una invasión que será memorable

en la República Argentina. Se comprende así que no hay nada más apropiado

para mantener el descorazonamiento entre los soldados y la insolencia entre

los salvajes.

La política, o para decirlo más correctamente, las ardientes competiciones
personales que se condecoran habitualmente con el nombre de política en

este país, esa turbulenta política que se halla en el fondo de todo, vino

a mezclarse en las cuestiones de frontera para concluir de embrollarlas.

El general Mitre, proveniente del ejército y militar de profesión pero más

apto para la política que para la guerra, ha visto siempre en el ejército,

ante todo, un instrumento de gobierno. Durante su larga administración

lo llenó de su gente. La mayoría de los jefes eran, o sus parientes, como

el general Emilio Mitre, hermano suyo, el general de Vedia, cuñado,

o soldados de fortuna, como los generales Arredondo, Rivas, Gelly y Obes

y el coronel Borges, nacidos en la otra orilla del Plata, ciudadanos de una

república rural y dispuestos a subordinar los intereses del servicio a las

conveniencias del partido que los había elevado. En sus grandes

comandancias de frontera se ocupaban especialmente en dirigir las

elecciones, vigilar a los opositores, ejercer la policía de las opiniones,

y es posible que desearan que la complacencia de los indios les dejara

el sosiego necesario para consagrarse a tales tareas, mucho más

interesantes para ellos que guardar las vacas y los caballos de la

llanura. De tal modo, en la frontera sur nada se descuidó para hacer

del cacique Catriel una especie de personaje, oficialmente revestido

con las insignias de un general de la nación. Catriel fue instalado en las

puertas mismas del Azul, en una superficie de más o menos veinte leguas

cuadradas que se le regalaron.
[…] 

 

El tema continúa en

Luis Franco, La Pampa habla

 

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