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De la abundantísima
iconografía de
Sarmiento no se conoce
una sola
fotografía, retrato,
medalla, bronce
o escultura donde aparezca
sonriendo
como Perón o Gardel, sino
que en
todas las representaciones
muestra,
al decir de Carlos de la
Púa, cara de
rope....
Acaso haya sido parte de la
mise en scène
típica de la época,
empleada por el el
personaje —el
«loco» Sarmiento— para
darse más
importancia. Sería
interesantísimo
conocer al respecto la
opinión de un
psicólogo actual.
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Sarmiento, ya de grande, cuarenta años
después
de
sentenciar en
el Facundo, su obra cumbre, que
nuestra desventaja para progresar como nación
sería
la extensión, quiso, no obstante, participar
del «mal»
que
nos aquejaba, aunque se proclamara
...
sin fortuna, que nunca codicié, porque era bagaje
pesado para la incesante pugna, espero una buena
muerte corporal... Después de haberse expresado de
joven de manera tan
antipatriótica en el Facundo, (no
debemos olvidar que en esas épocas Sarmiento se
consideraba chileno),
luego, de viejo, en
forma
por
demás altruista, pretendió
obtener la bicoca de
16.000 hectáreas tierras del Estado de esa
extensión que él había calificado como un «mal».
Quién debía cedérselas era naturalmente el Estado Argentino,
por supuesto, pues Sarmiento para ese entonces no era ya
chileno sino nuevamente argentino.
Además, Chile no padecía como nosotros del «mal de
la extensión» —muy por el contrario— y no tenía, como
buenos patriotas que son, una sola legua para regalar.
Podrían
certificar las inveteradas ansias territoriales
chilenas tanto bolivianos como peruanos, si es que nosotros
ya no nos
acordásemos más de la Patagonia, Canales
Fueguinos, Hielos Continentales y otras menudencias,
permanentemente en litigio desde hace más de un siglo,
no sólo debido a los sueños chilenos de una patria grande —
Patagonia incluida—
sino también gracias a los oficios del
«ilustre sanjuanino», precursor en su terruño de la «patria
chica» (¡la extensión es un mal!), quien estuvo al servicio
de
Chile durante una generación.
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El 12 de diciembre de 1857 escribió
Sarmiento en El Nacional:
... Al Sur, desde el Río de la
Plata a Magallanes, no tiene territorios
por la opulencia y la variedad
de su vegetación, por la profundidad
y utilidad de los ríos que desembocan en el Océano, que prometan
ser asiento de grandes y florecientes ciudades... No debemos, no
hemos de ser nación marítima. El día que Buenos Aires vendió su
Escuadra hizo un acto de inteligencia que le honra. Las costas
del
Sur no valdrán nunca la pena de crear para ellas una marina...
No. No hemos de ser nación
marítima, líbrenos Dios de ello
y guardémonos nosotros de
intentarlo...
Bahía Blanca será algún día algo, aunque nada le ha impedido serlo
en tres siglos
[!?] que está colonizada.
Pero no queremos ponerla en
conservatorio creando marina para ir a recoger algunos huevos
y plumas de avestruces...
Nada de mar, así que nos veamos libres
de cuestiones con los que en el
Pacífico tienen hartos mares.
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El discípulo de Moltke: —«¿Cómo haré
para tener un Sedan en Entre
Ríos...?»
Caricatura de Sarmiento en El Mosquito
del 30.10.1870 donde se exageran sus
evidentes rasgos negroides, típicos de
la
familia Albarracín, su madre, de origen
bereber. Quizá por este motivo, su
resentimiento hacia todas las etnias que
no fueran «blancas» fue proverbial. Hoy
se hablaría de un complejo.
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¿Cuántas escuelas, clubes,
bibliotecas,
topónimos y nomenclatura de calles
llevan
en Bahía Blanca el nombre de
Sarmiento...?
Y por si esto fuera poco, estas palabras
ejemplares fueron
repetidas en El Nacional
el 07.06.1879, después de haber sido
Sarmiento ¡Presidente de la Nación Argentina!.
Es poco menos que imposible comprender
tampoco la veneración de nuestros marinos
por Sarmiento, que honraron con su nombre
a la «gloriosa fragata», dándole el nombre
de
alguien que proclamó que no deberíamos
poseer mares. En el Facundo indicaba ya que
el mal que aqueja a la República
Argentina es
la extensión. Consecuentemente, los dilatados
mares argentinos, con su extensión, debieron
ser para Sarmiento otro inconveniente para el
progreso. Y nuestros marinos lo apluden,
acaso sepan ellos por qué, aunque quizá sea
esto
nada más que otro síntoma de elefantiasis
escrotal.
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De este argentino —o supuesto
argentino— que según sus propias palabras
nunca habría codiciado fortuna
alguna y prefería vivir en la serenidad de su
casita del Delta,
según aseguraba el Dr. De Marco, presidente
de la Academia
Nacional de la Historia —o
de las historias—
el
04.09.2003 en el «prestigioso
matutino» LA NACIÓN,
dice Marcos P. Rivas,
quien desempeñó todos los
cargos de la docencia, desde
maestro de grado hasta Inspector General de
Escuelas —en en tres
oportunidades—, en Sarmiento - Mito y realidad, 23:
... Sarmiento intentó hacer
valer el discutible grado militar el 22 de
diciembre de 1885 para
conseguir que el gobierno le acordara una
cesión de 16.000 hectáreas
de las tierras quitadas a los indios.
El presidente Roca desestimó
la solicitud porque según el dictamen
del ministerio de guerra
no constaban los antecedentes militares
del peticionante.
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¡Un General de División de la
Nación trucho de quien no existía antecedente
militar alguno pretendía que la
Nación
le acordara nada menos que 16.000
hectáreas! No caben dudas de que
este «símbolo de una tradición
moral» —según indicaba
también
en
LA NACIÓN del 05.04.03 otro
panegirista de turno—
trascendió
como
paradigma
de rectitud de los
argentinos,
quienes no olvidaron
estos sabios «principios»,
sino que
los perfeccionaron en la
práctica,
alentados por su gloriosa
Historia
y aleccionados por sus insignes
Instituciones, de manera que la
estela
de este ejemplo se ve
reflejada
hasta
el
presente
en
nuestra
ya
proverbial
integridad
e incólume honestidad,
nacidas
sindudamente de esta clara
«tradición moral» evidenciada ya por
nuestros
mayores, como vemos,
desde los mismos albores de
nuestra
argentinidad.
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En la Argentina nunca
se escatimó esfuerzo al repartir
grados militares
o uniformes. Esto se refleja en nuestra
nomenclatura y
toponimia —y más en el presupuesto.
Pero al
distribuirse la tierra, hubo ya reticencia, y algunos
pocos «generales»
debieron quedarse «sin». Muchos jefes
indígenas, como el
cacique Namuncurá —que Sarmiento
despreciaba en
conjunto con todos los de su etnia, acaso
porque no hablaran
inglés ni francés—, gastaban el mismo
uniforme, sueldos y grados
que él. Un gesto ciertamente
democrático, acaso,
pero que no debe de haber contado
con mucho apoyo por
parte del «gran sanjuanino», poco
amante de otras «razas» que no fueran sajonas, acaso por
ser él de prosapia bereber por parte de la familia de su madre..
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Declaró J. B. Alberdi:
... Sarmiento, trabajador
improductivo, estéril, a título de empleado vitalicio, que
vive como un doméstico de los salarios del Estado,
su patrón.
Facundo
y su biógrafo, 1880
Sería imposible no sentirnos orgullosos, si bien este orgullo —dado que el
orgullo y la estulticia son astillas de
un mismo palo— nos hace ciegos
e impide aún más
explicarnos nuestra situación de eternos perdedores, no
obstante haber contado en
nuestra historia —o mitología— con una cantidad
increíble de «prohombres»,
pues salvo Rosas, que no era masón, todos los
demás fueron intachables: un verdadero
ramillete de virtudes argentinas.
A pesar de no
existir
antecedentes
militares del «ilustre sanjuanino» —y
así
lo
dictaminó el Ministerio de
Guerra
en 1885—, su apellido y
supuesto grado de
general de la Nación dieron
nombre al
antiguo
partido
de General Sarmiento,
creado por ley
provincial
Nº 2.198
del 18 de octubre de
1889
poco después de
su muerte. La provincia de
Buenos Aires exornaba
así
al uso nostro
—o de la
masonería—
con un general trucho una vez más
la nomenclatura y toponimia
del
país.
Cuatro años antes
y aún en vida del «interesado»,
el Ministerio de Guerra
había
determinado que Sarmiento
no era general,
pero tales circunstancias
no arredraron ni arredrarán
jamás a
nuestros
verdaderos patriotas,
dispuestos
siempre a mantener en alto
los verdaderos símbolos de nuestra «tradición moral».
Claro está: siempre y cuando no se pretenda redistribuir las hectáreas de
nuestro mal, la extensión Tampoco fue general, y menos estratega, don
Bartolo, ver Guerra del Paraguay, —ni medianamente historiador ni tampoco
poeta—, y nunca ganó en toda su «carrera» un solo combate,
ni siquiera contra
los indios [ver Sierra
Chica], pero para llegar al grado de «general» en nuestra
Argentina, con todos los honores —y sobre todo con todos los sueldos—, jamás
hizo falta mucho ni fue tarea difícil: sólo se necesitó ser miembro obediente de la
masonería. Inglaterra se encargaría de todo lo demás.
Sarmiento, General de la
Nación, no estuvo nunca en primera línea en ningún
entrevero —apenas con el
cargo de «boletinero», y bien en la retaguardia, en
a batalha de Monte
Caseros, desempeñando el conchabo que le diera don
Justo José, y más de eso no
le confió, porque don Justo José, buen conocedor
del paño, desconfiaba de
los unitarios como el diablo del agua bendita... Esta
actitud mezquina
desilusionó a Sarmiento, quien marchó a Río de Janeiro
a llorarles su desencanto a
los macacos del Imperio, y como allí tampoco se
interesaron por él, y no tenía una casita de sus
viejos donde recalar siquiera,
volvió cansado a
Chile, al lugar de donde había partido con otros «argentinos»
para intervenir en el
negocio de a batalha de Monte Caseros. Desde allí, de
Yungay, le escribió a don
Justo José en el mismo año
de a batalha, en 1852,
reprochándole duramente en un estilo
extorsivo, rufianesco, su traición al haber
sido comprado
(sic) por el Brasil [ver Carta
de Yungay]. Don Justo José, que
se las sabía todas, lavado con
era con todas las aguas, se pasó esta amenaza
más o menos por el cóccix, por allí donde solía sentarse en el caballo, y a
Sarmiento no le quedó otra que seguir al acecho desde Chile, aguardando
una mejor oportunidad.
Le reprochaba, en realidad,
haberlo «largado duro» en la repartija después
del triunfo Imperial
—Urquiza no luchó en Monte Caseros, sino en el Arroyo
de Morón. En Monte
Caseros lo hizo la División Imperial del Brasil, quien exigió
por esa razón que así se llamara la
batalla, y así se llama todavía, en honor al
Imperio de Brasil. Sarmiento, que especulaba con la gobernación de San Juan,
no se había dado cuenta de que debía tratar ahora con Urquiza, un federal, y no
con el manco Paz, a quien tanto había adulado en el Facundo
—el Facundo de
nuestro mal, la extensión—, del que le confesaba al manco
en carta del 22 de
diciembre de 1845 que no era más que un camelo:
... obra
improvisada, llena por necesidad de inesactitudes, a
designio
a veces, no tiene otra importancia qe
la de ser uno
de tantos medios
tocados para ayudar a destruir un gobierno
absurdo, i preparar
otro nuevo.
¡Qué tal, Pascual...! ¿Qué me contursi...? Como Paz era un insider,
Sarmiento tenía que batirle la justa y no podía enroscarle la víbora como
lo hacía con el «amable público» para quien iba dirigido el Facundo,
público que todo se creyó y se sigue creyendo aún hoy. Si a Paz le
confesaba en la misiva con la que le enviaba un ejemplar que se trataba
de una obra improvisada, a designio,
en el mismo Facundo le cuenta
a los
ingenuos argentinos que escribe en honor de la verdad histórica
y de la justicia
(ver Facundo,
XV, Presente y porvenir).
Éste es nuestro
Gran Educador y a la vez el
Maestro de América —según creen
los argentinos, ya que de estos
maestros de América
hay más o menos
uno en
cada país de Hispanoamérica, y existen algunos que cuentan hasta con dos.
Estas
patrañas que escribió Sarmiento, con todas sus inesactitudes a designio,
fueron hechas traducir por nuestra
inteligentsia —la masonería— para bien de
nuestra Patria a cuanta lengua
«culta»
se les
ocurrió:
Umbram Facundi terribilem
evocabo ut cruentum excutiens pulverem qui cineres tuos velat eriges...
No
caben dudas de que la actualidad argentina no
supera para nada lo que
ya dominábamos a la perfección en
el siglo XIX: el macaneo, en este caso
puesto en práctica nada menos que por el padre
del aula, Sarmiento inmortal...
Curiosas son además las obsecuencias
ditirámbicas con
las que concluye
el Facundo: ¡Proteja Dios
tus armas,
honrado general Paz!...
Pero de nada
le sirvieron al padre del aula estas
adulaciones dirigidas al manco, pues para
la época de a batalha de Monte Caseros, Paz ya había sido defenestrado y no
roncaba más, y tenía que rebuscarse la vida en el Brasil como podía, a la vez
que criticaba al Imperio y su política. Cosa de
argentinos.
Nuestro «general Sarmiento»,
que no debe de haber disparado en su vida otra
cosa que no fueran meteorismos
—mentales, más que todo, como el de la
extensión— llegó sin embargo no sólo a lucir el grado, sino
también a percibir
los haberes de General de
División de la Nación. Las únicas cualidades que
necesitó —como tantos otros
«generales»— fueron las de haber militado en el
bando adecuado, o sea ser miembro conspicuo
de la masonería, algo similar al
caballo del comisario,
que gana por la influencia del amo y no por los propios
méritos. No obstante, el
grado de «general» no le valió a Sarmiento en el momento
en que quiso ser admitido
en el mismísimo sanctasanctórum argentino, esta vez
no con títulos jactanciosos,
reproducibles ad líbitum, como los títulos los militares,
sino con títulos más restingidos, o sea títulos de propiedad: como terrateniente,
con unos cuantos miles de hectáreas y unas buenas
puntas de ganado.
Aquí, el Sarmiento
civilizador del telégrafo, del ferrocarril y de tantos otros
adelantos
de los que no hubiésemos tenido ni siquera noticias sin su previsión, justamente
aquí llegó tarde. Pues parece no haber intuido que en 1885 ya se había impuesto
en los buques mercantes —ingleses, la mayoría—, entre otros adelantos la máquina
frigorífica, que permitió
henchir de riqueza
el buque ufano de Lugones, aquel
bajel
de la exaltación agropecuaria del Centenario, que surcaba las aguas de nuestro
estuario para ir directamente a henchir las faltriqueras de la City. 16.000
hectáreas
de tierras argentinas con vacas inglesas no eran ya moco de pavo, y lo largaron
duro una vez más al «general»...
Si bien no fuimos
nunca capaces de percibir el trasfondo de todos estos arreglos
ni hemos llegado tampoco a
darnos cuenta después cien años de que el nombre
del partido de General
Sarmiento fue sencillamente un engaño pues no hubo un
«General Sarmiento» —nombre
que lleva aún en la actualidad una universidad
nacional, que acaso
enorgullezca a algunos masones—, nos preguntamos a la
vez permanentemente por qué el ispa
sigue siendo de cuarta y desde hace casi
dos siglos trabajamos sólo para pagar intereses, o sea para los demás y no
para nosotros. La ciencia
define este síndrome como elefantiasis escrotal
y la variante más difundida
entre los argentinos parecería ser la conocida como
gigante.
No obstante, estamos casi todos convencidos de que
somos piolas.
Deberíamos detenernos a pensar por qué el cornudo es el último en advertir
su situación. Pero claro: un cornudo, para nosotros es un gil, ¡y los verdaderos
argentinos no somos giles!
Quien hiciera de la lucha su
vida y su elemento —según armonizara aquel
catalán, autor a pedido no sólo de
himnos sino también de tangos, Leopoldo
Corretjer— no trepidó gracias a sus
extraordinarias virtudes camaleónicas en
borrar con el codo todo lo que
había escrito contra Rosas al ver que los nuevos
dueños de la Patria le jugaron una
carta brava en 1885, tres años antes de morir,
haciéndole un corte de manga, y
¡minga de hectáreas! Es que para 1885 nuestro
«mal» ya había sido remediado y la
extensión estaba bien repartida entre los
muy abigarrados personajes de
nuestra pseudo aristocracia terrateniente, que
se dijo siempre argentina pero fue
incondicionalmente fiel a Inglaterra ya desde
épocas anteriores a la
«Independencia», cuando medraba con el gran negocio
del momento, el contrabando. En
consecuencia, no había más hectáreas para
proveerles a los que llegaban tarde,
ni había tampoco lugar en el club para
acomodar a última hora a rastacueros
noveles. El padre del aula (este mote
le vendrá a Sarmiento acaso por lo
de embarazar educanditas), al ver que
no valían ya sus grados ni glorias
militares, giró entonces sobre sus talones
y escribió con ardor federal cosas
que los sarmientistas parecerían ignorar
aún hoy, y si acaso las conocieran,
tal vez por vergüenza o por miedo a que
se les avive la clientela prefieren ocultar:
... Rosas era un republicano que
ponía en juego todos los artificios
del sistema popular
representativo. Era la expresión de la voluntad
del pueblo, y en verdad que las
actas de elección así lo muestran.
Esto será un misterio que
aclararán mejores y más imparciales
estudios que los que hasta hoy
hemos hecho.
No todo era terror, no todo era superchería. Grandes y poderosos
ejércitos lo sirvieron años y
años impagos. Grandes y notables
capitalistas lo apoyaron y lo
sostuvieron. Abogados de nota tuvo
en los profesores patentados del
derecho.
Entusiasmo, verdadero entusiasmo, era el de millares de hombres
que lo proclamaban el Grande
Americano. La suma del poder público,
todas palabras vacías como es
vacío el abismo, le fue otorgada por
aclamación. Senatus consulto y
plebiscito, sometiendo al pueblo la
cuestión.
Domingo F. Sarmiento,
Biografía de Vélez Sarsfield
Cf. Adolfo Saldías,
Historia de la Confederación, III, 468 et seq.
La siguiente frase nos explica algo más el porqué de
nuestro estado actual,
tirados como el perejil, nada distinto a la
situación de siempre, por más que
nos
cuenten de «épocas de oro» —de las que H..F. Ferns dice que el 85 por
ciento del país pertenecía a Gran Bretaña—, cuando
sólo era cuestión de
encargar un «primer coliseo» y nos lo entregaban llave en mano y
con una
ópera incluida,
con argumento de fantasía —acorde con nuestra
Mitología
Nacional—, pero de la pluma de los mejores
libretistas del momento. Todo
muy marcial, como corresponde a los conquistadores
del desierto— con la
respectiva «águila guerrera» inexistente en nuestra realidad. Pero pronto se
le ven las patas a la sota o el cogote colorado al
«águila», que resulta ser un
gallinazo, como dice Horacio Sanguinetti, de «purpurado
cuello»:
A la estructura material de un país
dependiente corresponde una
superestructura cultural destinada a impedir el
conocimiento de
esa dependencia para que el pensamiento de los
nativos ignore
la naturaleza de su drama y no pueda arbitrar
propias soluciones,
imposibles mientras no conozca los elementos
sobre los que debe
operar y los procedimientos que corresponden,
conforme a sus
propias circunstancias de tiempo y lugar.
Arturo Jauretche,
Los profetas del odio
y la yapa
En análisis de publicaciones del
«prestigioso matutino»,
LA
NACIÓN,
tribuna
de doctrina —nadie jamás definió lo
que esta doctrina pudiera ser—, órgano
oficioso de los «señoros gordos» argentinos,
descubra usted la
Mitología
Argentina
e individualice en ella a los santones
«tradicionales», conservados
para la posteridad en la «Edad del
Bronce» de una Argentina onírica por la
acción de nuestras academias e
institutos de morondanga, de figurones
sarmientistas, de mitólogos a la violeta y afines. Estas historias ad usum
Delphini fueron pergeñadas ad hoc por nuestra intelligentsia
y aprendidas,
adoptadas y defendidas sin crítica alguna por generaciones de
argentinos,
y conforman el núcleo principal de nuestra mesocultura. Arturo
Jauretche las
denominó zonceras:
Las zonceras consisten en principios introducidos
en nuestra
formación intelectual desde la más tierna
infancia —y en dosis
para adultos. Tienen la apariencia de axiomas,
no admiten
discusión, y fueron acuñadas para
impedirnos pensar las
cosas del país por la simple aplicación del
buen sentido...»
Arturo
Jauretche, Manual de zonceras argentinas
