http://www.picotto.net/  © Enrique C. Picotto - D 71067 Sindelfingen, Alemania  - Mail to Enrique C. Picotto 14.11.03

 

 

Civilización y barbarie en nuestra Mitología Nacional

 

 

De la abundantísima iconografía de

Sarmiento no se conoce  una sola

fotografía, retrato, medalla, bronce 

o escultura donde aparezca sonriendo

como Perón o Gardel, sino que en

todas las representaciones  muestra,

al decir de Carlos de la Púa, cara de

rope....  Acaso haya sido parte de la

mise en scène típica de la época,

empleada por el el personaje —el

«loco» Sarmiento— para darse más 

importancia. Sería interesantísimo

conocer al respecto la opinión de un

psicólogo actual.

Sarmiento, ya de grande, cuarenta años después

de sentenciar en el Facundo, su obra cumbre, que

nuestra desventaja para progresar como nación

sería la extensión, quiso, no obstante, participar

del «mal» que nos aquejaba, aunque se proclamara 

... sin fortuna, que nunca codicié, porque era bagaje

pesado para la incesante pugna, espero una buena

muerte corporal... Después de haberse expresado de

joven de manera tan antipatriótica en el Facundo, (no

debemos olvidar que en esas épocas Sarmiento se

consideraba chileno), luego, de viejo, en forma por

demás altruista, pretendió obtener la bicoca de

16.000 hectáreas tierras del Estado de esa

extensión que él había calificado como un «mal».

Quién debía cedérselas era naturalmente el Estado Argentino,

por supuesto, pues Sarmiento para ese entonces no era ya

chileno sino nuevamente argentino.

 

Además, Chile no padecía como nosotros del «mal de

la  extensión» —muy por el contrario— y no tenía, como

buenos patriotas que son, una sola legua para regalar.

Podrían certificar las inveteradas ansias territoriales

chilenas tanto bolivianos como peruanos, si es que nosotros

ya no nos acordásemos más de la Patagonia, Canales

Fueguinos, Hielos Continentales y otras menudencias,

permanentemente en litigio desde hace más de un siglo,

no sólo debido a los sueños chilenos de una patria grande —

Patagonia incluida— sino también gracias a los oficios del

«ilustre sanjuanino», precursor en su terruño de la «patria

chica» (¡la extensión es un mal!), quien estuvo al servicio

de Chile durante una generación.

 

El 12 de diciembre de 1857 escribió Sarmiento en El Nacional:

... Al Sur, desde el Río de la Plata a Magallanes, no tiene territorios

por la opulencia y la variedad de su vegetación, por la profundidad
y utilidad de los ríos que desembocan en el Océano, que prometan
ser asiento de grandes y florecientes ciudades... No debemos, no
hemos de ser nación marítima.
El día que Buenos Aires vendió su
Escuadra hizo un acto de inteligencia que le honra. Las costas del
Sur no valdrán nunca la pena de crear para ellas una marina...

No. No hemos de ser nación marítima, líbrenos Dios de ello

y guardémonos nosotros de intentarlo...

Bahía Blanca será algún día algo, aunque nada le ha impedido serlo

en tres siglos [!?] que está colonizada. Pero no queremos ponerla en
conservatorio creando marina para ir a recoger algunos huevos

y plumas de avestruces... Nada de mar, así que nos veamos libres

de cuestiones con los que en el Pacífico tienen hartos mares.

El discípulo de Moltke: —«¿Cómo haré

para tener un Sedan en Entre Ríos...?»

Caricatura de Sarmiento en El Mosquito

del  30.10.1870 donde se exageran sus

evidentes rasgos negroides, típicos de la

familia Albarracín, su madre, de origen

bereber. Quizá por este motivo, su

resentimiento hacia todas las etnias que

no fueran «blancas» fue proverbial. Hoy

se hablaría de un complejo.

 

¿Cuántas escuelas, clubes, bibliotecas,

topónimos y nomenclatura de calles llevan

en Bahía Blanca el nombre de Sarmiento...?

Y por si esto fuera poco, estas palabras

ejemplares fueron repetidas en El Nacional

el 07.06.1879, después de haber sido

Sarmiento ¡Presidente de la Nación Argentina!.

Es poco menos que imposible comprender

tampoco la veneración de nuestros marinos

por Sarmiento, que honraron con su nombre

a la «gloriosa fragata», dándole el nombre

de alguien que proclamó que no deberíamos

poseer mares. En el Facundo indicaba ya que

el mal que aqueja a la República Argentina es

la extensión. Consecuentemente, los dilatados

mares argentinos, con su extensión, debieron

ser para Sarmiento otro inconveniente para el

progreso. Y nuestros marinos lo apluden,

acaso sepan ellos por qué, aunque quizá sea

esto nada más que otro síntoma de elefantiasis

escrotal.

 

De este argentino —o supuesto argentino— que según sus propias palabras

nunca habría codiciado fortuna alguna y prefería vivir en la serenidad de su

casita del Delta, según aseguraba el Dr. De Marco, presidente de la Academia

Nacional de la Historia —o de las historias el 04.09.2003 en el «prestigioso

matutino» LA NACIÓN, dice Marcos P. Rivas, quien desempeñó todos los

cargos de la docencia, desde maestro de grado hasta Inspector General de

Escuelas —en en tres oportunidades—, en Sarmiento - Mito y realidad, 23:

... Sarmiento intentó hacer valer el discutible grado militar el 22 de

diciembre de 1885 para conseguir que el gobierno le acordara una

cesión de 16.000 hectáreas de las tierras quitadas a los indios.

El presidente Roca desestimó la solicitud porque según el dictamen

del ministerio de guerra no constaban los antecedentes militares

del peticionante.

¡Un General de División de la Nación trucho de quien no existía antecedente

militar alguno pretendía que la Nación

le acordara nada menos que 16.000

hectáreas! No caben dudas de que

este «símbolo de una tradición

moral» —según indicaba también

en LA NACIÓN del 05.04.03 otro

panegirista de turno— trascendió

como paradigma de rectitud de los

argentinos, quienes no olvidaron

estos sabios «principios», sino que

los perfeccionaron en la práctica,

alentados por su gloriosa Historia

y aleccionados por sus insignes

Instituciones, de manera que la

estela de este ejemplo se ve

reflejada hasta el presente en

nuestra ya proverbial integridad

e incólume honestidad, nacidas

sindudamente de esta clara

«tradición moral» evidenciada ya por

nuestros mayores, como vemos,

desde los mismos albores de nuestra

argentinidad.

En la Argentina nunca se escatimó esfuerzo al repartir

grados militares o uniformes. Esto se refleja en nuestra

nomenclatura y toponimia —y más en el presupuesto.

Pero al distribuirse la tierra, hubo ya reticencia, y algunos

pocos «generales» debieron quedarse «sin». Muchos jefes

indígenas, como el cacique Namuncurá —que Sarmiento

despreciaba en conjunto con todos los de su etnia, acaso

porque no hablaran inglés ni francés—, gastaban el mismo

uniforme, sueldos y grados que él. Un gesto ciertamente

democrático, acaso, pero que no debe de haber contado

con mucho apoyo por parte del «gran sanjuanino», poco

amante de otras «razas» que no fueran sajonas, acaso por

ser él de prosapia bereber por parte de la familia de su madre..

 

Declaró J. B. Alberdi:

... Sarmiento, trabajador improductivo, estéril, a título de empleado vitalicio, que

vive como un doméstico de los salarios del Estado, su patrón.

Facundo y su biógrafo, 1880

 

Sería imposible no sentirnos orgullosos, si bien este orgullo —dado que el

orgullo y la estulticia son astillas de un mismo palo—  nos hace ciegos

e impide aún más explicarnos nuestra situación de eternos perdedores, no

obstante haber contado en nuestra historia —o mitología— con una cantidad

increíble de «prohombres», pues salvo Rosas, que no era masón, todos los

demás fueron intachables: un verdadero ramillete de virtudes argentinas.

 

A pesar de no existir antecedentes militares del «ilustre sanjuanino» —y así lo

dictaminó el Ministerio de Guerra en 1885—, su apellido y supuesto grado de

general de la Nación dieron nombre al antiguo partido de General Sarmiento,

creado por ley provincial Nº 2.198 del 18 de octubre de 1889 poco después de

su muerte. La provincia de Buenos Aires exornaba así al uso nostro —o de la

masonería— con un general trucho una vez más la nomenclatura y toponimia del

país. Cuatro años antes y aún en vida del «interesado», el Ministerio de Guerra

había determinado que Sarmiento no era general, pero tales circunstancias

no arredraron ni arredrarán jamás a nuestros verdaderos patriotas, dispuestos

siempre a mantener en alto los verdaderos símbolos de nuestra «tradición moral».

Claro está: siempre y cuando no se pretenda redistribuir las hectáreas de

nuestro mal, la extensión  Tampoco fue general, y menos estratega, don

Bartolo, ver Guerra del Paraguay,  —ni medianamente historiador ni tampoco

poeta—, y nunca ganó en toda su «carrera» un solo combate, ni siquiera contra

los indios [ver Sierra Chica], pero para llegar al grado de «general» en nuestra

Argentina, con todos los honores —y sobre todo con todos los sueldos—, jamás

hizo falta mucho ni fue tarea difícil: sólo se necesitó ser miembro obediente de la

masonería. Inglaterra se encargaría de todo lo demás.

 

Sarmiento, General de la Nación, no estuvo nunca en primera línea en ningún

entrevero —apenas con el cargo de «boletinero», y bien en la retaguardia, en

a batalha de Monte Caseros, desempeñando el conchabo que le diera don

Justo José, y más de eso no le confió, porque don Justo José, buen conocedor

del paño, desconfiaba de los unitarios como el diablo del agua bendita... Esta

actitud mezquina desilusionó a Sarmiento, quien marchó a Río de Janeiro

a llorarles su desencanto a los macacos del Imperio, y como allí tampoco se

interesaron por él, y no tenía una casita de sus viejos donde recalar siquiera,

volvió cansado a Chile, al lugar de donde había partido con otros «argentinos»

para intervenir en el negocio de a batalha de Monte Caseros. Desde allí, de

Yungay, le escribió a don Justo José en el mismo año de a batalha, en 1852,

reprochándole duramente en un estilo extorsivo, rufianesco, su traición al haber

sido comprado (sic) por el Brasil [ver Carta de Yungay].  Don Justo José, que

se las sabía todas, lavado con era con todas las aguas, se pasó esta amenaza

más o menos por el cóccix, por allí donde solía sentarse en el caballo, y a

Sarmiento no le quedó otra que seguir al acecho desde Chile, aguardando

una mejor oportunidad.   

 

Le reprochaba, en realidad, haberlo «largado duro» en la repartija después

del triunfo Imperial —Urquiza no luchó en Monte Caseros, sino en el Arroyo

de Morón. En Monte Caseros lo hizo la División Imperial del Brasil, quien exigió

por esa razón que así se llamara la batalla, y así se llama todavía, en honor al

Imperio de Brasil. Sarmiento, que especulaba con la gobernación de San Juan,

no se había dado cuenta de que debía tratar ahora con Urquiza, un federal, y no

con el manco Paz, a quien tanto había adulado en el Facundo —el Facundo de

nuestro mal, la extensión—, del que le confesaba al manco en carta del 22 de

diciembre de 1845 que no era más que un camelo:

... obra improvisada, llena por necesidad de inesactitudes, a designio

a veces, no tiene otra importancia qe la de ser uno de tantos medios

tocados para ayudar a destruir un gobierno absurdo, i preparar

otro nuevo.

¡Qué tal, Pascual...! ¿Qué me contursi...? Como Paz era un insider,

Sarmiento tenía que batirle la justa y no podía enroscarle la víbora como

lo hacía con el «amable público» para quien iba dirigido el Facundo,

público que todo se creyó y se sigue creyendo aún hoy. Si a Paz le

confesaba en la misiva con la que le enviaba un ejemplar que se trataba

de una obra improvisada, a designio, en el mismo Facundo le cuenta

a los ingenuos argentinos que escribe en honor de la verdad histórica

y de la justicia (ver Facundo, XV, Presente y porvenir).

 

Éste es nuestro Gran Educador y a la vez el Maestro de América —según creen

los argentinos, ya que de estos maestros de América hay más o menos uno en

cada país de Hispanoamérica, y existen algunos que cuentan hasta con dos.

Estas patrañas que escribió Sarmiento, con todas sus inesactitudes a designio,

fueron hechas traducir por nuestra inteligentsia —la masonería— para bien de

nuestra Patria a cuanta lengua «culta» se les ocurrió: Umbram Facundi terribilem

evocabo ut cruentum excutiens pulverem qui cineres tuos velat eriges...

 

No caben dudas de que la actualidad argentina no supera para nada lo que

ya dominábamos a la perfección en el siglo XIX: el macaneo, en este caso

puesto en práctica nada menos que por el padre del aula, Sarmiento inmortal... 

Curiosas son además las obsecuencias ditirámbicas con las que concluye

el Facundo: ¡Proteja Dios tus armas, honrado general Paz!... Pero de nada

le sirvieron al padre del aula estas adulaciones dirigidas al manco, pues para

la época de a batalha de Monte Caseros, Paz ya había sido defenestrado y no

roncaba más, y tenía que rebuscarse la vida en el Brasil como podía, a la vez

que criticaba al Imperio y su política. Cosa de argentinos. 

 

Nuestro «general Sarmiento», que no debe de haber disparado en su vida otra

cosa que no fueran meteorismos —mentales, más que todo, como el de la

extensión— llegó sin embargo no sólo a lucir el grado, sino también a percibir

los haberes de General de División de la Nación. Las únicas cualidades que

necesitó —como tantos otros «generales»— fueron las de haber militado en el

bando adecuado, o sea ser miembro conspicuo de la masonería, algo similar al

caballo del comisario, que gana por la influencia del amo y no por los propios

méritos. No obstante, el grado de «general» no le valió a Sarmiento en el momento

en que quiso ser admitido en el mismísimo sanctasanctórum argentino, esta vez

no con títulos jactanciosos, reproducibles ad líbitum, como los títulos los militares,

sino con títulos más restingidos, o sea títulos de propiedad: como terrateniente,

con unos cuantos miles de hectáreas y unas buenas puntas de ganado.

 

Aquí, el Sarmiento civilizador del telégrafo, del ferrocarril y de tantos otros adelantos

de los que no hubiésemos tenido ni siquera noticias sin su previsión, justamente

aquí llegó tarde. Pues parece no haber intuido que en 1885 ya se había impuesto

en los buques mercantes —ingleses, la mayoría—, entre otros adelantos la máquina

frigorífica, que permitió henchir de riqueza el buque ufano de Lugones, aquel bajel

de la exaltación agropecuaria del Centenario, que surcaba las aguas de nuestro

estuario para ir directamente a henchir las faltriqueras de la City. 16.000 hectáreas

de tierras argentinas con vacas inglesas no eran ya moco de pavo, y lo largaron

duro una vez más al «general»... 

 

Si bien no fuimos nunca capaces de percibir el trasfondo de todos estos arreglos

ni hemos llegado tampoco a darnos cuenta después cien años de que el nombre

del partido de General Sarmiento fue sencillamente un engaño pues no hubo un

«General Sarmiento» —nombre que lleva aún en la actualidad una universidad

nacional, que acaso enorgullezca a algunos masones—, nos preguntamos a la

vez permanentemente por qué el ispa sigue siendo de cuarta y desde hace casi

dos siglos trabajamos sólo para pagar intereses, o sea para los demás y no

para nosotros. La ciencia define este síndrome como elefantiasis escrotal 

y la variante más difundida entre los argentinos parecería ser la conocida como

gigante. No obstante, estamos casi todos convencidos de que somos piolas.

Deberíamos detenernos a pensar por qué el cornudo es el último en advertir

su situación. Pero claro: un cornudo, para nosotros es un gil, ¡y los verdaderos

argentinos no somos giles! 

 

Quien hiciera de la lucha su vida y su elemento —según armonizara aquel

catalán, autor a pedido no sólo de himnos sino también de tangos, Leopoldo

Corretjer— no trepidó gracias a sus extraordinarias virtudes camaleónicas en

borrar con el codo todo lo que había escrito contra Rosas al ver que los nuevos

dueños de la Patria le jugaron una carta brava en 1885, tres años antes de morir,

haciéndole un corte de manga, y ¡minga de hectáreas! Es que para 1885 nuestro

«mal» ya había sido remediado y la extensión estaba bien repartida entre los

muy abigarrados personajes de nuestra pseudo aristocracia terrateniente, que

se dijo siempre argentina pero fue incondicionalmente fiel a Inglaterra ya desde

épocas anteriores a la «Independencia», cuando medraba con el gran negocio

del momento, el contrabando. En consecuencia, no había más hectáreas para

proveerles a los que llegaban tarde, ni había tampoco lugar en el club para

acomodar a última hora a rastacueros noveles. El padre del aula (este mote

le vendrá a Sarmiento acaso por lo de embarazar educanditas), al ver que

no valían ya sus grados ni glorias militares, giró entonces sobre sus talones

y escribió con ardor federal cosas que los sarmientistas parecerían ignorar

aún hoy, y si acaso las conocieran, tal vez por vergüenza o por miedo a que

se les avive la clientela prefieren ocultar:

... Rosas era un republicano que ponía en juego todos los artificios

del sistema popular representativo. Era la expresión de la voluntad

del pueblo, y en verdad que las actas de elección así lo muestran.

Esto será un misterio que aclararán mejores y más imparciales

estudios que los que hasta hoy hemos hecho.


No todo era terror, no todo era superchería. Grandes y poderosos

ejércitos lo sirvieron años y años impagos. Grandes y notables

capitalistas lo apoyaron y lo sostuvieron. Abogados de nota tuvo

en los profesores patentados del derecho.

Entusiasmo, verdadero entusiasmo, era el de millares de hombres

que lo proclamaban el Grande Americano. La suma del poder público,

todas palabras vacías como es vacío el abismo, le fue otorgada por

aclamación. Senatus consulto y plebiscito, sometiendo al pueblo la

cuestión.

Domingo F. Sarmiento, Biografía de Vélez Sarsfield

Cf. Adolfo Saldías, Historia de la Confederación, III, 468 et seq.

La siguiente frase nos explica algo más el porqué de nuestro estado actual,

tirados como el perejil, nada distinto a la situación de siempre, por más que

nos cuenten de «épocas de oro» —de las que H..F. Ferns dice que el 85 por

ciento del país pertenecía a Gran Bretaña—, cuando sólo era cuestión de

encargar un «primer coliseo» y nos lo entregaban llave en mano y con una

ópera incluida, con argumento de fantasía —acorde con nuestra Mitología

Nacional—, pero de la pluma de los mejores libretistas del momento. Todo

muy marcial, como corresponde a los conquistadores del desierto— con la

respectiva «águila guerrera» inexistente en nuestra realidad. Pero pronto se

le ven las patas a la sota o el cogote colorado al «águila», que resulta ser un

gallinazo, como dice Horacio Sanguinetti, de «purpurado cuello»:

A la estructura material de un país dependiente corresponde una

superestructura cultural destinada a impedir el conocimiento de

esa dependencia para que el pensamiento de los nativos ignore

la naturaleza de su drama y no pueda arbitrar propias soluciones,

imposibles mientras no conozca los elementos sobre los que debe

operar y los procedimientos que corresponden, conforme a sus

propias circunstancias de tiempo y lugar.

Arturo Jauretche, Los profetas del odio y la yapa

En análisis de publicaciones del «prestigioso matutino», LA NACIÓN, tribuna

de doctrina —nadie jamás definió lo que esta doctrina pudiera ser—,  órgano

oficioso de los «señoros gordos» argentinos, descubra usted la Mitología

Argentina e individualice en ella a los santones «tradicionales», conservados

para la posteridad en la «Edad del Bronce» de una Argentina onírica por la

acción de nuestras academias e institutos de morondanga, de figurones 

sarmientistas, de mitólogos a la violeta y afines. Estas historias ad usum

Delphini fueron pergeñadas ad hoc por nuestra intelligentsia y aprendidas,

adoptadas y defendidas sin crítica alguna por generaciones de argentinos,

y conforman el núcleo principal de nuestra mesocultura. Arturo Jauretche las

denominó zonceras:  

Las zonceras consisten en principios introducidos en nuestra

formación intelectual desde la más tierna infancia —y en dosis

para adultos. Tienen la apariencia de axiomas, no admiten

discusión, y fueron acuñadas para impedirnos pensar las

cosas del país por la simple aplicación del buen sentido...»
                             Arturo Jauretche, Manual de zonceras argentinas       

Apuntes de Historia e historias Argentninas

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